Error irreversible (Errores en Manhattan 3) Capítulo 14
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Capítulo 14

Elsie

Me despierto porque alguien está abriendo y cerrando cajones en mi cocina con la misma delicadeza con la que entra un elefante en una cacharrería.

Durante unos segundos sigo medio dormida, con la cara hundida en la almohada y la sensación cálida de unas sábanas que todavía conservan el olor de Dorian sobre mi piel.

Luego escucho un golpe seco, una maldición y abro un ojo lentamente.

—¿Por qué tienes ocho tipos distintos de té y ni una sola sartén decente? —protesta Dorian desde la cocina.

Cierro los ojos otra vez con el convencimiento que lo que acabo de oír ha sido una alucinación provocada por la explosión de hormonas que reina en mi cuerpo.

—Rogers, creo que una de tus tazas intenta humillarme.

«No, definitivamente sigue aquí», me digo para mí y lanzo un largo resoplido. Me incorporo despacio sobre la cama y me quedo quieta un segundo intentando procesar la imagen mental de Dorian Griffiths moviéndose por mi apartamento pequeño como si hubiera decidido instalarse permanentemente en él.

Anoche tuvimos sexo. Sexo real, lento y del que hace que una mujer inteligente se plantee empezar terapia preventiva.

Me paso una mano por la cara y salgo del dormitorio todavía medio dormida.

En cuanto entro en el salón me encuentro a Dorian apoyado frente a la encimera de mi cocina con una taza rosa en la mano donde pone «Drama Queen» en letras enormes.

La visión resulta tan ridícula que tengo que contener la risa.

—No pienso beber café en esto —me anuncia mirándome con absoluta seriedad.

—Pues vas tarde porque esa es la taza que más utilizo.

Dorian baja lentamente la vista hacia la taza y luego vuelve a mirarme.

—Eso explica muchísimas cosas sobre tu personalidad.

Lleva la camisa arrugada de anoche y el pelo completamente despeinado. Está descalzo en mitad de mi cocina y aun así sigue pareciendo un hombre que probablemente posee media Manhattan. El problema es que encaja aquí mejor de lo que debería.

—¿Qué haces despierto tan pronto? —pregunto mientras me acerco.

—He intentado volver a dormir, pero tu nevera me ha preocupado.

—¿Mi nevera?

—Tienes queso, agua y algo que podría ser hummus o material de construcción. No estaba claro.

Abro la nevera y veo el recipiente olvidado al fondo.

—Eso lleva muerto semanas.

—Perfecto. Me tranquiliza saber que he sobrevivido al contacto visual con lo que sea que contenga ese recipiente.

Resoplo intentando no reírme mientras saco leche para el café.

Dorian se mueve detrás de mí y noto su mano apoyarse suavemente en mi cintura para apartarme un poco de la encimera.

El gesto dura apenas dos segundos, pero es más que suficiente para que mi cuerpo recuerde con total precisión cómo me tocaba anoche.

—Estás pensando muy fuerte otra vez —murmura cerca de mi oído.

—Tú hablas muchísimo para alguien que acaba de insultar al espécimen que habita dentro de mi nevera.

—No lo he insultado, solo intento entender cómo sobrevives aquí sin supervisión adulta.

Le doy un golpe suave con el codo y él se ríe bajito. Justo en ese momento, me doy cuenta de que la normalidad de todo esto debería ponerme nerviosa. En cambio, me gusta y ese es exactamente el problema.

Dorian abre otro armario de la cocina.

—¿Qué buscas ahora? —le pregunto.

—Comida.

—Ya has desayunado media hora de críticas gratuitas. Debería tener más que suficiente.

—Estoy alimentando a un futuro ciudadano de Manhattan. Necesito proteínas.

Levanto la cabeza inmediatamente.

—No utilices esa voz seria para hablar del bebé porque luego me alteras.

Dorian se gira despacio hacia mí con una caja de cereales en la mano.

—¿Ahora también te alteran las frases responsables?

—Si las dices tú, sí.

Él sonríe un poco y vuelve a abrir armarios como si él también pagara el alquiler.

Mientras, yo le observo unos segundos en silencio y pienso que a pesar de que ayer por la mañana me aterrorizaba que apareciera constantemente en mi vida, ahora está descalzo en mi apartamento buscando una sartén y algo de comer mientras habla solo sobre vitaminas prenatales. Esto no tiene sentido.

—¿Qué? —pregunta al notar que lo estoy mirando.

—Nada —le respondo encogiéndome de hombros.

—Eso nunca significa nada bueno contigo.

Aparto la vista antes de responder, porque la verdad resulta incómoda: me gusta verlo aquí, cómo convierte mi cocina en algo caótico y cómo habla conmigo sin parecer agotado de hacerlo. Sin duda, eso debería preocuparme muchísimo más de lo que me preocupa.

Una hora después sigo pensando exactamente lo mismo mientras él busca en el armario de mi baño un ibuprofeno.

—¿Por qué tienes seis cremas hidratantes distintas? —pregunta desde dentro.

—Porque soy mujer y la sociedad nos obliga a parecer descansadas, aunque queramos morir.

—Eso ha sido sorprendentemente honesto.

—Estoy embarazada. Ya no tengo energía para fingir ningún tipo de estabilidad emocional.

Dorian aparece otra vez en el salón apoyándose en el marco del pasillo.

—Hablando de eso, esta noche tienes que venir conmigo a un evento.

Levanto la cabeza del portátil inmediatamente.

—¿Perdona?

—Es un evento pequeño con gente aburrida, mucho dinero y poco alcohol decente.

—Qué forma tan horrible de vender un plan.

—Solo te estoy poniendo en contexto.

Cierro lentamente el portátil.

—Dorian, no pienso ir a una reunión de empresa estando embarazada y con cara de cansancio extremo si no estoy obligada a ir, porque la he organizado yo.

Él me observa unos segundos.

—Primero: sigues siendo guapísima, aunque lleves una manta encima y parezcas a punto de ponerte a asesinar en serie. Segundo: necesito que vengas conmigo, porque es un compromiso externo a la empresa.

Ese «necesito» hace algo raro dentro de mi pecho.

—¿Por qué?

Dorian se encoge ligeramente de hombros.

—Porque quiero que vengas conmigo.

Eso me deja sin respuesta durante un segundo.

—No sabes jugar limpio nunca, ¿verdad?

—No sé a qué te refieres.

—A eso… A decir cosas normales con cara de hombre peligroso.

La sonrisa que se le escapa dura poco.

—¿Vas a venir?

«Debería decirle que no, sí, es lo que debería hacer…», me digo para mí.

—Vale —murmuro al final.

Dorian tarda un segundo en reaccionar.

—Hostia. Ha funcionado.

—No me hagas cambiar de opinión.

—Ya es tarde, ahora ya estoy emocionalmente ilusionado.

Dos horas después estoy sola en mi apartamento mirando mi armario con la misma angustia con la que algunas personas miran sus resultados médicos.

No tengo nada que ponerme. Nada. Todo me parece: demasiado ajustado, formal, aburrido e incompatible con la idea de aparecer junto a Dorian Griffiths en un evento lleno de gente perfecta y asquerosamente forrada de pasta.

Acabo llamando a Amara, porque mi dignidad ya ha muerto bastante durante estas últimas semanas.

—Necesito ayuda —le digo en cuanto responde.

—Eso suena grave.

—Dorian me ha invitado a un evento externo a la empresa y no tengo nada que ponerme.

Hay un pequeño silencio al otro lado.

—Voy para allá.

Cuarenta minutos después Amara entra en mi apartamento cargando: un vestido negro, una paleta de maquillaje, unos zapatos de tacón altísimo y una expresión de mujer que disfruta muchísimo de esta situación.

—No pienso ponerme eso —protesto mirando los tacones.

—Claro que sí.

—Parecen diseñados para torturar de forma lenta pero implacable.

—Elsie, llevas semanas escondiéndote detrás de sudaderas tan enormes como tus ojeras. Así que, prepárate, porque esta noche vas a recordar que sigues siendo espectacular.

Tres horas más tarde cuando termino de vestirme y me miro al espejo, apenas me reconozco.

Amara es peligrosamente buena maquillando.

Además, el vestido que me ha dejado se ajusta suavemente a mi cuerpo sin marcar demasiado el vientre, que prácticamente aún no ha crecido demasiado, y el maquillaje consigue que parezca una mujer descansada y funcional. Un milagro absoluto.

—Vale —murmuro observándome—. Quizá te quiera un poco.

—Lo sé.

El timbre suena justo en ese momento y Amara sonríe inmediatamente.

—Perfecto. Vamos a traumatizar emocionalmente a Griffiths.

Cuando abro la puerta, Dorian se queda completamente quieto y eso ya dice bastante.

Dorian lleva un traje oscuro, el pelo peinado hacia atrás y la expresión tranquila de hombre acostumbrado a controlar salas enteras con una mirada.

Sin embargo, ahora mismo solo me está mirando a mí despacio y desde los pies hasta la cara.

—Hostia —murmura finalmente y Amara suelta una risa satisfecha detrás de mí.

—Gracias. Yo también estoy orgullosa de mi trabajo.

—Llevas maquillaje —añade Dorian sin apartar los ojos de mí.

—Corrector de ojeras antibalas —le aclaro cruzándome de brazos—. Tecnología avanzada.

Él se acerca un paso más a mí.

—Estás increíble.

La forma en que lo dice me deja completamente descolocada, porque no suena a cumplido sino a algo totalmente sincero.

El evento se celebra en un edificio privado cerca de Bryant Park y en cuanto entramos recuerdo inmediatamente quién es Dorian Griffiths fuera de mi cocina.

La gente lo mira, lo saluda y lo busca constantemente.

Hombres con trajes caros se acercan a darle la mano, mientras mujeres elegantísimas le sonríen de forma exagerada al hablar con él.

Mientras, Dorian se mueve entre todos con una facilidad insultante, porque este es su hábitat natural.

Lo noto en cómo habla, actúa y en cómo todo el mundo reacciona cuando aparece.

Pese a eso, no deja de buscarme visualmente cada pocos minutos y eso es lo que más me desconcierta, más incluso que el lujo del evento.

—¿Quieres beber algo? —me pregunta acercándose otra vez a mí después de hablar con dos inversores.

—Agua.

—Qué conversaciones tan salvajes tenemos últimamente, ¿eh?

Le doy un golpe suave en el brazo y él sonríe antes de apoyar la mano en mi espalda para guiarme hacia la barra. El gesto sale tan natural que mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza otra vez.

Más tarde, mientras Devon discute con un cliente sobre inversiones absurdas y Elara disfruta observando el drama social ajeno, me doy cuenta de algo: todos empiezan a tratarnos como si fuéramos pareja.

Nadie lo cuestiona, ni lo comenta. Simplemente actúan así.

Dorian tampoco parece darse cuenta, porque me trae comida sin preguntarme, me toca distraídamente al pasar y se acerca automáticamente hacia mí después de cada conversación como si fuera lo más natural del mundo, pero yo no puedo evitar que todo esto me supere.

Cuando entramos en el taxi ya es casi medianoche y Nueva York sigue llena de luces, tráfico y gente caminando bajo esta lluvia que no deja de caer últimamente.

Dorian se afloja un poco la corbata mientras se deja caer contra el asiento y yo apoyo la cabeza un instante en la ventanilla intentando recuperar algo de energía.

—Odio los eventos corporativos —murmuro.

Dorian gira ligeramente la cabeza hacia mí.

—Eso no es verdad. Te lo has pasado bien hablando con unos y con otros.

—Solo he sido desagradable con dos.

—Tres. El del peluquín espantoso también cuenta.

Se me escapa una pequeña risa y el cansancio me cae encima de golpe después de toda la noche.

Cierro los ojos un segundo y, sin pensarlo demasiado, me acerco un poco más a él hasta terminar apoyando la cabeza sobre su hombro.

Dorian se queda quieto inmediatamente y ninguno de los dos dice nada, porque ambos entendemos que esto ya no se parece en nada a lo que empezó entre nosotros.