Capítulo 8
Elsie
Estoy sentada en una silla gris de plástico duro mientras en una pantalla colgada en la pared reproduce en bucle un anuncio sobre tratamientos de fertilidad protagonizado por parejas sonrientes y médicos excesivamente tranquilos.
A mi derecha, una mujer embarazada revisa correos en el móvil sin levantar la vista y cerca de recepción, una pareja habla en voz baja mientras una enfermera pronuncia nombres con tono mecánico.
Todo resulta limpio, ordenado y extrañamente aséptico, pero también ofensivamente cotidiano.
Ese es el problema. Porque yo llevo diez minutos intentando recordar cómo respirar con normalidad mientras sostengo el móvil entre las manos y observo una puerta blanca detrás de la que probablemente van a confirmar oficialmente que mi vida acaba de saltar por los aires.
No quiero dramatizar, de hecho, ni siquiera me siento capaz de hacerlo. Pero me siento atrapada en una especie de bloqueo extraño, donde sigo funcionando en piloto automático mientras mi cabeza intenta fingir que nada existe realmente hasta que alguien lo diga en voz alta.
De repente, la enfermera pronuncia mi nombre y tardo un instante en reaccionar.
—¿Elsie Rogers?
Levanto la cabeza enseguida.
—Sí.
—Puede pasar por aquí, por favor —me indica señalando la puerta que tiene a su espalda al final del pasillo
Me pongo en pie y noto las piernas como si fueran de gelatina, aunque por suerte puedo mantenerme recta y soy capa de seguir a la enfermera por el pasillo silencioso.
Las luces blancas del techo me resultan agresivas a estas horas y el sonido de mis propios tacones contra el suelo hace que todo parezca todavía más irreal.
Cuando la enfermera me abre la puerta de la consulta, entro y veo que es pequeña, pero está toda perfectamente ordenada. El médico me saluda con amabilidad mientras revisa algo en el ordenador y yo tomo asiento frente a él intentando aparentar una tranquilidad que no siento.
—¿Qué tal está, señorita Rogers?
La pregunta resulta tan absurda en este momento que casi me echo a reír.
—Bien.
Mentira.
—¿Cuándo fue la fecha de su última menstruación?
Respondo automáticamente.
—¿Ha tenido náuseas? ¿Cansancio? ¿Mareos?
Sí a todo, muchísimo además, aunque solo asiento mientras el médico sigue tecleando en el ordenador.
—Vamos a hacer una ecografía para confirmar las semanas de embarazo, ¿de acuerdo? —me indica señalando la camilla que tiene a un lado del pequeño despacho.
La palabra «confirmar» me golpea directamente en mitad del pecho, porque llevo días intentando convencerme de que podía existir otra explicación, pero ya no queda espacio para nada de eso. Ahora toca convertirlo en real.
Me tumbo sobre la camilla intentando no pensar demasiado. El médico aplica gel sobre mi abdomen y el contacto hace que me tense inmediatamente.
—Relájase un poco, señorita Rogers, acabaremos enseguida —me ruega el médico, aunque me quedo lejos de conseguirlo.
Intento respirar despacio mientras él mueve el ecógrafo y la pantalla empieza a llenarse de sombras borrosas que no consigo interpretar. Al principio no entiendo qué estoy viendo, pero de repente escucho un sonido que me recuerda al galope de un caballo, es rápido y constante.
—Ahí tenemos el latido —me indica el médico y señala con la mano libre algo minúsculo que se mueve en la pantalla y que yo soy absolutamente incapaz con ninguna forma que reconozca.
El aire se me queda atrapado dentro de los pulmones y no me muevo, de hecho, ni siquiera pestañeo. Simplemente me quedo mirando la pantalla mientras algo se rompe lentamente dentro de mí.
—Todo parece ir bien —explica el ginecólogo con voz tranquila—. Y por las medidas del embrión parece que aproximadamente está de ocho semanas.
«Ocho semanas», me repito para mí en silencio y la cifra cae directamente sobre aquella noche en el hotel de Tribeca, la boda, el alcohol, aquel ascensor, Dorian besándome contra la pared mientras yo fingía que todavía mantenía algo de sentido común…
Ahora ya no hay escapatoria posible, porque mi embarazo ya no es una sospecha, ni una opción remota. Hay algo creciendo dentro de mí y Dorian formaba parte de ello.
El médico sigue hablando y me explica algo sobre vitaminas, revisiones y fechas aproximadas mientras yo continúo mirando la pantalla incapaz de procesar nada más allá de ese sonido de galope veloz que se ha quedado atrapado dentro de mi cabeza como un mantra infinito.
Hay un corazón latiendo dentro de mi cuerpo y la mitad de él pertenece a Dorian Griffiths.
Sin duda, la realidad resulta muchísimo más brutal cuando deja de ser imaginaria.
—¿Se encuentra bien, señorita Rogers? —me pregunta el doctor y yo tardo un segundo en reaccionar.
—Sí —miento, pero esta vez ni siquiera sé cómo explicarle lo contrario a un desconocido.
Quince minutos después salgo de la clínica con un informe dentro del bolso y la sensación constante de que Manhattan se mueve a una velocidad incompatible con mi existencia actual.
La ciudad sigue exactamente igual: los taxis pitan, la gente cruza pasos de peatones hablando por teléfono, un repartidor casi atropella a un hombre con traje delante de una cafetería mientras una pareja discute junto a un semáforo…
. Todo continúa funcionando igual que siempre, pero yo me siento completamente desplazada del resto del planeta.
Camino varias calles sin recordar realmente por dónde paso.
Giro esquinas en piloto automático y termino entrando en una cafetería, porque necesito sentarme antes de que mi cerebro colapse oficialmente.
Pido un café que no quiero y cuando me lo sirven, el olor me revuelve el estómago inmediatamente y tengo que reprimir una arcada.
Dejo el vaso sobre la mesa sin probarlo y saco el móvil del bolso.
Tengo varios mensajes pendientes, dos correos urgentes de clientes por contestar y tres llamadas perdidas de Dorian.
«Tres».
Me quedo observando el teléfono en silencio durante unos segundos y de repente vibra entre mis manos. Es una llamada de Dorian, pero lo dejo sonar hasta que se corta, aunque vuelve a llamar varias veces que tampoco respondo.
La presión que siento en medio del pecho aumenta inmediatamente, porque ahora ya no estoy ocultándole un problema abstracto, sino a una personita entera que está creciendo dentro de mí.
«Hola, Dorian. ¿Recuerdas cuando nos acostamos en Tribeca? Enhorabuena. Ahora existe una consecuencia biológica permanente», reproduzco esa frase dentro de mi cabeza imaginando la conversación que mantendríamos.
Cuando consigo salir de la cafetería, tomo la estúpida decisión de ir a trabajar. Porque responder correos, discutir qué tipos de flores son las mejores para eventos corporativos y fingir que sigo siendo funcional me parece infinitamente más sencillo que volver sola a mi apartamento.
La empresa está llena de movimiento cuando llego.
Melissa habla por teléfono en recepción mientras un repartidor deja varias cajas junto a la entrada y alguien discute al fondo sobre presupuestos para una gala benéfica.
Sí, esto es totalmente normal, justo lo que necesito ahora mismo para olvidarme de todo lo demás.
—Pensaba que hoy librabas —me comenta Melissa apenas entro.
—El tráfico estaba horrible —miento automáticamente.
Ni siquiera sé por qué he dicho eso, porque no tiene sentido para alguien que suele ir a trabajar en metro, pero mi cerebro lleva horas funcionando regular.
Cruzo recepción intentando mantener una expresión humana creíble y entro directamente al baño antes de ir a mi despacho.
Necesito un minuto para mí. Me apoyo sobre el lavabo y levanto lentamente la vista hacia el espejo.
La imagen que me devuelve no ayuda. Estoy pálida.
Tengo los ojos brillantes y cara de mujer que acaba de escuchar un corazón latiendo dentro de su cuerpo hace menos de una hora.
—Qué buena pinta tienes, Rogers —murmuro para mí—. Nada preocupante en absoluto.
Abro el grifo y me mojo las muñecas intentando recuperar el aire, aunque no me acaba de funcionar.
Cuando salgo del baño, noto la tensión antes incluso de ver o que sucede.
Según me acerco al mostrador, veo una presencia demasiado familiar apoyada contra el mármol negro mientras mira el móvil con gesto impaciente.
Dorian lleva la chaqueta abierta y el gesto cansado de quien probablemente lleva varios minutos cuestionándose por qué sigue esperando aquí.
Entonces levanta la vista y su actitud cambia en menos de dos segundos.
Se incorpora, deja el móvil sobre el mostrador y viene directamente hacia mí sin bromear siquiera.
Yo intento seguir caminando como si no lo hubiera visto, pero fracaso, porque él me corta el paso antes de que llegue a la puerta del ascensor.
—¿Qué coño pasa?
La pregunta sale rápida y mucho más seria de lo habitual en él.
—Estoy trabajando —le miento, aunque ni yo me creo la respuesta.
—Te llamo y no solo no respondes, sino que parece que hayas desaparecido de la faz de la tierra. Además, cuando te veo da la sensación de que estás a punto de desmayarte y ahora mismo tienes cara de haber visto un fantasma. Así que voy a volver a preguntarlo. ¿Qué está pasando?
Noto el informe del médico dentro de mi bolso como si pesara una barbaridad.
—No pasa nada.
Dorian suelta aire lentamente y se pasa una mano por el pelo frustrado.
—Vale. Pues eso ya no me lo creo.
Varias personas atraviesan la recepción, pero tengo la sensación absurda de que el edificio entero ha desaparecido y que solo existimos él y yo.
—¿Has venido aquí directamente desde algún sitio? —pregunta entonces bajando ligeramente la voz.
—No es asunto tuyo donde haya ido.
Su expresión cambia inmediatamente.
—Claro que es asunto mío cuando parece que estás a punto de caerte redonda al suelo.
La frase me atraviesa, porque ya no suena a provocación. Intento moverme otra vez, pero él me corta el paso.
—Elsie.
—No hagas esto ahora.
—¿Hacer qué? ¿Intentar entender qué coño te pasa?
—No necesito supervisión masculina.
—Perfecto. Porque esto ya no tiene nada que ver con orgullo masculino.
La tensión empieza a cerrarme la garganta. Estoy al límite desde hace días y ahora ya no puedo quitarme de la cabeza el sonido de aquel latido.
Dorian me observa durante varios segundos y noto cómo pasa lentamente de la preocupación al enfado.
—¿Qué me estás escondiendo?
Trago saliva, porque no puedo decir esto aquí en medio del hall de la empresa y mientras Melissa finge ordenar carpetas a pocos metros escuchando probablemente cada palabra.
—Dorian…
—No. Basta ya. Estoy cansado de hacer preguntas y que me respondas con evasivas absurdas.
—No sabes de lo que hablas.
—Entonces explícamelo.
El cansancio termina rompiendo algo dentro de mí, porque ya no puedo seguir soportando esto sola. Porque estoy agotada y Dorian no deja de mirarme como si fuera capaz de desmontarme pieza por pieza hasta encontrar la verdad igualmente.
Así que me rindo. Levanto la vista hacia él y noto que mi voz sale cansada, pero sale.
—Estoy embarazada.
Dorian se queda completamente quieto y mudo. Ni siquiera parece respirar mientras, el ruido de recepción continúa a nuestro alrededor.
Trago saliva intentando sostenerle la mirada.
—Y eres tú el padre —añado agotada—. Por desgracia, eres tú.