Capítulo 10 #2
El ambiente cambia de inmediato. Dorian se incorpora despacio del sofá y se acerca un poco más hasta donde estoy.
Yo debería moverme, pero no lo hago. Está tan cerca que noto el calor de su cuerpo y cuando me mira los labios entiendo enseguida lo que va a pasar o lo que podría pasar y justo en ese momento me entra el pánico de verdad.
Acostarme con Dorian Griffiths fue un desastre, pero enamorarme de él podría destruirme por completo. Así que retrocedo un paso y luego otro.
Dorian baja la vista un instante y su expresión cambia un poco. No parece enfadado sino confundido otra vez y odio el efecto que eso tiene sobre mí.
—Vale —murmura al cabo de unos segundos—. Creo que empiezo a detectar un patrón preocupante en nuestra dinámica.
Intento cruzarme de brazos, pero fracaso porque sigo demasiado consciente de él, de la lluvia sonando al otro lado de las ventanas y del hecho de que hace apenas una semana este hombre era solo una mala decisión recurrente y ahora ocupa probablemente la mitad de mis problemas emocionales.
—No hagas un drama.
Dorian deja escapar una risa breve.
—Es increíble la cantidad de veces que utilizas esa frase mientras tu vida se pone patas arriba.
—Mi vida no se pone patas arriba.
—Elsie, llevas diez segundos mirándome como si besarme pudiera activar una alarma nuclear.
—Porque quizá pueda hacerlo.
Él ladea ligeramente la cabeza.
—Eso ha sonado sospechosamente intenso.
Resoplo y camino hasta la cocina intentando poner distancia física entre nosotros antes de cometer otra estupidez. El problema es que Dorian me sigue y termina apoyado en el marco mientras yo abro la nevera, aunque no tengo hambre.
—¿Qué haces? —me pregunta sin dejar de mirarme.
—Necesito agua.
—Has abierto el congelador.
Cierro la puerta inmediatamente.
—No necesito que me estés vigilando constantemente.
—No estoy vigilándote. Estoy intentando evitar que sobrevivas a base de cubitos de hielo.
Cojo una botella de agua y le doy un trago demasiado rápido mientras intento recuperar el control de mi propio cuerpo. Porque él sigue aquí, ocupando espacio dentro de mi cocina pequeña con esa facilidad irritante que tiene para convertir cualquier conversación en algo íntimo.
—¿Sabes qué es lo peor de todo esto? —murmuro dejando la botella sobre la encimera.
Dorian levanta una ceja esperando a que continúe.
—Que Brock ya ha decidido que nuestro hijo será expulsado de varios colegios antes de los diez años.
La risa se me escapa sin querer y él sonríe al verlo.
—Eso. Exactamente eso —le señalo con un dedo—. Ese es el problema.
—Sigo sin entenderte.
—Me haces sentir que todo eso podría ser normal.
Dorian tarda un segundo en responderme y por primera vez desde que empezó este desastre parece no tener una frase ingeniosa preparada.
—No sabía que eso fuera algo malo.
—Contigo sí.
—Qué opinión tan fea tienes de mí, Rogers.
Apoyo las manos sobre la mesa intentando ordenar un poco mi cabeza, aunque empiezo a asumir que eso ya es imposible cuando él está cerca.
—Dorian, tú no eres precisamente una persona estable.
—Gracias. Siempre soñé con que una mujer me dijera eso en su cocina.
—Sabes perfectamente a qué me refiero.
—Explícamelo igualmente.
Levanto la vista hacia él y noto enseguida cómo algo cambia entre nosotros. Las bromas siguen ahí, pero ya no sirven para esconder lo importante.
—Tú nunca te quedas —le digo al final.
La sonrisa desaparece un poco de su cara.
—Eso crees tú.
—No, eso lo cree literalmente todo Manhattan.
Dorian baja la mirada unos segundos antes de acercarse hasta apoyarse a mi lado en la mesa.
—¿Y tú qué haces cuando las cosas se complican?
La pregunta me pilla desprevenida.
—Yo me quedo.
Él suelta una pequeña risa.
—No, Rogers. Tú trabajas hasta agotarte, finges que tienes todo bajo control y luego desapareces para que nadie vea que te estás hundiendo.
Abro la boca para discutirle eso, pero me callo enseguida porque odio lo bien que me conoce.
Fuera sigue lloviendo y el apartamento parece más pequeño desde que él está aquí dentro. Dorian baja la vista hacia mí y durante unos segundos nos quedamos quietos y cerca el uno del otro. Su mano roza la mía y noto un vuelco absurdo en el pecho.
—No sé qué estamos haciendo exactamente —admite a media voz—, pero desde que me dijiste lo del embarazo no consigo pensar en otra cosa. Ni en nadie más tampoco.
El aire se me queda atrapado dentro del pecho, porque esto ya no suena a tensión sexual, sino a algo muchísimo peor.
Dorian me mira un momento más antes de acercarse despacio.
Se inclina hacia mí lentamente y noto cómo mi cuerpo reacciona antes de que mi cabeza consiga pensar algo coherente.
Sus ojos bajan hasta mi boca, al igual que los míos y ahí me entra el pánico, porque el problema ya no es el embarazo, sino que empiezo a querer que Dorian Griffiths se quede.
Me aparto justo antes de que pueda besarme, aunque él se detiene inmediatamente.
—Elsie…
Niego con la cabeza demasiado rápido mientras doy otro paso atrás.
—No puedo.
Dorian frunce ligeramente el ceño.
—¿No puedes qué?
Pero no sé responder a eso sin admitir algo que todavía me da terror decir incluso para mí misma. Así que hago lo único que llevo días haciendo cada vez que esto empieza a parecer más serio... Alejarme.
—Necesito estar sola un rato —murmuro evitando mirarlo directamente.
Dorian se queda quieto frente a mí y noto el momento en el que entiende que no me estoy apartando por miedo al embarazo, sino que ahora el problema es él y quizá eso le asusta un poco también.