Error irreversible (Errores en Manhattan 3) Capítulo 2
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Capítulo 2

Elsie

La farmacia de la Octava Avenida tiene el aire acondicionado fuerte y un escalofrío me recorre la espalda mientras permanezco varios segundos delante del expositor de pruebas de embarazo.

Trato de fingir que estoy comparando marcas, aunque en realidad llevo casi dos semanas haciendo exactamente lo mismo: evitar coger una caja y confirmar algo que todavía puedo seguir llamando posibilidad mientras no exista una prueba objetiva que me diga lo contrario.

Así que tomo aire profundamente y cojo la primera caja que tengo frente a mí, sin fijarme en la marca.

Voy hacia la caja para pagar con la mirada fija en el paquete alargado que llevo entre las manos.

Por suerte, la dependienta apenas me mira mientras escanea el código.

Perfecto, porque es exactamente lo que necesito en este momento: cero interacción humana.

Cinco minutos después, entro en mi apartamento de Brooklyn con una prueba de embarazo en el bolso y la sensación de que quizá todavía puedo seguir fingiendo que esto no está pasando si me distraigo lo suficiente.

Mi piso huele a vela de vainilla y al ramo de flores muerto que olvidé tirar hace tres días. Hay zapatos junto al sofá, carpetas abiertas sobre la mesa del comedor y un vestido colgado de una silla, porque llevo una semana prometiéndome llevarlo a la tintorería y siete días sin hacerlo.

Dejo el bolso sobre la encimera de la cocina y saco la bolsa de la farmacia con la cajita de la prueba de embarazo dentro.

La saco y la observo unos segundos, pero después vuelvo a guardarla.

Todavía no me siento capaz… Así que cojo el portátil y respondo tres correos electrónicos, que tenía pendientes desde ayer.

Miento a una clienta diciéndole que claro que encontraré las peonías blancas que tanto desea, aunque estemos fuera de temporada, porque aparentemente mi trabajo consiste en desafiar las leyes de la botánica para gente rica que cree que Pinterest funciona como una religión.

Después intento reorganizar el calendario de eventos de octubre, pero fracaso, porque cada pocos minutos mi mirada vuelve sola hacia la bolsa de la farmacia.

Hasta que finalmente acabo ordenando cajones que ya estaban ordenados, doblando mantas, regando una planta que probablemente ya estaba ahogada antes de que empezara esta pesadilla...

A las siete y doce de la tarde sigo sin haber abierto la caja.

A las siete y veinte me descubro buscando en Google: «retraso por estrés o embarazo».

A las siete y veintisiete cierro el portátil, porque quiero conservar algo de dignidad y justo en ese momento mi teléfono vibra sobre la encimera de la cocina.

Es Dorian. La pantalla ilumina su nombre igual que si el universo hubiera decidido dedicar el día entero a tocarme los cojones. Lo dejo sonar y ahí aparece automáticamente mi enfado.

Porque, de todos los hombres absurdos de Manhattan, tenía que pasarme precisamente con Dorian Griffiths.

El hombre que convierte cualquier conversación en una provocación.

El hombre que aparece tarde, habla más de la cuenta y sonríe como si el mundo estuviera diseñado para entretenerlo…

Sí, sin duda posee el material genético perfecto para protagonizar una catástrofe como esta.

Por suerte, el teléfono deja de vibrar y lanzo un hondo suspiro.

Vuelvo a mirar la bolsa de la farmacia y la caja antes de que pueda arrepentirme otra vez y entro en el baño.

La luz sobre el espejo parpadea un segundo antes de estabilizarse mientras leo las instrucciones de la prueba dos veces seguidas, aunque llevo sabiendo cómo funciona una prueba de embarazo desde los quince años.

Me tiemblan las manos un poco y eso me irrita.

—Por favor, qué situación tan humillante —murmuro para mí misma.

Sigo las instrucciones y pongo un temporizador en el móvil de tres minutos, el tiempo necesario para que la prueba me dé el resultado.

La verdad es que tres minutos son una cantidad ridícula de tiempo cuando estás esperando algo capaz de ponerte la vida patas arriba...

Trato de no adelantarme y dejo la prueba sobre el mármol antes de salir al pasillo, porque no quiero pasarme esos ciento ochenta segundos con la mirada fija en la prueba.

Así que voy a la cocina, abro la nevera, la cierro, vuelvo al salón e intento responder otro correo, aunque leo la misma frase cuatro veces seguidas sin entender absolutamente nada y me doy por vencida.

Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que el frigorífico sigue haciendo ese ruido raro, un coche pita en la calle y escucho al vecino de arriba usar el taladro.

Todo sigue su ritmo habitual, eso es lo peor, mientras yo evito entrar en mi propio baño para mirar una prueba de embarazo.

Justo en ese momento, mi teléfono vibra otra vez sobre la mesa.

Lo cojo, porque pienso que es el temporizador que me avisa de que ya han pasado los tres minutos, pero entonces me doy cuenta de que Dorian me ha escrito de nuevo.

—Insistencia masculina nivel acoso —digo en voz alta, pero no le respondo.

Justo en ese momento el temporizador suena. Durante unos segundos me quedo completamente quieta en mitad del salón mirando hacia la puerta del baño con la absurda sensación de que, mientras no entre ahí dentro, todavía existe una pequeña posibilidad de que mi vida siga siendo como hasta ahora.

Respiro hondo y me armo de valor para entrar en el lavabo.

La prueba sigue en el mismo sitio en el que la he dejado, aunque tardo unos segundos en obligarme a mirar.

Cuando lo hago enseguida veo dos líneas rosas claramente marcadas, aunque mi cerebro tarda un instante en procesarlo, luego otro y otro más…

Porque sigo esperando que, si miro el tiempo suficiente, las dos líneas desaparezcan solas.

—No me jodas.

La frase se escapa de entre mis labios casi sin aire. Me muerdo el labio inferior y me apoyo en el lavabo mientras noto una presión en el pecho que no llega a ser pánico ni tristeza sino incredulidad.

Estoy embarazada de Dorian Griffiths. No me lo puedo creer y me echo a reír de golpe.

—Enhorabuena, Elsie. Has conseguido convertir una mala decisión en un proyecto a largo plazo —me digo mirándome al espejo incapaz de reaccionar.

La prueba con las dos líneas sigue frente a mí y cuanto más las miro, más enfadada me siento conmigo, con él, con aquella boda infernal, con el alcohol, con el hotel y con la versión de mí misma que decidió entrar en aquella habitación sabiendo perfectamente que aquello acabaría mal.

Porque, sinceramente, si esto tenía que pasarme con alguien, Dorian Griffiths estaba literalmente al final de la lista de opciones razonables.

Mi móvil vuelve a vibrar, por suerte esta vez es Amara. Me apresuro a cerrar el cajón del baño ocultando la prueba antes siquiera de responder la llamada, lo que probablemente dice bastante sobre mi estado mental actual.

—Hola.

—Vale, ¿qué pasa?

Frunzo el ceño inmediatamente.

—Nada.

—Elsie, llevamos años siendo amigas. Reconozco perfectamente ese tono de voz.

—Solo estoy cansada —disimulo.

—Te fuiste del brunch con cara de estar pensando si tirarle una silla a alguien.

—Eso podría aplicarse a cualquier día de oficina...

Escucho una pequeña risa al otro lado de la línea.

—Dorian estaba insoportable incluso para sus estándares habituales.

Abro un armario, luego otro, aunque no estoy buscando nada, pero necesito moverme.

—Dorian siempre está insoportable.

—Sí, pero tú normalmente disfrutas discutiendo con él.

«Touché» . Me apoyo sobre la encimera y cierro los ojos un segundo.

—No tengo energía para Dorian ahora mismo.

Amara tarda unos segundos en responder y odio que incluso a través del teléfono pueda notar que está pensando.

—¿Ha pasado algo?

La pregunta se queda suspendida entre nosotras y durante un momento siento que estoy peligrosamente cerca de decir la verdad.

La noto empujando detrás de mis dientes intentando salir.

«Estoy embarazada».

Dos palabras capaces de reventarme la vida entera en menos de tres segundos. Pero todavía no soy capaz de verbalizarlo. Todavía necesito un poco más de tiempo antes de que esto deje de pertenecerme solo a mí.

—No pasa nada —miento fatal—. Solo necesito dormir.

Amara no parece convencida.

—Elsie…

—En serio. Estoy bien.

Otra mentira, aunque el problema es que las dos lo sabemos.

—Vale —dice finalmente—. Pero si necesitas algo, llámame.

Asiento aunque ella no puede verme y cuando cuelgo, mi apartamento vuelve a quedarse lleno del ruido normal de siempre: la nevera, los coches, el vecino viendo la televisión demasiado alta… Camino otra vez hacia el baño, abro el cajón lentamente y la prueba sigue ahí dentro.

Mi móvil vibra sobre la cama unos segundos después y no necesito mirarlo para saber quién es, pero, pese a eso, lo hago.

Es Dorian, su nombre aparece iluminando la pantalla mientras yo sigo de pie en mitad de mi dormitorio con la sensación de que mi vida acaba de inclinarse ligeramente hacia un sitio del que ya no sé cómo volver.

El teléfono vuelve a vibrar, pero no respondo.