Capítulo 5
Dorian
La beso justo antes de que suba al taxi.
Lo hago sin haberlo planeado. No calculo la distancia, ni las consecuencias, ni el posible nivel de estupidez que implica besar a una mujer que lleva semanas evitándome.
Pero tenerla frente a mí, bajo la lluvia, con el móvil en una mano, el bolso colgando del hombro y una expresión de mujer que está a punto de convencerse de que marcharse sola es la decisión sensata…
hace que no me pueda resistir y hago lo único que, a mi modo de ver, es razonable.
Elsie se queda rígida cuando le rodeo la cintura con una de mis manos, pero luego me agarra de la camisa y me devuelve el beso con una urgencia que me borra de la cabeza todo lo que no sea su boca, su respiración y la forma en que se pega a mí delante de un taxi con el motor encendido.
El conductor toca el claxon y ella se aparta lo justo para mirarme a los ojos.
—Esto es una idea horrible —me dice fijando su mirada en la mía.
—Sin duda.
—No pareces arrepentido.
—Porque todavía no hemos llegado a la parte mala.
—Dorian…
—Sube al taxi, Elsie —le digo con el gesto serio, aunque no sé por qué se lo digo así. Pero ella lo nota, porque sus ojos se quedan un instante clavados en los míos antes de mirar hacia el coche.
Podría decir que espero a que decida pero estaría mintiendo, porque abro la puerta del coche para que pase y entro detrás de ella antes de que a cualquiera de los dos le dé por recuperar el juicio.
El taxi arranca y durante unos segundos solo se oye la lluvia golpeando la ventanilla y la música de la radio que tiene sintonizada el conductor. Elsie se sienta pegada a la puerta, con el cuerpo tenso y la mirada fija al frente, fingiendo calma, aunque a mí no me engaña.
—Estás muy lejos para ser una mujer que acaba de besarme en plena calle.
—Tú me has besado a mí.
—Eso es solo un detalle técnico.
—Más bien diría que es un detalle importante.
Me inclino hacia ella, apoyando un brazo en el respaldo del asiento.
—¿Quieres que no lo repita?
Elsie gira la cabeza despacio hacia mí y veo que tiene los labios todavía hinchados por mi beso y la respiración menos estable de lo que intenta aparentar.
—No he dicho eso.
—Entonces estás discutiendo por deporte.
—Contigo siempre.
La sonrisa me sale sola, pero no dura mucho, porque ella baja la mirada a mi boca y todo el espacio dentro del taxi se vuelve pequeño.
Vuelvo a besarla, pero esta vez más despacio, aunque no por eso resulta más prudente.
De hecho, es peor, mucho peor. Porque la primera vez fue impulso y falta de autocontrol, pero ahora es distinto.
Elsie me agarra de la nuca y tira de mí con una impaciencia que no encaja con todas sus evasivas de las últimas semanas. Mi mano se apoya en su muslo, justo donde termina el vestido negro, y noto cómo se le corta la respiración.
—No deberíamos hacer esto otra vez —murmura contra mi boca.
—Estoy bastante seguro de que ya estamos haciéndolo.
—Me refiero a después.
—Me niego a pensar en después cuando el presente está siendo tan interesante.
Ella suelta una risa breve y nerviosa, y ese sonido me engancha de una forma absurda. Porque discutir con Elsie es adictivo, besarla es una mala decisión y hacerla reír empieza a convertirse en un problema que no tenía previsto incorporar a mi vida.
El taxi se detiene frente a su edificio en Brooklyn. Elsie le paga la carrera al taxista con una rapidez casi agresiva y sale del coche primero. La sigo bajo la lluvia con una sensación bastante clara de estar persiguiendo algo que no sé manejar.
—Todavía puedes irte —me dice mientras busca las llaves en su bolso.
—Eso ha sonado muy poco convincente.
—Estoy intentando darte una salida digna.
—Qué generosa.
—No te acostumbres.
Finalmente, consigue abrir el portal al segundo intento y entramos en el edificio.
El ascensor tarda muy poco, lo que es una lástima, porque no me da tiempo a observarla con calma de cerca otra vez.
Tiene el pelo un poco húmedo por la lluvia, la piel algo de las mejillas algo enrojecida por el frío y los ojos demasiado brillantes.
—¿Has dormido algo esta semana?
Elsie me mira de reojo.
—Qué pregunta tan sexy.
—No estoy intentando ser sexy.
—Pues debes de estar enfermo.
—Empiezo a preocuparme.
Ella aparta la vista.
—No dramatices.
La palabra me deja una sensación rara, porque no suena a ironía ni a una de nuestras discusiones habituales. Suena igual que en el brunch , igual que en la oficina, igual que cada vez que intenta alejarse de mí, aunque luego termine besándome otra vez.
El ascensor se abre y ella sale antes de que pueda preguntar nada más.
Llegamos a su puerta entre una llave que no entra a la primera, mi boca en su cuello y una risa de Elsie que intenta sonar irritada, pero fracasa por completo.
Cuando por fin consigue abrir, entramos prácticamente tropezando el uno con el otro.
Se le cae el bolso al suelo, mi chaqueta termina sobre una silla y yo me doy con la esquina de una mesa en la cadera.
—Tu apartamento intenta asesinarme.
—Solo defiende su territorio.
—Tiene carácter.
—Más que algunos hombres —se ríe.
—Eso ha sido innecesariamente personal.
Elsie me empuja hacia atrás lo justo para cerrar la puerta y luego vuelve a besarme con un ansia que me corta la respuesta.
El apartamento huele a un olor dulce, café y algo floral que no sé identificar.
Hay mantas sobre el sofá, carpetas abiertas en la mesa y zapatos abandonados cerca de la entrada.
Es un piso pequeño, cálido, caótico y también vivo. Nada que ver con mi ático.
Elsie tira de mi camisa mientras yo la acerco hacia el salón. Chocamos con el sofá y ella suelta un sonido entre risa y protesta cuando casi perdemos el equilibrio.
—Esto sigue siendo una idea horrible —me susurra entre besos.
—Ya lo has dicho.
—Lo repito por si tu ego necesita contexto.
—Mi ego está perfectamente informado.
Me agacho para besarle el cuello y noto cómo su cuerpo responde antes que su cabeza. Sus dedos se aferran a mi pelo, pero enseguida intenta apartarse un poco.
—Dorian.
Levanto la cabeza.
—Dime.
—No compliques esto.
La miro y veo que tiene las mejillas encendidas, la boca entreabierta y una expresión de mujer que desea algo mientras intenta convencerse de que no debería desearlo… Yo interpreto lo único que puedo interpretar: tiene miedo.
—Tú también me besaste en el taxi.
—Eso no significa que esto sea buena idea.
—No he dicho que lo sea.
—Entonces deja de actuar como si todo fuera tan fácil.
Ahí está otra vez. Algo que no entiendo.
—No me parece fácil —respondo.
Elsie parpadea, quizá sorprendida porque no he soltado ninguna broma.
La verdad es que yo también lo estoy un poco.
Durante un instante nos quedamos muy cerca el uno del otro y algo cambia entre nosotros.
Ya no es solo atracción, ahora es algo que va más allá, así que la beso, porque eso sí sé hacerlo.
El resto se precipita con rapidez. Me abre la camisa botón a botón y cuando la siento sobre mis rodillas en el sofá, noto cómo se le sube el vestido por los muslos.
Nos besamos con la impaciencia de dos personas que llevan semanas fingiendo que no se buscan a cada instante.
Nos tocamos y nos acariciamos sin calma ni elegancia, sino con deseo acumulado, manos torpes y frases entrecortadas llenas de deseo que se cuelan por los poros de nuestra piel.
—Eres insoportable —murmura Elsie cuando le beso la clavícula.
—Y aun así sigues aquí.
—Estoy teniendo una noche débil.
—Me gusta tu debilidad.
—No te acostumbres.
Pero sus manos no se apartan de mi cuerpo, ni las mías del suyo.
Unos minutos después, acabamos en su dormitorio entre ropa mal quitada y besos que saben a lluvia y a falta absoluta de sentido común.
Elsie cae sobre la cama conmigo encima y durante unos segundos la miro y es un error, porque está preciosa.
Está despeinada, con el vestido a medio quitar y los labios hinchados de tanto besarme.
Aun así, lo que más me desarma es cómo me mira
—Empiezo a pensar que no quiero que dejes de mirarme así —le susurro apartándole un mechón que le cae hacia la punta de la nariz.
No sé de dónde sale esa frase, pero en cuanto la digo, noto el cambio. Elsie se queda quieta y aunque no se aparta del todo, algo dentro de ella retrocede.
—No digas cosas así.
—¿Por qué?
—Porque no sabes lo que estás diciendo.
Esa respuesta me atraviesa el pecho, porque suena a algo más grande que una advertencia.
Suena a verdad, a miedo y a una parte de la historia que ella conoce y yo no.
Debería insistir y preguntarle por qué lo dice, pero no lo hago, porque vuelve a besarme, y yo soy lo bastante idiota para dejar que el deseo que siento por ella se imponga de nuevo.
Mi mundo se reduce a su boca, sus manos y su manera de buscarme como si durante semanas hubiera intentado convencerse de que no debía tocarme otra vez y acabara de rendirse por completo.
La tensión explota entre nosotros llevándose por delante toda la prudencia que normalmente me mantiene lejos de los problemas.
Elsie tira de mi camisa hasta quitármela del todo, mientras yo la acerco más contra mí y le beso el cuello despacio.
Noto cómo se le rompe el aire cuando mis manos recorren la piel desnuda de sus piernas, subiendo poco a poco bajo el vestido negro, y la forma en que me agarra el pelo consigue que mi cerebro deje oficialmente de colaborar.
—Sigues pareciéndome una pésima idea —murmura contra mi boca.
—Y tú sigues besándome como si pensaras exactamente lo contrario.
Ella intenta responder algo, pero termina soltando una respiración ahogada cuando vuelvo a besarla y la tumbo sobre la cama conmigo encima.
La habitación está medio a oscuras, la lluvia golpea suavemente la ventana y el mundo entero parece haberse reducido a la piel caliente de Elsie debajo de mis manos.
Le aparto lentamente el vestido de los hombros mientras beso cada centímetro de piel que aparece y noto cómo se arquea ligeramente contra mí.
Todo en ella responde rápido, intenso y sin la más mínima calma.
Igual que yo. Porque llevamos demasiado tiempo acumulando esto.
Demasiadas discusiones, demasiadas miradas y demasiados intentos fallidos de mantener distancia.
Y ahora mismo ninguno parece capaz de parar.
Elsie me besa con una necesidad que me deja sin aire mientras sus manos recorren mi espalda desnuda y yo termino perdiendo completamente la poca paciencia que me quedaba.
La poca ropa que quedaba desaparece entre besos torpes, respiraciones rotas y pequeñas pullas que ninguno consigue abandonar ni siquiera así.
—Eres insufrible —susurra cuando le muerdo suavemente el cuello.
—Y aun así sigues aquí.
—Claramente tengo problemas psicológicos.
—Eso explicaría muchísimas cosas.
Ella se ríe antes de que vuelva a besarla y entonces deja de existir cualquier posibilidad real de control por su parte.
La acaricio lentamente, disfrutando de cada reacción, de cómo su respiración cambia bajo mi boca y de la forma en que me busca cuando mis manos recorren su cuerpo desnudo.
Todo entre nosotros es urgente y físico, pero también muy intenso.
Cuando entro en ella, cierra los ojos y se aferra inmediatamente a mí.
El movimiento nos arranca el aire a los dos y durante unos segundos solo existen nuestras respiraciones agitadas, las sábanas desordenadas y la sensación brutal de encajar demasiado bien juntos.
Eso sí que resulta una mala noticia, porque no parece una recaída cualquiera sino algo que llevaba demasiado tiempo esperando el momento exacto para explotar.
Elsie me besa otra vez mientras me muevo dentro de ella y noto cómo sus piernas se tensan alrededor de mi cintura.
Todo se vuelve más rápido y desesperado después de eso.
Su nombre se me escapa contra su cuello varias veces y cada vez que ella me mira siento una presión rara en el pecho que aparece cuando estoy cerca de esta mujer.
El orgasmo le invade primero a ella, lo sé por cómo se aferra a mí, en el temblor que le recorre el cuerpo y en la forma en que esconde la cara contra mi cuello mientras intenta recuperar aire.
El efecto sobre mí es inmediato y termino perdiendo el control apenas unos segundos después, completamente hundido entre sus brazos y con la respiración rota.
Después nos quedamos enredados sobre la cama, todavía con la respiración agitada y la piel caliente por todo lo que acaba de pasar. Elsie está de lado, pegada a mí, con la frente cerca de mi hombro y yo sigo con una mano en su cintura y la sensación de que no quiero quitarla de ahí.
Entonces noto la primera lágrima. Al principio creo que me equivoco, pero luego cae otra. Elsie no hace ruido, ni solloza, ni dramatiza. Simplemente se queda quieta, respirando de una forma contenida que resulta muchísimo peor que cualquier escena llena de drama.
—Eh —le digo incorporándome.
Ella gira la cara, intentando esconderse, algo que me descoloca más que las lágrimas, pero no me responde. La miro sin entender nada, con el pulso todavía acelerado y una sensación incómoda clavándoseme debajo de las costillas.
Y es justo ahí cuando entiendo que el problema no ha sido acostarme con ella.