Capítulo 6
Elsie
Me despierto antes que Dorian y durante unos segundos me quedo completamente quieta, mirando el techo de mi dormitorio mientras intento recordar por qué siento tanta tensión en el pecho.
Luego noto el peso cálido de su brazo alrededor de mi cintura, su respiración lenta contra mi nuca y la presión suave de sus dedos sobre mi estómago, y el recuerdo me cae encima de golpe.
La boda, la prueba, el embarazo y… la recaída de anoche.
Cierro los ojos un instante porque, sinceramente, preferiría enfrentarme a una auditoría de Hacienda antes que a esta situación, pero no tengo escapatoria.
Dorian Griffiths sigue dormido detrás de mí y eso ya debería preocuparme bastante, porque tiene pinta de hombre que desaparece antes incluso de que se enfríe el lado de la cama.
Todo en él transmite exactamente lo contrario: huidas rápidas después de tener sexo, camas vacías por la mañana y una alergia bastante clara a cualquier cosa que huela mínimamente a compromiso.
Sin embargo, aquí está, medio dormido entre mis sábanas, abrazándome como si llevara años despertándose en esta cama y lo peor de todo es que no parece incómodo. Eso sí que me parece peligroso.
Intento moverme despacio para salir de la cama sin despertarlo, pero en cuanto aparto un poco su brazo noto cómo se remueve detrás de mí y escucho su voz todavía ronca por el sueño.
—Eso ha sido feísimo. Me has abandonado mientras estaba inconsciente.
Resoplo antes siquiera de girarme hacia él.
—Solo iba a levantarme.
—Exactamente igual empiezan todas las tragedias.
Me vuelvo un poco hacia él y me lo encuentro despeinado, sin camiseta y con una expresión relajada que me resulta ofensivamente atractiva a estas horas de la mañana.
Tiene una marca roja de mis uñas cerca de la clavícula que le dejé anoche y verlo consigue que algo dentro de mi estómago se altere de forma absurda.
—¿Siempre hablas tanto antes del café?
—Solo cuando sospecho que una mujer intenta escapar de mi cama sin despedirse.
—No me estoy escapando.
—Tu tono defensivo sugiere otra cosa.
Me aparto antes de que siga hablando, porque necesito unos segundos lejos de él para recuperar la capacidad de pensar con claridad. El problema es que la claridad lleva días evitándome activamente.
Cruzo mi apartamento una camiseta grande y vieja y noto su mirada siguiéndome hasta la cocina.
—Deja de mirarme así.
—No estoy haciendo nada.
—Precisamente eso es lo inquietante.
Escucho una risa grave detrás de mí justo antes de abrir un armario y sacar café intentando concentrarme en tareas básicas: abrir bote, encender cafetera, respirar, fingir que no llevo dos días ocultándole al hombre que sigue en mi cama que estoy embarazada de él…
Lo estoy haciendo regular, lo sé.
Mi apartamento permanece en silencio a estas horas. Fuera todavía llueve un poco y el ruido lejano del tráfico llega amortiguado desde la calle. La cocina es pequeña, apenas una barra estrecha junto al salón, pero de pronto siento el espacio todavía más reducido cuando noto a Dorian detrás de mí.
—Vale, esto empieza a parecer una relación y me siento obligado a advertirte de que soy pésimo recordando fechas de aniversarios.
Aprieto los labios para no sonreír.
—Solo estoy preparando café.
—Exacto. Ahí empieza la decadencia emocional de las personas.
Me giro un poco y lo encuentro apoyado contra el marco de la cocina observándome con tranquilidad.
Lleva los pantalones mal abrochados, el pelo revuelto y la expresión relajada de un hombre que parece completamente cómodo aquí dentro.
Y ahí está el verdadero problema, porque yo esperaba arrepentimiento, distancia o, al menos, una incomodidad razonable después de todo lo que pasó anoche.
En lugar de eso, Dorian actúa como si despertarse en mi apartamento fuera lo más normal del mundo.
—¿No tienes reuniones? ¿Mujeres misteriosas? ¿Alguna vida sofisticada a la que volver? —le pregunto mientras espero a que se haga el café.
—Ahora mismo mi prioridad máxima es descubrir si tienes algo comestible que no lleve caducado desde Obama.
—Eres un romántico —le respondo negando con la cabeza.
—No confundas hambre con sentimientos, Rogers.
Abre uno de los armarios mientras yo termino de preparar el café y lo observo moverse por la cocina con una familiaridad que no debería existir entre nosotros.
Eso consigue alterarme más que todo lo que pasó anoche entre las sábanas.
Porque el sexo ha sido lo fácil, la parte peligrosa empieza aquí, en esta cocina con él descalzo en mi apartamento buscando cereales mientras yo llevo solo una camiseta puesta.
—Esto puede matar a alguien —dice cuando encuentra una caja abierta de cereales, mientras la inspecciona con expresión crítica.
—Eso explica por qué sigue ahí.
—Tu sistema de supervivencia resulta preocupante.
—Y el tuyo consiste en desayunar whisky algunas mañanas.
—Eso solo ocurrió una vez y técnicamente era un brunch .
La risa se me escapa antes de que consiga frenarla y enseguida noto que algo cambia en la forma en que me mira. Ya no parece estar solo divirtiéndose, ahora está más pendiente de mí.
Intento apartar la mirada mientras lleno dos tazas de café, pero justo entonces el olor me llega al estómago y una náusea rápida me obliga a apoyarme unos segundos en la encimera.
—Eh —me dice al notar lo que me acaba de pasar.
Su tono cambia inmediatamente y antes de que pueda reaccionar ya lo tengo demasiado cerca otra vez.
—Estoy bien —trato de quitarle importancia.
—Pues tu cara dice justo lo contrario.
—Solo me he mareado un poco.
—Elsie, acabas de quedarte blanca delante de la cafetera.
—Qué observador eres a estas horas.
Intento apartarme para coger las tazas, pero él me sujeta suavemente de la muñeca antes de que pueda moverme, aunque sin apretarme.
—Mírame un segundo —me pide.
Levanto la vista hacia él y el problema aparece inmediatamente. Dorian ya no parece confundido sino preocupado de verdad y eso me desarma mucho más rápido que cualquiera de sus provocaciones.
—¿Qué está pasando contigo?
La pregunta se queda entre nosotros mientras la cafetera sigue sonando detrás de mí y mi corazón empieza a latir tan fuerte que me duele, porque no puedo responderle todavía y mientras siga mirándome así.
—Nada.
La mentira sale rápida de entre mis labios y él lo nota de inmediato.
—Vale. Pues tu «nada» lleva semanas actuando bastante raro.
Aparto la muñeca despacio intentando recuperar aire.
—No todo gira alrededor de ti, Dorian.
—No he dicho eso. Solo intento entender por qué parece que cada vez que nos acercamos tú entras en pánico.
El comentario me deja inmóvil, porque tiene razón. Solo que él no sabe el motivo real. Dorian se apoya ligeramente en la encimera y me observa unos segundos antes de hablar otra vez.
—Anoche lloraste después de acostarte conmigo.
—No dramatices —le respondo notando como el calor sube inmediatamente por mi cuello.
—No estoy dramatizando. Estoy intentando entender qué coño pasó ahí dentro.
Cojo una taza demasiado rápido y parte del café se derrama sobre la barra. Perfecto… Ahora además parezco más torpe de lo habitual.
—Fue una noche intensa —disimulo.
—He tenido noches intensas antes y ninguna terminó con una mujer mirándome como si acabara de comunicarle una tragedia después de follar.
La frase me atraviesa porque no está siendo cruel, solo está completamente perdido. Y cuanto más confundido parece, peor me siento.
—No me arrepiento de lo que pasó anoche —termino soltando casi en voz baja.
Al escucharme, se acerca un poco más a mí y noto cómo me aparta un mechón de pelo detrás de la oreja con suavidad. Ese gesto me rompe muchísimo más que todo el sexo de anoche, porque ya no es algo que parezca físico, sino íntimo y eso me resulta insoportable ahora mismo.
—Entonces deja de mirarme como si besarme hubiera sido un error —me ruega.
Cierro los ojos un segundo.
«Si supieras que el problema no fue acostarme contigo sino todo lo que vino después», me digo para mí, aunque intento que no me lo note en el gesto.
—Las cosas no son tan fáciles —murmuro.
—No esperaba que lo fueran —me responde sin apartar la mirada de mí.
La respuesta me deja completamente inmóvil, porque la dice con una naturalidad peligrosa, como si lo de anoche no hubiera sido una excepción ni un error y justo ahí me invade el pánico.
—No deberíamos repetir esto —le respondo con rapidez y su expresión cambia de inmediato, porque parece desconcertado, luego incómodo y finalmente algo peor: herido.
—Vale… eso sí no lo esperaba.
—Dorian…
—No, espera. Anoche me besaste en mitad de la calle, prácticamente me arrancaste la ropa en tu apartamento y ahora decides que esto ha sido una mala idea.
—Yo no he dicho eso —le digo a media voz negando con la cabeza.
—Entonces explícame qué estás diciendo porque empiezo a perderme.
Pero no se lo puedo explicar y ese es el problema. Tengo claro que cada minuto que pasa sin decirle la verdad hace todo más complicado y aun así sigo siendo incapaz de abrir la boca.
—Solo necesito espacio —le contesto y noto que mi frase empeora todo al instante.
Dorian baja la vista unos segundos antes de soltar una pequeña risa sin humor.
—Entendido —susurra y se aparta despacio de mí.
Desde donde estoy, lo observo terminar de vestirse mientras intento encontrar alguna forma de arreglar esto antes de que salga por la puerta, pero fracaso.
—No era eso lo que quería decir.
—Curioso, porque ha sonado exactamente así.
—No intento hacerte daño.
—Pues tienes bastante talento natural para lograrlo.
La frase se me clava directamente en medio del pecho, mientras observo cómo coge la chaqueta del respaldo de una silla y camina hacia la puerta.
Durante un segundo pienso que va a girarse, que va a insistir y va a obligarme a decir algo, pero no lo hace.
Solo me mira unos segundos desde la entrada con gesto cansado.
—Avísame cuando decidas si besarme sigue siendo una catástrofe o no —añade a media voz y después se marcha cerrando la puerta tras de si.
El apartamento entero se queda vacío de golpe y yo me quedo quieta unos segundos en mitad de la cocina antes de sentarme lentamente en el sofá y llevarme las manos a la cara.
Entonces lloro en silencio durante unos minutos que me dejan agotada.
Cuando consigo respirar otra vez con calma, camino hasta el baño y abro el cajón despacio.
La prueba de embarazo con sus dos líneas rosas sigue ahí dentro.
La observo varios segundos antes de coger el móvil y buscar una clínica cercana.
Tardo menos de un minuto en pedir cita con un ginecólogo y, cuando cuelgo, el vértigo me invade de verdad por primera vez.
Porque hasta ahora todavía podía seguir fingiendo que esto no estaba pasando, pero la cita lo ha convertido en algo real.