Error irreversible (Errores en Manhattan 3) Capítulo 7
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Capítulo 7

Dorian

Llevo exactamente treinta y siete minutos mirando el mismo correo sin leer una sola línea.

No sé ni quién lo ha enviado. Solo sé que sigue abierto en mi portátil mientras yo vuelvo a comprobar el móvil por cuarta vez en menos de dos minutos y descubro exactamente lo mismo que las tres veces anteriores: Elsie sigue sin responderme, algo que empieza a tocarme los cojones a un nivel bastante preocupante.

Me dejo caer hacia atrás en la silla de mi despacho y giro el teléfono entre los dedos mientras trato de convencerme de que no pasa nada.

Porque técnicamente no pasa nada. Anoche discutimos un poco, ella me pidió espacio, yo me marché y cualquier persona emocionalmente estable asumiría que lo lógico es dejar pasar unas horas antes de insistir…

El problema es que yo nunca he sido especialmente bueno haciendo lo lógico.

Cuando más perdido estoy en mis pensamientos, la puerta de mi despacho se abre y Brock entra con un café en una mano y una carpeta bajo el brazo.

—Hostia. Tienes cara de hombre divorciado.

—Qué alegría verte también a ti.

Brock deja la carpeta sobre mi mesa y me observa unos segundos con una atención que me pone inmediatamente de mal humor.

—Vale. Confirmado. Estás fatal —suelta negando con la cabeza.

—No estoy fatal.

—Todavía no me has insultado, eso no es normal en ti.

Bloqueo la pantalla del teléfono y lo dejo boca abajo sobre la mesa.

—Estoy trabajando.

Brock mira el portátil abierto delante de mí.

—Dorian, el correo que tienes abierto lleva sin moverse desde que he llegado al edificio.

Frunzo el ceño.

—¿Cuánto rato es eso?

—Treinta minutos.

—Eso no demuestra nada.

—Demuestra que tu cerebro está ocupado intentando entender a una mujer y sinceramente me parece divertidísimo.

Cojo la pelota antiestrés que alguien dejó hace meses sobre mi escritorio y se la tiro directamente a la cara. Brock la esquiva sin esfuerzo.

—Violencia masculina. Mala señal.

—¿Has venido a trabajar o a tocarme los cojones?

—A pesar de ser un hombre, puedo hacer esas dos cosas a la vez.

Se deja caer en la silla frente a mí con la energía propia de quien vive permanentemente entretenido por el caos ajeno.

—Vale, voy a ayudarte porque empiezo a sentir preocupación real por tu estado mental.

—Qué detalle tan conmovedor.

—No pareces un tío intentando acostarse con una mujer —continúa ignorándome—. Pareces un tío intentando entenderla.

La frase me golpea tan rápido que tardo un segundo en reaccionar. Brock lo nota y empieza a sonreír como un psicópata.

—Hostia. Esa cara sí que es preocupante.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de hombre que acaba de descubrir que tiene sentimientos y está buscando al responsable.

Brock se ríe mientras se inclina hacia delante.

—Dorian, llevas semanas persiguiendo a una mujer que claramente está evitando hablar contigo y en vez de cansarte pareces cada vez más obsesionado con ella. Esto ya no parece deseo sino un problema psicológico interesante.

—No estoy obsesionado.

—Ayer apareciste en Hammond & Rowe fingiendo que venías a verme a mí.

—Trabajo aquí.

—Claro. Igual que yo voy al gimnasio por salud mental.

Resoplo y vuelvo a coger el móvil sin pensar. Pero nada, no he recibido nada, ni un mensaje, ni una llamada.

La incomodidad que arrastro desde que salí de su apartamento aparece de nuevo. Porque cuantas más vueltas le doy a la conversación de esta mañana, menos sentido le encuentro. No parecía arrepentida, sino asustada y eso es mucho peor.

A última hora de la mañana, ya he encontrado cuatro excusas distintas para escribirle.

La primera era razonable, la segunda discutible, la tercera directamente ridícula y la cuarta ha sido preguntarle si seguía viva después de sobrevivir al café que hemos tomado esta mañana, pero sigo sin respuesta.

Devon me encuentra mirando el móvil otra vez cuando entro en la sala de reuniones donde hemos quedado para comer con el resto del grupo.

—Esto empieza a ser triste de ver.

—¿Por qué todos os habéis convertido en expertos en mi vida sentimental de repente? —le pregunto alzando la vista hasta él.

—Porque nunca has tenido una y resulta estadísticamente fascinante.

—Qué bonito concepto de amistad manejas.

Devon deja varias carpetas sobre la mesa mientras George organiza documentos detrás de él con la misma eficiencia silenciosa de siempre.

—¿Has conseguido hablar con Elsie?

La pregunta me sorprende lo justo para cabrearme.

—¿Ahora tú también?

—Ahora yo también ¿qué?

—Me analizas como si fuera un caso clínico.

Devon levanta una ceja.

—Dorian, llevas cinco minutos respondiendo correos sin enviarlos.

George aparta la vista de la tableta apenas un segundo.

—Seis, técnicamente —dice y yo le señalo inmediatamente con el dedo índice de la mano derecha.

—Él da miedo —sentencio refiriéndome a George.

—Él trabaja conmigo —responde Devon—. Aprende rápido.

Media hora después estamos todos sentados en el Lumière y por primera vez desde que conozco a este grupo me doy cuenta de que quizá nadie aquí está realmente equilibrado.

Brock discute con Theo sobre apuestas absurdas relacionadas con un partido de béisbol.

Elara disfruta claramente observando el desastre general mientras Amara permanece tranquila junto a ella con una capacidad inquietante para verlo todo, aunque parezca distraída.

Max revisa el móvil con gesto cada vez más indescifrable y Alistair Hudson aparece diez minutos tarde, impecable como siempre y con esa mirada extraña que hace pensar que sabe algo que el resto todavía no entiende. Por último, llega Elsie.

Mi cuerpo reacciona antes que mi cerebro.

La veo entrar en el restaurante y noto inmediatamente que algo sigue sin ir bien.

Lleva una chaqueta clara, el pelo recogido en una coleta y unas ojeras suaves que no estaban ahí hace semanas.

Cuando nuestras miradas se cruzan, apenas aguanta el contacto un instante antes de mirar hacia otro lado.

Ahí vuelve otra vez esa sensación de que no está enfadada, tiene miedo, pero… ¿a qué?

—Hostia —murmura Brock a mi lado—. Tienes la misma cara que Devon cuando alguien intenta colarle una cláusula absurda.

—Cállate —le ordeno.

—No puedo. Esto empieza a preocuparme de verdad.

Elsie saluda al grupo intentando parecer normal y durante unos minutos casi lo consigue.

Habla con Elara, discute con Theo sobre una fiesta benéfica y hasta consigue reírse cuando Brock empieza a contar cómo casi lo expulsan de un casino en Atlantic City.

Pero yo sigo observándola, porque cada pocos minutos se queda ausente, apenas prueba la comida y porque cuando cree que nadie la mira, parece agotada.

—Por cierto —dice Elara mientras deja la copa sobre la mesa—. El hotel de la boda nos ha enviado un correo rarísimo esta mañana.

Eso hace que Max levante la vista inmediatamente.

—¿Qué correo? —pregunta Devon.

—Al parecer varias cámaras de seguridad fallaron aquella noche.

Alistair, que hasta ahora apenas había hablado, levanta lentamente la cabeza.

—Qué inoportuno.

La frase cae sobre la mesa de una forma rara y Brock frunce el ceño.

—Eso ha sonado sospechosísimo, Hudson.

—La tecnología falla constantemente.

—Sí, pero tú has parecido como un villano diciendo eso.

Alistair se limita a coger la copa.

—Quizá lleváis demasiadas semanas obsesionados con la boda.

Max vuelve inmediatamente al móvil, Amara lo observa unos segundos y luego mira alrededor de la mesa con calma.

—La verdad es que aquella noche tuvo momentos extraños.

—Yo sigo convencido de que Brock intentó secuestrar un carrito de minibar —dice Theo.

—Eso nunca podrá demostrarse legalmente —se defiende Brock.

La conversación continúa, pero ya apenas la escucho, porque Elsie acaba de quedarse completamente pálida. Lo noto justo cuando lleva la mano a la copa de agua y se queda quieta unos segundos mirando la mesa.

—¿Elsie? —pregunta Elara.

Ella levanta la vista demasiado rápido.

—Estoy bien.

Está mintiendo, lo veo enseguida en su gesto y se pone en pie de golpe apartando la silla.

—Necesito tomar el aire un momento.

Sale del restaurante antes de que nadie pueda detenerla y yo reacciono incluso antes de pensarlo.

—Joder —escucho decir a Devon cuando me levanto inmediatamente detrás de ella.

Cruzo el restaurante y la alcanzo en la calle, donde el aire frío de Manhattan golpea con fuerza. Elsie está apoyada contra la pared del edificio respirando despacio.

—¿Qué coño pasa contigo? —pregunto acercándome a ella y veo cómo gira la cabeza inmediatamente hacia mí.

—No me pasa nada.

—Eso empieza a ser oficialmente la mentira más repetida de toda la ciudad.

—Solo me he mareado un poco.

—Llevas días mareándote un poco.

—Dorian, no necesito supervisión masculina.

—Perfecto. Porque esto ya no tiene nada que ver con orgullo masculino.

La frase me sale más brusca de lo que quería. Ella me sostiene la mirada unos segundos y entonces lo veo otra vez: cansancio, culpa y ese miedo que lleva días intentando esconder.

—¿Estás enferma? —le pregunto directamente.

El silencio de después de mi pregunta me pone en tensión, porque durante un segundo creo de verdad que va a contármelo. Elsie entreabre los labios, toma aire y se queda mirándome con una expresión vulnerable y asustada que no le había visto nunca, pero desaparece enseguida.

—No —murmura apartando la vista—. Solo estoy cansada.

Ya no me la creo y lo peor es que ella lo sabe.  Me paso una mano por el pelo frustrado mientras intento ordenar todo esto en mi cabeza.

—Vale. Entonces explícame por qué llevas semanas actuando como si fueras a caerte redonda al suelo cada vez que me acerco.

—Tampoco hace falta que montes un drama.

—Deja de decirme eso cada vez que intento hablar contigo.

Ella cierra los ojos un instante y noto cómo se abraza a sí misma bajo la chaqueta.

—No sé qué quieres que te diga.

Ahí está el problema, que yo tampoco lo sé ya. Hace un mes esto era divertido. La tensión, las discusiones, perseguirla y verla enfadarse cada vez que me acercaba demasiado. Ahora ya no tiene gracia, porque parece otra cosa.

—Elsie.

Levanta la vista lentamente hacia mí y por primera vez desde que la conozco, tengo la sensación de que podría perderla antes incluso de entender qué está pasando.

—Necesito irme —me dice y esas dos palabras me dejan clavado en mitad de la acera mientras ella levanta la mano para parar un taxi.

Esta vez no intento detenerla, porque empiezo a entender algo que no me gusta nada: haga lo que haga, ella sigue alejándose igual.

El taxi se detiene frente a nosotros y Elsie abre la puerta sin mirarme. Solo se gira un segundo antes de entrar y puedo ver que tieen los ojos cansados, tristes incluso y eso me deja una sensación horrible en el pecho.

El taxi desaparece entre el tráfico y por primera vez desde la boda entiendo algo que no me gusta nada: ya no estoy intentando acostarme con Elsie Rogers. Estoy intentando que deje de huir de mí.