Error irreversible (Errores en Manhattan 3) Capítulo 13
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Capítulo 13

Dorian

El Nocturne está en un local discreto en una calle del Soho, donde la gente rica finge beber whisky por el sabor y no para ahogar sus problemas en alcohol.

El pub esta forrado de madera oscura, ambientado con luces bajas, de fondo suena jazz y tiene varias mesas de billar colocadas estratégicamente por todo el local entre enormes sillones de tonos oscuros.

Brock está inclinado sobre la mesa, con el taco en la mano y una sonrisa insoportable en la cara.

—Tienes aspecto de hombre secuestrado emocionalmente —me suelta mientras calcula el tiro.

—Y tú de hombre que está a punto de decir una gilipollez.

—Entonces eso significa que seguimos siendo nosotros.

Golpea la bola y falla por muy poco. Yo rodeo la mesa, cojo mi vaso y observo las bolas con una concentración que no tengo.

—¿Has vuelto a verla? —me pregunta Brock.

No le respondo y oigo cómo suelta una carcajada.

—Confirmado. Estás jodido, tío.

—Qué dramático eres.

—No, dramático eras tú cuando fingías que aquello no significaba nada después de acostarte con mujeres con las que nunca repetías. Esto es otra cosa.

Aprieto la mandíbula y golpeo la bola blanca con fuerza y meto una de las bolas entra limpiamente.

—Eso ha sido agresivamente sentimental—. Brock levanta ambas cejas.

—Estoy jugando al billar.

—Estás intentando asesinar a las bolas, porque Elsie Rogers te tiene pensando en pañales, comida orgánica y sentimientos.

Le lanzo una mirada asesina, pero no tengo una respuesta rápida preparada y eso me molesta casi tanto como que tenga razón.

Porque llevo días funcionando mal en reuniones, en llamadas y en mi propia casa.

Todo acaba llevándome a ella. Cuando escucho una canción, pienso que Elsie la odiaría.

Me toca un camarero torpe y pienso en el comentario que haría.

Cuando escucho una mujer reírse en la barra, en lugar de girarme para mirarla, me pregunto si Elsie habrá cenado… Esto sí que resulta humillante.

—¿Qué es lo que te asusta de verdad? —me pregunta Brock al dejar el taco apoyado contra la mesa para mirarme con un gesto algo más serio.

—No estoy asustado.

—Mentira. Pero voy a reformular mi pregunta porque hoy estoy generoso: ¿qué te está volviendo loco exactamente?

Doy un trago al whisky, aunque no me apetece.

—No sé hacerlo bien.

—¿El qué? —me pregunta arrugando el entrecejo.

—Estar a su lado sin agobiarla y no meter la pata cada vez que abro la boca.

—Hostia.

—No pongas esa cara.

—Es que jamás pensé que ibas a decir algo tan adulto sin una amenaza judicial de por medio.

Resoplo y dejo el vaso en la mesa.

—Lo digo en serio.

—Ya lo sé —responde él, y por una vez no se ríe—. Elsie no necesita un héroe, tío. Quizá lo que necesita es simplemente a alguien que no salga corriendo.

Una hora después salgo de Nocturne con la lluvia fina golpeándome la cara y el teléfono en la mano. Podría volver a casa, de hecho, es lo que debería hacer, pero en lugar de eso, veinte minutos más tarde estoy delante del edificio de Elsie mirando las ventanas iluminadas de su apartamento.

Subo antes de arrepentirme y llamo una vez a la puerta, aunque no me responde.

Cuando estoy a punto de girarme para marcharme, escucho unos pasos lentos al otro lado y la puerta se abre un instante después.

Elsie aparece descalza, con una camiseta, pantalones cortos, una manta sobre los hombros y completamente despeinada.

La televisión suena de fondo y la luz cálida del salón le cae sobre la cara todavía marcada por el sueño.

Durante un instante se me olvida decir cualquier cosa. No porque esté sexy, que lo está, sino porque está tierna y eso me deja mucho más vendido.

—¿Sabes qué hora es? —me pregunta con voz ronca.

—Técnicamente sí.

—Te odio.

—Eso ya lo sabía antes de subir.

Elsie resopla, pero se aparta para dejarme entrar. El apartamento huele a té y algo dulce que no sé identificar. En el sofá hay una manta a medio doblar, un libro abierto boca abajo y varios papeles que probablemente son de trabajo.

—¿Te has quedado dormida en el sofá? —pregunto mientras cierro la puerta.

—Felicidades por tu capacidad deductiva. ¿Has venido solo para eso?

—No podía dormir —miento.

Ella se gira despacio hacia mí y algo cambia en su expresión.

—¿Has salido con Brock?

—Sí.

—Entonces vienes intoxicado socialmente.

—Eso pasa siempre que hablo con él más de veinte minutos.

Elsie se deja caer en el sofá y se frota la cara con ambas manos. Yo me siento a su lado, dejando unos centímetros de separación entre los dos. Ella se tensa al principio, pero no se aparta y eso me impacta.

—¿Has cenado? —le pregunto.

—¿Otra vez con eso? —resopla sonoramente.

—Esa pregunta no me vale como respuesta.

—Sí, he cenado.

—¿Comida real?

Abre un ojo lentamente.

—Eres insoportable.

—Solo estoy evolucionando emocionalmente. Ten paciencia.

Se le escapa la risa bajita y yo me quedo mirándola demasiado tiempo. La televisión ilumina parte de su cara y me fijo en cómo le cae el pelo por los hombros y cómo le resbala la manta desde su regazo hasta el suelo.

—¿Qué? —pregunta al notar mi mirada.

—Nada —le contesto encogiéndome de hombros.

—Eso nunca es verdad contigo.

Podría hacer una broma, de hecho, debería hacerla, pero no me sale.

—Brock cree que estoy enamorado de ti.

Elsie gira la cabeza hacia mí muy despacio.

—¿Perdona? —me pregunta arqueando una ceja.

—También cree que nuestro hijo será expulsado de varios colegios privados antes de cumplir los doce años

—Eso último me parece bastante probable contigo como influencia genética.

Me río y ella también, aunque enseguida baja la mirada, se recoloca la manta sobre las piernas y noto cómo intenta recuperar la distancia entre su cuerpo y el mío.

—No puedes decir esas cosas así tan tranquilo —murmura.

—Créeme, no estaba tranquilo cuando lo he dicho.

—¿Y qué le has respondido?

—Nada.

—Eso sí que es preocupante.

—Brock casi se emociona.

Elsie sonríe un poco y la lluvia sigue golpeando los cristales con un ritmo lento mientras la televisión sigue sonando sin que ninguno le preste atención. Su pierna roza la mía al acomodarse y ese contacto mínimo lo cambia todo y ella también lo nota.

—Estás pensando muy fuerte otra vez —dice sin mirarme.

—No sabía que eso se pudiera hacer.

—Contigo sí.

La observo mientras habla y vuelvo a sentir esa certeza incómoda que lleva días persiguiéndome: no quiero irme…Ni ahora, ni dentro de diez minutos, ni cuando esto empiece a ponerse complicado otra vez.

—Dorian —me dice a media voz.

—¿Qué?

—No me mires así.

—¿Así cómo?

—Como si fueras a besarme.

No respondo enseguida, solo bajo la vista a su boca y veo cómo contiene el aire. Su mano sigue sobre la manta, cerca de la mía, y durante unos segundos ninguno de los dos se mueve.

—Dime que pare —murmuro.

Elsie no dice nada, solo se inclina hacia mí y me besa primero.

Sus labios rozan los míos con una suavidad que me deja completamente quieto antes de que la agarre por la cintura y la acerque más a mí.

Nada se parece a las otras veces. No hay pelea, ni desafío, ni ese caos que nos servía para fingir que entre nosotros solo hay deseo.

Ahora, en cambio, me besa en su sofá, medio dormida, con la lluvia cayendo fuera y una mano temblándome ligeramente sobre su cuello. Eso me jode por completo.

—Sigues siendo una mala idea —murmura contra mi boca.

—Sí.

—Solo quería dejarlo claro.

—Me tranquiliza muchísimo que lo hayas dicho.

La risa se le rompe en un suspiro cuando vuelvo a besarla. Recorro su espalda con mis manos bajo la camiseta y noto su piel cálida estremeciéndose bajo mis dedos. Ella se sienta sobre mí, despacio, y yo dejo de respirar un segundo cuando sus piernas me rodean.

—Hostia, Rogers…

Elsie me mira y ahí entiende que estoy perdiendo el control, no porque la quiera desnuda, aunque también, sino porque ya no sé cómo esconder lo que siento.

Le beso el cuello, la mandíbula, la piel expuesta de su hombro y ella inclina la cabeza hacia atrás y sus dedos se hunden en mi pelo.

Todo ocurre lento, con una intensidad que no deja espacio para las bromas y cuando intento soltar alguna frase para protegerme, no sale nada.

Elsie lo nota y me acaricia la cara con una suavidad que no tiene nada que ver con el sexo y me quedo quieto un instante, atrapado en ese gesto.

—Esto ya no parece una recaída absurda —susurra.

—Lo sé —le respondo apoyando la frente contra la suya.

No digo nada más porque no tengo una frase brillante para esto. Solo la beso otra vez y ella me responde con una necesidad tranquila, que acaba conmigo mucho más que cualquier urgencia.

La llevo hasta el dormitorio sin separarme de su boca.

Allí la luz es baja, la lluvia sigue golpeando las ventanas y el mundo parece haberse reducido a su respiración, a mis manos y a la forma en que ella deja de huir un poco más cada vez que la toco.

Le saco la camiseta despacio y ella me ayuda a quitarme la camisa.

Nos miramos un instante antes de volver a besarnos.

Después, la tumbo sobre la cama con cuidado, besándole la piel del cuello, del hombro, del pecho, y noto cómo se arquea bajo mí con una respiración rota que me atraviesa.

Bajo mis manos por su cuerpo sin prisa, mientras ella me acaricia la espalda y la nuca.

Mientras la acaricio, Elsie cierra los ojos y se aferra a mí, temblando entre mis brazos.

—Mírame —le pido en voz baja.

Levanta la vista hacia mí y ahí se me rompe lo poco que me quedaba de distancia, porque en sus ojos ya no veo solo deseo, veo que siente algo de verdad.

Justo después, me acomodo entre sus piernas y entro en ella despacio.

Los dos soltamos el aire a la vez cuando me clavo en ella y disfrutamos del contacto de nuestros cuerpos.

Nos quedamos quietos durante un segundo que parece mucho más largo de lo normal.

Después empiezo a moverme lentamente, sin apartar la mirada de la suya.

No quiero correr, porque deseo sentirla y disfrutar de ella con calma.

Elsie me besa con la respiración entrecortada mientras sus piernas se cierran alrededor de mi cintura. Cada movimiento nos acerca más y me destroza un poco más. Le susurro su nombre contra la boca y el cuello hasta que dejo de hablar por completo, porque cuando me callo, todo se vuelve más real.

Ella llega primero al éxtasis y tiembla contra mí, con la cara escondida en mi cuello y las manos aferradas a mi espalda.

Yo la sigo unos segundos después, perdiéndome en ella con una intensidad que me deja sin aire y sin resistencias.

Después no nos separamos, aunque nos quedamos enredados bajo la manta, con la respiración todavía agitada, su cabeza sobre mi pecho y mi mano acariciándole la espalda sin pensar.

La televisión sigue encendida en el salón, la lluvia continúa chocando con los cristales y por primera vez no siento la necesidad de levantarme, vestirme o hacer algún comentario idiota para romper el momento y marcharme cuanto antes.

Elsie tampoco se mueve y eso lo hace todo distinto.

Porque hasta ahora siempre había habido una retirada rápida.

Una forma de convertirnos en algo menos importante de lo que éramos, pero ahora no.

Esta vez nos quedamos y justo entonces entiendo, con una claridad que me deja completamente jodido, que ya no estamos jugando.