Capítulo 16
Devon
El ático está exactamente igual que siempre y eso es lo primero que no me cuadra.
No hay nada fuera de sitio, ni una señal evidente de que, en este mismo espacio, hace menos de veinticuatro horas, dejé de funcionar como lo hago siempre y tomé una decisión que ahora mismo no tiene ningún lugar lógico dentro de lo que soy, ni dentro de lo que llevo años manteniendo sin errores.
Todo está limpio y distribuido para que nada interfiera en el único propósito que tiene este lugar: permitir que piense con claridad y actúe en consecuencia. Sin embargo, hoy no lo hace.
Apoyo las manos sobre la encimera y recorro con la mirada la cocina sin fijarme en nada concreto, aunque sé perfectamente qué recuerdo volvería si me detuviera en el lugar equivocado.
No lo hago. Ahora mismo no me sirve de nada volver a lo de anoche.
Lo único que necesito es recuperar el control antes de que todo esto empiece a afectar a más cosas de las que ya está afectando.
Mi móvil vibra sobre la mesa baja, pero no lo miro.
Unos segundos después, vuelve a vibrar y no necesito comprobar quién es para saber que es George.
Dejo que la vibración se apague sola y me aparto de la encimera sin cogerlo, porque responder ahora mismo implicaría entrar en una conversación que no puedo gestionar con la precisión que exige, y lo último que necesito es cometer un error fuera de aquí por no haber resuelto lo que ocurre dentro de mí.
Voy al despacho, me siento frente al portátil y abro el documento que dejé preparado ayer, el mismo que debería llevar más de una hora revisando y que sigue exactamente donde lo dejé.
Leo la primera línea, después la segunda y, sin darme cuenta, vuelvo otra vez al principio.
Suelto el aire con frustración y llevo el cursor hasta un párrafo que ya estaba corregido.
Cambio una palabra por otra que significa prácticamente lo mismo, solo para tener la sensación de que estoy haciendo algo útil.
Lo reviso otra vez y otra. Lanzo un largo resoplido y cierro el portátil, aunque lo abro de nuevo y enseguida entiendo que el problema nunca ha estado en el documento .
Mi teléfono vibra otra vez, pero ahora lo tengo más cerca. Lo cojo por inercia y miro la pantalla.
George:
¿Lo tienes o tengo que asumir
que no estás revisando nada?
Suelto el aire por la nariz y dejo el teléfono sobre la mesa sin contestar, consciente de que mi silencio no es una estrategia, sino una anomalía, porque en cualquier otro momento ya habría respondido con una decisión tomada, sin margen de duda y sin necesidad de replantearme nada, pero hoy no es así.
Hoy me quedo mirando la pantalla apagada unos segundos más antes de apartarla de mi vista, porque el problema no es George, ni el informe, ni nada de lo que debería estar ocupándome ahora mismo, sino que cada vez que intento centrarme en algo que requiere control, en mi cabeza aparece lo único que no lo tiene: Elara.
Me viene a la cabeza su cuerpo contra la encimera y manteniéndome la mirada, mientras los dos perdíamos cualquier tipo de control sobre lo que estábamos haciendo.
Aprieto la mandíbula y me levanto, porque necesito moverme sin reconocer que lo que estoy evitando no es una imagen, sino lo que implica .
—No es importante —murmuro en voz baja, pero sin convicción, aunque no me funciona.
Vuelvo a la mesa, abro el portátil otra vez y me obligo a leer el documento desde el principio, pero esta vez lo hago en voz baja, marcando cada frase con una precisión que no deja espacio a interferencias.
Avanzo dos párrafos antes de detenerme otra vez en el mismo punto, con la sensación de que estoy repitiendo un mecanismo que ya no produce el resultado esperado.
Mi teléfono vibra de nuevo, pero lo ignoro y sigo leyendo, aunque no avanzo.
De repente, el sonido de la puerta del ático me avisa que ha vuelto.
No me muevo y me limito a mantener la vista fija en la pantalla, dejando que el cursor parpadee en mitad de una frase que no voy a terminar, mientras el sonido de sus pasos cruza el salón con un ritmo distinto a la de esta mañana y sin rastro de la incomodidad que dejó al marcharse.
—¿Tienes un minuto? —me pregunta después de detenerse en el marco de la puerta.
Su tono no tiene nada que ver con el de ayer ni con el de esta mañana. No hay ni rastro de reproche, ni ironía, ni nada que pueda utilizar para dirigir la conversación hacia un terreno que controle.
—Depende —le contesto cerrando el portátil despacio antes de girarme hacia ella—. ¿Para qué ?
—Para aclarar algo que ya no funciona —me responde después de acercarse un paso.
—Entonces adelante —respondo.
Elara se cruza de brazos y me sostiene la mirada.
—¿Qué es esto para ti?
La pregunta es directa, limpia y no me deja la más mínima posibilidad de interpretarla de otra forma.
—Un acuerdo —le respondo con rapidez.
Elara no reacciona de inmediato. Me mantiene la mirada sin cambiar la expresión y sin discutir mi respuesta.
—¿Solo eso?
—Es lo que es —le contesto encogiéndome de hombros.
—No todo tiene que serlo.
—No.
—Entonces explícamelo.
—Estás complicando algo que no lo es.
—Ah, ¿no?
—No —niego sin apartar la mirada de ella—. Solo fue una noche —añado—. No cambia nada, ni significa lo que tú estás intentando que signifique.
Elara no se mueve, ni discute, ni me responde.
Simplemente, me mantiene la mirada lo justo para que entienda que ha escuchado cada palabra, y después la baja, apenas un instante, antes de recolocarse con un gesto que trata de marcar distancia.
Su gesto es suficiente para que me quede claro que me he pasado con lo que acabo de decir, pero no lo corrijo.
—Entiendo —dice al fin.
Elara asiente muy despacio, con un gesto mínimo que podría pasar desapercibido si no estuviera mirándola con la atención que requiere cualquier movimiento suyo ahora mismo, y ese asentimiento tiene más peso que cualquier respuesta que podría haber dado en voz alta.
Se lleva la mano al borde de la camiseta y da medio paso atrás, lo justo para dejar claro que algo ha cambiado entre nosotros y que ya no estamos en el mismo punto de hace unos minutos.
—Perfecto —dice, aunque esa palabra no encaja con su tono y justo por eso me incomoda más, porque no suena a cierre, sino a una forma de dejar las cosas exactamente donde están.
—Elara… —empiezo, aunque ni yo mismo tengo claro qué quiero decir.
Ella levanta la vista hacia mí y no encuentro en su mirada ni rastro de enfado ni de reproche, solo una distancia medida con demasiado cuidado.
—No hace falta —me corta antes de que siga—. Ha quedado bastante claro .
Aprieto los dedos contra la mesa, intentando encontrar una forma de arreglar lo que acaba de torcerse… pero esta vez no la encuentro.
Doy un paso hacia ella, pero me detengo antes de invadir su espacio, porque cruzar esa línea cambiaría el significado de todo lo que acabo de decir.
—No estoy diciendo que no… —empiezo otra vez, pero la frase se queda a medias antes de que pueda terminarla, aunque no tiene una continuación coherente y ella lo nota.
—¿Que no qué? —pregunta.
—Que no tenga consecuencias —termino diciendo, eligiendo la única salida que no rompe del todo lo anterior, aunque tampoco lo sostiene.
Elara me observa evaluando mi frase sin necesidad de desmontarla en voz alta.
—Claro que las tiene —responde al final—. Lo que estás diciendo es que no te interesa asumirlas.
—No, no es eso —mi respuesta suena débil incluso antes de acabar de decirla.
—Entonces dímelo de otra forma.
No puedo y los dos lo sabemos. Este es el punto en el que todo deja de avanzar, porque lo que queda ya no se puede decir sin romper nada más, y ninguno de los dos es capaz de dar ese paso.
Sin embargo, ella es la que se mueve primero.
Se aparta lo justo para salir de la línea en la que estábamos colocados, marcando una distancia que antes no existía y que ahora ya no podemos hacer como si no existiera.
—Tengo cosas que hacer —dice y se va.
La observo mientras pasa a mi lado sin rozarme, manteniendo ese control que me obliga a reconocer que lo que acaba de hacer no es una reacción, sino una decisión.
—Elara —la llamo cuando ya ha cruzado el punto en el que podría haber salido sin detenerse. Se para, pero no se gira de inmediato y eso ya es una respuesta.
—No era mi intención —añado, sabiendo que no es suficiente antes incluso de terminar la frase.
—No es tu intención lo que me preocupa —responde girándose lo justo—. Es lo fácil que te resulta ordenar lo que sientes cuando te incomoda.
Asiento muy levemente, aunque no debería.
Ella se gira del todo y continúa hacia el pasillo sin acelerar el paso y sin mirar atrás.
No la sigo y ese es mi error, porque continúo convencido de que mantener esto bajo control es más importante que cualquier otra cosa, y salir detrás de ella ahora mismo implicaría reconocer algo que no estoy dispuesto.
El sonido de sus pasos se aleja hasta desaparecer y después, nada. El ático recupera su habitual quietud, pero que ahora me parece excesiva para lo que acaba de suceder .
Me quedo de pie en el mismo sitio, con las manos apoyadas sobre la mesa y la sensación de haber tomado una decisión que encaja en frío, pero que no funciona en nada más.
De repente, mi móvil vuelve a vibrar en mi mano con otro mensaje de George.
No es la primera vez que insiste y no será la última, pero ahora mismo no es lo que me ocupa, aunque debería serlo.
Miro la pantalla unos segundos. Podría responder y regresar al punto en el que todo en mi vida funcionaba, pero no lo hago.
Bloqueo el teléfono y lo dejo sobre la mesa con un gesto seco, como si con eso bastara para aplazar lo que viene después, aunque sé perfectamente que no funciona así.