Error irreversible (Errores en Manhattan 3) Capítulo 10
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Capítulo 10

Elsie

Descubro que Dorian Griffiths tiene una capacidad alarmante para aparecer en cualquier lugar de Manhattan sin previo aviso exactamente cuarenta y ocho horas después de asegurarme que no iba a dejarme sola. Lo peor de todo es que empiezo a sospechar que habla completamente en serio.

La primera vez aparece delante de mi despacho con dos cafés en la mano y unas gafas de sol puestas que le dan aspecto de hombre a punto de cometer un fraude financiero a bordo de un yate italiano.

—Te he traído el desayuno.

Miro el vaso que me ofrece.

—Eso es un café.

—Y también desayuno emocional.

—No existe el desayuno emocional.

—Claro que existe. Lo inventaron las personas atractivas para justificar sus malas decisiones.

Le quito el vaso igualmente, porque necesito cafeína para sobrevivir a esta conversación y porque, además, ha traído exactamente el que suelo tomar, algo que me molesta más de lo que esperaba.

—¿Cómo sabías qué tipo de café me gusta?

Dorian se encoge de hombros.

—Llevas semanas pasando por la misma cafetería cada mañana. El camarero ya me saluda con cara de haber asumido que entre nosotros hay algo raro.

Lo observo unos segundos intentando decidir si eso resulta inquietante o absurdamente atento, aunque el problema es que probablemente son ambas cosas.

—No es necesario que hagas nada de esto, ¿eh?

—Todavía no me has explicado exactamente a qué te refieres con «esto».

—A aparecer constantemente en mi vida.

—Ah. Entonces sí necesito hacerlo.

Me mira por encima de las gafas de sol y noto otra vez esa energía rara que lleva persiguiéndome desde la noche del taxi.

Ya no parece el hombre que disfrutaba provocándome porque sí.

Ahora actúa como si hubiera decidido instalarse en mi rutina sin pedirme permiso, aunque lo peor es que empieza a salirle bien.

Dos días después aparece en mi despacho otra vez, aunque esta vez con comida.

—No pienso dejar que sobrevivas solo a base de café y ansiedad.

—Qué romántico suena eso.

—No es nada romántico, solo es una preocupación médica.

Le quito la bolsa de comida mientras Melissa, que no sé cómo se lo hace, pero cada vez que Dorian pasa por mi despacho aparece, observa la escena con la misma discreción que una reportera de prensa rosa.

—Melissa, si vas a seguir escuchando necesito que al menos me defiendas cuando salga mal.

—Personalmente creo que deberíais besaros y dejar de discutir —responde ella sin apartar la vista de nosotros.

—¿Ves lo que has provocado? —le digo a Dorian.

—Sinceramente, me siento poderoso —me suelta con gesto triunfante.

Entramos juntos en mi despacho y cierro la puerta antes de que media empresa empiece a especular oficialmente sobre mi vida privada.

Dorian se deja caer en la silla frente a mi mesa con una naturalidad ofensiva mientras yo saco la comida de la bolsa intentando ignorar el hecho de que conozca mis restaurantes favoritos.

—¿Cómo sabes tan bien dónde pido comida?

—Porque eres previsible cuando tienes hambre.

—Eso ha sonado insultante.

—No era un insulto solo era una observación masculina avanzada.

Resoplo mientras abro el recipiente de pasta y justo en ese momento noto su mirada bajar automáticamente hacia mi vientre. El gesto dura menos de dos segundos, pero lo veo. Y él se da cuenta de que lo he pillado.

—No hagas eso —murmuro.

—¿Hacer qué? —disimula.

—Mirarme así.

Dorian se inclina un poco hacia delante.

—Todavía estoy intentando acostumbrarme a la idea de que ahí dentro hay una personita que técnicamente comparte el cincuenta por ciento de su ADN conmigo y sinceramente me parece una información bastante intensa.

Su frase debería ponerme nerviosa, pero solo me hace gracia y eso es un problema.

—No lo llames «personita».

—¿Prefieres criatura misteriosa? —me pregunta alzando una ceja de una manera que me hace gracia.

—Prefiero que no conviertas mi útero en un tema de conversación habitual.

—Llegas tarde para eso. Llevo dos días hablándole mentalmente.

Levanto la cabeza inmediatamente.

—¿Perdona? —inquiero abriendo mucho los ojos.

—Solo con comentarios básicos. Nada invasivo.

—Dorian.

—Le he dicho que espero que herede tu capacidad de organización, porque si sale a mí probablemente acabará detenido antes de los quince.

La risa se me escapa antes de que consiga impedirlo y el muy idiota sonríe como si acabara de ganar algo importante.

Eso es exactamente lo que empieza a asustarme, porque cada día: me hace reír, me trae comida, me acompaña al coche, me escribe para preguntarme si he comido e invade mi vida como si llevara años haciéndolo.

Aunque el verdadero desastre de todo esto es que yo empiezo a esperar que aparezca… cada día.

Tres días después descubro hasta qué punto me estoy acostumbrando a él cuando salgo de una reunión agotadora y lo encuentro apoyado junto al ascensor mirando el móvil.

—Llegas tarde —le digo din pensar.

Dorian levanta lentamente la cabeza y me sonríe con un gesto de satisfacción masculina que me provoca ganas de tirarle algo.

—Hostia —murmura guardándose el teléfono en el bolsillo—. Acabas de admitir que esperabas verme.

—No he dicho eso.

—Pero tu subconsciente sí.

Intento seguir caminando, pero él me alcanza enseguida y me pone una mano en la espalda para guiarme hacia el ascensor. Aunque el contacto apenas dura un instante, noto el calor de sus dedos durante varios segundos sobre mi piel.

—¿Qué haces aquí? —pregunto entrando con él en el ascensor.

—He venido a secuestrarte para cenar.

—Eso suena ilegal.

—Solo si hay testigos.

Las puertas se cierran y el espacio reducido empeora inmediatamente todo. Porque Dorian huele bien, está cerca y últimamente tiene la costumbre irritante de mirarme como si intentara entenderme de verdad.

—No necesito que me supervises de manera constante.

—Eso ya me quedó claro las primeras quince veces que me lo dijiste.

—Entonces deja de aparecer sin avisar.

Dorian mete las manos en los bolsillos mientras me observa unos segundos.

—¿Quieres que deje de hacerlo?

La pregunta me pilla desprevenida porque la hace sin ironía, aunque la peor parte llega cuando descubro que no quiero responder.

El ascensor se detiene en la planta del garaje y salimos juntos mientras intento reorganizar mis propios pensamientos.

—Solo digo que esto empieza a parecer una relación rara —le digo recolocándome el bolso en el hombro.

—Créeme, si fuera una relación rara ya habría invadido oficialmente tu nevera.

—Eso ya lo has hecho.

—Entonces vamos adelantados.

Media hora después estamos cenando en un restaurante pequeño de Brooklyn porque, según Dorian, «los sitios tranquilos reducen las probabilidades de que Brock aparezca espontáneamente».

—No creo que Brock funcione así.

—Brock funciona exactamente así. Es como una maldición con mucho dinero.

Durante la cena conversamos de forma peligrosamente fluida y fácil.

Discutimos sobre nombres horribles para bebés, sobre si Dorian sería capaz de cambiar un pañal sin provocar una emergencia ecológica, sore si está convencido de que nuestro hijo heredará mi mala leche y su tendencia al caos.

Y en algún momento entre una broma y otra me doy cuenta de algo que me deja completamente helada: esto ya no parece un accidente sino el inicio de algo y eso me aterroriza muchísimo más que el embarazo.

Dorian está hablando sobre cómo Brock jamás debería acercarse a un niño pequeño cuando de repente me doy cuenta de que lleva varios segundos mirándome sin continuar la frase.

—¿Qué? —pregunto incómoda.

—Nada.

—Eso nunca significa nada bueno.

—Solo estaba pensando que llevabas días sin parecer tan agotada —me responde inclinándose ligeramente sobre la mesa.

—Estoy cansada igualmente.

—Ya, pero ahora al menos comes.

—Qué observador te has vuelto de repente —le contesto arqueando una ceja.

—Tú también mirarías mucho si alguien importante pareciera a punto de desmayarse constantemente.

La frase cae entre nosotros de una forma distinta a las bromas habituales. Porque Dorian no ha dicho «importante» pensando en el embarazo. Me ha mirado a mí al decirlo y eso me obliga a apartar la vista inmediatamente. Ya no sé cómo estar cerca de él sin que todo esto empiece a doler un poco.

Cuando salimos del restaurante está lloviendo otra vez y Dorian insiste en acompañarme hasta casa. Yo ya ni siquiera discuto demasiado porque empieza a conocer todas mis respuestas antes de que las diga.

Cuando llegamos a mi apartamento, el ambiente cambia inmediatamente en cuanto cierro la puerta detrás de nosotros.

No pasa nada concreto y precisamente ese es el problema.

Porque él deja la chaqueta sobre el sofá, yo me descalzo junto a la entrada y de pronto todo parece íntimo de una manera absurda.

Dorian se sienta en una esquina del sofá mientras yo intento reorganizar unas revistas que no necesitan reorganización.

—Vas a romper algo si sigues fingiendo que esos papeles son interesantísimos.

—Estoy ocupada.

—No, estás nerviosa.

Levanto la vista hacia él.

—¿Y tú cómo estás tan tranquilo?

Dorian tarda unos segundos en responderme.

—No estoy tranquilo.

Su sinceridad me deja parada.

La lluvia golpea suavemente las ventanas mientras el salón queda envuelto en una calma incómoda.

Él me mira desde el sofá y yo sigo junto a la mesa intentando recordar por qué mantener la distancia parecía una idea sencilla antes de que empezara a importarme.

Porque ese es el verdadero problema: ya me importa.

—¿Por qué estás haciendo esto? —pregunto al fin.

Dorian frunce ligeramente el ceño.

—¿Hacer qué?

—Todo esto. Aparecer constantemente, escribirme, traerme comida, actuar como si... —me callo antes de terminar la frase.

—¿Como si qué?

Trago saliva.

—Como si esto fuera normal.

Dorian me observa unos segundos y noto que la respuesta se le escapa de entre los labios antes de pensarla.

—Porque desde que me lo dijiste no consigo pensar en otra cosa.