Capítulo 3
Dorian
Hammond & Rowe ocupa treinta plantas en pleno centro de Manhattan y el edificio entero tiene la agradable calidez de una amenaza fiscal.
Todo funciona perfectamente aquí dentro: los ascensores suben sin hacer ruido, las recepcionistas parecen capaces de detectar demandas judiciales a veinte metros de distancia y los abogados caminan tan deprisa que uno empieza a sospechar que cobrar por horas altera químicamente el cerebro.
La recepción principal está llena de mármol oscuro, cristal y empleados impecables hablando en voz baja detrás de pantallas gigantes.
George, la mano derecha de Devon Mitchell, levanta la vista de la tableta cuando me acerco al mostrador.
Lleva el mismo traje oscuro perfectamente planchado de siempre y su habitual expresión neutra que hace imposible saber si está cansado, enfadado o valorando la posibilidad de cometer un asesinato.
—Brock está arriba —me informa antes siquiera de que abra la boca.
—Qué bonito detalle por tu parte ahorrarme la conversación inicial.
George vuelve la vista a la pantalla.
—El señor Mitchell está reunido y es mejor no interrumpirle si no es por nada importante.
—Tu fe en mí resulta ofensiva.
No me responde ni hace el menor cambio en su gesto. Simplemente pulsa algo en la tableta y me señala el ascensor privado con absoluta profesionalidad indicándome que está disponible para mí.
Cuando las puertas del ascensor se cierran, me apoyo contra el espejo y saco el móvil del bolsillo.
Tengo varios mensajes sin responder, dos llamadas perdidas y un correo de mi gestor, que probablemente contiene malas noticias, y que ignoro automáticamente.
Lo único que ocupa mi cabeza esta mañana otra vez es Elsie Rogers y eso empieza a tocarme bastante los cojones.
No soy un hombre que persiga a las mujeres, al contrario, suelo evitarlas.
De hecho, me he pasado los últimos diez años perfeccionando ese sistema porque funciona de maravilla.
Lo mejor para mí es salir con alguien unas semanas, mantener conversaciones divertidas, sexo espectacular y luego desaparecer antes de que nadie empiece a hacer preguntas incómodas sobre sentimientos o cepillos de dientes en baños ajenos.
Hasta ahora el sistema me ha funcionado perfectamente. Así que no entiendo por qué llevo dos semanas apareciendo en sitios donde casualmente podría cruzarme con Elsie.
Las puertas del ascensor se abren directamente en la planta ejecutiva de Hammond & Rowe y el sonido de teléfonos, teclados y conversaciones a media voz llena el espacio.
Varios empleados levantan la vista cuando aparezco y vuelven inmediatamente a sus pantallas con rapidez como si la más mínima distracción de su trabajo les hiciera perder la facturación del día a pesar de que sea primera hora de la mañana.
Devon sale justo de una sala de reuniones mientras se afloja ligeramente la corbata. Lleva una carpeta bajo el brazo y un gesto en la cara propia de quien probablemente ha cerrado un acuerdo millonario antes del primer café de la mañana.
—Si has venido a distraer a Brock, llévatelo fuera del edificio.
—Qué alegría verte también a ti —le respondo con una sonrisa.
—Hablo en serio.
—Aquello del tequila fue culpa suya.
Devon me mira unos segundos.
—Aquello del tequila acabó con un cliente dormido dentro de una fuente.
—Nueva York necesita más espontaneidad.
—Nueva York necesita que encuentres un hobby que no implique demandas judiciales —me suelta sin despeinarse.
Sigo caminando antes de que mi amigo empiece otro de sus discursos sobre madurez emocional masculina, porque desde que está con Elara empieza a hablar como un hombre que ha descubierto los beneficios de la estabilidad psicológica y necesita compartirlos con el resto de la población.
Brock está donde esperaba: dentro de un despacho ajeno, apoyado en una mesa y discutiendo con dos abogados.
—Mira quién ha venido —anuncia Brock apenas aparezco en el despacho—. Creíamos que habías desarrollado alergia a los edificios donde la gente trabaja más de tres horas seguidas.
Uno de los abogados aprovecha mi entrada para escapar inmediatamente del despacho. Inteligente.
—Eso suena ofensivo para alguien que técnicamente también trabaja aquí.
Cojo una botella de agua de la mesa y me dejo caer en una silla mientras Brock sigue observándome con una expresión que conozco de sobras y que sé que siempre significa problemas.
—Vale, voy a hacerte una pregunta importante y necesito sinceridad absoluta.
—Eso suena agotador.
—¿Llevas toda la mañana mirando hacia la cristalera o piensas disimular un poco en algún momento? —me pregunta recostándose en la silla sin dejar de mirarme.
Frunzo el ceño.
—No sé de qué hablas.
—Dorian, desde que has llegado, lo único que has hecho de utilidad ha sido abrir una botella de agua con cara de estar atravesando una crisis existencial muy cara.
—Eso demuestra que sé priorizar.
—Eso demuestra que llevas semanas comportándote como un hombre que acaba de descubrir los sentimientos y quiere denunciar a alguien por ello.
—No tengo sentimientos.
—Eso también decía Devon antes de empezar a mirar a Elara como si quisiera encerrarla en una planta privada del edificio.
—Devon mira así hasta los contratos.
Brock empieza a decir algo, pero entonces veo movimiento al otro lado del cristal y dejo automáticamente de escucharlo.
Al levantar la mirada, veo cómo Elsie atraviesa la planta hablando con una asistente mientras sostiene varias carpetas contra el pecho.
Lleva su melena rubia suelta, una americana negra y cara de haber dormido menos horas de las que debería.
Pese a eso, sigo pensando que es la mujer más guapa de Manhattan…
Algo que también empieza a tocarme bastante los cojones.
Porque además hoy tiene mala cara, la mirada cansada y una expresión de enfado, que prácticamente podría utilizarse como arma de defensa personal.
—Hostia. Ahora sí pareces un hombre emocionalmente jodido. Qué horror —me suelta Brock, que se ha dado cuenta de que la estoy mirando, y empieza a reírse.
Lo ignoro y me pongo en pie.
—¿Adónde vas? —me pregunta.
—A molestar.
—Así me gusta, siempre manteniendo el pabellón bien alto.
Salgo del despacho mientras escucho a Brock reírse detrás de mí y alcanzo a Elsie junto a una de las salas de reuniones. Está revisando unos documentos de la carpeta que lleva entre los brazos sin levantar la vista.
—Espero que esos papeles incluyan una orden de alejamiento porque empiezo a sentirme personalmente perseguida.
Elsie levanta por fin la vista de las carpetas que lleva entre los brazos y me observa unos segundos con evidente cansancio.
—¿No se supone que hoy tenías reuniones en Midtown? —me pregunta.
—¿Ves? Esto ya parece una relación estable. Empiezas a controlar mi agenda.
—Empiezo a preocuparme por la cantidad de tiempo libre que tienes.
—He venido a ver a Brock.
Ella arquea una ceja lentamente.
—Claro… Y Devon hace pole dance , ¿no?
—Tu nivel de fe en mí empieza a ser ofensivo.
Elsie intenta seguir caminando, pero me coloco delante de ella antes de que pueda escapar otra vez.
La tensión aparece inmediatamente entre nosotros, física e incómoda, porque estamos demasiado cerca en mitad de una oficina llena de gente que finge trabajar mientras probablemente escucha cada palabra que nos decimos.
—¿Vas a seguir huyendo de mí toda la semana?
—No estoy huyendo.
—Elsie, literalmente acabas de intentar escapar andando deprisa con una carpeta en la mano.
—Tengo trabajo.
—Yo también y aun así saco tiempo para perseguirte.
— Cada vez que abres la boca, la situación empeora por momentos.
Apoyo una mano junto a ella sobre el cristal de la sala de reuniones y noto cómo sus ojos bajan hacia mi brazo antes de volver a mirarme. Su respiración cambia ligeramente y ese pequeño detalle consigue que automáticamente quiera acercarme más… Lo que es una mala idea, muy mala.
—¿Sabes qué creo? —murmuro inclinándome apenas hacia ella.
—No.
—Creo que llevas días intentando convencerte de que aquella noche fue un error.
Elsie aprieta la carpeta con más fuerza.
—Porque lo fue.
Su respuesta me molesta bastante.
—Curioso. No parecías pensar eso cuando me estabas besando contra la pared.
—Estábamos borrachos —me responde con tono seco.
—Pues yo sigo recordándolo bastante bien.
Levanta la vista hacia mí inmediatamente y ahí vuelve otra vez esa electricidad rara entre nosotros, que convierte cualquier conversación en una pésima idea esperando el momento adecuado para explotar.
—Tú recuerdas solo las partes que te interesan.
—También recuerdo que casi me arrancas la camisa.
—Eso no ocurrió.
—Cariño, tengo recuerdos traumáticos al respecto.
Por primera vez desde que me he acercado a ella, una risa breve amenaza con aparecer en su boca y durante un segundo pienso seriamente en besarla aquí mismo, contra la cristalera de Hammond & Rowe y delante de media oficina.
Creo que ella piensa exactamente lo mismo, porque deja de respirar un instante, sus ojos bajan hasta mi boca y rozo su cintura levemente con una de mis manos, pero entonces Elsie se aparta bruscamente llevándose una mano a la boca.
—¿Qué pasa? —le pregunto frunciendo el ceño inmediatamente.
—Nada —me responde negando demasiado rápido con la cabeza.
Pero tiene la cara más pálida que hace apenas un minuto.
—Elsie.
—Estoy bien —me miente.
Se gira antes de que pueda detenerla y prácticamente desaparece hacia el pasillo de los baños.
Me quedo quieto varios segundos mirando en la dirección en la que acaba de marcharse mientras una sensación incómoda empieza a abrirse paso lentamente dentro de mí.
Porque eso no ha parecido rechazo sino otra cosa.
Regreso al despacho de Brock intentando convencerme de que estoy exagerando, aunque fracaso.
—Tienes cara de hombre que acaba de descubrir que los sentimientos existen —comenta apenas entro otra vez.
—Cállate.
—Uy… La cosa es grave.
Ignoro sus carcajadas y saco el móvil para distraerme un momento.
Entonces veo una foto que enviaron hace semanas al grupo de la boda y la abro casi sin pensar.
La imagen está movida, porque probablemente la tomó alguien que llevaba demasiado alcohol en su cuerpo a aquellas horas.
Aun así, ahí estamos Elsie y yo, demasiado juntos y mirándonos de una forma que ahora mismo resulta incómodamente reveladora.
Pero no es eso lo que me deja mal cuerpo, sino el fondo de la imagen.
Detrás de nosotros, parcialmente oculto entre la gente, hay alguien observándonos.
No consigo distinguir quién es, porque la foto tiene mala calidad y las sombras del salón apenas dejan ver una silueta inmóvil entre los invitados.
Aun así, algo en esa imagen me provoca una sensación incómoda inmediata.
La misma sensación que tienes cuando recuerdas demasiado tarde que algo empezó a ir mal antes de que nadie se diera cuenta.