Error irreversible (Errores en Manhattan 3) Capítulo 9
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Capítulo 9

Dorian

—Y eres tú el padre. Por desgracia, eres tú.

Durante unos segundos, el vestíbulo de recepción sigue funcionando alrededor de nosotros con normalidad.

Suenan teléfonos, alguien cruza el hall cargando unas cajas, una mujer con auriculares habla deprisa junto al mostrador y Melissa finge ordenar carpetas con la concentración de quien acaba de descubrir el cotilleo del año.

Todo continúa en movimiento, menos yo.

«Embarazada».

«Padre».

Las dos palabras entran en mi cabeza y se quedan ahí, enormes, imposibles de colocar en ningún sitio que no me provoque vértigo.

Miro a Elsie, pero ni siquiera sé qué cara tengo.

Ella sigue delante de mí, pálida, agotada, con el bolso colgado del hombro y una firmeza extraña en la mandíbula, aunque los ojos la traicionan por completo.

Justo en este momento entiendo, aunque tarde y mal, que ha llegado hasta aquí sola.

Sola con las llamadas que no ha respondido.

Sola con las náuseas. Sola con la clínica a la que probablemente ha ido.

Sola con una verdad que también me pertenece y que yo todavía no sé ni cómo asimilar.

—Vale —murmuro al fin.

«Magnífica reacción, Griffiths», me digo para mí e intento tragar saliva, aunque siento la garganta tan seca que no lo consigo.

Elsie cierra los ojos un instante y cuando vuelve a abrirlos veo el daño.

—No hagas eso.

—¿Hacer qué?

—Poner esa cara.

—¿Qué cara exactamente? Porque ahora mismo tengo varias y ninguna parece especialmente útil.

—La de hombre que está intentando soltar una broma antes de aceptar lo que acaba de oír.

Me paso una mano por el pelo y suelto el aire despacio, porque tiene razón. Claro que tiene razón. El problema es que llevo treinta y cuatro años usando el humor como salida de emergencia y ahora mismo todas las puertas de ese edificio parecen cerradas.

—Estoy intentando procesarlo.

—Pues no lo parece.

—¿Y qué quieres que parezca, Elsie? Acabas de decirme que estás embarazada en mitad de la recepción de la empresa.

Ella aprieta los labios y mira de reojo hacia el mostrador, donde Melissa continúa intentando hacer creer que está concentrada en su trabajo y no en nuestra conversación, aunque no lo consigue.

—Créeme, esta tampoco era mi primera opción.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde hace unos días —me dice tras unos segundos.

—¿Unos días? —repito, y esta vez no consigo ocultar el golpe—. ¿Has ido sola al médico?

Se queda quieta y ahí tengo la confirmación incluso antes de que hable.

—Sí, he ido hoy —asiente levemente con la cabeza.

—Joder, Elsie —chasqueo la lengua mientras niego con la cabeza.

—No me mires así.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras intentando hacer una broma para no asumir lo que acabo de decirte.

Eso consigue arrancarme una risa seca, nacida del pánico que me invade ahora mismo. Elsie me mira y el gesto que cruza su cara me deja claro que acabo de hacerlo todo peor.

—No me estoy riendo de esto —le aclaro.

—Pues disimulas fatal.

—Estoy en shock .

—Yo también lo estaba. Aun así conseguí no hacer bromas delante del ecógrafo.

La palabra ecógrafo me deja clavado, porque de repente dentro de mi cabeza aparece la imagen de ella tumbada en una camilla, escuchando algo que yo no he escuchado, recibiendo una confirmación que también era para mí, aunque no estuviera allí.

Algo feo y pesado se me instala en medio del pecho y me impide llenar los pulmones de aire con normalidad.

—¿Está…? —Empiezo la frase y me odio al instante por no saber ni terminarla.

Elsie baja la mirada hacia el bolso.

—Está bien. O eso ha dicho el médico —me cuenta encogiéndose de hombros.

«El médico», me digo en silencio.

Otro hombre ha dicho algo sobre mi hijo antes que yo. Esa idea me resulta absurda, injusta y completamente inútil, pero aun así me afecta. Me acerco un poco a ella y bajo más la voz.

—¿De cuántas semanas estás?

Elsie me sostiene la mirada un instante.

—De ocho.

La boda de Theo y Juliette aparece en mi cabeza con una precisión brutal y Tribeca, el hotel, la música, el alcohol, Elsie riéndose, mi mano en su cintura, una puerta cerrándose... Recuerdos incompletos y la sensación constante de haber cometido un error antes de entender su tamaño.

—Entonces…

—Sí —me corta—. Fue aquella noche.

No sé qué decir otra vez. De pronto todas mis frases, mis pullas y mis salidas brillantes se quedan en algún lugar lejano, inútiles para esto. Y como no sé qué decir, hago lo peor que puedo hacer: pregunto algo práctico.

—¿Y ahora qué?

Elsie me mira como si acabara de empujarla un centímetro más hacia el borde del precipicio junto al que estamos los dos.

—No lo sé, Dorian.

—Ya, claro...

—¿Eso es todo? —me pregunta arrugando el entrecejo.

—No, no es todo, pero no tengo ni idea de qué se supone que tengo que preguntar primero.

—Pues quizá podrías empezar por no parecer un hombre intentando encontrar la salida.

La frase me atraviesa el pecho como un tiro.

—No estoy buscando una salida.

—No lo sé.

—¿Perdona?

Elsie traga saliva y durante un segundo parece a punto de arrepentirse de haberlo dicho, pero no retrocede.

—No te reconozco así.

—¿Así cómo?

—Sin chistes, sin juegos y sin poder convertirlo todo en una noche absurda que luego desaparece y olvidas.

No contesto enseguida, porque eso sí lo entiendo, de hecho, lo entiendo tan bien que me deja sin defensa.

—No ha desaparecido ni la he olvidado —murmuro.

—Para mí lleva días ocupándolo todo.

Ahí se me corta algo por dentro, porque durante días yo he interpretado sus evasivas como rechazo, arrepentimiento o miedo a lo que había pasado entre nosotros. Mientras cargaba sola una noticia que acababa de partirle la vida.

—¿Qué quieres hacer? —pregunto al fin.

Elsie se queda quieta.

—No lo sé.

La sinceridad me descoloca más que cualquier reproche.

—¿Y tú? —añade.

Abro la boca, aunque no sale nada de mi garganta. Sí, sin duda podrían nombrarme el padre del año incluso antes de empezar.

Elsie suelta una risa mínima, rota por el cansancio.

—No hagas eso —le ruego.

—¿Hacer qué?

—Mirarme ya convencida de que voy a salir corriendo.

—Acabas de quedarte callado durante medio minuto.

—Porque me acabas de decir que vamos a tener un hijo.

La frase sale antes de que pueda pensarla

«Vamos».

Elsie parpadea y por un segundo veo que esa palabra también le ha impactado.

—No sé si hay un «vamos» todavía.

—¿Perdona?

—No lo digo así…

—Pues ha sonado exactamente así.

—Dorian, ni siquiera sé qué estoy diciendo.

Vengo de una clínica, tengo un informe del ginecólogo en el bolso y he escuchado un latido hace menos de una hora.

Ahora solo intento no venirme abajo en medio de la empresa, así que agradecería que no convirtieras esto en una competición de quién reacciona peor.

Eso me cierra la boca, porque no puedo discutirle nada, porque tiene toda la razón…

Otra vez. Aunque eso no quita que ahora me gustaría tocarla, cogerle de la mano y hacer algo que no parezca inútil.

Pero está tan tensa que cualquier gesto podría hacer que se viniera abajo y yo no confío ahora mismo ni en mis manos, ni en mi boca, ni en mi capacidad para no empeorarlo todo.

—Necesito aire —digo al fin.

La expresión de Elsie cambia de inmediato y tengo la sensación de que interpreta mi «necesito aire» como un «me voy». Quizá porque hasta hoy, viniendo de mí, habría significado exactamente eso.

—Claro —murmura—. Eso se te da bien.

—Elsie…

—No pasa nada. Ya has procesado suficiente por hoy.

—No me hables así, por favor.

—¿Cómo quieres que te hable? ¿Con suavidad? ¿Con paciencia? Porque te aviso que todo eso se me ha acabado hace rato.

Me paso la lengua por los dientes y asiento una vez, no porque esté de acuerdo, sino porque si sigo aquí voy a decir algo que no arreglará nada.

—Volveré a hablar contigo.

—Haz lo que quieras —me responde cansada.

Salgo del edificio con la sensación de haber dejado algo importante atrás.

En la calle, Manhattan todo continúa vulgarmente vivo mientras yo camino sin recordar hacia dónde voy.

Finalmente, acabo subiendo a mi coche y conduzco hasta mi ático en piloto automático.

Cuando llego, dejo las llaves sobre la encimera y me quedo de pie en medio del salón, rodeado de muebles caros, vistas impresionantes de la ciudad y un orden tan perfecto que de pronto me parece absurdo.

Cojo una botella de whisky, me sirvo un vaso y lo dejo sobre la mesa sin probarlo.

El líquido permanece quieto mientras yo sigo con el móvil en la mano, mirando la pantalla apagada.

Tengo mensajes pendientes de leer, llamadas perdidas y probablemente alguna emergencia en el trabajo por atender, pero ahora mismo todo eso me parece irrelevante.

«Elsie está embarazada de ocho semanas», me digo para mí en un intento de interiorizarlo, aunque me quedo muy lejos de conseguirlo.

Me siento en el sofá y cierro los ojos, aunque es una idea pésima porque los recuerdos de Elsie empiezan a aparecer con más fuerza en mi cabeza.

«Deberías irte ya» la recuerdo decir, con la espalda apoyada en la pared del pasillo.

Luego aparece otra imagen más breve en mi cabeza del pasillo del hotel y la sensación de estar llevándola hacia una mala decisión, pero querer hacerlo igualmente.

Y al fondo, durante un segundo, alguien quieto observándonos desde la distancia antes de desaparecer detrás de un grupo de invitados.

Abro los ojos de repente. No sé quién era.

Ni siquiera sé si el recuerdo está completo o si mi cabeza está intentando rellenar huecos de aquella noche en Tribeca.

Pero la incomodidad me invade con tanta fuerza que dejo el móvil sobre la mesa y me inclino hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas.

Alguien nos vio o quizá no o quizá todo esto no es más que mi cabeza buscando otro culpable, porque aceptar mi parte resulta mucho menos cómodo.

Miro el vaso de whisky intacto y justo en ese instante mi teléfono vibra sobre la mesa. Por un segundo creo que es Elsie y lo cojo demasiado rápido, pero al mirar la pantalla veo que no es ella.

Brock:

¿Tengo que ir a sacarte del ático

o todavía conservas algo de dignidad?

No le respondo y dejo en teléfono de nuevo boca abajo en la mesa, aunque.

Ya no puedo quedarme quieto. Camino de un lado al otro del salón, regreso a la cocina, miro por los ventanales y me siento en el sofá para descubrir que las vistas de Manhattan sirven de muy poco cuando lo único que consigo ver dentro de mi cabeza es la cara de Elsie al decirme que estaba embarazada.

En cambio, yo solo tuve la genial idea de decirle que necesitaba que me diera el aire y odio un poco por eso.

La imagen de Elsie en la clínica vuelve sin permiso a mi cabeza.

La veo sola y tumbada en una camilla, contestando preguntas mientras escucha un latido que yo no he oído.

Para después salir de la consulta con un informe en el bolso y con la idea de regresar al trabajo porque no se atrevía a quedarse en su casa.

Me levanto como un resorte, cojo las llaves y salgo de casa dando un portazo.

Cuarenta minutos después estoy delante del edificio de Elsie en Brooklyn, con la sensación de estar a punto de hacer algo para lo que no tengo ninguna preparación.

La puerta del portal se abre cuando un vecino sale con un perro y aprovecho para entrar antes de que mi cerebro decida esconderse detrás de otra frase brillante.

Subo hasta su planta y me quedo unos segundos delante de su puerta sin llamar.

Esto sí es nuevo para mí, porque yo nunca he dudado frente a puertas cerradas.

Normalmente entro, salgo o hago que alguien se arrepienta de haberme dejado pasar.

Pero ahora tengo la mano levantada y el corazón haciendo algo raro contra mis costillas, porque quizá Elsie no me abra o quizá sí me abra, pero me diga que llego tarde.

O, tal vez, me mire exactamente igual que en recepción, con esa mezcla de cansancio y decepción que no sé cómo quitarme de encima.

Llamo antes de darle más vueltas. Tarda varios segundos en abrir, pero cuando lo hace veo en su gesto que no esperaba volver a verme esta noche. Lleva ropa cómoda, el pelo recogido y tiene el gesto cansado. No parece sorprendida sino preparada para otra decepción.

—¿Has venido a decirme que necesitas más tiempo para respirar? —me pregunta sin moverse de la puerta.

En otro momento habría respondido algo, habría hecho una broma o cualquier cosa para recuperar terreno, pero ahora no me sale.

—No tengo ni idea de cómo se hace esto.

Elsie se queda quieta.

—No sé qué se supone que tengo que decir —continúo, obligándome a sostenerle la mirada—. No sé qué quieres hacer tú, ni sé qué quiero hacer yo todavía y no sé cómo demonios hemos pasado de una boda absurda a esto.

No responde, pero tampoco cierra la puerta y eso me basta para seguir.

—Estoy muy asustado, Elsie, y probablemente voy a meter la pata más veces de las que ahora mismo puedo calcular.

Su expresión cambia un poco y yo respiro hondo y dejo de intentar parecer que tengo una seguridad que no siento.

—No tengo ni idea de cómo se hace esto… pero no pienso dejarte sola.