Error inesperado (Errores en Manhattan 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

Devon

El ático está como siempre, pero en cuanto cierro la puerta sé que hay algo que no cuadra, porque todo sigue funcionando sin ella y eso es lo que rompe el equilibrio que llevaba años manteniendo sin margen de error hasta que apareció Elara.

No hay ruido, ni movimiento, ni interrupciones, solo una calma que siempre me ha permitido pensar con claridad y tomar decisiones sin que nada me moleste. Sin embargo, hoy esa paz me resulta excesiva.

Dejo las llaves sobre la mesa sin ponerlas en su lugar habitual y voy hasta la cocina con la intención de retomar una rutina que conozco bien, aunque no llego a completarla, porque en cuanto apoyo entro en la cocina mi atención se queda fija en su taza.

Está donde la dejó esta mañana, en el lado izquierdo y ligeramente girada hacia el fregadero.

Exhalo despacio y aparto la mirada, aunque no me sirve de nada, porque la sensación no está en el objeto, sino en la ausencia que lo rodea.

Me obligo a alejarme de la cocina y voy directo al despacho.

Necesito recuperar algo de la estructura que me permita volver a funcionar con normalidad antes de que esta situación empiece a afectar a más cosas de las que ya está afectando.

Abro el portátil, accedo al documento y empiezo a leer desde el principio con la intención de avanzar, pero en cuanto llego a la segunda línea regreso a la primera sin haber retenido nada.

Muevo el cursor hasta un párrafo que ya está revisado y cambio una palabra por otra que no modifica el significado, pero me da la sensación de que hago algo que se parece a trabajar, aunque no lo consigo.

Lo intento otra vez y tampoco lo logro. Incluso cierro el documento, lo abro de nuevo y repito el mismo el proceso, consciente de que el problema no está en el archivo ni en el contenido, sino en que no consigo concentrarme.

De repente mi móvil vibra sobre la mesa y no necesito mirarlo para saber quién es, pero aun así desbloqueo la pantalla con un gesto automático que no implica intención real de responder .

George:

¿Vas a tomar una decisión hoy

o lo dejamos para mañana?

Leo el mensaje y aunque sé perfectamente lo que espera de mí y lo que yo habría hecho en cualquier otro momento, no lo hago.

George:

No estás centrado.

Suelto el aire por la nariz y apoyo el móvil sobre la mesa con la vista en la pantalla antes de contestar.

Yo:

No es importante.

George:

Sí que lo es.

No dice nada más, aunque tampoco hace falta, porque le conozco lo suficiente como para saber que no se refiere al informe, sino a algo que está afectando a todo lo demás y que no estoy gestionando como debería.

Bloqueo el teléfono y lo dejo a un lado con la certeza de que el problema es que cada vez que intento centrarme en algo que requiere control, aparece lo único que no lo tiene: Elara.

Aprieto la mandíbula y me levanto, porque quedarme sentado no me está funcionando.

Camino de nuevo hacia la cocina con la intención de hacer algo que no dependa de lo que tengo en la cabeza, aunque no lo consigo, porque en cuanto vuelvo a ese espacio su taza y su ausencia siguen ahí.

Apoyo las manos sobre la encimera sin tocar nada y bajo la mirada un instante, no para recrear lo que pasó en este mismo lugar con Elara, sino para evitarlo.

Debería resultarme fácil pasar página y continuar, porque es algo que siempre me ha funcionado, pero hoy no.

Me incorporo y recorro lo que veo desde aquí del ático con la mirada, deteniéndome en cada objeto que sigue donde tiene que estar, porque todo sigue en su lugar… excepto Elara.

Permanezco quieto unos segundos y dejo que la idea termine de colocarse en mi cabeza sin forzarla, porque cuanto más intento evitarla, más evidente resulta.

No es el contrato, ni lo que pasó en la boda, porque eso lo puedo gestionar como he hecho siempre, pero esto no, porque no tiene nada que ver con lo que ocurrió, sino con ella.

El pensamiento no aparece de golpe ni lo cambia todo en un instante, pero no puedo ignorarlo, y eso es lo que altera mi forma de actuar, porque ya no estoy intentando entender lo que pasa, sino evitar lo que vendrá después.

Me paso la mano por la cara despacio y camino hacia el salón, pero el teléfono vuelve a vibrar y me detengo a medio camino.

No lo cojo, aunque debería. Aprieto la mandíbula y dejo el móvil donde está.

Camino hasta la ventana y observo la calle sin fijarme en nada concreto, dejando que el movimiento de fuera contraste con la quietud de aquí dentro, aunque no me sirve para centrarme, porque el problema no es falta de estímulo, sino el exceso de interferencia.

Me aparto del cristal y camino de vuelta sin detenerme, repitiendo un gesto que antes me ayudaba pero que ahora ya no sirve.

Lo que tengo delante no encaja con la forma en la que he estado funcionando durante años, y mientras no lo acepte, cualquier paso que dé solo va a empeorar lo que ya he hecho.

Suelto el aire despacio y me paro en mitad del salón, mirando hacia la puerta con la sensación de que el siguiente paso ya no se puede deshacer, no porque no pueda volver atrás, sino porque cambia desde dónde estoy actuando.

Siempre he sabido cuándo intervenir para que no se compliquen las cosas, pero esto no funciona así, porque no es una decisión lógica, es algo que puedo perder y no estoy acostumbrado a eso.

Me quedo quieto un momento, esperando que esa resistencia desaparezca, pero sigue ahí, así que avanzo hacia la puerta sin prisa. No cojo el móvil ni busco excusas, simplemente sigo adelante, porque esta vez estoy eligiendo lo único que no quiero perder… y eso ya no tiene vuelta atrás.

No llego a abrir la puerta. Mi mano se queda sobre el pomo sin girarlo del todo, porque hacerlo implica aceptar algo que todavía no quiero admitir.

Es una resistencia, porque sé perfectamente lo que viene después y no tiene que ver solo con salir o buscarla, sino con asumir que no puedo dejar esto como está ni colocarlo dentro de una lógica que ya no funciona.

Aprieto los dedos y dejo salir el aire despacio antes de soltar el pomo y dar un paso atrás.

Vuelvo sobre mis pasos, intentando recuperar una forma de pensar que me permita ordenar mis pensamientos antes de actuar, aunque tengo claro que pensar ya no me ayuda, y aun así lo intento, porque es lo único que llevo años haciendo cuando algo no me cuadra.

Llego a la mesa, cojo el móvil y lo desbloqueo, entrando directamente en el último mensaje, porque necesito aferrarme a algo que todavía funcione.

George:

Tenemos un problema .

La frase es corta y directa para obligarme a reaccionar y, por primera vez en todo el día, no la ignoro. Respondo más por impulso que por decisión.

Yo:

Habla.

George:

Han adelantado la reunión.

No necesito que diga nada más para entender lo que implica, y aun así lo hace.

George:

Necesito una decisión ahora.

Miro la pantalla unos segundos mientras camino de vuelta hacia la cocina sin apartar la vista del mensaje, intentando encajar eso dentro de un plano en el que todo siga funcionando como debería, aunque no lo consigo.

Así que escribo un mensaje, que sé que no va a resolver nada, pero me hace ganar algo de tiempo.

Yo:

Retrásala .

Su respuesta no tarda.

George:

No puedo.

Devon, no estás tomando decisiones,

te estás limitando a reaccionar.

Su frase me atraviesa, no por lo que dice, sino porque tiene razón.

Yo siempre he ido por delante y he decidido antes de que algo llegara a convertirse en problema.

Hoy, sin embargo, no lo hago y estoy llegando tarde a todo.

Exhalo y bloqueo el teléfono consciente de que todo esto está afectando demasiado a la empresa, a todo lo que me rodea y a mí.

Pese a eso, no es eso lo que me hace que me mueva.

Lo único que me hace reaccionar ahora mismo es la idea de perderla.

Aprieto los puños y exhalo despacio. Podría quedarme, resolver lo de George y volver a lo que siempre he hecho, pero no lo hago. Sé que todo esto no debería importarme tanto, pero lo hace. Lo que me tiene así no es lo que sucedió entre ella y yo, sino cómo terminó.

La recuerdo acercándose a mí sin dudar y sin ese cálculo que suelo ver en todo el mundo cuando quiere algo, sin darme tiempo a pensar, como si ya hubiera decidido antes de acercarse a mí.

Recuerdo su mirada en el momento en el que deja de ceder y ya no intenta negociar nada conmigo, y es justo ahí donde todo cambia, porque ninguno de los dos da un paso atrás.

Aprieto los dedos contra la encimera y cierro los ojos un instante, en un intento de sacar eso de mi cabeza, pero no lo consigo, porque no fue un impulso ni un error, fue una decisión, primero la suya y después la mía.

—No cambia nada —murmuro, aunque ya sé que no es verdad, porque sí cambia, no en lo que puedo controlar, sino en lo que se me escapa.

Me incorporo y camino por el salón con la sensación de que estoy intentando arreglar esto desde un punto que ya no funciona, porque antes siempre tenía margen, distancia y tiempo para recolocar cualquier situación, pero ahora no.

Ahora todo se ha reducido a algo mucho más simple e incómodo: seguir como si nada o aceptar que puedo perderla.

«Perderla». Esa palabra aparece sola y no encaja con cómo suelo hacer las cosas, pero es la única que describe lo que está pasando.

Aprieto la mandíbula y suelto el aire despacio, sabiendo que podría dejar que esto se enfríe y volver cuando todo esté más claro, que sería lo lógico, lo que siempre hago, pero esta vez no.

Camino hacia la puerta de nuevo y sin pararme a pensarlo, simplemente avanzo. Giro el pomo y abro antes de pensarlo otra vez, porque sé que, si me detengo, no saldría .

Salgo al pasillo, cierro la puerta y avanzando más rápido de lo habitual, sin mirar el móvil ni volver a la conversación con George que acabo de dejar a medias, ahora no puedo estar por eso.

No sé dónde está Elara ni si voy a llegar a tiempo ni qué voy a decir cuando la tenga delante, pero eso no me frena, al contrario, es lo que me hace seguir adelante.

A pesar de que siempre he sabido cuándo mover ficha y siempre he decidido desde la lógica, ahora no lo estoy haciendo así, porque ahora lo único que me importa es no perderla.