Error irreversible (Errores en Manhattan 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

Elsie

Nunca habría dicho que Amara Turner tiene una capacidad irritante para detectar cambios emocionales antes incluso de que una persona los haya procesado oficialmente por sí misma.

—Estás sonriendo otra vez —me suelta mientras aparta su teléfono a un lado de la mesa y da otro sorbo a su café.

Levanto la vista hacia ella desde la carta del brunch y frunzo el ceño.

—No estoy sonriendo.

—Llevas diez minutos haciéndolo.

—Eso es mentira.

Amara alza ligeramente una ceja con esa calma elegante que la convierte en una persona con la que es muy difícil de discutir a las nueve de la mañana.

Estamos sentadas en una cafetería pequeña del Upper West Side llena de plantas y mujeres vestidas con estilazo. Fuera llueve otra vez, porque Manhattan parece haber decidido convertir mi embarazo en una experiencia atmosférica completa.

—Solo estoy cansada —añado mientras dejo la carta sobre la mesa.

—Claro… y yo llevo meses sin ganas de matar a Brock Somerset.

Eso me arranca una carcajada, mientras Amara me observa unos segundos por encima de la taza.

—Ahí está otra vez.

—No empieces.

—No estoy empezando nada. Solo digo que hace dos semanas hablabas de Dorian como si fuera la causa de tu intoxicación alimentaria y ahora cada vez que pronuncias su nombre pareces ligeramente menos agresiva.

—Eso no es verdad.

—Elsie, ayer dijiste literalmente: «Está siendo insoportable, pero me ha traído sopa porque leyó en internet que el jengibre ayuda con las náuseas». Y luego sonreíste durante un rato.

Me dejo caer contra el respaldo de la silla mientras resoplo.

—Está invadiendo completamente mi vida.

—Ajá.

—Aparece sin avisar, reorganiza mi cocina, habla con mi barriga como si el bebé pudiera responderle y el otro día discutió con una dependienta porque quería asegurarse de que el salmón estaba bien cocinado.

Amara intenta contener la risa.

—Eso suena bastante intenso.

—Yo diría que suena preocupante —respondo negando con la cabeza.

—Pues no parece que te moleste tanto.

Abro la boca para discutirle eso, pero me quedo callada un instante porque el problema es que quizá tiene razón y odio muchísimo que la tenga en algo como esto.

La camarera deja nuestros desayunos sobre la mesa y el olor del café hace que mi estómago proteste inmediatamente.

—Sigo pensando que la naturaleza tiene un sentido del humor horrible —murmuro apartando la taza—. Llevo años sobreviviendo gracias a la cafeína y ahora mi cuerpo ha decidido tratarla como si fuera veneno.

Amara corta un trozo de tostada antes de responderme.

—¿Cómo está llevando Dorian todo esto?

La pregunta me pilla desprevenida, porque la verdad es que no sé responderla exactamente.

—Está raro —termino diciendo.

—Eso no aclara nada. Todos los hombres de nuestro entorno están raros.

—No, pero Dorian está raro de otra manera.

Amara me observa con atención mientras espero encontrar una explicación que tenga sentido a lo que le acabo de decir.

—Pensaba que iba a desaparecer —admito finalmente—. O que actuaría de forma irresponsable o que intentaría convertir esto en una broma constante para no asumirlo.

—¿Y qué está haciendo?

Muerdo un trozo de tostada antes de responder.

—Aparecer.

Amara no dice nada, pero noto perfectamente que entiende lo que significa para mí esa palabra.

—Está en todas partes —continúo—. Me escribe para preguntarme si he comido. Se preocupa cuando me nota cansada. Me acompaña a casa, aunque no se lo pida. Ayer casi discutió con un taxista porque frenó demasiado brusco.

—Eso ha sido un poco sexy.

—Amara.

—¿Qué? Los hombres protectores son un cliché por alguna razón, ¿no?

Niego con la cabeza intentando no reírme.

—El problema es que empieza a parecer sincero.

Ahí Amara deja lentamente la taza sobre la mesa.

—Eso sí te da miedo, ¿verdad?

Su pregunta cae entre nosotras como una bomba y durante unos segundos solo escucho el ruido de los platos y de las conversaciones de nuestro alrededor.

—No quiero depender de él —murmuro al final.

—No parece que estés hablando de dependencia.

Aparto la vista hacia la lluvia tras el cristal, porque sé perfectamente de qué estoy hablando en realidad. La verdad es que estamos entrando en un terreno donde Dorian empieza a sentirse importante y eso me resulta muchísimo más peligroso que el embarazo.

La conversación deriva hacia la boda casi sin querer cuando Amara menciona una llamada reciente con el hotel de Tribeca.

—Siguen faltando registros de acceso de aquella noche —comenta mientras revisa algo en su móvil.

Frunzo ligeramente el ceño.

—¿Todavía?

—Al parecer varias puertas quedaron abiertas durante horas y algunas tarjetas entraban en habitaciones que no correspondían.

Eso consigue que levante la cabeza.

—Espera. ¿Qué?

Amara se encoge ligeramente de hombros.

—Nada grave. Solo raro. Había demasiada gente moviéndose por el hotel y varios empleados cambiaron turnos aquella noche.

Me quedo pensando unos segundos, porque cuanto más hablamos de aquella boda, menos sentido parece tener nada.

—Recuerdo gente entrando y saliendo constantemente de plantas privadas —murmuro—. Y juraría que vi a una mujer usando una tarjeta maestra cerca de las suites.

—Elara dice que alguien entró en su habitación pensando que estaba vacía.

Eso me provoca un escalofrío extraño.

—Aquella noche fue un desastre.

—Sí, aunque hay partes que no parecen solo un desastre.

Esa frase se queda conmigo incluso después de que cambiemos de tema y dos horas más tarde sigo dándole vueltas, mientras entro en un bar informal de Brooklyn donde hemos quedado todos para tomar algo.

El sitio está lleno de música, ruido y mesas demasiado pequeñas para la cantidad de personas que forman este grupo.

—Hostia. La mujer embarazada favorita de todo Manhattan —dice Brock al verme entrar.

—Voy a tirarte uno silla a la cabeza —le advierto mientras me acerco.

—Eso sería violencia prenatal.

Devon deja escapar un suspiro cansado desde el otro lado de la mesa.

—Brock, te juro que cada día entiendo mejor por qué la humanidad inventó las demandas.

Elara, sentada junto a él, parece encantada con el caos que se ha formado en un momento.

—Personalmente creo que Brock sería un padrino desastroso y precisamente por eso necesito ver esa catástrofe en directo —dice Elara divertida.

—Gracias por la confianza que tenéis todos en mí como futuro adulto responsable —murmura Brock llevándose la copa al pecho con dramatismo.

Max, sentado al otro lado de la mesa, levanta la vista un segundo.

—Lo preocupante es que Dorian ya actúa como si esto fuera real —comenta con calma.

Varios empiezan a reírse… menos yo y Dorian, porque Max no estaba haciendo una broma.

Me siento junto a Amara mientras Theo empieza a discutir con Brock sobre si un bebé puede reconocer voces dentro del vientre.

—Claro que puede —defiende Brock—. Por eso hay que ponerle música buena desde pequeño y evitarle el reguetón.

—Tú no deberías educar ni a un pez —responde Devon.

Las conversaciones se mezclan alrededor de la mesa y durante unos minutos consigo relajarme un poco hasta que noto movimiento detrás de mí.

No necesito girarme para saber quién es, porque lo sé cuando una mano cálida aparece suavemente en la parte baja de mi espalda y la voz de Dorian llega justo detrás.

—Perdón por el retraso. He tenido una reunión con gente que utiliza la palabra sinergia sin sentir vergüenza.

Mi cuerpo reacciona antes que mi cerebro al notarlo tan cerca. Dorian ni siquiera ha dudado si acercarse a mí, porque él simplemente se pone a mi lado como si se fuera su lugar natural desde siempre y eso me altera muchísimo.

—Llegas tarde —le digo mientras él se inclina un poco hacia mí.

—Pero he venido guapo y eso compensa bastante.

—Eso lo has dicho tú.

—No, también lo ha dicho una señora que ha subido conmigo en el ascensor hace un rato.

Elara se ríe inmediatamente.

—Suena fatal lo natural que empieza a parecer esto entre vosotros —murmura Elara apoyando la barbilla en la mano mientras nos observa.

—Eso ha sonado inquietante viniendo de ti —le responde Dorian.

—Y me molesta muchísimo, créeme. Prefería cuando solo discutíais y tomabais malas decisiones entre vosotros.

Dorian coge una silla y se sienta a mi lado rozándome la rodilla sin darse cuenta o quizá sí se da cuenta con él nunca estoy segura.

—¿Has comido algo hoy? —me pregunta bajando un poco la voz.

—Hola a ti también.

—Eso significa que no.

—He desayunado con Amara.

Dorian asiente ligeramente, satisfecho, y luego roba una patata de mi plato.

—Eso era mío.

—Ahora es nuestro —me responde con una gran sonrisa.

—Qué comunista te has vuelto de repente.

Él sonríe un poco y noto otra vez esa sensación rara de intimidad privada en medio del caos del resto del grupo.

Mientras Brock empieza a contar una historia absurda sobre un primo suyo expulsado de un colegio religioso, Dorian sigue tocándome distraídamente cada pocos minutos.

Una mano en mi espalda al levantarse el camarero, sus dedos rozando los míos al coger una servilleta y la rodilla pegada a la mía debajo de la mesa.

Pequeñas cosas que empiezan a parecerme peligrosamente naturales.

—Entonces —dice Theo de repente mirándonos—, ¿cuándo vais a empezar a vivir juntos oficialmente?

Casi me atraganto con el agua.

—¿Perdona? —pregunto tosiendo un poco.

Brock se inclina inmediatamente hacia delante.

—Hostia, sí. Necesitamos fechas. Esto ya parece una comedia romántica.

—No vamos a vivir juntos —atajo con rapidez.

Dorian levanta ligeramente una ceja a mi lado.

—Vaya energía tan acogedora acabas de desprender.

—No tergiverses mis palabras.

—Solo digo que rechazarme delante de doce personas ha sido una experiencia humillante.

El grupo empieza a reírse mientras noto cómo el calor me sube por el cuello y se me enrojecen las mejillas.

—Además —continúa Dorian cogiendo tranquilamente otra patata de mi plato—, técnicamente ya paso más tiempo en su apartamento que en el mío.

—Eso no ayuda.

—Solo soy sincero.

—Por favor, decidme que vais a discutir sobre decoración infantil en algún momento —añade Elara que parece estar disfrutando muchísimo de esto.

—Dorian elegiría algo ilegal seguro…—murmuro.

—Eso es mentira. Elegiría algo elegante.

Las risas vuelven a la mesa, pero entonces noto algo raro.

Max está mirando a Dorian con una seriedad que desentona completamente con el ambiente.

Justo en ese momento, Dorian me toca la espalda distraído, mientras sigue hablando con Devon y veo cómo Max baja la vista un instante antes de coger la copa.

No parece incómodo, sino alguien que acaba de darse cuenta de algo importante antes que el resto.

El encuentro termina varias horas después y cuando salimos a la calle la lluvia ya casi ha parado.

—Te acompaño —dice Dorian automáticamente mientras yo me coloco la chaqueta. No me lo pregunta, simplemente lo suelta y ya está, aunque ni siquiera parece darse cuenta.

Caminamos juntos por Brooklyn mientras el resto del grupo se dispersa detrás de nosotros y durante unos minutos la conversación se vuelve tranquila, algo que me asusta bastante.

—Brock va a traumatizar a ese niño antes de que nazca —comento mientras cruzamos una calle.

—Ya estoy considerando prohibirle acercarse al bebé sin supervisión adulta —me responde metiéndose las manos en los bolsillos.

—Eso implicaría que tú eres la supervisión adulta y sinceramente eso tampoco me tranquiliza mucho.

—Qué fe tienes en mí, Rogers —se carcajea.

Cuando llegamos delante de mi edificio me giro hacia él lentamente.

—Gracias por hoy.

—No tienes que agradecerme eso —me dice sin dejar de mirarme.

—Eso ha sonado sospechosamente maduro.

—Estoy evolucionando emocionalmente a gran velocidad —me contesta moviendo de forma cómica las cejas.

La sonrisa me dura apenas un instante antes de desaparecer un poco, porque el miedo a acostumbrarme a esto y a él vuelve a hacer su aparición.

Dorian da un paso hacia mí y por un segundo pienso que va a besarme otra vez. Mi cuerpo entero se tensa automáticamente, pero él solo me aparta un mechón de pelo de la cara y después me besa suavemente la frente.

En la frente… ni siquiera intenta besarme en la boca.

Eso me afecta más que cualquiera de las veces que hemos acabado besándonos sin pensar, porque antes todo parecía físico, impulsivo y fácil de negar, pero ahora no. Ahora empieza a parecer que Dorian realmente se preocupa por mí y eso resulta bastante más peligroso.