Capítulo 13 #3
Porque si algo he aprendido en los últimos días es que nadie parece ponerse de acuerdo sobre quién empieza nada, y esa idea vuelve a colarse entre Devon, mi cuerpo y la conversación con Sandy, mezclándolo todo otra vez: la boda, las fotos, las lagunas, Amara, la cena, el beso, la encimera…
Sandy tiene razón. Eso también me molesta, porque todo está relacionado.
—No puedo confiar en él ahora mismo —digo al fin.
—Entonces no lo hagas.
La respuesta llega tan simple que levanto la mirada.
—¿Ya está?
—Sí. No tienes que resolver tu vida sentimental, tu matrimonio accidental y una posible noche manipulada antes de mediodía. Puedes empezar por no entregarle la parte de ti que él no sabe cuidar.
Trago despacio, porque eso me duele.
—No voy a irme —digo.
—No te he dicho que te vayas.
—Ni voy a hacer como si nada .
—Bien.
—Pero tampoco voy a ponerme en medio de su campo de tiro para que él practique puntería conmigo.
—Mucho mejor.
—Voy a establecer límites.
—Esa palabra dicha por ti me gusta. Dicha por Devon me da urticaria.
Esta vez sí se me escapa una risa breve, pero de verdad.
—A mí también.
—Pues empieza por ahí.
Cuelgo unos minutos después, cuando la conversación ya no tiene más que decir sin empezar a repetirse, y me quedo sentada frente a la ventana con el café a medio terminar y la certeza de que no quiero huir, porque eso sería demasiado fácil.
Pero tampoco quiero fingir que lo de anoche no me importa, porque eso sería mentirme con muy poca elegancia y bastante menos inteligencia.
Lo que quiero es volver al ático sin darle a Devon la posibilidad de decidir por los dos qué significa lo que pasó, esa es la diferencia.
Pago otro café que no necesito, salgo a la calle y camino de vuelta con menos prisa que antes. No porque esté tranquila, porque no lo estoy. Pero ya no voy dando vueltas por inercia. Voy con una decisión clara y eso me ayuda a respirar mejor .
Cuando llego al edificio, el portero me saluda por mi nombre y eso me resulta tan absurdo que casi me detengo.
«La esposa accidental ya tiene reconocimiento residencial, maravilloso», me digo para mí.
Subo en el ascensor sin mirar mi reflejo y, cuando entro en el ático, noto de inmediato que Devon sigue en su despacho.
La puerta está cerrada, pero se oye su voz amortiguada al otro lado.
Dejo el bolso sobre una silla, me quito el abrigo y camino hacia la cocina, obligándome a no evitar la encimera esta vez.
La miro, apoyo la mano encima y nada explota.
«Bien. Puedo con esto».
La puerta del despacho se abre unos minutos después y Devon sale con el móvil todavía en la mano. Se detiene al verme en la cocina, con los dedos apoyados sobre la encimera y la espalda recta, pero esta vez no soy yo la que se aparta.
—Has vuelto —dice.
—Vivo aquí, según tu brillante estrategia de coherencia pública.
Su mirada baja un segundo a mi mano sobre la encimera y vuelve a mí. Lo nota, claro que lo ha notado.
—Pensaba que necesitabas espacio.
—Lo necesitaba.
—¿Y ya no ?
—Ahora necesito otra cosa.
Guarda el móvil en el bolsillo con un gesto medido.
—¿Qué?
Me separo de la encimera y le miro de frente, sin acercarme más de lo necesario a él.
—Que no vuelvas a tratarme como si lo que pasó fuera un error administrativo que puedes archivar hasta que te resulte cómodo.
—No era mi intención —me responde, aunque su gesto no cambia mucho.
—Me da igual cuál fuera tu intención si el efecto es el mismo.
Devon me sostiene la mirada y tarda un segundo en responder. Ese segundo dice bastante.
—Necesito mantener esto bajo control.
—No —corrijo—. Necesitas no sentirte expuesto.
Su mandíbula se tensa y sé que he dado en el clavo.
—No confundas las cosas.
—No las estoy confundiendo. Por primera vez en dos días creo que las estoy viendo bastante claras.
—Elara… —dice dando un paso hacia mí, pero alzo una mano antes de que siga.
—No. Hoy no.
Se detiene, porque no le dejo otra opción .
—No voy a irme —continúo—. No voy a convertir esto en un drama y no voy a fingir que anoche no pasó nada, pero tampoco voy a dejar que tú decidas qué significa para mí solo porque te incomode admitir que ha significado algo para ti.
Devon no responde de inmediato.
—Eso es una conclusión precipitada —dice al fin.
Sonrío sin humor.
—No. Es un límite.
—¿Y qué implica ese límite?
—Implica que no voy a perseguirte por el ático buscando una explicación que no quieres darme, ni voy a acostarme contigo otra vez para que luego salgas por la puerta como si necesitaras descontaminarte.
—Eso no fue lo que hice.
—Eso fue exactamente lo que me pareció.
No me discute y yo me inclino hacia la mesa, cojo mi móvil y lo guardo en el bolsillo trasero de mi pantalón.
—Voy a ducharme. Después revisaré las fotos otra vez y hablaré con Sandy. Si tienes algo útil que decirme sobre la boda, me lo dices. Si tienes algo emocionalmente confuso que resolver contigo mismo, hazlo lejos de mí hasta que sepas expresarlo sin convertirlo en una orden .
Paso junto a él sin rozarlo y Devon no me detiene, lo que me confirma que el límite acaba de quedar donde debía hacerlo.
Llego al pasillo y, antes de entrar en mi habitación, me giro para mirarlo una última vez.
—El problema no es que haya pasado, Devon.
Él levanta la vista.
—Entonces ¿cuál es?
—Que ahora sé por qué no debería volver a pasar.
Entro en mi habitación y cierro la puerta con cuidado, sin dar un portazo, para no darle un final dramático que él pueda convertir en otra cosa.
Apoyo la espalda contra la madera y cierro los ojos un segundo.
Se que no debería desear que vuelva a pasar nada entre nosotros, eso lo tengo claro.
Pero mientras me separo de la puerta y camino hacia el baño, con el cuerpo todavía demasiado consciente de él y la cabeza intentando sostener un límite que acabo de marcar con toda la dignidad que me quedaba, hay una verdad mucho menos cómoda que no consigo arrancarme de encima: sé por qué no debería volver a pasar, pero no estoy segura de querer evitarlo.