Capítulo 17
Elara
Dejo las llaves de mi apartamento en el bolso justo al entrar para no perderlas, y me quito los zapatos sin mirar dónde caen, porque me da igual si quedan mal puestos.
Aquí nada está perfectamente alineado, ni la mesa, ni los cojines del sofá, ni yo, y eso, no me molesta, al contrario, me hace sentir en casa.
Camino hasta mi pequeña cocina y abro la nevera, aunque no tengo hambre, pero necesito moverme y hacer algo que no dependa de lo que tengo en la cabeza.
Cojo una botella de agua y bebo directamente de ella, sin utilizar ningún vaso.
Después de dar un trago largo, me apoyo con la cadera en la nevera mientras observo el salón.
Está desordenado y es pequeño, pero me da igual, porque eso me hace sentir que es mío. Aquí nada pretende ser perfecto.
—Mejor —murmuro.
Dejo la botella y me paso la mano por el pelo, apartándomelo de la cara con un gesto lento que se queda a medio camino cuando, sin querer, me viene a la cabeza su mano haciendo exactamente lo mismo, aunque su gesto tenía otra intención.
Aprieto los labios y dejo caer la mano. No, no puedo empezar otra vez con eso…
Abro un cajón, saco una taza, la dejo sobre la encimera y enciendo la cafetera, aunque no necesito tomar otro café.
Me muevo por la cocina sin pensar demasiado y apoyándome en gestos que conozco de memoria, porque lo único que estoy intentando ahora mismo es no quedarme quieta.
Me funciona durante unos segundos, pero después deja de hacerlo, porque, aunque no quiera, Devon regresa a mi cabeza en forma de detalles incómodos y no como un recuerdo bonito.
«No significa lo que tú estás intentando que signifique» es la frase que me viene de repente y me hace soltar una carcajada breve y sin humor.
—Genial —digo en voz alta apoyando las manos en la encimera mientras niego con la cabeza.
El café empieza a salir, lento, pero constante, y me quedo observando la taza mientras se llena, porque ahora mismo tengo la sensación de que todo sigue un ritmo claro menos yo.
Cuando el café deja de caer, no cojo la taza, solo me limito a observar cómo asciende el humo desde el líquido caliente y luego camino hacia el salón.
Recojo una camiseta del respaldo de la silla, la doblo y la dejo sobre el sofá, aunque un momento después, la vuelvo a coger y la tiro sobre la misma silla.
Intento no pensar, pero no funciona, porque da igual lo que haga, mi cabeza vuelve sola hacia ese instante en el que dejó de mirarme igual que antes y dio un paso atrás.
Aprieto la mandíbula y cojo el móvil de mi bolso, aunque no he recibido ningún mensaje.
Lo bloqueo y lo dejo, pero al instante lo vuelvo a coger y lo desbloqueo de nuevo.
No busco nada concreto, solo estoy evitando escribirle.
Aprieto el pulgar contra la pantalla sin llegar a abrir su chat y lo dejo otra vez sobre la mesa, boca abajo esta vez, y con un gesto más firme.
—Ni de broma —murmuro.
No voy a ir a buscarle después de lo que ha hecho.
Camino hasta la ventana y la abro un poco para que entre aire.
Me apoyo en el marco y miro la calle, donde alguien arrastra una maleta demasiado grande y una pareja discute por algo que no alcanzo a oír.
Todo sigue como siempre menos para mí. Vuelvo a cerrar la ventana y, justo cuando me doy la vuelta, el móvil vibra sobre la mesa.
Corro hacia él y veo que es una llamada de Sandy.
—Dime —contesto sin sentarme .
—No parece que estés mejor, menuda voz que tienes… —dice directamente.
—Tú tampoco eres demasiado sutil.
—No suelo serlo.
Me apoyo en la pared y dejo caer la cabeza hacia atrás antes de responder.
—Estoy en casa —le digo sin dejar de mirar por la ventana.
—Eso ya es algo.
—No especialmente —respondo con desgana.
—¿Has hablado con él?
—Sí.
—¿Y?
Me paso la mano por la nuca.
—Ya no hay nada que hablar.
—Eso suena a que sí lo hay.
Exhalo despacio.
—No —respondo—. Suena a que ya ha decidido.
—¿Por los dos?
—No, por él.
Sandy no responde enseguida.
—Vale —dice al final—. Entonces dime otra cosa.
—Dispara.
—¿Te importa ?
La pregunta es tan directa, que me quedo callada unos segundos, mirando el suelo, aunque sin verlo realmente.
—No es eso —digo.
—Eso no es una respuesta.
—Lo sé.
—Entonces dame una.
Aprieto los dedos alrededor del móvil.
—No me importa lo que pasó —digo al final—. Me molesta cómo se ha comportado después.
Sandy exhala al otro lado.
—Te importa —corrige.
—Sí —admito.
Mi afirmación suena con más contundencia de lo que esperaba, aunque eso no cambia nada.
—Eso es lo que te duele —dice—. No lo de anoche, sino lo de ahora.
Cierro los ojos un instante.
—Sí —admito.
—Entonces no te confundas.
—No lo hago.
—Un poco sí.
Abro los ojos.
—Ilumíname —le ruego.
—No estás mal por lo que pasó, sino porque te importa .
Ahí está. Sandy me lo suelta sin rodeos. Me apoyo en la pared y dejo caer el peso de mi cuerpo en ella.
—No estoy mal —le aseguro.
—No estás bien —responde ella y yo no le contesto.
—¿Vas a volver? —pregunta.
—Sí.
—¿A por él?
—No.
—Bien.
Me separo de la pared y camino hacia la cocina.
—No voy a perseguirle —añado.
—Eso sí suena a ti.
—Ni voy a fingir que no me importa.
—Eso ya suena a alguien más interesante.
Suelto una pequeña carcajada.
—Tampoco te emociones.
—No lo hago.
Me quedo quieta en mitad de la cocina, mirando la taza de café que no he tocado.
—¿Sabes que es lo peor? —digo.
—Sorpréndeme.
—Que no es el matrimonio lo que me tiene así.
—Ya.
—Es todo lo demás .
Ambas nos quedamos en silencio durante unos segundos.
—Eso sí es un problema —dice Sandy.
—Lo sé.
Miro el móvil un momento.
—Pero no voy a hacer nada ahora.
—Eso ya es una decisión.
—Es la única que tengo —respondo encogiéndome de hombros, aunque mi amiga no puede verme.
—Vale —dice sin insistir—. Entonces haz lo que haces mejor.
—¿El qué?
—No ceder.
Sonrío sin ganas.
—Eso sí que no lo he olvidado.
—Menos mal.
Colgamos poco después y yo dejo el móvil sobre la encimera. Me quedo ahí unos segundos sin hacer nada y, aun así, pensando en él, en su cocina, en su despacho… No
lo convierto en algo bonito, porque no lo es.
Pero tampoco puedo reducirlo a un error y eso es lo que complica todo.
Al final cojo la taza de café y doy un sorbo, pero ya está frío y la dejo.
Regreso al salón, cojo el bolso y lo dejo sobre la mesa.
No voy a quedarme aquí dándole vueltas, ni voy a arreglarlo, ni a estropearlo más, simplemente voy ya seguir adelante, pero a mi manera.
Me detengo un momento antes de salir y respiro hondo. Lo tengo claro, no voy a ir a buscarle, pero si vuelve… no voy a fingir que no me importa.
Salgo a la calle y camino sin prisa, sin un destino concreto, dejando que mi cuerpo marque el ritmo mientras mi cabeza intenta no dar más vueltas a lo mismo.
Paso por delante de una panadería, de una tienda cerrada, de un hombre que habla solo mientras mira su teléfono, y todo sigue teniendo sentido.
Me meto las manos en los bolsillos del abrigo y bajo la mirada un momento, concentrándome en el sonido de mis propios pasos contra la acera, porque necesito algo constante y que no dependa de lo que siento ahora mismo.
Eso me funciona durante unos metros, pero poco después deja de hacerlo, porque lo mismo regresa a mi cabeza con una insistencia silenciosa que no desaparece por mucho que intente apartarla.
Aprieto los puños dentro del bolsillo.
—Perfecto —murmuro con la certeza de que no me duele lo que pasó, eso es lo más absurdo de todo, ni tampoco me duele haber estado ahí con él, ni me incomoda recordarlo, ni me arrepiento de haber cruzado esa línea, porque en ningún momento lo viví como si fuera un error.
Lo que más me duele es lo que hizo después y la facilidad con la que redujo a prácticamente nada lo que había pasado entre nosotros.
Cruzo la calle sin mirar y reduzco el paso al llegar a una esquina, dejando que la gente me adelante sin molestarme en apartarme de su camino.
No tengo prisa por llegar a ningún sitio, porque lo único que estoy intentando ahora mismo es no tomar una decisión desde el impulso y eso ya es un cambio importante para mí.
Me detengo frente al escaparate de una tienda que no me interesa y observo mi reflejo, evaluándome con una distancia que no suelo tener.
No me veo distintita, aunque lo soy, porque ahora sé algo que antes no quería reconocer: Me importa lo suficiente como para no ignorarlo y también lo suficiente como para no ir detrás.
—Bien —murmuro.
Suelto el aire despacio y me separo del cristal. Sigo caminando, aunque no he decidido exactamente hacia dónde voy, pero tengo la sensación clara de que ya no estoy dando vueltas por inercia, sino avanzando, aunque no tenga el mapa completo.
El móvil vibra otra vez en mi bolso y esta vez no lo ignoro. Lo saco mientras sigo andando y miro la pantalla. Es Sandy otra vez.
—¿Qué pasa ahora? —contesto sin detenerme.
—He vuelto a hablar con Amara .
—Empieza a ser preocupante lo tuyo con ella.
—No es eso.
—Ya.
—Escúchame.
Hay algo en su tono que hace que reduzca el paso.
—Dime.
—Hay más gente que recuerda lo mismo.
Frunzo el ceño.
—¿El qué exactamente?
—Que todo fue… fácil.
No le respondo de inmediato.
—Eso no es nada nuevo.
—Sí lo es —insiste—. Nadie recuerda haber dudado.
Me detengo esta vez.
—Eso ya lo hablamos.
—No —corrige—. Lo comentamos por encima.
Aprieto el móvil contra la oreja.
—Explícate.
—No hay momentos de freno —dice—. Nadie recuerda haber pensado «esto no debería estar pasando».
Miro hacia delante, aunque sin ver realmente la calle.
—Yo tampoco lo recuerdo.
—Eso es lo raro.
Trago despacio .
—No es tan raro —respondo tratando de quitarle importancia—. A veces las cosas pasan sin más.
—No así ni con todos —me contesta con firmeza.
La frase se queda sobrevolando sobre nuestras cabezas, porque tiene razón en algo que no quiero reconocer del todo.
—¿Y qué sugieres? —pregunto.
—No lo sé —responde—. Pero no me gusta.
Suelto una risa breve y sin humor.
—A mí tampoco.
—¿Has hablado con él?
—Sí.
—¿Y?
—Ya no hay nada que hablar —le aclaro y ambas nos quedamos en silencio.
—Eso no me lo creo.
—No tienes que hacerlo —respondo—. Solo tienes que aceptar que no voy a moverme de ahí.
—Vale.
Sandy no insiste.
—Pero hay algo más —añade.
Aprieto la mandíbula.
—Dímelo.
—Amara dice que en un momento dado tuvo la sensación de que todo ya estaba decidido.
El mundo no se detiene, pero algo en mi cabeza sí .
—¿Decidido cómo?
—No lo sabe —responde—. Solo que no sintió que estuviera eligiendo de verdad.
Me paso la mano por la frente despacio.
—Eso no tiene sentido.
—Ya lo sé.
—Sirve para no ignorarlo.
No le respondo, porque ahí está el problema y no porque no pueda ignorarlo.
—Vale —digo al final.
—Vale —repite.
Colgamos sin añadir nada más. Me quedo quieta en mitad de la acera unos segundos, con el móvil todavía en la mano y la sensación de que lo que acabo de escuchar no encaja en ninguna versión cómoda de lo que sucedió.
Me guardo el teléfono y levanto la vista hacia mi alrededor, donde la gente sigue moviéndose.
Todo sigue igual, pero ahora me parece percibir algo más que no estaba antes.
Retomo el paso más despacio, reconstruyendo aquella noche en mi cabeza, pero desde otro sitio, no desde lo que hice ni desde lo que sentí, sino desde lo que no me cuadra: las decisiones muy rápidas, la falta de freno y la sensación de que nadie cuestionó nada.
Eso no es normal y al decirlo para mí, aprieto de nuevo los puños dentro de los bolsillos .
—Genial —murmuro.
Devon aparece de nuevo en mi cabeza sin que lo llame.
Estamos en nuestra boda y él está cerca de mí.
Frunzo el ceño, porque esto no es nada sólido, solo es una sensación y todavía no voy a construir nada sobre eso.
Sigo caminando y giro en una esquina, dejando que el recorrido se vaya formando solo intento quedarme con lo único que puedo controlar ahora mismo: yo, lo que hago, lo que dejo de hacer y lo que elijo.
No voy a repetir lo mismo en esas condiciones, pero tampoco voy a fingir que no ha pasado, ni que no me importa, porque eso sería engañarme.
Me detengo al llegar a un semáforo y cruzo cuando se pone en verde con la sensación de que estoy en un punto distinto al de esta mañana, porque ahora lo elijo y eso lo cambia todo.
Sigo caminando y dejo de darle vueltas, pero aun así todo empieza a encajar.
Ya no parece una noche suelta, ni una casualidad, sino algo que apunta en una dirección que no me gusta.
Lo incómodo es tener cada vez más claro que alguien lo puso en marcha todo, aunque no tenga pruebas ni respuestas claras todavía.
Aprieto los labios y sigo caminando con la sensación de estar acercándome a algo que todavía no sé qué es, pero que ya no puedo dejar pasar.
Lo único que tengo claro ahora mismo no es lo que ha pasado, sino lo que no voy a hacer: no pienso volver a ese punto ni a forzarlo para que encaje y eso es suficiente.
Me paro en seco en medio de la calle y suelto el aire despacio.
Un instante después, vuelvo a caminar, aunque más lento.
Frunzo el ceño, porque eso no me encaja.
Aprieto los dedos contra el bolso mientras giro en otra esquina y sigo avanzando sin cambiar el ritmo, reconstruyendo la noche no desde lo que hice, ni desde lo que sentí, sino desde los momentos que nadie recuerda. Eso es lo que importa y no lo que pasó.
Devon vuelve a aparecer en mi cabeza, pero esta vez no lo aparto de inmediato.
Sigo caminando sin detenerme, con la sensación de que cada paso me aleja de lo que pasó…
y me acerca a algo que todavía no sé qué es, pero que empieza a tomar forma dentro de mí.
No voy a confiar en él, ni voy a perseguirle, ni voy a buscar la explicación que él no me ha querido dar.
Pero tampoco voy a fingir que esto no me afecta y negarlo ahora sería peor que todo lo demás.
Reduzco el paso al llegar a otra esquina y me detengo.
«No voy a ir a buscarle», me digo para mí, aunque si vuelve… no fingiré que no me importa.
Sigo avanzando con la sensación de que, aunque no estoy mejor, sí me siento más centrada y eso es suficiente. Porque lo realmente incómodo no es no entender lo que pasó sino pensar que alguien sabía exactamente hacia dónde iba todo… mientras el resto creíamos decidir lo que hacíamos.
Me detengo un instante para dejar que esa idea se asiente en mi cabeza. Por lo visto, que Devon y yo nos casáramos de una forma tan inesperada no fue un error, sino solo un eslabón más de una cadena… El problema es que alguien que estaba allí lo sabía y puso todo en marcha.