Error inesperado (Errores en Manhattan 1) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Me quedo quieta y lo que más me molesta no es que haya pasado, sino que no reaccioné como suelo hacerlo. Miro hacia la cocina sin querer y vuelvo a ver ese punto concreto de la encimera, y noto cómo mi cuerpo reacciona otra vez antes de que pueda frenarlo.

—Joder… —murmuro y cierro los ojos un instante.

Sandy:

¿Estás ahí?

Abro los ojos y bajo la mirada al móvil.

Yo :

Sí.

Sandy:

Entonces dime la verdad.

¿Te arrepientes?

La pregunta se queda ahí, sin forma elegante de esquivarla y eso es lo que me obliga a no responder de inmediato, porque cualquier cosa que diga revelaría más de lo quiero.

Así que me quedo mirando el mensaje varios segundos y luego bloqueo el móvil, porque no quiero escribir la respuesta.

Lo dejo sobre la mesa y me inclino hacia delante, apoyando los codos en las rodillas mientras me paso las manos por la cara con un gesto lento, intentando ordenar las cosas dentro de mi cabeza.

Un instante después, resoplo y me incorporo de nuevo, cojo el móvil otra vez y lo desbloqueo.

Yo:

No es eso.

Su respuesta tarda más que antes.

Sandy:

Eso es peor .

Frunzo el ceño.

Yo:

¿Por qué?

Sandy:

Porque significa que te importa.

Su respuesta se queda en la pantalla como si fuera algo que no puedo negar, pero que tampoco quiero aceptar abiertamente, porque hacerlo implicaría reconocer que esto ya no es solo un problema práctico o una consecuencia incómoda de la boda, sino algo más y no me gusta.

Incapaz de quedarme quieta, camino hacia los ventanales con el móvil en la mano y observo la ciudad, aunque sin verla realmente, porque todo lo que tengo en la cabeza ahora mismo está demasiado cerca como para que lo de fuera tenga algún tipo de relevancia.

Yo:

No voy a complicarlo.

Sandy:

Ya lo está.

Yo:

No voy a repetirlo .

Sandy:

No te estoy preguntando eso,

sino ¿quieres hacerlo?

Aprieto los dedos alrededor del móvil, porque ahí está la pregunta real, la que no quería que formulara, porque no tengo una respuesta cómoda para ella.

Miro mi reflejo en el cristal sin verme del todo y me doy cuenta de que llevo varios segundos sin respirar con normalidad.

No le respondo y dejo el móvil sobre la mesa.

No obstante, su frase sigue dentro de mi cabeza, aunque no necesito pensar demasiado para saber la respuesta.

Eso es lo que me obliga a moverme otra vez, a cruzar el salón con pasos rápidos y detenerme justo en el umbral del despacho, aunque no llego a entrar, pero me quedo mirando la puerta cerrada como si fuera una línea que no debería cruzar ahora mismo.

Apoyo la mano en el marco sin darme cuenta, pero me obligo a apartarme. No voy a hacerlo otra vez.

Me giro y camino en dirección contraria y cojo mi bolso, porque lo único que tengo claro ahora mismo es que necesito salir de aquí antes de hacer algo que complique todavía más una situación que ya no es sencilla.

Sin embargo, cuando abro la puerta del ático, la sensación no es de alivio sino de contención, como si salir fuese una forma de aplazar algo que seguirá aquí, esperando a que vuelva.

Bajo en el ascensor con el bolso apretado contra el costado y la mirada fija en las puertas metálicas, intentando no pensar en que he salido de su casa como quien huye de una habitación en llamas sin admitir que el fuego no estaba en las paredes, sino en algún punto mucho más incómodo y menos fácil de apagar.

Cuando llego a la calle, Manhattan ya está funcionando con esa indiferencia que a veces reconforta y otras parece directamente ofensiva.

La gente camina deprisa, los taxis avanzan entre bocinazos, un repartidor discute con alguien por teléfono en la esquina y una mujer con un abrigo beige cruza delante de mí con un café en la mano y la seguridad de quien no se ha despertado pensando que follar con su marido accidental sobre una encimera de cocina quizá haya sido la peor idea de su vida.

Camino sin una dirección clara durante varios minutos, solo para alejarme del edificio, de Devon y de esa versión fría suya que ha aparecido esta mañana con un vaso de agua en la mano y una frase perfectamente diseñada para convertir lo que pasó en un asunto que no debe mezclarse con lo demás.

Me detengo ante un semáforo en rojo y aprieto la mandíbula, porque la rabia que siento no va solo dirigida a él, y eso me fastidia todavía más.

Me molesta que Devon haya sido capaz de volver a su versión profesional tan deprisa, que se comporte como si lo de anoche fuera algo puntual que conviene olvidar y que me deje sola con un cuerpo que recuerda mucho más de lo que mi orgullo está dispuesto a admitir.

Pero también me molesto yo misma por haber esperado otra cosa de él.

Me jode que una parte de mí, una parte pequeña y bastante idiota, deseara que al verme esta mañana él no se comportara como Devon Mitchell, sino como el hombre que hace unas horas perdió el control conmigo.

El semáforo cambia y cruzo esquivando a un grupo de turistas que se detienen en mitad de la acera como si Nueva York estuviera obligada a esperarlos. Necesito un café o una sentencia judicial que me prohíba pensar en él durante las próximas veinticuatro horas. Lo que llegue antes.

Entro en una cafetería pequeña y pido un café largo sin mirar la carta.

El chico de la barra me pregunta si quiero leche, azúcar o algo para acompañar, pero niego con la cabeza y pago antes de arrepentirme de haber entrado.

Me siento junto a la ventana, en una mesa demasiado pequeña y lo bastante pegajosa como para devolverme a una realidad bastante más humana.

Dejo el bolso en la silla de al lado y el móvil sobre la mesa, boca abajo, aunque sé que voy a cogerlo en menos de diez segundos.

Aguanto doce antes de desbloquearlo y comprobar que Sandy no me ha escrito nada más.

Eso, viniendo de ella, resulta casi más inquietante que treinta mensajes suyos seguidos y en mayúsculas.

Abro el chat y miro su última pregunta.

«¿Quieres hacerlo?».

Bebo un sorbo de café y me quemo la lengua lo justo para soltar una maldición entre dientes. Perfecto. Al menos ahora tengo una excusa física para poner mala cara. Justo en ese momento, el móvil vibra con una llamada de Sandy. La dejo sonar dos veces, quizá tres, antes de contestar.

—Antes de que empieces, estoy viva, vestida y en una cafetería, así que puedes tachar las tres posibilidades más dramáticas de tu lista —digo, apoyando el codo en la mesa.

—Nunca subestimes mi capacidad para imaginar una cuarta peor.

Casi sonrío.

—No estoy de humor.

—Ya lo sé —responde, y esta vez su tono no tiene una doble intención—. Por eso llamo.

—No quiero hablar de Devon.

—Perfecto, entonces no hablemos de él.

—Sandy.

—Hablemos de ti, que es bastante más preocupante.

Cierro los ojos un segundo.

—Eso tampoco me apetece —le digo y me muerdo el labio inferior .

—Ya, pero es lo que toca.

Abro los ojos y me inclino hacia delante, bajando un poco la voz.

—No estoy enamorada de él, si es por ahí por donde vas a entrar con tu delicadeza habitual.

—No iba a decir eso.

—Bien.

—Iba a decir que has dejado de protegerte.

No me dice esa frase con el dramatismo que suele utilizar cuando quiere convertir una conversación incómoda en algo más fácil de digerir. La dice tranquila, casi despacio, y eso hace que me afecte más.

—No sabes de lo que hablas —le respondo bajando la mirada hasta mi taza.

—Sí lo sé.

—No, no lo sabes, porque no estabas allí.

—No necesito haber estado para escucharte ahora.

Aprieto los dedos alrededor del vaso de cartón y noto el calor atravesándome la piel.

—No ha sido para tanto.

Sandy se queda callada al otro lado durante un segundo demasiado largo.

—Pareces alguien intentando convencerse de que saltar desde un tercer piso solo cuenta como tropiezo.

—Qué imagen tan tranquilizadora —ironizo .

—Tía, te conozco. Cuando algo no te importa, haces chistes mejores. Cuando te importa demasiado, haces chistes rápidos.

Me remuevo en la silla.

—Qué bonito que utilices mis defectos contra mí.

—Los estoy usando a tu favor, que es distinto.

Bajo la mirada a la alianza y lo giro con el pulgar sin darme cuenta. En cuanto lo noto, lo dejo como si quemara, pero ya es demasiado tarde.

—No quiero que esto me afecte —reconozco al fin, y odio cómo suena, porque no es una confesión completa, pero se le parece demasiado.

—Lo sé.

—No quiero convertirme en una de esas mujeres que se quedan esperando a que un tío emocionalmente estreñido decida si lo que siente tiene espacio para existir en su agenda.

—Eso sería una frase excelente para bordarla en un cojín.

—No me hagas reír.

—No lo estoy intentando.

Miro otra vez por la ventana y veo mi reflejo superpuesto al tráfico, con mis rizos algo despeinados, la boca seria y una expresión que reconozco bien: la de alguien que intenta fingir que tiene un plan cuando en realidad solo está construyendo una salida de emergencia.

—Esta mañana ha actuado como si nada —le cuento con un tono de voz más bajito.

Sandy no responde enseguida.

—¿Y tú qué esperabas?

La pregunta me irrita porque es justa.

—No lo sé.

—Eso sí me lo creo.

—No esperaba flores ni una declaración de amor en mitad de la cocina, por si te lo estás imaginando.

—No me lo estaba imaginando.

—Esperaba… —Me detengo, porque terminar la frase me deja en peor lugar del que me gustaría—. Esperaba que no lo metiera en una caja y la cerrara delante de mí.

Sandy suspira.

—Eso duele.

—No he dicho que duela.

—No hacía falta.

Me quedo callada y esa ausencia de respuesta ya dice demasiado, así que doy otro sorbo a mi café solo para hacer algo.

—Entonces protégete —añade ella.

—Eso estoy haciendo .

—No, estás huyendo del ático para no volver a besarlo, que no es exactamente lo mismo.

—No lo he besado yo esta mañana.

—¿De verdad quieres jugar a quién empezó?

Miro hacia la calle y no respondo.

—No, no quiero.