Error irreversible (Errores en Manhattan 3) Capítulo 1
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Capítulo 1

Dorian

Unas semanas después

Llegar tarde a un brunch organizado por Devon Mitchell debería considerarse deporte de riesgo.

Sobre todo cuando dicho brunch empieza a las once, son las doce menos cuarto y Brock me ha enviado exactamente nueve mensajes durante el trayecto desde mi apartamento hasta el Soho.

El último contiene únicamente una foto de Devon mirando el reloj con expresión homicida y el texto: «Si apareces muerto, fingiremos sorpresa».

Entro en el Lumière con gafas de sol, un café gigante en la mano y la sensación de que mi existencia está a punto de molestar a varias personas antes incluso de sentarme.

—Señor Griffiths —me dice la chica de recepción, que me ha reconocido enseguida.

—Eso ha sonado a «llegas tarde otra vez».

La mujer sonríe apenas de forma profesional.

—Sus amigos están en la terraza privada.

—¿Todos siguen vivos?

—Por el momento, sí —me vuelve a sonreír.

Cruzo el restaurante y veo que varias mesas giran la cabeza a mi paso. Justo antes de llegar a la terraza, me quito las gafas de sol. El sonido de las conversaciones, de los platos y del jazz suave que suena de fondo desaparece un poco en cuanto atravieso las puertas de cristal y los veo.

Devon sentado al fondo de la mesa con una camisa blanca impecable y cara de hombre que probablemente ya ha cerrado dos acuerdos millonarios antes de tomarse el primer café de la mañana.

Amara a su lado, lo observa todo con una expresión serena que siempre me hace sospechar que sabe más de lo que dice.

Brock monopolizando la conversación desde el otro extremo de la mesa mientras Theo intenta, sin éxito, terminar una frase.

Elara descalza debajo de la mesa porque, según parece, «los zapatos caros son una estafa creada por hombres».

Max Hammond revisando el móvil con el mismo entusiasmo emocional que tendría un cadáver.

Y entonces está ella: Elsie Rogers, sentada cerca del extremo de la mesa, con unas gafas de sol enormes, un jersey claro de cuello alto y una taza de té entre las manos.

No levanta la vista cuando llego, algo que me resulta raro.

—Mira quién ha decidido honrarnos con su presencia —anuncia Brock apoyándose hacia atrás en la silla—. Creíamos que habías muerto en casa de alguna modelo escandinava.

Dejo el café sobre la mesa y me siento en la única silla libre, que casualmente está al lado de Elsie, porque el universo me odia.

—He estado ocupado sobreviviendo a vuestra resaca emocional colectiva.

—Tú no puedes usar la palabra emocional en una frase sin que salte una alarma —murmura Max sin apartar la vista de la pantalla de su teléfono.

—Gracias, Hammond. Tu apoyo significa muchísimo para mí.

—Cuarenta minutos tarde —me dice Devon mirándome durante unos segundos.

—Eso en Manhattan cuenta como puntualidad flexible —le respondo con convicción.

—Eso en cualquier ciudad cuenta como tocarme los cojones.

—Qué bonito es verte expresar sentimientos —le responde Brock alzando su copa.

Elara empieza a reírse mientras Theo intenta explicarle algo a Amara sobre un vídeo que, aparentemente, Brock ha subido y que ahora amenaza con destruir varias reputaciones.

Yo apenas los escucho, porque sigo mirando a Elsie.

No la observo directamente, pero sí la miro lo suficiente para notar algo raro enseguida.

No me mira, ni en conversación, ni hace ni un solo comentario sarcástico.

Después de la boda esperaba muchas cosas: tensión, pullas, incomodidad e incluso una discusión de su parte, pero esto no. Porque esto parece calculado y ahora mismo lo único que consigue es ponerme de mal humor.

—Vaya, Rogers sigue viva —comento inclinándome un poco hacia ella—. Empezaba a pensar que habías entrado en un programa de protección de testigos después de la noche de la boda.

Elsie da un sorbo al té antes de responderme.

—Sigo valorándolo.

Brock levanta inmediatamente la cabeza.

—Ah, perfecto. Ya hemos llegado a la parte interesante del brunch .

—Tú consideras interesante cualquier conversación que pueda acabar en demanda judicial —le recuerda Amara.

La sonrisa de Elsie apenas dura un instante antes de desaparecer otra vez, algo que también me resulta raro, porque recuerdo perfectamente cómo se reía en la boda.

Aunque también me acuerdo del alcohol de aquella noche, del pasillo del hotel, de su espalda contra la pared, mientras bajaba mi mano hasta su cintura y la forma en que me miraba antes de entrar conmigo en aquella habitación.

No recuerdo todo lo demás, pero sí recuerdo suficiente y nada de aquello encaja con la mujer que ahora mismo parece querer fingir que apenas existo.

—¿Sigues enfadada conmigo? —pregunto acercándome un poco más a Elsie.

—Eso implicaría que me importas lo suficiente —me responde dejando la taza sobre la mesa despacio.

Vale, su contestación me cabrea más de lo que esperaba.

—Hostia —murmura Brock llevándose la mano al pecho—. Hasta yo he sentido el golpe.

Devon resopla mientras aparta una cesta de bollería de delante de Brock.

—¿Puedes dejar de echar leña al fuego un rato?

—No, porque entonces perderíais una parte fundamental de mi encanto.

Brock se recuesta en la silla con una tranquilidad irritante mientras Theo niega con la cabeza y Devon se sirve más café con la resignación de un hombre que ya ha aceptado que ninguno de nosotros va a comportarse como un adulto funcional durante las próximas horas.

La conversación sigue moviéndose entre bromas absurdas, resacas y comentarios sobre el brunch hasta que, sin que nadie lo diga directamente, la boda de Juliette y Theo vuelve a convertirse en la protagonista. Durante las últimas semanas, siempre acabamos regresando a aquella noche.

—Theo intentó convencer al DJ de poner reguetón a las dos de la mañana —dice Elara riéndose mientras deja la copa sobre la mesa—. Creo que jamás había visto a Devon tan cerca de cometer un crimen.

—El DJ lloró —añade Brock con orgullo—. Eso significa que la fiesta funcionó.

—La fiesta acabó con tres invitados durmiendo en habitaciones equivocadas —replica Devon sin levantar la vista de la taza de café.

Eso hace que algo cambie en la expresión de Elsie, muy poco, pero lo noto, porque no le he quitado ojo desde que ha llegado.

Brock deja el tenedor sobre el plato y señala a Theo desde el otro extremo de la mesa con expresión acusadora.

—Espera un momento. ¿Quién fue el que apareció en la suite del piso doce convencido de que aquella era su habitación?

Theo empieza a reírse inmediatamente.

—No fui yo.

—Claro que fuiste tú —replica Brock—. Intentaste abrir una puerta con la tarjeta del minibar.

—Aquella noche fue confusa.

—Aquella noche fue una negligencia colectiva...

Elara se inclina hacia delante apoyando los codos sobre la mesa mientras mira a su alrededor con expresión conspiradora.

—Yo sigo diciendo que alguien debería revisar las cámaras del hotel porque hay varias horas de esa noche que no tienen ningún sentido.

La frase hace que varias personas levanten la vista al mismo tiempo. Max aparta por fin los ojos del móvil y durante un instante algo cambia en su expresión. No dura mucho, pero lo suficiente para que me dé cuenta, al igual que Brock.

—Hostia. Hammond acaba de poner cara de hombre que sabe dónde están enterrados varios cadáveres.

—Estoy pensando que ninguno debería volver a beber así —dice Max después de dejar su teléfono sobre la mesa.

—Eso ha sonado sorprendentemente responsable —comenta Brock llevándose una mano al pecho—. ¿Te encuentras bien o tenemos que llamar a un médico?

Max ignora el comentario con la misma paciencia cansada de siempre.

—Hay cosas raras que nadie recuerda bien —dice Amara observando la mesa unos segundos antes de hablar.

Su comentario queda flotando sobre nosotros, mientras Theo se sirve más café y Elara frunce ligeramente el ceño, intentando reconstruir algo en su cabeza.

—Yo recuerdo perfectamente besar a una mujer preciosa en un ascensor —comento apoyándome hacia atrás en la silla y mirando a Elsie—. Aunque algunos detalles siguen bastante borrosos.

Elsie ni siquiera gira la cabeza hacia mí. Pero veo cómo aprieta un poco más fuerte los dedos alrededor de la taza y entonces me doy cuenta de que no es que esté incómoda, sino tensa.

Empiezo a fijarme mejor en ella y me doy cuenta de que no ha probado ni una gota de alcohol, ni apenas ha tocado la comida, tiene mala cara y lleva toda la mañana pasando del enfado al agotamiento en cuestión de segundos.

Mi cerebro llega inmediatamente a la conclusión más lógica: está arrepentida de haberse acostado conmigo aquella noche de a boda.

Y no sé por qué eso me toca tanto los cojones.

—¿Sabes qué recuerdo yo? —dice Brock apoyándose sobre la mesa—. Recuerdo a alguien insistiendo en que nadie podía marcharse todavía.

El comentario hace que varias miradas se levanten al mismo tiempo, incluida la de Elsie.

—¿Quién? —pregunta Elara.

Brock frunce el ceño.

—No me acuerdo. Solo recuerdo la frase.

Elsie se queda quieta unos segundos, pero su gesto cambia un instante y de pronto tengo la sensación de que ella está recordando algo mientras intenta no hacerlo.

—Yo recuerdo un pasillo —murmura Theo—. Y a Brock intentando abrir una puerta con una tarjeta de crédito.

—Eso fue espíritu de supervivencia —le responde Brock.

—No, eso fue un delito —confirma Theo.

—Técnicamente no conseguimos entrar.

La conversación sigue moviéndose alrededor de la mesa, pero yo continúo mirando a Elsie.

Porque hace un momento estaba hablando y ahora parece haberse ido muy lejos de aquí de repente.

Tiene la vista fija en la taza y la expresión tensa de alguien intentando mantener el control sobre algo que empieza a complicarse por segundos.

—Tengo que irme —dice Elsie de repente levantándose de la silla.

—¿Ya? Acabamos de pedir postre —protesta Brock.

—Algunas personas trabajamos.

—Eso ha sonado ofensivo hacia mí personalmente —le responde él.

Elsie sonríe mientras recoge el bolso y evita mirarme otra vez. Eso termina de hartarme. La observo atravesar el restaurante y me levanto apenas diez segundos después.

—Oh, esto promete —escucho que dice Brock a media voz, mientras me alejo de la mesa.

—No rompáis nada —añade Devon después de dar un sorbo a su taza de café.

—Ni hagas promesas imposibles —añade Brock.

Alcanzo a Elsie fuera del restaurante, junto a la acera, mientras intenta parar un taxi. El Soho nos rodea con ruido de coches y de gente caminando con prisas a pesar de ser domingo.

—¿Vas a seguir haciendo esto mucho tiempo? —le pregunto cuando la alcanzo.

—No sé de qué hablas —me responde sin mirarme.

—Claro que lo sabes.

Por fin se vuelve hacia mí y veo de nuevo esa tensión rara en su gesto.

—Dorian…

—No. Ni siquiera hemos hablado de lo que pasó.

—Porque no hay nada que hablar.

Me acerco un paso más a ella.

—Eso es curioso teniendo en cuenta que acabaste prácticamente arrancándome la ropa en el hotel.

—Estábamos borrachos.

—Tú no parecías arrepentida entonces.

La frase me sale más brusca de lo que pretendía y ella cruza los brazos inmediatamente a la defensiva.

—¿Qué quieres exactamente?

Buena pregunta, porque la he seguido fuera del restaurante sin pensar demasiado en ello.

Una parte de mí está enfadada y la otra lleva toda la mañana intentando entender por qué Elsie actúa como si quisiera borrarme de su vida después de lo que pasó entre nosotros.

Pero empiezo a sospechar que el problema no fue la boda, sino yo.

—Vale —digo mirándola fijamente—. ¿Qué cojones te pasa conmigo?

Elsie abre la boca y durante un momento tengo la sensación de que va a decirme algo importante. Lo veo en su cara y en cómo se altera su respiración, pero entonces aparece un taxi libre detrás de mí y ella retrocede.

—No me pasa nada contigo.

Mentira. Me doy cuenta enseguida de que me está mintiendo y ella también sabe que la he pillado. Pero aun así abre la puerta del taxi y entra antes de que pueda detenerla.

—Elsie.

Me mira desde dentro del coche y tengo la sensación de que parece asustada, pero no de mí, sino de algo peor, pero que no tengo ni la más mínima idea qué es.

Después el taxi arranca y yo me quedo plantado en mitad de la calle con la sensación de que acabo de perderme una parte importante de esta historia.