Error irreversible (Errores en Manhattan 3) Prólogo
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Error irreversible (Errores en Manhattan 3)

Error irreversible (Errores en Manhattan 3)

Por Sarah Valentine

© inepub.com

Prólogo

Elsie

La primera vez que pienso seriamente en escapar de la boda son exactamente las nueve y diecisiete de la noche, justo cuando un camarero aparece delante de mí con una bandeja de copas de champán y una sonrisa tan impecable que parece entrenada por el ejército.

Cojo una por pura educación y miro alrededor intentando recordar en qué momento mi vida se ha convertido en una sucesión de eventos llenos de hombres con relojes que cuestan más que mi coche y mujeres capaces de caminar sobre mármol con tacones de doce centímetros sin aparentar ni el más mínimo dolor de pies.

Tribeca brilla al otro lado de los ventanales del hotel como un decorado absurdo.

Resoplo y miro a mi alrededor. Desde luego, todo dentro de esta sala parece diseñado para impresionar: las lámparas enormes colgando suspendidas sobre las mesas, los arreglos florales con aspecto de ser carísimos, la música en directo sonando lo bastante baja para permitir conversaciones y lo bastante alta para impedir silencios incómodos.

El problema es que los. millonarios siempre encuentran la manera de tener silencios incómodos igualmente.

—Tienes cara de estar planeando una fuga.

Levanto la vista de la copa que tengo entre mis manos y frente a mí tengo a Dorian Griffiths.

«Perfecto», me digo para mí intentando que no se me note, porque si había algún evitado al que esperaba evitar durante toda la noche es precisamente al hombre que han sentado a dos sillas a mi derecha por culpa de un cambio de mesas de última hora, que todavía sospecho que fue idea de Brock y su necesidad enfermiza de convertir cualquier evento elegante en un reality show regado con grandes cantidades de alcohol.

Dorian me sostiene la mirada con una tranquilidad irritante mientras se lleva el whisky a la boca.

Va vestido igual que el resto de los hombres: traje oscuro, reloj obscenamente caro, camisa clara y con una corbata perfectamente anudada.

Sin embargo, hay algo distinto en él al resto.

Quizá lleva el pelo ligeramente despeinado, la corbata algo más floja que el resto y una expresión en la cara propia de hombre que parece estar divirtiéndose incluso cuando no debería.

—Estoy planeando sobrevivir a la cena sin escuchar a Brock hablar de trabajo o sexo en la misma frase —le respondo alzando una ceja.

—Entonces has venido al evento equivocado.

—A esa conclusión ya he llegado hace un rato…

Una sonrisa se dibuja lentamente en su boca y ahí está el problema, porque Dorian no sonríe como los demás hombres de esta sala.

Devon Mitchell sonríe como alguien acostumbrado a cerrar acuerdos millonarios.

Max Hammond apenas lo hace y Brock parece directamente incapaz de tomarse algo en serio más de cinco minutos seguidos sino se trata de trabajo.

Dorian, en cambio, me da la sensación de que sonríe como si acabara de encontrar algo que quiere desmontar pieza por pieza. En este caso, aparentemente, yo.

Intento volver mi atención hacia Juliette y Theo, los recién casados que están recibiendo felicitaciones cerca de la pista central, pero noto la mirada de Dorian todavía encima de mí.

—¿Siempre observas así a la gente u hoy estás haciendo una excepción porque estás aburrido? —le pregunto mirándolo de reojo.

—No estoy aburrido. Estoy intentando entender por qué una mujer que parece lista ha decidido quedarse en una boda donde lleva cuarenta minutos deseando de correr hacia la salida.

—Porque ayudé a coordinar parte de este desastre y abandonar antes del postre quedaría feo.

—No creo que seas una persona especialmente preocupada por quedar bien.

Lo miro otra vez más por fastidio que por interés. Y descubro algo irritante: tiene unos ojos peligrosos. Verdes oscuros, cansados, pero también atentos. La clase de ojos que parecen relajados hasta que se concentran en alguien concreto.

—Tú tampoco pareces especialmente preocupado por las normas.

—Las normas funcionan bien hasta que alguien empieza a beber champán gratis.

—En tu vaso hay whisky —le recuerdo.

—Porque tengo experiencia.

Resoplo antes de dar otro trago a mi copa, con la firme convicción de que no debería seguir aquí.

De hecho, llevo diciéndome exactamente eso desde que empezó el cóctel de bienvenida y Brock convenció a media sala para participar en una competición absurda sobre quién había tomado peores decisiones sentimentales antes de los treinta.

Elara ganó sin discusión posible y ahora mismo está subida a una silla junto a la mesa principal intentando explicarle algo a Amara con una copa en la mano mientras Devon la mira con un gesto propio de un hombre que está a dos segundos de perder paciencia y otros tres de besarla contra una pared.

La verdad es que cuanto más miro alrededor, más claro tengo que aquí nadie tiene la vida tan controlada como aparenta.

Todos menos Max Hammond, que continúa sentado al final de la mesa con la misma expresión fría que ha tenido durante toda la noche, observando el caos de la fiesta igual que alguien observa un incendio desde detrás de un cristal blindado.

Y luego está Alistair Hudson, que no sé cuándo ha aparecido exactamente. Solo sé que cada vez que levanto la vista lo encuentro en un lugar distinto de la sala, silencioso, impecable y mirando a la gente como si supiera algo que el resto todavía no entiende.

No me gusta ese tío, aunque no sé por qué.

—Estás haciendo esa cara otra vez.

Parpadeo y descubro que Dorian sigue mirándome.

—¿Qué cara?

—La de mujer que está considerando cometer un delito para escapar.

—Depende. ¿Empujar invitados millonarios por una terraza cuenta como delito grave?

—Solo si te pillan.

La risa se me escapa antes de que consiga frenarla y enseguida me arrepiento, porque algo cambia en la mirada de Dorian al escucharla. Apenas dura un instante, una reacción pequeña y peligrosa, pero suficiente para que me entren ganas de volver a poner distancia entre nosotros.

—Voy a buscar agua —le digo dejando mi copa de champán vacía sobre la mesa y me pongo en pie.

—Cobarde —murmura Dorian a mi espalda cuando empiezo a alejarme de la mesa.

Me giro lo justo para dedicarle una mirada cargada de paciencia homicida mientras un camarero pasa entre nosotros con una bandeja de copas y Brock, al fondo de la sala, intenta convencer a Theo de que un matrimonio sano necesita «al menos una discusión absurda por semana y sexo irresponsable en sitios públicos».

—Prueba a pasar tres horas escuchando a Brock explicar por qué las despedidas de soltero deberían incluir abogados y tequila ilimitado.

Dorian sigue mi mirada hasta la pista central, donde Brock acaba de subirse a una silla con una copa en la mano mientras Devon lo observa con expresión de hombre que está decidiendo si matarlo ahora o esperar al postre.

—Brock lleva desde el cóctel intentando convertir esta boda en un problema legal.

—Brock es un problema legal en si mismo.

La sonrisa de Dorian se ensancha un poco.

—Eso no le ha impedido sobrevivir treinta y cuatro años en Manhattan.

—Los milagros existen.

Detrás de él, Elara estalla en una carcajada al escuchar algo que Amara acaba de susurrarle y Brock responde haciendo una reverencia absurda hacia una mesa de inversores claramente arrepentidos de haber aceptado la invitación.

Dorian vuelve a mirarme, todavía divertido.

—Lo preocupante es que llevas toda la noche juzgándolo y aún no te has ido.

—Eso es porque una parte de mí sigue creyendo que alguien adulto tendrá que acabar poniendo orden aquí.

—¿Y la otra parte?

Miro alrededor otra vez y veo a Brock brindando encima de una silla, a Devon perdiendo años de vida en silencio y a Theo riéndose como un hombre que todavía no entiende las consecuencias de nada. Luego vuelvo a encontrarme con los ojos verdes de Dorian.

—La otra parte empieza a sospechar que vosotros funcionáis exactamente así todo el tiempo.

Empiezo a caminar hacia la barra del fondo intentando aprovechar el caos que Brock ha montado alrededor de la pista para desaparecer un rato, pero apenas consigo avanzar unos metros antes de notar otra vez a Dorian a mi lado.

No hace ruido al acercarse. Simplemente aparece, como si llevara toda la noche detectando cada uno de mis intentos de fuga.

—Empiezo a pensar que tienes un problema serio con el espacio personal —le suelto sin girarme hacia él.

—Empiezo a pensar que tú tienes un problema serio con escaparte de las conversaciones interesantes.

—Todavía no hemos tenido ninguna —le advierto.

Dorian se lleva el vaso de whisky a la boca sin dejar de mirarme por encima del borde del cristal.

—Eso me ha dolido un poco.

—Sobrevivirás.

—No sé. Tengo pinta de ser bastante sensible.

Resoplo antes de llegar a la barra y, cuando lo hago, un camarero aparece enseguida delante de mí con una copa nueva y, justo cuando voy a cogerla, la mano de Dorian intercepta el movimiento.

—Eh —le suelto.

Él observa el líquido un instante antes de cambiar la copa por otra distinta.

—Esta no.

—¿Perdona? —pregunto arqueando una ceja.

—Llevaba vodka —me advierte.

—No llevaba vodka.

Miro la nueva copa que acaba de dejarme delante y luego vuelvo a mirarlo a él.

—¿Acabas de secuestrar mi alcohol?

—Te estoy evitando una mañana de resaca muy humillante.

—No tienes pruebas de eso.

Dorian inclina un poco la cabeza hacia mí, despacio, con una expresión divertida que empieza a irritarme.

—Te has quedado hablando conmigo voluntariamente durante casi media hora. Las pruebas empiezan a acumularse.

Odio que una parte de mí quiera reírse otra vez.

Pero, por suerte, la banda cambia de canción y varios invitados aplauden cuando Brock consigue arrastrar a Theo al centro de la pista para un brindis improvisado, que Devon observa con la resignación de un hombre que probablemente está calculando cuántas demandas podrían surgir de esta boda antes de que acabe la fiesta.

—Te juro que Mitchell va a terminar teniendo una úlcera esta noche.

Dorian sigue mi mirada hasta Devon, que acaba de apartarle una botella de tequila a Brock con la misma expresión con la que alguien desactiva una bomba.

—Devon lleva intentando controlar esta boda desde hace cinco horas.

—Y Brock lleva intentando destruirla exactamente el mismo tiempo.

—Eso es amistad masculina de alto nivel.

No le respondo enseguida. Me limito a apoyarme en la barra y observo la sala otra vez mientras doy un sorbo a mi copa.

Todo el mundo parece encajar aquí de forma natural.

Las risas, los trajes impecables, las mujeres que parecen haber nacido para mostrarse elegantes y risueñas, aunque lleven tacones de vértigo…

Yo, en cambio, solo estoy cansada de novias histéricas llamándome a las tres de la mañana, porque las peonías que quieren son ligeramente más blancas que las otras peonías.

Harta también de hombres ricos convencidos de que un ramo gigante arregla cualquier traición y de pasarme media vida organizando fiestas perfectas para gente que luego se destroza emocionalmente en los baños de hoteles de lujo.

—Tienes cara de mujer que lleva toda la noche pensando que debería haberse quedado en casa.

La frase me arranca de golpe de mis pensamientos y levanto la vista despacio para mirarlo a los ojos.

—¿Siempre hablas así o hoy estás haciendo un esfuerzo especial?

—Siempre hablo así, a veces incluso me caigo bien.

—Qué duro debe de ser vivir contigo.

Dorian sonríe un poco.

—No estoy intentando impresionarte, Elsie.

—Entonces vas fatal porque llevas toda la noche actuando como un hombre convencido de que es encantador.

—No estoy actuando. Ese es mi principal problema.

La música sube un poco de volumen justo cuando Elara le arrebata una copa a un camarero y empieza a bailar encima de una plataforma decorativa, mientras Amara la observa desde abajo con expresión tranquila, como si estuviera decidiendo en qué momento intervenir antes de que alguien termine cayéndose.

—¿Sabes qué creo de verdad? —me pregunta Dorian, que se ha acercado un poco más a mí para que pueda escucharlo por encima del ruido.

—Me da miedo esa pregunta...

—Creo que llevas aquí desde que empezó la boda intentando decidir si marcharte o cometer una estupidez.

Suelto una risa breve, más cansada que divertida.

—Y tú pareces un experto en decir estupideces.

—Solo en las entretenidas.

El problema es que sigo aquí y ese es el error y no el alcohol, ni la boda, ni siquiera Dorian.

El error es quedarme quieta mientras una parte bastante sensata de mí sigue repitiendo que todavía estoy a tiempo de salir de este hotel, coger un taxi y olvidarme de toda esta gente antes de que algo termine complicándose.

La noche empieza a volverse confusa poco después, aunque entonces todavía no me doy cuenta.

Las conversaciones se mezclan unas con otras, las copas aparecen llenas en mis manos sin que recuerde haber pedido otra y Brock empieza a organizar retos absurdos cerca de la pista mientras Theo, claramente borracho ya, acepta todos como un hombre que mañana va a arrepentirse muchísimo.

En algún momento escucho una voz masculina decir:

—Nadie se va todavía.

No sé quién ha sido. Solo recuerdo la sensación incómoda de que la noche empieza a acelerarse alrededor de nosotros, las voces suenan más altas y todo el mundo parece haberse olvidado ya de cualquier intención razonable.

Después recuerdo luces borrosas, risas, el ascensor demasiado lleno y alguien chocando conmigo en un pasillo y la mano de Dorian sujetándome por la cintura antes de que termine estampada contra una pared.

—Vale, confirmo que vas borracha.

—Voy cansada —le aclaro.

—Claro. Por eso llevas diez minutos mirándome como si estuvieras pensando algo ilegal.

Levanto la vista hacia él y me doy cuenta de que está cerca, muy cerca y el pasillo del hotel parece inclinarse un poco detrás de su espalda.

—No te estoy mirando así.

—Ah, ¿no?

Niega despacio con la cabeza antes de bajar la vista a mi boca.

—Pues alguien debería avisar a tu cara porque está enviando mensajes contradictorios.

Intento responder algo inteligente. De hecho, creo que incluso lo hago, pero no lo recuerdo.

Lo único que soy capaz de recordar es el calor de su mano en mi cintura, las luces suaves del pasillo y la sensación de que el hotel entero gira despacio alrededor de nosotros.

También me acuerdo de una puerta que se abre en un lugar que no debería y una voz cerca de mi oído susurrándome «Esto es una idea horrible».

Y luego nada.

La última imagen clara que conservo de aquella noche es Dorian entrando detrás de mí en una habitación del hotel mientras yo seguía intentando convencerme de que aún podía detener aquello.

No obstante, lo peor no fue entrar con él allí dentro, sino saber, incluso borracha, que no iba a salir igual de allí.