Error inesperado (Errores en Manhattan 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

Elara

Abro los ojos con la sensación todavía pegada al cuerpo como si no hubiera dormido del todo o como si, en algún momento de la noche, hubiera decidido ignorar lo que pasó en la cocina y ahora mi propio cuerpo se negara a hacer lo mismo.

Tardo unos segundos en ubicarme, en reconocer el techo y la quietud del ático, que parece seguir igual que siempre, pero a mí hoy no me lo parece.

Me llevo la mano a la boca y me rozo el labio inferior con el pulgar, demasiado consciente de algo que ya no está ocurriendo, pero que no ha desaparecido, como si mi piel se hubiera quedado con una memoria que no quiero tener y que tampoco sé cómo borrar.

Aprieto un poco más de la cuenta, lo suficiente para que me duela y eso me obligue a soltar la mano y dejarla caer sobre la cama con un gesto seco.

—Vale —murmuro, más para cortar ese impulso que por otra cosa.

No me levanto de inmediato. Me quedo unos segundos boca arriba, mirando al techo con la mente completamente despierta y el cuerpo todavía un paso por detrás, repasando cada lugar donde me tocó, cada momento en el que podría haber parado y no lo hice, y cada gesto que ahora mismo no encaja con la idea que tengo de mí misma y que, aun así, no consigo rechazar, porque no me arrepiento. Eso es lo que más me irrita.

Resoplo y me incorporo de golpe, apartando la sábana con brusquedad, como si el problema fuera físico y pudiera quitármelo de encima con un movimiento rápido.

Al poner los pies en el suelo lo noto frío y agradezco ese contraste, porque me obliga a centrarme en algo concreto mientras camino hacia el baño sin mirar a ningún lado y evitando girar la cabeza hacia la cocina.

No necesito hacerlo, porque sé exactamente dónde ocurrió todo y eso me sigue poniendo de los nervios.

Me recojo el pelo frente al espejo y me observo mientras busco algo que justifique lo que pasó, algún cambio visible que me permita reducirlo a una reacción puntual, a una mala decisión aislada o a cualquier explicación cómoda que no implique reconocer que fui perfectamente consciente de lo que estaba haciendo en cada momento, pero no la encuentro.

Me lavo la cara, dejando que el agua fría me caiga por el cuello y me obligue a centrarme en algo físico otra vez, porque pensar en Devon ahora mismo no me ayuda en nada, y aun así lo hago, porque cada vez que intento apartarlo de mi mente aparece con más claridad, pero no en forma de recuerdo bonito ni de imagen romántica, sino como algo mucho más concreto: su mano en mi muñeca, la presión de sus brazos en mi espalda, la forma en la que me miraba. ..

—Esto lo complica todo —musito, mirándome al espejo sin esperar respuesta y cierro el grifo con un gesto seco.

Salgo del baño y voy hacia el salón con la intención de no detenerme en ningún punto concreto, como si avanzar sin pensar fuera suficiente para mantener esto en un terreno que pueda controlar, pero en cuanto entro, tengo la sensación de que el espacio se me hace más pequeño.

No obstante, la encimera está exactamente igual que anoche, limpia, ordenada, sin rastro de nada que pueda delatar lo que ocurrió encima de ella hace unas horas, y aun así tengo la sensación de que hay algo fuera de sitio, como si todo hubiera cambiado de lugar.

Evito mirarla, pero no funciona, porque mi mirada regresa sola.

Me esfuerzo en seguir caminando hasta el salón, donde dejo el móvil sobre la mesa baja y me apoyo en el respaldo del sofá, pero no me siento, porque no me apetece quedarme quieta, hacerlo implica pensar y ahora mismo no me interesa.

—Genial —murmuro.

No estoy nerviosa, ni enfadada y eso es peor, porque no puedo atribuir esta sensación a algo externo.

Justo en este momento, oigo que la puerta del ático se abre y me tenso sin querer, aunque no me giro de inmediato.

Sé que es Devon sin necesidad de verlo. No me muevo de donde estoy y dejo que sea él quien venga sin darle ninguna señal de que lo estoy esperando, aunque no lo esté exactamente.

Devon llega al salón con el móvil en la mano y el gesto demasiado correcto para alguien que hace unas horas estaba perdiendo el control conmigo contra esa encimera, y eso es lo primero que me molesta.

—Buenos días —dice, sin mirarme directamente mientras deja el móvil sobre la mesa como si fuera un gesto más dentro de su rutina perfectamente estructurada.

—Lo son —respondo, manteniendo el tono neutro de mi voz y sin moverme del sitio.

No me mira de inmediato. Se sirve agua en la cocina con movimientos precisos, como si cada gesto estuviera calculado para no dejar espacio a nada que no sea estrictamente necesario, y eso, lejos de tranquilizarme, me pone todavía más tensa, porque no es natural, sino una señal más de su autocontrol y me resulta totalmente forzado.

—¿Has dormido?

Su pregunta es simple, pero la forma en que la hace no lo es.

—Lo suficiente —contesto, encogiéndome de hombros como si no tuviera la mayor importancia.

—Bien —asiente y no dice nada más, lo que más me fastidia, porque no dice nada de anoche, ni siquiera lo evita, solo actúa como si no hubiera sucedido.

Suelto una exhalación breve, casi una carcajada sin ganas, y me muevo hasta quedarme a una distancia prudente de él.

—Qué eficiente —digo, inclinando ligeramente la cabeza—. Has encontrado la forma de seguir como si nada.

Devon me mira por fin, con una expresión que no deja ver demasiado y que ahora mismo me resulta especialmente irritante.

—No hay nada que gestionar que no estuviera ya en marcha —responde.

—Claro —añado—. Todo sigue exactamente igual.

—En esencia, sí.

Aprieto los labios un segundo.

—Eso es interesante.

—¿Por qué ?

—Porque no es así.

Nos quedamos ambos en silencio y esa pausa deja claro que ninguno de los dos está siendo completamente honesto, aunque tampoco estamos dispuestos a serlo del todo.

—No creo que sea útil complicarlo —añade al final.

—No creo que sea posible simplificarlo —replico.

Su mirada se fija en la mía con más intensidad esta vez, pero no da un paso hacia mí ni cambia de postura, y eso me confirma lo que ya estaba viendo desde que ha entrado en el salón: está manteniendo la distancia de forma consciente, porque no está dispuesto a permitirse acercarse a mí.

—Entonces no lo hagas —dice.

Suelto una pequeña risa.

—No estoy siendo yo la que lo está simplificando.

No me responde. Vuelve a coger el vaso, aunque ya está vacío, y lo gira entre los dedos como si necesitara hacer algo con las manos para no quedarse completamente quieto, y con ese pequeño gesto es suficiente para desmontar la imagen de autocontrol que está intentando mantener.

—Tengo cosas que hacer —añade, dejando el vaso de nuevo en la encimera.

—Claro que sí —respondo—. Yo también.

No obstante, ninguno de los dos nos movemos y eso es lo más incómodo de todo, porque ninguno está dispuesto a reconocer lo que pasó, pero tampoco estamos actuando como si no hubiera sucedido nada de verdad.

Es una especie de punto intermedio que no encaja con ninguna de las dos opciones y me pone de los nervios.

—Elara —dice de pronto.

Levanto la vista.

—¿Sí?

Tarda un instante en continuar, lo justo para que se note que no tenía la frase preparada.

—No vamos a mezclar esto con lo demás.

Ahí está, la forma elegante de decir que lo de anoche no cuenta.

—Tranquilo —respondo y asiento despacio—. No tenía intención de hacerlo.

Mentira y creo que los dos lo sabemos, pero ninguno lo corrige.

Devon me sostiene la mirada un momento más y luego se aparta, cogiendo el móvil de la mesa y caminando hacia el despacho sin decir nada más, como si la conversación hubiera terminado y no hiciera falta añadir nada más.

La puerta se cierra detrás de él con un gesto controlado y entonces tengo la sensación de que el ambiente se relaja un poco parece.

Me quedo sola en el salón, de pie, sin saber muy bien qué hacer con esta sensación que no termina de encajar con ninguna de las decisiones que debería estar tomando ahora mismo, y lo único que tengo claro es que esto no ha terminado de la forma en la que él pretende, porque conmigo no funciona así.

Miro el móvil sobre la mesa y lo cojo al final.

Lo desbloqueo como si necesitara una distracción que no tenga nada que ver con él, pero en cuanto se enciende la pantalla aparece el nombre de Sandy con un mensaje sin leer.

Dudo un segundo, pero finalmente los abro.

Sandy:

No sé qué hiciste anoche, pero no eres la misma

y eso me preocupa más que lo de la boda.

Me quedo mirando el móvil sin responderle y con la sensación de que esa frase me impacta demasiado como para ignorarla, porque no habla de lo que pasó, ni de Devon, ni de la noche en sí, sino de algo mucho más incómodo: de mí.

Aprieto el teléfono en mi mano y dejo que el aire me entre despacio, intentando ordenar la respuesta antes de escribirla, pero no lo consigo del todo.

Yo:

No sé a qué te refieres.

Tarda poco en contestar .

Sandy:

Claro que lo sabes, tía,

no te hagas la despistada conmigo.

Exhalo por la nariz y me dejo caer en el sofá, pero esta vez sin levantarme a los dos segundos, porque ya no sirve de nada seguir moviéndome como si eso fuera a cambiar algo.

Yo:

Estoy bien.

Sandy:

No he dicho que estés mal,

sino que estás rara.

Yo:

Estoy como siempre.

Sandy: Sabes que no...

Su respuesta es demasiado rápida y directa y eso hace que me incomode. Me paso

la lengua por el interior de la mejilla y vuelvo a escribir, pero esta vez con más calma .

Yo:

Fue una noche rara para todos.

Los tres puntos que me indican que me está escribiendo aparecen al instante.

Sandy:

No, fue una noche en la que tomamos

decisiones que no encajan con cómo somos.

Y tú no eres de las que dejan

que eso pase sin más.