Epílogo #2
Durante las horas siguientes descubro que un hospital puede alterar completamente la percepción del tiempo.
Las contracciones van y vienen sin ningún orden lógico, Elsie me aprieta la mano hasta dejarme sin circulación, me insulta, se disculpa cinco minutos después y vuelve a insultarme en la siguiente contracción mientras me exige que no me mueva de su lado y yo no me muevo, ni siquiera cuando una enfermera me recomienda sentarme porque tengo cara de estar a punto de desmayarme.
Tampoco cuando Brock asoma la cabeza por la puerta para preguntar si «el bebé del caos piensa salir hoy o prefiere esperar a la cena» y Elsie amenaza con tirarle encima todo lo que encuentre cerca.
Ni mucho menos cuando Devon intenta explicarme cómo respirar y descubro que escuchar consejos de meditación de Devon Mitchell es una de las experiencias más inquietantes de mi vida.
—No me digas que respire —le suelto.
—Estás hiperventilando.
—Estoy participando emocionalmente.
—Estás a tres respiraciones de caerte al suelo.
Elsie, sudando y agotada, gira la cabeza hacia mí.
—Como te desmayes, te dejo.
—No pienso desmayarme.
—Bien, porque ahora mismo necesito odiarte y tienes que estar consciente.
Me inclino hacia ella y le aparto el pelo húmedo de la frente.
—Puedes odiarme todo lo que quieras, cariño.
—Lo estoy haciendo —me escupe con los ojos inyectados en sangre.
—Lo estás haciendo muy bien.
—No seas tierno ahora, imbécil, que me desconcentras.
Le beso los nudillos y ella cierra los ojos un segundo. Esa pequeña pausa me rompe por dentro más que cualquier grito, porque está sufriendo y yo no puedo hacer nada más que estar a su lado.
Cuando por fin llega el momento, el mundo se reduce a Elsie, su mano aferrada a la mía y la voz de la matrona guiándola con una serenidad que me parece casi sobrenatural.
Todo el humor se queda fuera de la habitación.
Incluso Brock se calla al otro lado de la puerta.
Yo apenas soy capaz de pensar. Solo miro a Elsie, su cara agotada, su fuerza brutal y su fortaleza para seguir incluso cuando parece que no puede más.
—Una más, Elsie —dice la matrona—. Lo tienes.
Elsie niega con la cabeza, llorando de rabia y cansancio.
—No puedo.
Me acerco más a ella sin soltarle de la mano.
—Sí puedes.
—No me digas frases de taza motivacional.
—No era una frase motivacional. Era una orden.
Abre un ojo.
—Eres idiota.
—Sí. Pero estoy aquí.
Algo cambia en su cara y aprieta mi mano con una fuerza brutal y empuja. El llanto de nuestro hijo se escucha antes de que yo entienda que ha pasado. Es un sonido pequeño, furioso y absolutamente perfecto que rompe la habitación por la mitad y yo me quedo sin aire y Elsie también.
La matrona sonríe y alguien dice que es un niño precioso, aunque yo no entiendo cómo alguien puede formar una frase tan larga mientras mi vida acaba de detenerse.
Cuando me lo colocan en brazos, dejo de ser una persona funcional. Es diminuto, está rojo, arrugado y enfadado con el mundo. Tiene los puños cerrados y una boca pequeña que tiembla antes de volver a soltar un quejido indignado.
No sé qué hacer con mis manos, ni con mi respiración, ni con el hecho de que algo tan pequeño pueda ser más importante que todo lo que he tenido en la vida hasta este instante.
—Dorian —susurra Elsie desde la cama.
Levanto la vista hacia ella y la veo agotada, pálida, pero preciosa de una forma que no voy a saber explicarle nunca. Me mira a mí, luego al bebé y sonríe con los ojos llenos de lágrimas.
—Dile algo.
Miro otra vez a mi hijo.
«Mi hijo».
Joder… Esa palabra es tan grande que tengo que tragar saliva antes de poder hablar.
—Hola, pequeño —murmuro con la voz rota—. Soy… Soy tu padre.
El bebé mueve la boca como si esa información le pareciera decepcionante y Elsie suelta una risa cansada.
—Tiene tu cara de juicio.
—Imposible. Yo tengo mejor mandíbula.
—Acaba de nacer.
—Y ya está juzgando el entorno.
Me acerco despacio a la cama y me siento a su lado con el bebé entre los brazos. Elsie levanta una mano temblorosa y le acaricia la mejilla con la punta de los dedos.
—Hola, Leo —susurra.
—¿Leo? —le pregunto mirándola.
—Si no te gusta, podemos volver a debatir nombres mientras me recupero de haber empujado a un ser humano fuera de mi cuerpo.
—Leo es perfecto.
Elsie sonríe un poco.
—Saluda a tu papá, Leo.
El bebé abre los ojos apenas un instante y no tengo ni idea de si realmente me ve, pero da igual. Porque yo sí lo veo a él y también a Elsie. Veo todo lo que empezó como una noche absurda, borrosa e injustificable y que ahora está aquí, respirando entre mis brazos.
Unas semanas después, el Lumière se convierte en una zona de guerra con servilletas de lino, copas caras y un bebé dormido en brazos de Elara mientras Brock intenta convencer a todo el mundo de que es el padrino favorito de Leo.
—Me ha sonreído —afirma.
Devon lo mira por encima de la copa.
—Tiene gases.
—Eso es una interpretación muy fría de un vínculo profundo —afirma Brock con convicción.
—Es biología.
—Tu romanticismo debería venir con advertencias legales.
Elsie está sentada a mi lado, apoyada contra mí con el cansancio nuevo y propio de madre reciente que intenta fingir que puede con todo. Bajo mi mano y le acaricio la espalda mientras ella me lanza una mirada de advertencia.
—No empieces a tratarme como si fuera de cristal.
—No iba a hacerlo.
—Sí ibas…
—Vale, pero iba a hacerlo con discreción.
Amara sonríe desde el otro lado de la mesa.
—Seguís siendo insoportables, pero ahora con un bebé. Es una evolución preocupante.
—Gracias —responde Elsie—. Intentamos crecer como desastre colectivo.
Leo hace un ruido pequeño en brazos de Elara y yo me levanto automáticamente y toda la mesa se queda mirándome.
—¿Qué? —pregunto.
Brock sonríe despacio.
—Nada. Solo estoy disfrutando del espectáculo de Dorian Griffiths convertido en padre helicóptero.
—Te voy a tirar pan.
—Eso no va a cambiar nada.
Cojo a Leo con cuidado y el bebé se calma casi enseguida al apoyar la cara contra mi camisa. No digo nada porque no pienso darles munición, pero noto a Elsie mirándome y cuando bajo la vista hacia ella, su expresión me deja un poco sin defensas.
Ya no hay miedo en sus ojos, solo cansancio, ternura y una felicidad imperfecta, pero ruidosa y real.
La cena avanza entre bromas, comida y Leo pasando de unos brazos a otros bajo mi estricta supervisión. Todo parece extrañamente ligero hasta que Brock, porque Brock nunca sabe callarse a tiempo, menciona la boda.
—Sigo pensando que aquella noche debería estudiarse en escuelas de negocios —declara—. Gestión del caos, toma de decisiones horribles y consecuencias inesperadas.
Diana, sentada cerca de Max, responde demasiado rápido.
—Algunas consecuencias eran bastante previsibles.
El cambio es mínimo, pero yo lo noto. Max levanta la cabeza y Diana se queda inmóvil con la copa entre los dedos. Alistair observa todo desde el otro extremo de la mesa sin mover un músculo.
Elsie también lo nota y la noto tensarse a mi lado mientras yo coloco una mano en su rodilla bajo la mesa. Nadie dice nada durante un segundo, p ero en nuestro grupo un segundo puede decir demasiado.
Max mira a Diana como si llevara años intentando no hacerlo con rabia, con culpa y con algo mucho más viejo que una noche de borrachera en una boda.
Diana aparta la vista primero y Brock, por una vez en su vida, no hace ninguna broma.
Elara mira a Devon, Amara a Max y Alistair sonríe un poco, como si una pieza acabara de moverse justo donde él esperaba.
Leo se remueve contra mi pecho y rompe el momento con un quejido pequeño, por lo que Elsie se inclina hacia mí.
—¿Has visto eso? —murmura.
—Sí.
—Ahí hay una historia.
Miro otra vez a Max, que ya ha vuelto a su expresión habitual, aunque no lo bastante rápido.
—Más de una, diría yo.
Elsie apoya la cabeza un instante en mi hombro y yo beso la frente de nuestro hijo mientras el ruido del Lumière vuelve poco a poco a ocupar la mesa.
Creía que nuestra historia había sido el mayor desastre nacido de aquella boda. Entonces vi la forma en que Max Hammond miraba a Diana Kline… y entendí que todavía no habíamos visto lo peor.