Error inesperado (Errores en Manhattan 1) Epílogo
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Epílogo

Elara

Este lugar no tiene nada que ver con cómo empezó todo.

No por el espacio en sí, que podría ser igual de cuidado y perfecto, sino por nosotros, por la forma en la que estamos sentados a esta mesa sin intentar encajar en algo que no entendemos ni ocupar un papel que no nos corresponde, y eso lo cambia todo.

La mesa es larga, más de lo necesario, pero nadie hace ningún comentario.

Las copas están llenas, la conversación es fluida y, por primera vez desde que conozco a este grupo, no tengo la sensación de estar entrando en algo que ya estaba en marcha antes de que yo llegara.

Ahora soy una más porque he decidido quedarme.

Me recuesto ligeramente en la silla, observando cómo se cruzan las conversaciones a ambos lados de la mesa, cómo alguien interrumpe a otro sin que eso importe y cómo, de alguna manera, todo parece más sencillo sin serlo realmente.

Devon está a mi lado, no pegado ni pendiente de cada uno de mis movimientos, pero lo bastante presente como para que no necesite comprobar a cada momento que sigue ahí, y eso, ahora mismo, es lo único que me importa.

Apoya el brazo sobre el respaldo de mi silla sin tocarme directamente y, aun así, la cercanía es suficiente.

—No esperaba que vinieras —comenta alguien al otro lado de la mesa, aunque las voces se cruzan y no distingo quién ha sido.

—Yo tampoco esperaba casarme —responde otra voz con una media risa.

—Técnicamente nadie esperaba nada de lo que ocurrió esa noche —añade alguien más.

Eso sí lo escucho claro. Levanto la vista y me encuentro con varias miradas que coinciden en el mismo punto durante un momento que me parece demasiado largo, como si todos estuviéramos pensando lo mismo sin decirlo: la boda, esa noche y ese hueco extraño en la memoria que nadie termina de entender del todo.

—A ver —dice una de las chicas, inclinándose hacia delante con el vaso en la mano—, yo sigo diciendo que alguien puso algo en las copas .

—Eso es lo más absurdo que he oído en toda la noche —responde Brock desde el otro lado, aunque no suena convencido del todo.

—¿Más absurdo que despertarte con alguien que no soportabas unas horas antes? —replica ella.

—No era que no la soportara —añade él—. Era…

No acaba la frase y eso es lo interesante, porque nadie termina las frases cuando le afectan directamente.

Sonrío sin decir nada, dejando que la conversación siga su curso sin necesidad de intervenir, porque esta vez no necesito justificar nada ni encajar lo que pasó dentro de una explicación que no existe.

Devon se inclina ligeramente hacia mí para decirme al oído.

—¿Te lo estás pasando bien?

Lo dice en voz baja, lo justo para que solo lo escuche yo.

—Más de lo que esperaba.

—Eso suena a progreso.

—Totalmente.

Siento cómo su mano se acerca lo suficiente como para rozar la mía sobre la mesa, pero no llega a cerrarse sobre ella, y ese pequeño margen es exactamente lo que define todo lo que ha cambiado entre nosotros.

Ahora no tenemos prisa, ni la necesidad de asegurarnos de nada, solo somos para el otro una elección constante que no necesita demostrarse a cada momento.

—Yo no recuerdo haber decidido nada —dice alguien más al otro lado de la mesa, devolviendo la conversación al mismo punto.

—Yo sí —responde otra voz—. Recuerdo haber tomado decisiones.

—¿Cuáles?

—Ninguna en concreto.

Un par de risas sueltas rompen la tensión, pero no la eliminan.

Eso también ha cambiado, porque antes ese tipo de comentarios habrían incomodado a alguien lo suficiente como para desviar el tema, pero ahora no.

Ahora se quedan ahí, flotando sobre nuestras cabezas lo justo para que nadie pueda ignorarlos.

—Es curioso —digo al final, entrando en la conversación—. Todos recordamos fragmentos, pero ninguno tiene la historia completa de lo que sucedió aquella noche en la que Devon y yo acabamos casados sin quererlo…

Varias miradas se giran hacia mí con atención.

—Eso es porque fue un desastre —responde alguien con ligereza.

—No exactamente —niego levemente con la cabeza.

Devon me mira de reojo.

—Explícalo .

Suelto una pequeña exhalación antes de continuar.

—Un desastre es algo que se rompe sin sentido —añado—. Aquello… no lo fue.

—Entonces, ¿qué fue? —pregunta Brock, esta vez mirándome directamente.

—Algo que nadie terminó de entender.

No añado nada más, porque no hace falta y eso es lo que hace que nadie intente hacer una broma. Devon mueve ligeramente la mano hasta rozar la mía.

Miro de reojo a Brock y veo que aparta la mirada de Amara, aunque lo hace tarde.

Ese detalle no se me escapa, y por la forma en la que Amara baja los ojos hacia su copa, diría que a ella tampoco.

Está sentada dos asientos más allá, impecable como siempre, pero hay algo en la rigidez mínima de sus dedos alrededor del tallo de la copa que no encaja con la indiferencia que intenta vender.

—Qué interesante que ahora todos queramos entender la noche de la boda —dice Amara, sin mirar a Brock—, cuando aquella noche nadie parecía especialmente preocupado por entender nada.

—Algunos estábamos ocupados sobreviviendo al champán —responde Dorian desde el otro extremo de la mesa.

—Tú estabas ocupadísimo sobreviviendo a tu propio ego —replica Elsie, y varias risas estallan de inmediato .

Dorian se lleva una mano al pecho con fingida ofensa.

—Eso ha dolido.

—No lo suficiente —murmura Max, sin levantar apenas la vista de su copa.

La mesa vuelve a relajarse, aunque no del todo, porque la frase de Amara sigue ahí, mucho más afilada de lo que parecía al principio. Brock se recuesta en su silla y gira el vaso entre los dedos con una lentitud que no tiene nada de casual.

—Yo sí recuerdo partes bastante concretas.

Amara levanta la vista entonces.

—Qué suerte.

Brock sonríe un poco con una sonrisa fácil, que en otro hombre parecería despreocupada, pero que en él es mucho más peligrosa, como si supiera exactamente dónde tocar para provocar una reacción.

—No sé si llamarlo suerte.

—No lo llames de ninguna forma —responde Amara—. Así evitamos malentendidos.

La frase impacta sobre la mesa con una fuerza que hasta Dorian, que parece vivir para meterse donde no debe, tiene la sensatez de quedarse callado.

Yo observo a Devon de reojo y veo que él también ha detectado el cambio, aunque no interviene.

Antes lo habría hecho y habría redirigido la conversación y recuperado el control de la mesa con una frase perfecta para la situación. Ahora, en cambio, se limita a observar.

—Vaya —murmura Brock, sin apartar los ojos de Amara—. No sabía que estábamos evitando malentendidos.

Amara deja la copa sobre la mesa con un gesto suave.

—Yo sí.

Me obligo a no sonreír, porque una cosa es haber aprendido a observar este grupo y otra muy distinta es comportarme como Sandy en mitad de un incendio con una bolsa de palomitas imaginarias.

—Estás pensando algo —me dice Devon inclinándose un poco hacia mí.

—Estoy intentando no decirlo.

—Eso sí que es un progreso.

Le miro de lado.

—No te pases —le digo con una sonrisa cargada de intención.

—No pensaba hacerlo.

—Mentira.

Su boca se curva un poco y su mano, que sigue cerca de la mía, termina de cubrirme los dedos con una naturalidad que hace unas semanas me habría puesto en guardia y que ahora solo me recuerda que seguimos aquí, juntos y sin necesidad de convertirlo en espectáculo .

Al otro lado de la mesa, Amara se levanta con la excusa de ir al baño. Lo hace con una elegancia impecable, sin prisa y sin mirar a Brock, pero él sigue cada uno de sus movimientos con una atención que contradice por completo la postura relajada que intenta mantener.

Brock espera tres segundos o cuatro, quizá y luego deja la servilleta sobre la mesa.

—Voy a pedir otra botella —afirma levantándose

—La barra está en la dirección contraria —señala Max.

Brock ni siquiera se molesta en fingir sorpresa. Max levanta la vista hacia Brock con la expresión extraña de alguien que recuerda algo que preferiría no recordar.

—Entonces supongo que daré un rodeo.

Dorian suelta una carcajada.

—Ha llamado rodeo a perseguir un problema que lleva tacones.

—Tú llamarías «destino» a tropezarte con una silla —responde Brock sin dejar de caminar.

La mesa vuelve a reír, pero esta vez la risa llega tarde, porque todos hemos visto lo mismo. Brock no va a por una botella, ni Amara ha ido solo al baño y la tensión que acaban de dejar atrás no pertenece a nuestra historia, aunque haya nacido en la misma noche.

—No digas nada —me susurra Devon mientras me roza los nudillos con su pulgar .

—Mis labios están sellados.

—Elara.

—Vale, iba a decir algo.

—Lo tengo claro.

—Pero habría sido muy acertado.

—Por supuesto.

Le miro con una mezcla de indignación y cariño que todavía me resulta nueva en mi propia cara.

—Te estás volviendo insoportablemente perceptivo.

—Estoy aprendiendo de ti.

—Eso debería preocuparnos a todos.

Devon baja la mirada hacia nuestras manos un segundo y después vuelve a la conversación general, donde Max y Dorian discuten sobre una versión contradictoria de la boda, que incluye a alguien bailando encima de una silla, dos firmas que nadie recuerda haber visto y una frase de Alistair que, según todos, sonó demasiado conveniente en el momento menos adecuado.

Alistair, sentado al fondo de la mesa, no se inmuta.

Eso me incomoda más que si se defendiera, porque mientras los demás participan, bromean, se contradicen o esquivan, él se limita a observar, siempre lo hace.

Y ahora que empiezo a entender cómo funciona este grupo, esa distancia suya ya no me parece simple frialdad, sino información guardada bajo llave .

—¿Tú qué recuerdas? —le pregunto antes de pensarlo demasiado.

Alistair levanta la vista hacia mí con una tranquilidad que no resulta tranquilizadora.

—Lo suficiente.

Devon se queda inmóvil a mi lado, atento.

—Esa respuesta no dice nada —replico.

—Dice más de lo que parece —le responde él.

—Eso tampoco ayuda.