Error inesperado (Errores en Manhattan 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

Elara

El aceite empieza a calentarse antes de que termine de cortar la cebolla y el olor se expande poco a poco por la cocina.

Muevo el cuchillo con un ritmo constante, dejando que cada gesto tenga su sitio sin necesidad de que sea perfecto, porque hoy no necesito hacerlo bien, solo necesito hacerlo yo.

La encimera no está impecable, hay una taza sin recoger desde esta mañana y un plato en el fregadero que debería haber lavado hace horas, pero no lo he hecho.

Aflojo el fuego un segundo, añado la cebolla a la sartén y vuelvo a subirlo mientras el sonido del aceite se vuelve más vivo.

Me apoyo ligeramente con la cadera en el borde de la encimera observando cómo se va dorando la cebolla sin que yo tenga que hacer mucho más.

Supongo que esto tiene que ver también con mi situación actual, en la que no hago nada, porque nada espero. Eso es lo único que tengo claro.

Me paso la mano por el pelo y me echo los rizos hacia atrás, y justo en ese gesto que debería ser completamente irrelevante aparece él en mi cabeza y cómo se echaba el pelo hacia atrás con los dedos también.

Sin embargo, esa imagen no se queda en mi cabeza como un recuerdo bonito, sino como una interrupción que no he buscado pero que ha aparecido sin quererla.

Aprieto los labios un instante y vuelvo a la sartén, removiendo lo justo para no dejar que la cebolla se queme.

Un instante después, saco un plato, lo dejo sobre la encimera y voy a por el pan.

Pero, de repente, suena el timbre. Al escucharlo, me quedo quieta un segundo con el cuchillo del pan en la mano, un instante después lo dejo sobre la tabla, me limpio las manos con el paño de cocina y camino hacia la puerta con calma.

No estoy esperando a nadie y si alguien viene, no va a cambiar lo que ya tengo claro.

Abro directamente sin mirar por la mirilla y me encuentro con Devon frente a mí, que no se mueve ni dice nada, algo que me sorprende.

Durante un instante, tengo la sensación de que frente a mí tengo al mismo hombre que suele estar en la oficina: frío, controlador y eficiente.

Le sostengo la mirada sin cambiar la expresión con una mano en el marco de la puerta y dejando claro que no voy a invitarle a pasar.

—Has tardado —le digo mirándole a los ojos.

—No sabía cómo hacerlo —me responde sin adornarlo con ninguna excusa.

—Eso no es nuevo —añado sin dejar de observarlo y sin moverme.

Devon no me responde al instante, ni intenta dirigir la conversación hacia un terreno que controle, simplemente permanece en ese punto incómodo, y eso es lo más diferente de todo, porque antes no lo habría permitido.

—¿Vas a quedarte ahí? —pregunto al final, sin apartarme de la puerta para indicarle que pase.

Devon duda una fracción de segundo antes de responderme.

—Si me dejas pasar…

Me aparto lo justo para que pueda entrar, sin mirarle mientras lo hace, y cierro la puerta cuando pasa. Vuelvo a la cocina y apago el fuego. Escucho sus pasos detrás, más contenidos de lo habitual y sin esa seguridad que siempre ha tenido al moverse.

—Estoy cocinando —digo sin mirarle mientras remuevo la sartén.

—Ya lo veo .

Sigo con lo que estoy haciendo y sirvo la comida en el plato sin prisa y sin preguntarle si quiere algo, porque no ha venido a comer. Cuando termino, dejo el plato sobre la encimera y me giro por fin hacia él.

—¿Para qué has venido?

Devon me sostiene la mirada, pero no me responde de inmediato.

—Para no dejarlo así.

—Ya lo dejaste así.

—Sí —asiente levemente con la cabeza sin decir nada más, ni se defiende, algo que me incomoda más que si hubiera dicho cualquier otra cosa.

—Entonces explícame qué ha cambiado —le contesto cruzándome de brazos.

Devon tarda en responderme.

—Yo —dice finalmente y no sé si creerle.

No digo nada enseguida, porque no quiero responderle rápido, y él tampoco parece esperar que lo haga, así que nos quedamos en silencio, sin que ninguno intente decir nada para llenarlo, lo cual ya es suficientemente distinto como para que no me pase desapercibido.

—No me sirve —digo al final, sin moverme del sitio—. Eso no explica nada.

Devon no reacciona con la rapidez con la que solía hacerlo, simplemente la acepta y asiente de forma leve .

—Ya lo sé.

—Entonces empieza de nuevo —le digo y me cruzo de brazos con más firmeza, porque no voy a ponérselo fácil—. Pero esta vez sin minimizarlo.

Devon me sostiene la mirada unos segundos más y siento, por primera vez desde que le conozco, que no tiene una estructura clara a la que agarrarse para saber cómo actuar a partir de ahora.

—No sé cómo hacer esto bien —reconoce al final.

No me muevo, pero algo dentro de mí sí lo hace, aunque no lo suficiente como para bajar la guardia.

—Eso tampoco es nuevo.

Devon asiente otra vez, aceptando lo que le acabo de decir sin intentar suavizarlo.

—Lo sé —responde—. Pero esto no es como lo demás.

Su tono cambia lo justo para que lo note, no porque sea más alto ni más intenso, sino porque no está pensado para provocar un efecto concreto.

—Explícate —le presiono.

Devon deja pasar un segundo más antes de hablar, como si necesitara asumir lo que va a decir antes de decirlo.

—No fue solo el acuerdo —empieza sin adornos—. No fue solo lo de la boda —. Se detiene ahí y yo continúo mirándole en silencio—. Fuiste tú .

Su frase no es perfecta y por eso funciona.

No le respondo de inmediato, no porque no la haya entendido, sino porque no voy a reaccionar rápido, no después de lo que ha pasado, ni de cómo lo dejó.

Lo observo con atención, intentando encontrar su estrategia, pero no la encuentro, y eso, lejos de tranquilizarme, me incomoda más.

—Eso no cambia lo que hiciste —digo al final.

—No —no se defiende y eso es lo que me descoloca.

Camino hasta la encimera sin apartar del todo la mirada de él y me apoyo como si necesitara anclarme a algo físico antes de seguir hablando.

—Fue muy fácil para ti decidir que no significaba nada —suelto sin mirarle.

—Sí —acepta sin excusas.

Aprieto los dedos contra la encimera un segundo, porque no esperaba esa respuesta.

—¿Y ahora qué? —quiero saber.

—Ahora no puedo hacerlo así.

—¿Por qué? —pregunto alzando la mirada hasta sus ojos.

Devon me sostiene la mirada, pero en sus ojos no encuentro su habitual seguridad.

—Porque eso ya no cuadra conmigo.

Niego de manera muy leve con la cabeza.

—Eso no es suficiente .

—No —admite—. No lo es.

—No sé si creerte —digo al final, sin rodeos.

—Lo entiendo — asiente muy levemente, como si ya contara con eso y eso es lo que me hace dudar.

—No basta con decirlo —añado—. Ya has decidido antes por los dos.

Devon baja la mirada un instante antes de volver a levantarla.

—Lo sé.

—Entonces dime qué ha cambiado ahora.

—Que no quiero dejarlo así.

Su respuesta no me sirve y él lo sabe.

—Eso ya lo has dicho.

—Sí —responde—. Pero antes me daba igual.

No respondo enseguida, porque lo que acaba de decir no se puede aceptar sin más, y me quedo mirándole unos segundos, intentando ver si esto es distinto o solo su forma de decir lo mismo.

—Eso no cambia nada de lo que hiciste —digo al final.

Devon no se mueve, ni intenta contradecirme.

—No.

Me aparto de la encimera y doy unos pasos por la cocina, más por moverme que por otra cosa, notando que la tensión no desaparece, solo cambia de sitio y ya no la controlo igual .

—No basta con que ahora no te dé igual —añado, girándome hacia él.

Devon asiente muy levemente, aceptando cada una de mis palabras.

—Lo sé.

El problema es ese, que lo sabe y no lo discute y eso no me cuadra con cómo se ha comportado siempre.

—Entonces dime qué haces con eso —le digo deteniéndome frente a él, pero manteniendo la distancia—. Porque decirlo no cambia nada.

Mira alrededor un segundo, tratando de ubicarse en un espacio que ya no domina igual, y luego vuelve a fijarse en mí con decisión.

—No lo voy a simplificar —dice al final—. Ni voy a reducirlo.

—¿Y eso qué significa? —pregunto y observo como Devon da un paso hacia atrás.

—Significa que no voy a decidir por ti —añade.

Me quedo quieta, por lo que implica lo que acaba de decir.

—Eso ya lo hiciste.

—Sí, pero ahora no voy a hacerlo más.

No me acerco., pero algo cambia.

—Eso no arregla nada —digo .

—No —admite—. No lo arregla, pero cambia mi manera de hacerlo ahora.

Lo observo unos segundos más, intentando ver si esto se sostiene o si se rompe en cuanto le presione un poco más.

—Ahora ya es tarde —le digo.

—Lo sé —asiente levemente.

—Y eso no se puede arreglar.

—No.

—Ni lo de ayer.

—Tampoco.

No discute, ni intenta suavizarlo y eso me descoloca. Suelto el aire despacio y bajo la mirada un instante antes de volver a levantarla, porque no voy a tomar una decisión desde el impulso, después de haber dejado claro lo que no voy a hacer.

—No voy a fingir que no me dolió, nii voy a hacer como si esto fuera fácil ahora.

—No lo es —responde sin moverse.

—No —confirmo—. No lo es.

—Pero tampoco voy a ignorar lo que sí cambia.

Devon no dice nada y solo espera a que termine de hablar.

—No cambia lo que hiciste —añado, mirándole directamente—. Pero cambia lo que haces ahora .

Devon asiente levemente como quien acepta algo y eso es suficiente. Suelto el aire despacio y doy un paso atrás, recuperando espacio sin cargarme del todo la situación.

—No voy a ir a buscarte, pero tampoco voy a fingir que no me importa —le suelto de forma clara y sin rodeos.

Ambos nos quedamos en silencio y Devon permanece donde está, sin acercarse ni invadir ese espacio que ahora mismo ya no le pertenece como antes, y durante unos segundos tengo la sensación clara de que, si da un paso más, todo volvería a complicarse.

Por suerte no lo hace y eso, probablemente, es lo único que hace que no cierre la puerta ahora mismo.

—Deberías irte —digo al final, sin mirarle.

Devon tarda en moverse, como si estuviera comprobando si esa frase es definitiva o solo una forma de protegerme.

—Vale

No insiste y camina hacia la puerta. Cuando abre, se detiene un instante antes de salir, pero no dice nada más y eso me duele más que si hubiera dicho cualquier otra cosa.

Cuando la puerta se cierra, me quedo sola en la cocina y noto cómo todo sigue en el mismo sitio y, aun así, nada es exactamente igual.

No estoy mejor, pero tengo las cosas más claras.

Suelto el aire despacio, consciente de que no voy a fingir que no me ha dolido, pero tampoco voy a fingir que no haría lo mismo de nuevo.

Doy un paso hacia la encimera, pero me detengo antes de llegar porque algo no termina de encajar en la forma en la que lo he dejado marcharse, y no tiene que ver con cambiar lo que he dicho, sino con la sensación de haber cerrado una puerta que no estaba del todo lista para cerrarse.

Me paso la mano por el pelo y me coloco un rizo detrás de la oreja.

Respiro hondo y giro sobre mí misma antes de poder pensarlo demasiado.

Camino hacia la puerta de entrada y la abro.

Devon sigue en el pasillo, a pocos pasos y al escuchar la puerta, se gira y nuestras miradas se encuentran.

No digo nada al principio, porque no lo necesito, ni él tampoco.

Doy un paso y dejo margen suficiente para que se aparte si quiere, pero no lo hace.

Se queda donde está, sosteniéndome la mirada como si esta vez no estuviera intentando anticiparse a nada.

—No podemos dejarlo así —digo al fin a media voz.

Devon exhala despacio.

—No.

Nos quedamos así un instante más, hasta que me muevo primero y mi mano roza la suya antes de subir hasta su camisa y levanto la mirada hacia él.

—No te lo voy a poner fácil —le advierto .

—Nunca me han gustado las cosas fáciles—responde, sin dudar.

Asiento muy levemente y reduzco la distancia que queda entre los dos, esta vez sin esperar a que él lo haga, porque no se trata de quién da el paso, sino de que ambos lo estemos dando al mismo tiempo.

Nos besamos con ganas. Mis dedos se cierran en su camisa mientras los suyos se apoyan en mi cintura.

—Esto no cambia lo de antes —le digo, manteniendo la mirada y con sus brazos alrededor de mi cuerpo.

—Lo tengo claro.

—Pero esto sí es diferente —le susurro y vuelvo a besarlo.

Devon asiente, y esta vez no hay matiz, ni cálculo, ni estrategia en su gesto. Doy un paso atrás, recuperando una mínima distancia para poder mirarlo a los ojos.

—Mañana lo hablaremos—añado.

—Sí, mañana —responde.

Esta vez sí me giro y cierro la puerta, pero la sensación no es la misma que antes. Porque ahora sé que Devon no se irá, ni yo tampoco.

Durante un instante me quedo en el pasillo, con la sensación de que lo que acaba de pasar no termina en ese beso ni en esa palabra que hemos dejado suspendida entre los dos, sino en lo que hacemos justo después.

Devon está frente a mí sin decir nada. Me toma de la mano y bajamos juntos en el ascensor, sin necesidad de llenar el silencio con nada que lo haga más fácil, y es extraño porque no resulta incómodo.

Cuando salimos a la calle, el aire frío me despeja lo justo para notar que sigo pensando demasiado en lo que acaba de pasar y en lo que no hemos dicho, pero no me detengo ni cambio de dirección.

Devon sigue a mi lado. No me pregunta ni decide por mí y eso, por sí solo, es suficiente para que no me aparte.

Caminamos unos metros más hasta que su coche aparece al final de la acera. Se detiene antes de abrir la puerta, como si esperara algo, y yo me paro a su lado sin dar un paso atrás.

—No estoy haciendo esto por inercia —le digo.

—Bien —me responde sin dejar de mirarme.

Entro en el coche antes de pensarlo demasiado, porque sé que no quiero quedarme donde estaba hace diez minutos.

Devon rodea el coche, se sienta al volante y arranca.

Se incorpora al tráfico con la misma precisión de siempre, pero hay algo distinto en la forma en la que sostiene el volante, en cómo no intenta llenar el espacio con decisiones rápidas ni con explicaciones que lo organizan todo como antes .

Cuando detiene el coche frente a su edificio, miro la entrada, luego a él, y durante un segundo me planteo si esto es avanzar o repetir algo que aún no hemos entendido.

—No tienes que subir si no te apetece—me dice, sin mirarme, pero sin sonar distante.

Eso es lo que me hace que abra la puerta y salga del coche.

Entramos en el edificio tomados de la mano, cruzamos el vestíbulo sin detenernos y subimos en el ascensor.

Cuando las puertas se abren en su planta, me detengo un momento antes de salir y él tampoco se mueve y esa espera es la única razón por la que entro en su casa.