Capítulo 14
Devon
Abro el portátil por cuarta vez en menos de veinte minutos y vuelvo al mismo documento con la sensación de que no estoy trabajando, sino repitiendo un gesto que antes me funcionaba, pero que ahora se ha quedado vacío, como una rutina que continúa por inercia, aunque ya no tenga ningún efecto real sobre lo que intento controlar.
El informe está bien, pero ya lo estaba hace sesenta minutos y lo sigue estando ahora, con los mismos datos, las mismas decisiones y la misma estructura que ayer habría firmado sin revisar dos veces.
Sin embargo, llevo varios minutos leyendo el mismo párrafo sin avanzar, deteniéndome en detalles que no importan y corrigiendo cosas que no necesitan ser corregidas, como si el problema estuviera en el documento y no en el hecho de que mi cabeza no está aquí.
Deslizo el cursor hasta una frase que ya he modificado tres veces y vuelvo a cambiar una palabra por otra que significa exactamente lo mismo, solo para hacer algo que se parezca a trabajar, aunque no lo sea.
No me gusta perder tiempo con cosas irrelevantes y, sin embargo, llevo toda la mañana haciendo exactamente eso.
De repente, el móvil vibra a mi lado y esta vez lo cojo al instante. No necesito mirar la pantalla para saber que es George.
George:
Puedes confirmarlo ya o
tengo que asumir que no
estás leyendo nada?
Suelto el aire por la nariz y dejo el móvil sobre la mesa sin responderle.
No es la primera vez que insiste ni va a ser la última, pero lo que me resulta extraño no es su insistencia, sino mi falta de reacción.
En cualquier otro momento ya le habría respondido al instante, habría cerrado el informe hace rato y habría tomado una decisión sin darle más vueltas.
Sin embargo, aquí estoy mirando la pantalla como si el texto fuera a cambiar solo o que en algún momento apareciera una versión de mí mismo capaz de volver a hacer esto como antes.
Suelto un suspiro, cierro el portátil y me levanto, porque seguir sentado me parece una forma demasiado evidente de admitir que no funciono como debería.
Camino hasta la mesa baja, cojo una carpeta y la abro, aunque realmente no miro los documentos que contiene, porque mi atención se queda atrapada en un recuerdo que no debería ser importante en este contexto, pero lo es.
No puedo pensar en otra cosa que no sea en la encimera y en su cuerpo encima de ella. Cierro la carpeta de golpe.
—Control —murmuro en voz baja, intentando quitarme eso de la cabeza.
Vuelvo a la mesa, abro el portátil otra vez y retomo el documento desde el principio, obligándome a leerlo entero en voz baja.
Sin embargo, poco después el cursor vuelve a parpadear sin que avance una sola línea.
Mi teléfono vibra de nuevo, pero lo dejo sonar sobre la mesa, ignorándolo de forma consciente, aunque sé perfectamente que eso no soluciona nada, porque el problema no está en la llamada, ni en el informe, ni en George, sino en que cada vez que intento volver a mi sitio, algo me arrastra fuera y no tiene nada que ver con el trabajo.
Escucho un movimiento al otro lado del ático y sé que es ella. No me muevo y mantengo la vista fija en la pantalla, como si ignorarlo fuera suficiente para evitarlo, pero no lo es, porque en cuanto levanto la mirada, la encuentro apoyada en el marco de la puerta.
—¿Tienes un minuto? —me pregunta sin rastro de reproche.
Cierro el portátil sin responderle y apoyo las manos sobre la mesa antes de girarme hacia ella, evaluando la distancia que nos separa como si eso fuera importante a estas alturas.
—Depende —contesto—. ¿Para qué?
Elara se encoge ligeramente de hombros y da un paso hacia mí.
—Para evitar que sigas haciendo ver que estás trabajando cuando es evidente que no lo estás haciendo.
—Estoy trabajando —respondo mientras la observo.
—No —dice, negando con la cabeza—. Estás repitiendo lo mismo de siempre esperando que funcione.
—No creo que estés en posición de evaluar eso —le contesto y aprieto la mandíbula.
—No hace falta evaluarlo —añade—. Se ve.
—Si has venido a comentar mi rendimiento, te advierto de que no es buen momento.
—No, no he venido a eso.
—Entonces. ¿a qué has venido?
Se toma un instante antes de mirarme directamente.
—Quiero saber si esto forma parte del acuerdo .
—No todo tiene que serlo.
—Entonces explícame lo que sí forma parte.
La frase es simple, pero está obligándome a posicionarme y eso es lo que no quiero hacer.
—Estás complicando algo que no lo es.
—Ah, ¿no?
—No.
Doy un paso hacia la mesa y apoyo las manos sobre la superficie.
—Solo fue una noche —le digo y siento que la frase ha sonado más seca y defensiva de lo que pretendía, pero no me detengo—. No cambia nada ni significa lo que tú estás intentando que signifique.
Elara no responde de inmediato, solo se queda quieta. Sin embargo, eso es peor, porque no discute y me mantiene la mirada por un momento, hasta que la cambia y da medio paso atrás. En ese instante sé que me he pasado, pero no corrijo mi error.
—Entendido —dice al fin.
Sé que debería matizar lo que acabo de decir o, al menos, introducir una mínima corrección que evite que la frase se convierta en lo que ya es, pero no lo hago, porque hacerlo implicaría reconocer que no era eso lo que quería decir, y ahora mismo sigo agarrado a la idea de que mantener esto bajo control es más importante que cualquier otra cosa .
Es un error… Lo tengo claro incluso antes de que ella vuelva a moverse.
Elara asiente de forma leve y se lleva la mano al borde de la camiseta con un movimiento automático que me impacta, porque no es una forma de recomponerse dentro de una situación que acaba de redefinirse sin dramatismo y sin posibilidad de negociación. Eso es lo que lo vuelve irreversible.
—Perfecto —añade, y esta vez sí hay algo más frío, como si acabara de tomar una decisión que no necesita explicarme.
No me gusta cómo suena, pero, sobre todo, no me gusta que no me dé margen para intervenir.
—Elara… —empiezo, sin tener muy claro qué pretendo hacer con su nombre en este punto de la conversación.
Ella levanta la vista de nuevo, pero no encuentro ni rastro de reproche, ni enfado en su mirada, solo distancia.
—No pasa nada —dice, cortándome antes de que termine la frase—. De hecho, ahora está bastante más claro.
Aprieto los dedos contra la mesa sin darme cuenta, notando cómo la madera cede bajo la presión, porque esa claridad a la que se refiere no es la que me interesa, y aun así no tengo una forma directa de desmontarla sin contradecir todo lo que acabo de decir .
—No era eso lo que… —empiezo de nuevo, pero me detengo a mitad, porque no puedo terminar la frase sin cambiarla por completo y ella lo nota, pero no me ayuda.
—No hace falta que lo expliques —dice, con una calma que no encaja con lo que acaba de pasar—. Has sido bastante claro.
Esa frase es más dura que cualquier reproche directo, porque no me deja margen para hacer ningún matiz, y lo peor es que tiene razón, porque lo he sido en un momento en el que lo último que necesitaba era precisión.
Doy un paso hacia ella, pero me detengo antes de invadir su espacio, consciente de que cualquier acercamiento en este punto ya no tiene el mismo significado que hace unas horas.
—No estoy diciendo que no… —empiezo, pero vuelvo a quedarme a medias, atrapado en una frase que no tiene una continuación coherente dentro de la postura que acabo de adoptar.
Ella arquea ligeramente una ceja, con una especie de curiosidad que me obliga a enfrentarme a la incoherencia de lo que estoy haciendo.
—¿Que no qué? —pregunta.
Ahí está la pregunta que no quiero responder, porque cualquier cosa que diga implica ceder .
—Que no tenga consecuencias —termino diciendo, eligiendo la salida más neutra posible dentro de lo que me queda.
Elara mantiene la mirada sobre mí unos segundos más, evaluando la frase como si estuviera decidiendo si merece la pena desmontarla o simplemente dejarla donde está.
—Claro que las tiene —responde al final—. Lo que estás diciendo es que no te interesa asumirlas.
—No es eso —digo, aunque mi respuesta suena demasiado débil.
—Entonces dímelo de otra forma —añade—. Pero que encaje con lo que acabas de decir.
No puedo, y los dos lo sabemos. Ahí es donde todo se detiene, no porque no queden cosas por decir, sino porque lo que queda ya no se puede soltar sin hacer más daño, y ninguno de los dos está dispuesto a cruzar ese límite ahora mismo.
Elara se mueve lo justo para marcar una distancia que antes no estaba y que deja claro que no piensa seguir donde estábamos hace apenas unos minutos.
—Tengo cosas que hacer —dice, y no suena a excusa sino a que con eso quiere acabar nuestra conversación.
No me muevo mientras proceso una situación que se ha torcido de una forma que podría haber evitado con una frase distinta.
—Elara —la llamo cuando pasa a mi lado .
Se detiene, pero no se gira de inmediato y eso ya es una respuesta.
—No era mi intención —añado, sabiendo incluso antes de terminar la frase que no es suficiente.
—No es tu intención lo que me preocupa —responde girándose lo justo para mirarme por encima del hombro—, sino lo fácil que te resulta ordenar lo que sientes cuando te incomoda.
No hay reproche exagerado en su tono, porque no lo necesita y justo ahora entiendo algo que no estaba teniendo en cuenta hace unos minutos: no he ganado control, sino que he perdido capacidad de maniobra.
Camina hacia el pasillo sin prisa y el sonido de sus pasos alejándose por el ático es lo único que rompe la quietud que se queda cuando desaparece de mi campo de visión.
Yo no me muevo, aunque me invade la sensación de que debería haber hecho algo distinto, pero no lo he hecho, aunque ahora ya no sirve de nada pensarlo.
Me paso la mano por la cara despacio, intentando recuperar una estructura mental que me permita volver a un terreno conocido, uno en el que las decisiones tengan sentido y las consecuencias sean manejables, pero no lo consigo, porque todo lo que acabo de decir sigue suspendido en el aire, aunque lo peor no es el contenido, sino el efecto que ha tenido.
Exhalo despacio y me obligo a salir de este punto muerto antes de que empiece a analizarlo más de la cuenta, porque sé cómo funciona eso y no me interesa entrar ahí ahora mismo.
Camino hacia el despacho, cojo el móvil y desbloqueo la pantalla sin mirar realmente lo que hay, buscando cualquier cosa que me devuelva a un plano en el que tenga control sobre lo que hago, pero ni siquiera eso me funciona del todo, porque lo único que aparece en mi cabeza es la sensación de lejanía que me ha transmitido al mirarme antes de marcharse.
Me detengo en mitad del salón con el teléfono en la mano y la sensación de que debería volver atrás, decir algo y corregirlo antes de que se asiente del todo, pero no lo hago.
Porque no sé cómo hacerlo sin cargarme algo más y esa duda, en mí, ya es un problema.
Aprieto la mandíbula y dejo el móvil sobre la mesa sin desbloquearlo siquiera, porque no hay nada ahí que vaya a cambiar esto, y paso la mano por la encimera sin mirar directamente el punto donde anoche perdí el control con ella, aunque sé perfectamente dónde está.
Todo sigue en su sitio, como si no hubiera pasado nada, pero no es cierto.
Permanezco quieto lo justo para asumir lo evidente, aunque no lo verbalice en voz alta. Nunca he querido perder el control, pero acabo de perder algo que, hasta hace unas horas, no tenía intención de poner en riesgo y me lo he cargado.