Error irreversible (Errores en Manhattan 3) Capítulo 11
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Capítulo 11

Dorian

Despertarme en casa normalmente me gusta. El silencio, las vistas y la sensación de que Manhattan se queda lejos durante unas horas. Hoy, en cambio, son las seis y media de la mañana, llevo despierto desde las cuatro y sigo mirando el techo pensando en Elsie.

En el ático todo permanece como siempre: ordenado e impecable, aunque hoy también me parece incluso frío. La cocina parece sacada de un catálogo caro y el salón sigue tan perfectamente ordenado que resulta ridículo que alguien pueda sentirse incómodo aquí.

El problema no es el apartamento, sino que no consigo quitarme de la cabeza la imagen de Elsie apartándose de mí en su cocina de nuevo.

Me paso una mano por la cara y me incorporo lentamente sobre la cama. La ciudad empieza a despertarse al otro lado de los ventanales mientras yo intento convencerme de que necesito una ducha, café y ocho reuniones seguidas para volver a funcionar como una persona normal.

Sin embargo, fracaso antes incluso de salir del dormitorio.

Porque mientras me preparo el café pienso automáticamente que Elsie diría que mi cafetera parece diseñada por un villano alemán.

Cuando abro la nevera, me acuerdo de ella criticando mi alimentación y cuando descubro que no tengo absolutamente nada que parezca comida real en casa, mi cerebro hace algo todavía peor:

«¿Ella habrá desayunado?», me pregunto y chasqueo la lengua mientras me mantengo quieto varios segundos con la puerta de la nevera abierta.

«Hostia, esto sí que es preocupante», me digo para mí y me voy a la ducha sin querer seguir dándole vueltas a lo mismo.

A las nueve de la mañana ya he revisado el móvil siete veces sin un motivo real y Brock lleva exactamente veinte segundos sentado delante de mí en la sala de reuniones observándome con una expresión entre fascinación y ganas de tocarme los cojones.

—¿Quieres dejar de mirarme así? —le pregunto cerrando la carpeta que tengo frente a mí.

—No puedo. Es la primera vez que te veo sufrir sin que haya abogados, alcohol o una mujer casada de por medio.

—Qué concepto tan bonito tienes de mí.

—Trabajo contigo desde hace años —me responde mi amigo encogiéndose de hombros.

Brock se reclina en la silla mientras juguetea con la etiqueta de una botella de agua y yo intento volver a concentrarme en el informe financiero que tengo delante. Lo consigo aproximadamente durante tres segundos.

—¿Sabes qué es lo más divertido? —continúa él.

—Estoy seguro de que voy a arrepentirme de preguntar.

—Que tú creías que el embarazo era el problema gordo.

Levanto la vista hacia él lentamente.

—¿Y no lo es?

—No. El problema es que ahora Elsie te importa demasiado y no tienes ni puta idea de qué hacer con eso.

La frase me deja quieto un instante.

—Estás insoportable últimamente —le suelto a Brock mientras niego con la cabeza.

—Estoy inspirado. Son cosas distintas.

Resoplo y vuelvo a mirar la carpeta, aunque ya ni siquiera sé qué estaba leyendo, porque la frase sigue ahí:

«El problema es que ahora Elsie te importa demasiado».

Brock me observa unos segundos más antes de perder parte de la sonrisa.

—No pareces asustado por el bebé —dice entonces con menos ironía—. Pareces asustado porque te importa ella.

Ese es el verdadero problema y no el embarazo, ni la idea de convertirme en padre cuando todavía hay plantas en mi casa que han muerto bajo mi supervisión.

El hecho de que Elsie me importe de una forma que no sé manejar es lo más jodido.

Conociéndome, lo normal hubiera sido que el embarazo me hubiera hecho salir corriendo y, en cambio, llevo días apareciendo cada dos por tres, incapaz de dejar de pensar en si ha comido o si sigue tan agotada como lo estaba el día anterior.

—No pongas esa cara —murmura Brock.

—¿Qué cara?

—La de hombre que acaba de entender algo importante y preferiría volver a ser idiota.

—Voy a despedirte.

—No puedes, ya lo sabes…

A las cinco de la tarde sigo igual de mal.

A lo largo del día he hecho llamadas, he firmado documentos, he asistido a una reunión con tres inversores incapaces de tomar decisiones rápidas y en mitad de una conversación sobre presupuestos descubro que estoy pensando que Elsie habría dicho algo cruel sobre uno de ellos a la mínima de cambio.

Eso me obliga a cerrar los ojos un instante.

Estoy perdido, por completo, lo sé.

Dos horas después, me descubro saliendo de una tienda ecológica de Brooklyn con una bolsa llena de cosas que jamás pensé que compraría en mi vida: fruta, pan integral, té sin cafeína, unas galletas recomendadas para las náuseas y un libro sobre alimentación durante el embarazo que he escondido al fondo de la bolsa porque preferiría morir antes que dejar que alguien descubra su existencia.

Cuando llego al edificio de Elsie me quedo unos segundos dentro del coche observando las ventanas iluminadas de su apartamento desde la calle. La verdad es que no tengo ni idea hago aquí exactamente. Bueno, sí lo sé… Solo que la respuesta resulta humillante.

Subo igualmente. Elsie tarda un poco en abrir y cuando finalmente lo hace veo que lleva unos pantalones cómodos, una camiseta enorme y el pelo recogido en un moño del que salen varios mechones rubios.

Me fijo en su gesto y veo que tiene cara de cansancio, algo que me preocupa, porque empieza a convertirse en un hábito.

—Traigo comida —anuncio levantando la bolsa.

Elsie mira el contenido y luego me mira a mí.

—Pareces un padre divorciado intentando recuperar la custodia de los niños.

—He buscado cosas recomendables para embarazadas.

Ella se queda completamente quieta.

—¿Has hecho qué? —me pregunta abriendo mucho los ojos con gesto de incredulidad.

Entro en el apartamento antes de que pueda echarme y dejo la bolsa sobre la encimera de la cocina.

—Internet está lleno de información aterradora, por cierto. Al parecer ahora mismo no puedes comer la mitad de Manhattan.

—Dorian —empieza, aunque la corto enseguida.

—También he descubierto que comer sushi estando embarazada es prácticamente es un crimen federal.

Ella intenta mantenerse seria unos segundos y luego fracasa, porque se empieza a carcajear, aunque escucharla hace que me sienta aliviado automáticamente.

—No puedo creerme que hayas buscado eso —dice entre risas.

—Yo tampoco puedo creerlo… Solo ha sido un momento de bajón, espero que no me afecta en mi reputación.

Elsie abre la bolsa y empieza a sacar cosas mientras me observa con una mezcla extraña entre incredulidad y algo que no sé qué es pero que me pone nervioso.

—¿Té sin cafeína? —pregunta levantando una caja.

—No me juzgues. La señora de la tienda daba miedo y parecía convencida de que el café iba a destruirte el sistema nervioso por siempre jamás.

—¿Le has pedido consejo a una señora desconocida?

—No. Ella decidió implicarse emocionalmente sin mi consentimiento.

Elsie vuelve a reírse y luego se queda quieta unos segundos mirándome.

En ese instante, siento que algo cambia otra vez, porque estamos juntos en su cocina pequeña, hablando de cosas absurdas y actuando como si esto empezara a parecer una especie de vida compartida improvisada.

Supongo que debería resultarme incómodo, pero la verdad es que me siento ridículamente bien aquí.

—No hacía falta que hicieras esto —murmura finalmente.

—Ya. Pero quería hacerlo.

La frase se me escapa antes de pensarla y noto inmediatamente cómo ella baja la vista un instante para después centrarse en guardar cosas en la cocina mientras yo invado el espacio que la rodea.

—No pongas eso ahí —me dice cuando muevo unas tazas para colocar el té sin teína.

—Tu cocina no tiene lógica.

—Mi cocina funciona perfectamente.

—Tienes las cucharas en un cajón distinto al de los cubiertos normales. Eso es propio del comportamiento criminal.

—Eso es organización.

—No, eso es terrorismo doméstico.

Ella resopla y me aparta un poco para coger una botella del armario. Su brazo roza el mío un segundo y noto inmediatamente esa tensión rara que aparece cada vez que estamos cerca. Porque últimamente todo entre nosotros parece quedarse peligrosamente al borde de algo que no sé muy bien cómo definir.

Elsie se apoya contra la encimera mientras bebe agua y yo me quedo mirándola unos segundos. Pese a que va vestida con ropa de andar por casa, despeinada y tiene cara de cansancio, a mí me parece preciosa.

—¿Qué? —pregunta al notar que la estoy mirando.

—Nada.

—Eso nunca significa nada bueno contigo.

—Estaba pensando que sigues teniendo cara de no dormir suficiente.

Ella pone los ojos en blanco.

—Qué sexy eres últimamente.

—Estoy evolucionando emocionalmente. Dame tiempo.

Ella intenta disimular la sonrisa, pero le dura muy poco. Apenas unos segundos después vuelve a ponerse seria y noto otra vez esa distancia entre nosotros.

—¿Qué pasa? —pregunto apoyándome en la encimera de la cocina y me quedo frente a ella.

—Nada.

—Rogers.

—No me mires así.

—¿Así cómo?

—Como si esto fuera sencillo —me dice tras haberse quedado unos segundos callada.

—No lo es —le respondo acercándome un poco más a ella y noto inmediatamente cómo contiene el aire.

—Entonces deja de actuar como si supieras hacerlo.

—Nunca he dicho eso.

Elsie me sostiene la mirada y por primera vez en días dejo de intentar parecer tranquilo, porque no lo estoy. Realmente, estoy agotado de fingir que entiendo algo.

—Estoy perdido, ¿vale? —admito finalmente—. No tengo ni idea de qué hago aquí la mitad del tiempo.

Ella parpadea ligeramente.

—Dorian…

—No sé cómo se supone que funciona esto. Solo sé que desde que me dijiste lo del embarazo no consigo dejar de pensar en ti y sinceramente empieza a tocarme bastante los cojones.

La frase le arranca una pequeña risa incrédula.

—Qué declaración tan bonita.

—Es lo máximo que puedo ofrecer ahora mismo.

Elsie baja la cabeza con una pequeña sonrisa y noto inmediatamente cómo cambia el ambiente entre nosotros. Ya no hay esa tensión impulsiva y desordenada que acababa siempre en besos ansiosos contra una pared. Ahora es algo más lento y eso resulta muchísimo peor.

Me acerco un poco y ella no se aparta. Puedo notar su respiración entrecortada incluso antes de tocarla y cuando rozo con mi mano su cintura veo cómo contiene el aire.

Tras eso, levanta despacio la vista hacia mí y después mira mi boca.

Yo hago exactamente lo mismo y ahí está el problema.

Los dos sabemos que esto ya no va solo de deseo y por eso da tanto miedo.

Me inclino hacia ella lentamente, sin bromas y sin intención de convertirlo en otra recaída absurda. Solo quiero besarla, pero justo antes de hacerlo, se aparta de golpe y ese rechazo me afecta bastante más de lo que esperaba.

—Joder —murmuro apartándome.

—No puedo —me responde abrazándose a sí misma-.

—Otra vez no.

—Dorian…

—No estoy intentando acostarme contigo.

—Ya lo sé.

—Entonces deja de reaccionar como si fuera eso.

Elsie traga saliva y aparta la mirada.

—No entiendes nada.

Ahí me enfado de verdad por primera vez desde que empezó todo esto.

—Pues explícamelo —le digo.

—No puedo hacerlo —me responde negando con la cabeza.

—Claro, esa es tu solución favorita para todo últimamente.

—No seas injusto.

—¿Injusto? Llevo días intentando acercarme a ti y cada vez que esto empieza a parecer algo de verdad sales corriendo.

Elsie levanta la vista rápidamente.

—Porque me das miedo.

La frase me deja completamente quieto y ambos nos miramos varios segundos. Justo entonces entiendo que no está hablando del embarazo.

—Necesito irme antes de que esta conversación acabe fatal —murmuro.

Ella no intenta detenerme, algo que me molesta mucho. Cuando llego a la puerta me giro un instante hacia ella y la encuentro exactamente donde la he dejado, quieta en mitad de la cocina con expresión agotada.

—Descansa un poco esta noche, ¿vale? —le digo al final.

Elsie asiente apenas y yo salgo del apartamento cerrando la puerta detrás de mí mientras tengo la convicción de que Brock tenía razón. Nunca he estado asustado por el bebé, sino porque Elsie empieza a importarme de verdad.