Error irreversible (Errores en Manhattan 3) Capítulo 4
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Capítulo 4

Elsie

La tercera vez que ignoro una llamada de Elara en menos de veinte minutos, mi mejor amiga toma una decisión completamente racional: presentarse directamente en mi apartamento.

Lo descubro cuando llaman al timbre justo en el momento en que estoy intentando decidir si el hecho de llevar media hora mirando una hoja de cálculo sin entender absolutamente nada de lo que pone es por agotamiento o por el inicio oficial de colapso mental.

Abro la puerta todavía con la cabeza en la hoja de cálculo y me encuentro a Elara observándome con el ceño fruncido.

—Hostia, Rogers. Menuda cara que tienes hoy, parece que acabas de descuartizar un cadáver.

—Gracias. Tú también estás especialmente radiante hoy.

Entra en mi apartamento sin esperar a que la invite pasar, deja el bolso sobre el sofá y mira a nuestro alrededor con la insultante facilidad que tiene para apropiarse de cualquier espacio.

—¿Llevas trabajando desde esta mañana?

—Trabajo normalmente desde por la mañana. Así funcionan los empleos —le respondo encogiéndome de hombros.

—No me refería a eso y lo sabes.

Cierro la puerta mientras intento ignorar el cansancio que llevo arrastrando todo el día, aunque me quedo lejos de conseguirlo.

El apartamento está igual de caótico que ayer: carpetas abiertas sobre la mesa, una manta de cualquier manera sobre el sofá y dos tazas de café vacías sobreviviendo sobre la encimera de la cocina.

Elara pasea la mirada por el salón antes de volver a mirarme a mí.

—Vale. Confirmado. Necesitas salir de aquí y que te dé el aire.

—Elara…

—Elsie, en la oficina tenías cara de estar decidiendo entre echarte llorar o asesinar a alguien.

—Qué dramática eres —le respondo negando con la cabeza.

—¿Lo dice la mujer que lleva tres días respondiendo correos a las dos de la mañana?

Eso consigue que cierre la boca, porque tiene razón.

Llevo días trabajando hasta tarde, evitando dormir demasiado y ocupando la cabeza cada segundo libre que tengo para no pensar.

El problema es que mi cerebro sigue encontrando huecos para recordarme constantemente que estoy embarazada de Dorian Griffiths.

—No quiero salir —insisto mientras dejo el portátil sobre la mesa.

Elara se cruza de brazos.

—Perfecto. Entonces me quedaré aquí observándote reorganizar documentos hasta que empieces a desarrollar alguna enfermedad nerviosa o algo peor…

—Eso suena amenazante.

—Porque lo es.

Resoplo y me dejo caer sobre el sofá mientras ella sigue mirándome con una paciencia infinita.

—Solo estoy cansada —trato de justificarme.

—Claro y Devon lee contratos por diversión —resopla.

—Eso sí que es verdad.

—Tienes razón, he puesto muy mal ejemplo.

Por primera vez en todo el día consigo reírme un poco, algo que Elara aprovecha inmediatamente.

—Venga. Vamos a cenar al Lumière un rato. Te arreglas, nos tomamos algo y fingimos durante dos horas que somos personas equilibradas.

—Acabas de describir mi peor pesadilla —le contesto mirándola horrorizada.

—Precisamente por eso te conviene salir de casa.

Intento negarme otra vez, pero fracaso, por lo que cuarenta minutos después estoy en el baño maldiciendo mi existencia mientras intento decidir si el vestido negro me hace parecer una mujer sofisticada o alguien claramente al borde de un ataque de nervios… O probablemente ambas.

El restaurante Lumière está lleno cuando llegamos.

Tengo la sensación de que todo Manhattan viene a este local cuando quiere fingir que tiene todo controlado.

Cuando entramos, Elara saluda a media sala antes siquiera de que lleguemos a nuestra mesa y justo ahí entiendo el primer error de la noche, porque Brock está sentado al fondo y él jamás viene solo a este restaurante.

—No —murmuro frenando en seco.

Elara gira la cabeza.

—¿Qué?

—Dime que Dorian no está aquí.

Ella tarda exactamente dos segundos en entender el problema y justo entonces escucho su voz detrás de mí.

—Hostia. Esa mirada ha sido sorprendentemente violenta y Brock me ha visto desnudo en Las Vegas.

Cierro los ojos un instante antes de girarme, porque Dorian está apoyado contra la barra con una copa en la mano y una expresión peligrosamente divertida en la cara.

Lleva una camisa negra remangada hasta los antebrazos y el pelo un poco despeinado, lo que en su caso resulta menos accidental de lo que probablemente pretende aparentar.

Y ahí está otra vez el problema, porque sigue siendo absurdamente atractivo.

—Qué ilusión verte también a ti —ironizo.

—No lo parece —me responde Dorian con convicción.

—Eso es porque todavía estoy valorando huir por la puerta de emergencia.

Brock empieza a reírse desde la mesa mientras Devon directamente se masajea el puente de la nariz con resignación.

—Sabía que esta cena iba a mejorar en cuanto os vierais —anuncia Brock mirándonos a Dorian y a mí.

—Tú disfrutas muchísimo más cuando las situaciones normales se convierten en un problema —murmura Amara desde su silla.

Brock se lleva una mano al pecho fingiendo indignación.

—Eso es completamente falso. A veces también disfruto provocándolos.

Elara me empuja suavemente hacia la mesa antes de que pueda escapar y termino sentándome justo enfrente de Dorian. Sin duda, el universo me odia personalmente.

La cena empieza relativamente normal, lo que en este grupo significa que Brock monopoliza las conversaciones, Theo intenta mantener cierta dignidad y Devon parece debatirse constantemente entre reírse o demandar a alguien.

Yo me limito a intentar concentrarme en mi agua con gas y en no mirar demasiado a Dorian, pero fracaso en ambas cosas, porque él tampoco ayuda.

Cada vez que hablo, me mira. Cada vez que aparto la vista, noto que está atento a todos mis movimientos y cada vez que intento ignorarlo, aparece otra vez invadiendo mi espacio personal.

—¿No vas a beber vino? —me pregunta de pronto mientras el camarero llena varias copas alrededor de la mesa.

—No, trabajo mañana.

—¿Cuándo ha sido eso un problema para ti=?

—Gracias por esa imagen tan profesional que tienes de mí.

Dorian se inclina un poco hacia delante.

—Solo digo que empiezo a sospechar que me odias sobria y eso resulta ofensivo.

—No necesito alcohol para encontrarte insoportable.

—Qué alivio. Durante un momento pensé que nuestra conexión especial estaba desapareciendo.

Odio que una parte de mí siga disfrutando hablando con él, porque ahí está el verdadero problema. No es solo la atracción, ni el sexo, ni el embarazo, el verdadero problema entre Dorian y yo es la facilidad con la que seguimos funcionando juntos, aunque debería ser un desastre absoluto.

Un rato después la música cambia y el ambiente del restaurante se vuelve más tranquilo y por primera vez desde que llegamos el grupo se dispersa un poco.

Theo y Brock discuten junto a la barra sobre apuestas absurdas.

Elara arrastra a Devon hacia la pista pequeña del fondo y Amara recibe una llamada y sale a la terraza a hablar.

Así que, sin darme cuenta, me quedo a solas con Dorian…

Maravilloso. Exactamente lo que necesitaba.

—Estás pensando seriamente en huir otra vez, ¿verdad?

—Estoy intentando recordar en qué momento exacto mi vida empezó a parecer una mala idea.

—Hostia. Eso sí ha sonado grave.

—Mi vida se ha complicado últimamente.

La frase se escapa de mis labios antes de que pueda detenerla. Dorian deja la copa sobre la mesa despacio y durante unos segundos algo cambia en su expresión y ahora parece más centrado en mí.

—Elsie.

—¿Qué?

—¿Qué está pasando contigo?

Aparto la mirada inmediatamente, porque durante un instante he estado peligrosamente cerca de contárselo todo y todavía no puedo.

De hecho, no tengo ni idea de cómo hacerlo, ni cuándo y, sobre todo, no sé cómo mirar a un hombre como Dorian Griffiths y decirle: «Hola.

Tenemos un problema bastante grande y biológicamente compartido».

—Nada —miento.

—Eso no ha sonado creíble ni para ti.

Intento cambiar de tema antes de que siga tirando del hilo.

—El otro día dijiste algo raro en la oficina.

—Eso no reduce mucho las opciones —me responde girándose hacia mí y arqueando una ceja.

—Dijiste que tampoco recuerdas bien parte de la boda.

Por primera vez desde que hemos empezado a hablar, Dorian tarda un poco más en responder.

—Porque es verdad.

Frunzo el ceño.

—Pensaba que era yo la única…

—No. Hay partes de aquella noche completamente borrosas en mi cabeza y no sé por qué.

Algo me hace sentir rara, porque llevo semanas intentando convencerme de que mis recuerdos confusos eran culpa exclusiva del alcohol y ahora veo que Dorian me acaba de confirmar que no fue el único al que aquella noche se le rompió a trozos en la cabeza.

—Recuerdo cosas sueltas. El ascensor. Brock convencido de que aquella boda aún podía empeorar. Tú enfadada conmigo en el pasillo.

—Eso sí lo recuerdo.

—También recuerdo besarte contra una pared.

El calor me sube inmediatamente por el cuello y hace que me hiervan las mejillas.

—Dorian.

—¿Qué? Es un recuerdo perfectamente válido.

—No es necesario que lo recuerdes…

—Cariño, si hubiera dicho todo lo que recuerdo, ya te habrías ido hace diez minutos.

Levanto la copa de agua intentando esconder el efecto absurdo que sigue teniendo sobre mí, pero es una mala idea, poque cuando vuelvo a bajar la vista, él sigue observándome y no parece estar jugando.

Dorian se inclina un poco hacia mí y aparta lentamente un mechón de pelo de mi cara.

El gesto es apenas un roce de sus dedos contra mi sien, pero algo cambia inmediatamente entre nosotros.

Porque ya no parece una provocación, ni una broma, sino algo más íntimo y peligroso, y justo entonces aparece el verdadero terror.

No puedo enamorarme de él estando embarazada de él.

La idea me golpea tan fuerte que aparto la vista automáticamente.

Porque acostarte con un hombre como Dorian es una mala decisión, pero enamorarte de él mientras llevas a su hijo dentro directamente debería considerarse deporte de riesgo.

Un rato después salimos del restaurante y descubro que está lloviendo ligeramente. Las calles mojadas brillan bajo las luces de los taxis y el aire húmedo enfría un poco el calor que llevo acumulado bajo la piel desde hace más de una hora.

—Voy a pedir un coche —murmuro buscando el móvil dentro de mi bolso.

—Puedo acompañarte —escucho que me dice Dorian, que ha aparecido por sorpresa a mi lado.

—Puedo sobrevivir sola, Griffiths.

—Eso aún está por demostrar.

Resoplo mientras avanzamos juntos hacia la esquina y noto otra vez una cercanía incómoda entre nosotros. El ruido de la ciudad lo invade todo, pero aun así sigo siendo absurdamente consciente de él, de su mano rozando apenas mi espalda, de su perfume, de cómo me mira…

«Más me vale que respire hondo y me tranquilice», me digo para mí y justo en ese momento veo que un taxi aparece al final de la calle justo cuando me giro para decir algo.

Pero entonces Dorian me besa. Un beso impulsivo, hambriento y completamente físico que me golpea de lleno antes de que pueda reaccionar.

Aunque lo peor de todo es que yo le respondo inmediatamente.