Error inesperado (Errores en Manhattan 1) Epílogo #2
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Epílogo #2

Una sombra mínima, casi una sonrisa, cruza la boca de Alistair.

—No pretendía ayudar.

El comentario debería sonar maleducado, pero no lo es, simplemente suena como si estuviera dejando una pieza sobre la mesa solo para ver quién se atreve a tocarla.

Antes habría reaccionado. Me habría lanzado a por la frase, la habría desmenuzado y probablemente habría acabado discutiendo con un hombre que parece capaz de ganar una guerra sin necesidad de levantar la voz.

Ahora, en cambio, me limito a mirarlo y a darme cuenta de lo evidente: Alistair sabe algo, o quiere que pensemos que lo sabe, aunque cualquiera de las dos opciones es peligrosa.

—Qué grupo tan encantador —murmuro.

—Te lo advertí —me susurra Devon inclinándose un poco hacia mí .

—No lo suficiente.

—No sueles escuchar mis advertencias.

—Porque suelen ser aburridas.

—Las mías no.

—Las tuyas son directamente mandatos.

Devon deja escapar una respiración baja, que casi es una risa, y ese signo insignificante de humanidad en mitad de una mesa llena de secretos me hace observarle con detenimiento.

Al hacerlo, ya no parece el mismo hombre que entró en mi vida queriendo convertir un desastre en un contrato manejable.

Sigue siendo Devon Mitchell, por supuesto: impecable, contenido, demasiado atractivo y convencido de que el mundo mejora cuando alguien competente toma decisiones.

Pero ahora hay algo distinto en la forma en que me mira, tiene una imagen menos rígida y es más consciente de que no todo se arregla imponiendo orden.

Eso no lo convierte en alguien más fácil, gracias a Dios.

Amara vuelve a la mesa unos minutos después y Brock regresa justo detrás.

No lo hacen exactamente juntos, pero sí demasiado cerca para que el intento de disimulo funcione.

Amara se sienta sin mirarlo, deja la servilleta sobre sus rodillas y bebe agua con una serenidad que podría engañar a cualquiera que no hubiera visto la forma en la que Brock aprieta la mandíbula al ocupar su silla .

—¿Todo bien? —pregunta Dorian, porque es evidente que no lo está.

—Perfectamente —miente Amara.

—Fenomenal —añade Brock al mismo tiempo.

Se miran un instante, aunque es una mirada llena de algo no dicho, de una conversación que no ha terminado y de una tensión tan bien escondida que casi parece más peligrosa por eso.

Amara aparta los ojos primero, pero no porque Brock gane, sino porque decide que esa escena no va a ocurrir delante de todos.

Brock sonríe y ella no y ese es, probablemente, el principio de un desastre.

Me reclino un poco en la silla y noto la mano de Devon en mi espalda breve y discreta, una presencia que no me dirige ni me contiene, solo está ahí. Me gusta más de lo que debería en una mesa llena de personas que parecen coleccionar secretos como otros coleccionan obras de arte.

—No digas nada —repite Devon, muy bajo.

—No he abierto la boca.

—La has abierto por dentro.

Casi me atraganto con el agua.

—Eso no tiene ningún valor jurídico.

—Lo tendrá cuando encuentre la forma de probarlo.

—Suerte con eso, marido accidental.

Su mirada baja a mi boca un instante .

—Ya no tan accidental.

Su respuesta me impacta como un golpe suave, directo y absolutamente injusto, así que hago lo único digno que puedo hacer: bebo agua para no sonreír demasiado.

La cena continúa con el ruido elegante de los cubiertos, las bromas que intentan tapar diferencias y las miradas que abren historias antes incluso de que nadie se atreva a contarlas.

Yo ya no estoy perdida en esta mesa, ni soy la extraña que se despertó en una vida que no entendía, ni la mujer que intentaba averiguar si había cometido un error imposible de corregir.

Ahora simplemente estoy aquí con mi copa, mi sitio, mi voz y el hombre que no debería haber encajado conmigo de ninguna manera razonable, pero que ha terminado siendo la única parte de aquella noche que no quiero corregir.

Miro a Amara otra vez y veo que está escuchando a Elsie, o fingiendo que lo hace, porque su atención se desvía cuando Brock habla con Max al otro lado de la mesa y justo en ese momento lo entiendo. Aquella noche no nos dejó una sola historia, sino varias.

La mía empezó con un anillo, una resaca y un hombre que creía que podía controlarlo todo hasta que yo aparecí en mitad de su sistema perfecto y lo puse patas arriba.

La de Amara y Brock, en cambio, parece haber empezado en un lugar mucho más silencioso y menos evidente, aunque quizá más peligroso, porque las cosas que no se dicen suelen tardar más en explotar.

—¿En qué piensas? —me pregunta Devon acercándose un poco más a mí.

—En que deberíamos haber cobrado entrada por esta mesa —le respondo girándome para mirarle.

—Habrías ganado mucho dinero.

—Lo sé… Es mi gran talento desperdiciado.

—Entre otros.

Su respuesta tiene un matiz que me calienta la piel sin necesidad de que me toque y le doy un golpe suave con el hombro.

—Compórtate.

—Estoy comportándome.

—Eso es lo preocupante.

Devon sonríe y vuelve la vista hacia la mesa, pero mantiene la mano cerca de la mía.

Por ahora, no necesito más. Al fondo, Alistair observa a Brock y a Amara con atención, pero no dice nada, solo mira y de pronto tengo la sensación de que quizá el verdadero problema nunca fue lo que recordábamos mal, sino lo que alguien recordaba demasiado bien.

La copa se enfría entre mis dedos, las voces siguen y Manhattan continúa al otro lado de los cristales del restaurante, brillante e indiferente a nuestras pequeñas catástrofes sentimentales.

Mientras, yo miro a Devon, después a Amara, luego a Brock y por último a Alistair.

Todo empezó con una noche que nadie recuerda bien.

Una noche que creímos accidental, absurda y fácil de reducir a la palabra error, pero ahora sé que los errores, al menos en esta parte de Nueva York, rara vez vienen solos y algo me dice que la siguiente historia no va a terminar mejor.