Capítulo 15
Elara
El ruido me alcanza antes de que me sirvan el café en la mesa.
Me invade como una capa constante que lo cubre todo y que me obliga a permanecer aquí, con los pies en el suelo, aunque lo que tengo en la cabeza vaya en otra dirección completamente distinta.
Pongo los dedos alrededor del vaso de cartón y dejo que el calor me atraviese la piel mientras observo a la gente que entra y sale sin detenerse, con esa facilidad que tiene todo el mundo para continuar con su día sin cuestionarse lo que ha pasado antes de cruzar la puerta.
Yo llevo diez minutos sentada sin avanzar en nada.
Me limito a desbloquear el móvil y a volverlo a bloquear.
Repito el gesto otra vez, sin esperar realmente que haya algo nuevo, pero necesitando hacer algo que no sea quedarme quieta con lo único en lo que no quiero pensar: Devon.
Pero no en forma de recuerdo bonito, ni de imagen que pueda suavizar lo que pasó, sino en su versión más clara, la de ayer en el despacho, con la mirada fija y la voz completamente controlada, mientras decía algo así como que todo lo que había pasado no había sido nada más que una noche que no significaba lo que yo pretendía que significara.
Aprieto los labios un instante y dejo el móvil sobre la mesa, boca abajo, antes de que esa frase vuelva a clavarse en medio de mi pecho y me atraviese.
—Genial —murmuro para mí.
No estoy triste, y eso es casi lo más incómodo de todo, porque me sería mucho más fácil reducir esto a una reacción emocional y dejarlo ahí.
La verdad es que estoy enfadada con él, con la situación y sobre todo conmigo, porque sigo reaccionando a algo que ya he decidido que no voy a repetir.
El problema es que decidirlo no cambia nada.
Me inclino hacia atrás en la silla y miro a la calle, donde un grupo de personas se detiene en la esquina para consultar el móvil mientras el semáforo cambia varias veces sin que ninguno parezca tener prisa, y durante un instante me doy cuenta de que todo sigue exactamente igual que siempre menos yo .
Cojo el móvil otra vez por puro impulso y, en cuanto la pantalla se enciende, aparece el nombre de Sandy con un mensaje nuevo.
Sandy:
He hablado con Amara.
Frunzo el ceño.
Yo:
¿Y?
Tarda unos segundos en responder, lo justo para que mi atención vuelva al café, al ruido y a la gente que sigue moviéndose a mi alrededor sin notar nada fuera de lo normal.
Sandy:
Recuerda cosas…
pero no igual.
Aprieto el móvil entre los dedos.
Yo:
Eso ya lo sabíamos .
Los tres puntos aparecen enseguida, indicándome que está respondiéndome.
Sandy:
Así no.
Me inclino hacia delante y apoyo los codos en la mesa sin apartar la vista de la pantalla.
Yo:
Explícate.
La respuesta tarda un poco más en llegarme esta vez.
Sandy:
No me fío de cómo lo recuerdo.
Me quedo quieta.
Yo:
¿A qué te refieres?
Sandy:
A que hay partes que me encajan fácilmente,
pero hay otras que no me encajan en absoluto .
Trago despacio.
Yo:
Eso pasa cuando vas borracha.
Sandy:
Esto es distinto.
Yo:
¿Distinto cómo?
Los tres puntos aparecen, desaparecen y vuelven a aparecer antes de que llegue la respuesta.
Sandy:
Hay cosas que recuerdo…
pero no recuerdo por qué las hice.
Esa frase se queda ahí, suspendida, sin necesidad de más explicación.
Apoyo la espalda en la silla y dejo el móvil sobre la mesa sin apartar la mano de él, porque lo que empieza a formarse en mi cabeza no es una respuesta, sino una sospecha.
El ruido de la cafetería sigue igual, la gente entra y sale, todo continúa su ritmo habitual, pero dentro de mí algo ya no encaja como hace unos minutos.
Vuelvo a coger el móvil .
Yo:
¿A qué te refieres
exactamente?
Sandy tarda en responderme, mientras yo me desespero.
Sandy:
A que recuerdo haber decidido cosas,
pero no recuerdo el momento
en el que tomé la decisión de hacerlas.
Frunzo el ceño.
Yo:
Eso no tiene sentido.
Sandy:
Ya lo sé,
por eso me preocupa.
Aprieto los dedos alrededor del vaso de café.
Yo:
¿Has hablado con más gente?
Sandy:
Sí .
Yo:
¿Y?
Sandy:
No recuerdan lo mismo.
Yo:
¿En qué sentido?
Sandy:
En que todos tenemos momentos
sueltos en nuestra cabeza…
pero no encajan entre sí.
La frase me deja inmóvil, porque no es que nadie recuerde, sino que los recuerdos que tenemos no encajan entre sí. Cierro los ojos un segundo y respiro despacio, intentando mantener esto en un terreno lógico, pero cada vez me resulta más difícil.
Yo:
¿Algún detalle que se repita?
Sandy:
Que todo fue muy rápido.
Y que nadie dudó mucho.
Aprieto la mandíbula porque eso sí que lo recuerdo .
Yo:
Eso no significa nada.
Sandy:
O sí.
No dice nada más, aunque no hace falta. Me inclino hacia delante y apoyo los codos en la mesa mientras miro la pantalla sin parpadear apenas, reconstruyendo la noche no desde lo que recuerdo, sino desde lo que no encaja dentro de mi cabeza.
Yo recuerdo decisiones, movimientos, cercanía…
Pero no recuerdo el momento en el que alguien se planteó parar y eso, ahora, empieza a resultarme extraño.
—Perfecto —ironizo a media voz.
Pago el café sin acabármelo y me levanto antes de que la conversación pueda ir más lejos, porque quedarme aquí no va a darme nada que no tenga ya.
Salgo a la calle con el convencimiento de que no voy a regresar al ático igual, eso lo tengo claro.
No voy a entrar en su forma de controlarlo todo, ni voy a repetir lo de anoche.
Camino sin rumbo fijo durante varios minutos, cruzando calles sin prestar mucha atención y esquivando a gente sin detenerme en ningún punto concreto, porque no estoy buscando nada fuera, sino dentro.
No voy a confiar en él con lo que no sé, ni con lo que tengo la certeza de que me falta por descubrir.
De repente, al alzar la mirada reconozco el edificio antes de darme cuenta de que he llegado.
El ático está arriba, Devon también y yo no voy a subir siendo la misma que salió esta mañana.
Respiro hondo y avanzo hacia la entrada con la sensación de que no entiendo lo que está pasando…
pero sí sé cómo voy a actuar dentro de ello.
Subo en el ascensor sin mirarme en el reflejo y salgo cuando las puertas se abren, cruzando el pasillo sin detenerme.
Abro la puerta y entro en el ático, aquí todo sigue igual de ordenado, intacto e impoluto, teniendo en cuenta lo que sucedió anoche.
Dejo el bolso sobre la mesa y avanzo hacia el salón, consciente de que ahora ya no voy a reaccionar, sino que voy a elegir y eso cambia por completo las reglas.
Cruzo el salón y empujo la puerta lo justo para abrirla, apoyándome en el marco sin entrar del todo. Devon levanta la vista del portátil y algo cambia en su expresión.
—¿Tienes un minuto? —pregunto.
Cierra el portátil despacio.
—Depende. ¿Para qué?
Doy un paso hacia él.
—Para hablar de algo importante —. Me cruzo de brazos—. Lo que sucedió el día de la boda no me cuadra.
No explico más.
—Eso no es nuevo —dice con firmeza.
—No. Lo nuevo es que nadie recuerda lo mismo .
—Puede pasar —me responde apoyando una mano sobre la mesa.
—Así no.
—¿Qué estás buscando? —pregunta.
—Que tenga sentido.
—No siempre lo tiene.
—En esta ocasión debería tenerlo.
Doy un paso que me acerca más a él.
—Demasiadas decisiones seguidas y demasiado rápidas.
No añado más y Devon me observa unos segundos.
—Estás sacando conclusiones con información incompleta.
—Estoy señalando lo que no cuadra.
—Eso no demuestra nada.
—Pero tampoco lo descarta.
—Sandy ha hablado con varios —añado—. Nadie recuerda quién empezó nada.
—Eso no prueba nada.
—Pero resulta incómodo.
—A ti.
—No, a todos.
Hacemos una pausa en la que nuestras miradas se quedan fijas la una en la otra.
—No lo suficiente .
—A mí sí.
—¿Y qué vas a hacer?
—No confiar.
Devon no me responde, pero ahora ya lo sabe y con eso me basta. Me giro ligeramente y apoyo la mano sobre la mesa, consciente del lugar donde todo cambió anoche, sin que esta vez me descoloque.
—No voy a repetir lo de ayer —añado—. Así no.
Da un paso hacia mí, pero se detiene antes de acercarse del todo.
—Eso no depende solo de ti.
Levanto la vista.
—Depende más de lo que crees —respondo con decisión.
—¿Y qué propones?
—Nada.
—Eso no es una respuesta —me advierte negando con la cabeza.
—Es la única que puedo darte ahora mismo —le suelto y me separo de la mesa—. Voy a averiguar qué pasó en esa noche con tu ayuda o sin ella.
—Ten cuidado con lo que buscas.
—¿Por qué?
—Puede que no te guste lo que encuentres .
—Con eso ya cuento —le respondo sosteniéndole la mirada.
—Elara…
—No —le digo negando con la cabeza —. Esto no va de lo que pasó anoche entre nosotros.
No es verdad, pero no me lo discute, y eso es suficiente para dar la conversación por cerrada sin necesidad de añadir nada más, así que cojo el móvil, el bolso y salgo del despacho con la sensación de que, si me quedo un segundo más, voy a volver a un terreno que acabo de decidir que no voy a pisar otra vez.
El ascensor tarda en llegar y ese tiempo muerto me parece más largo de lo normal, de modo que apoyo la espalda en la pared y cierro los ojos un instante, para recordarme lo único que tengo claro ahora mismo: no voy a confiar, ni repetiré lo de anoche y tampoco cambiaré esto hasta convertirlo en algo fácil solo porque sería más cómodo.
Cuando el ascensor me deja en la planta baja, salgo sin prisa de él y, en cuanto piso la calle, el ruido vuelve a caerme encima con la misma fuerza de antes, aunque ya no me sirve de distracción, sino de fondo mientras intento ordenar lo mínimo imprescindible dentro de mi cabeza.
Camino sin una dirección concreta, dejándome llevar por las calles que se cruzan unas con otras, y voy reconstruyendo la noche no desde lo que recuerdo, sino desde lo que falta, desde esos huecos que no terminan de cuadrar por mucho que los mire.
No fue una decisión aislada, ni una noche que se torció sin más, ni una suma de errores que se pueden explicar con una copa de más y un poco de mala suerte.
Me detengo un instante, sin darme cuenta, en mitad del paso. No necesito entenderlo todo para saber que hay algo que no encaja.
—No fue un error —murmuro en voz baja, más como una forma de asumirlo que de convencerme.
Retomo el paso sin ir más deprisa, pero con la sensación que aparece cuando algo empieza a tener sentido en el peor momento posible, porque lo realmente inquietante no es no entender lo que pasó, sino plantearme que alguien sabía hacia dónde iba todo mientras el resto pensábamos que estábamos decidiendo por nuestra cuenta y que nosotros solo estuvimos en el sitio exacto, en el momento en el que todo tenía que ocurrir.