Error inesperado (Errores en Manhattan 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

Devon

La pantalla del portátil sigue abierta con el mismo informe desde primera hora de la mañana, las cifras encajan, los movimientos están bien calculados y la decisión es correcta, pero no consigo cerrarlo porque no estoy leyendo lo que tengo delante, sino repitiendo lo mismo sin llegar a procesarlo.

Mi teléfono vibra de nuevo y no lo cojo, porque sé que es George y también sé lo que va a decirme.

Sé lo que necesita y, por primera vez, no tengo intención de dárselo ahora.

Apoyo la espalda en la silla y me paso la mano por la mandíbula despacio, intentando recuperar la manera de actuar que siempre me ha funcionado, pero ahora mismo no lo hace, porque cada vez que lo intento, lo único que aparece en mi cabeza es ella y nuestro beso.

Cierro el portátil sin terminar el informe y el móvil vibra otra vez sobre la mesa. Esta vez lo cojo, porque ya tengo tres llamadas perdidas y dos mensajes sin leer de George. Desbloqueo la pantalla, leo el primero sin abrir la conversación.

George:

Necesito confirmación.

Bloqueo el móvil y lo dejo boca abajo sin responderle.

Me levanto de la silla y camino hacia la cocina, abro el grifo, lleno un vaso y lo dejo sobre la encimera.

No tengo sed, pero necesito ocupar las manos y tener la sensación de que controlo algo…

Sí, eso es lo que debería estar haciendo: controlar, pero no lo hago, porque evitar a Elara no está funcionando y cambiar mi rutina tampoco.

A pesar de que he pasado toda la mañana encerrado en el despacho de mi apartamento, para evitar cruzarme con ella como si eso pudiera devolver esto a un punto anterior.

Pero no, no lo he conseguido porque ya no existe ni ese punto ni la más remota posibilidad de regresar a él.

Me apoyo con ambas manos en la encimera y bajo la cabeza lo justo para ordenar algo dentro de mí antes de levantarla otra vez, pero es un error porque veo que está en el salón. No sé cuánto tiempo lleva ahí, pero no hace falta que me lo diga, porque el efecto que tiene sobre mí es inmediato.

Lleva una camiseta que le cae por el hombro dejando una línea de piel expuesta que reclama mi atención de forma inmediata.

El pelo lo lleva recogido sin intención de impresionar a nadie, y eso es precisamente lo que la hace más peligrosa ahora mismo: no intenta provocarme, ni está jugando, simplemente está cómoda y eso es peor, porque elimina cualquier excusa.

—Has cambiado de estrategia —me dice con la voz tranquila clavando la mirada en mí.

—No es una estrategia.

—Entonces es improvisación.

Me incorporo despacio y me giro hacia ella del todo.

—Es eficiencia.

Elara deja su móvil sobre la mesa y se cruza de brazos, observándome con calma.

—Pues no es eso lo que parece.

—No me preocupa lo que parezca.

—Debería.

Doy un paso hacia el salón.

—No estoy fallando.

—No he dicho eso.

—Lo estás insinuando .

—No, solo te estoy observando —me dice mirándome a los ojos.

—Entonces observa bien.

Elara ladea ligeramente la cabeza.

—Lo estoy haciendo.

—Esto no puede seguir así —le digo, ahora más cerca de ella, aunque no se aparta ni cambia de postura.

—Entonces haz que pare —me suelta sin rodeos.

Nos quedamos frente a frente con una distancia que ya no permite fingir nada y mi cuerpo reacciona antes de que pueda estructurar una respuesta.

—No estás ayudando.

—No estoy aquí para ayudarte.

Doy un paso más que me deja aún más cerca de ella.

—Entonces ¿para qué estás aquí?

Elara me sostiene la mirada.

—Para no fingir que no está pasando.

Eso rompe lo poco que quedaba de autocontrol dentro de mí y muevo la mano, pero la detengo a medio camino, porque sé que no debo tocarla. Sin embargo, la agarro por la muñeca y Elara baja la mirada un segundo hacia mi mano y luego vuelve a mí, pero no se aparta.

—Esto no ayuda —le susurro.

—Depende de lo que estés intentando hacer .

Aprieto un poco más mi agarre sin darme cuenta y noto cómo nuestras respiraciones se alteran.

Podría parar aquí, no, debo hacerlo, pero no lo hago.

Me acerco más a ella y vuelvo a besarla.

Subo mi mano hasta su espalda para acercar su cuerpo aún más al mío y ella me corresponde.

No pienso, ni decido, me limito a actuar.

La acerco más a mí y la beso de nuevo, pero ahora con más ansia de la que pretendía, como si todo lo que he estado conteniendo desde anoche hubiera decidido imponerse de golpe sin darme margen para corregirlo, y en cuanto noto cómo me responde, sin vacilar, sin ese segundo de duda que habría permitido frenar esto, entiendo que ya no hay forma de volver atrás.

Su cuerpo encaja contra el mío a la perfección y eso lo vuelve todavía más intenso, porque elimina cualquier distancia que pudiera quedar entre lo que está pasando y lo que no debería suceder.

Subo la mano por su espalda para acercarla más a mi cuerpo hasta que ya no hay espacio real entre los dos.

Durante un segundo intento frenar. Lo noto en cómo mi mano se tensa y en cómo mi cabeza intenta recuperar una mínima claridad para cortar esto antes de que vaya más lejos, pero ella se acerca más y con eso tengo suficiente, porque elimina la última excusa que me quedaba.

Nuestros besos se vuelven más exigentes, profundos y menos contenidos.

Mi otra mano se apoya en la encimera a su lado cerrando el espacio por completo, dejándola atrapada entre mi cuerpo y la superficie como una consecuencia inevitable de lo cerca que estamos.

Elara responde con la misma intensidad, sus manos tiran de la tela de mi camisa y me acercan a ella todavía más, y ese pequeño gesto fulmina cualquier intento de control que pudiera quedarme.

Mi boca abandona la suya solo lo justo para bajar a su cuello, donde la piel reacciona a mi contacto de inmediato, y la forma en la que su respiración se altera contra mi oído es suficiente para que todo lo demás deje de importarme, porque ya no estoy pensando en lo que implica, ni en lo que complica, ni en lo que debería hacer, sino solo en seguir.

Recorro su cuerpo con mis manos hasta encontrar el borde de la camiseta que lleva puesta, tiro de ella hacia arriba sin darle tiempo a pensar, y cuando la tela desaparece entre nosotros, la reacción es inmediata.

Ella no se protege, ni intenta cubrirse y eso hace saltar por los aires cualquier patrón que haya seguido hasta ahora.

La levanto sin esfuerzo y la coloco sobre la encimera de la cocina en el mismo punto donde hace unas horas intentaba mantener las distancias, pero ahora no existe nada de eso, solo la necesidad de eliminar cada centímetro que aún nos separa.

Elara me rodea el cuerpo con las piernas y ese gesto elimina cualquier rastro de autocontrol que pudiera quedarme, porque ya no hay nada que contener cuando los dos estamos avanzando en la misma dirección sin intentar detenernos.

Durante un segundo vuelvo a intentar frenar, pero es demasiado tarde.

Lo noto en cómo mi cuerpo se detiene apenas y mi respiración cambia intentando recuperar una mínima lógica que no encaja con lo que está pasando.

Pero en ese mismo instante ella vuelve a buscar mi boca y ese gesto termina de eliminar cualquier posibilidad de retroceso por mi parte.

La ropa deja de ser un obstáculo, desaparece entre movimientos rápidos, torpes y urgentes, sin cuidado ni precisión, como si lo único importante fuera eliminar cualquier barrera que todavía quede entre nosotros, y cuando por fin no queda nada que frene el contacto, todo se vuelve más intenso, inmediato e imposible de racionalizar.

La acerco más a mí y la sensación del contacto directo de nuestros cuerpos rompe cualquier resto de control que pudiera quedar, porque ya no hay distancia, ni excusa, ni nada que amortigüe lo que está pasando entre los dos.

Elara se abre para mí sin un gesto mínimo que permitiría frenar esto, y la forma en la que su cuerpo responde a cada movimiento mío hace que todo se vuelva más directo, físico e inevitable.

La mantengo sujeta con firmeza y noto cómo sus piernas se cierran alrededor de mis caderas con una decisión que no deja lugar a interpretación, y ese gesto me deja claro que no se está dejando llevar, sino eligiendo exactamente lo mismo que yo.

La miro a los ojos y ella fija su mirada en la mía.

Eso es lo que termina de desarmarme, porque no hay duda en sus ojos, sino la misma intensidad que me arrastra a mí.

La beso otra vez mientras la mantengo contra la encimera y dejo de medir cada movimiento, permitiendo que el ritmo lo marque algo mucho más básico que cualquier decisión consciente: la necesidad de estar dentro de ella.

Todo se vuelve más rápido y duro. Su respiración se rompe contra la mía y la mía pierde toda regularidad, no intento mantener una estructura que aquí no existe, y cada vez que trato de recuperar un mínimo control, su reacción lo elimina al instante.

La agarro por los muslos para mantenerla abierta para mí y encajar mis caderas entre sus piernas, sintiendo cómo sus paredes se adaptan a mi dureza.

Elara responde a todo, sin contenerse, sin suavizar nada, y eso me enloquece todavía más, porque elimina cualquier posibilidad de convertir esto en algo puntual o controlado.

El ritmo de mis acometidas se vuelve irregular, intenso e imposible de sostener demasiado tiempo sin hacerme explotar, y en ese momento en el que ya no hay forma de mantener nada bajo control, la sensación es demasiado fuerte como para seguir conteniéndonos y acabamos estallando los dos de placer mientras nos miramos a los ojos, sin acabarnos de creer lo que acaba de suceder .

La mantengo contra mí cuando todo termina, sin salirme de ella del todo, con la respiración todavía agitada, notando cómo su cuerpo sigue pegado al mío y sin prisa por romper la cercanía, como si ninguno de los dos tuviera claro cómo volver atrás desde aquí.

Elara me sostiene la mirada sin apartarse, con la misma intensidad con la que ha estado en todo momento, y eso es lo que lo vuelve incómodo, porque no hay arrepentimiento inmediato, ni gesto que suavice lo que acaba de pasar. Finalmente, me salgo de ella dando un paso atrás.

—Esto no puede repetirse —digo tomando aire para acompasar mi respiración.

Mi voz suena más fría de lo que debería, aunque ella no reacciona como esperaba.

—Eso no depende solo de mí.

Tiene razón de nuevo. Me paso una mano por el cuello y obligo a mi cuerpo a adoptar una postura que transmita control, orden, distancia… pero nada de eso funciona igual ahora.

—Esto lo complica todo.

—Esto ya estaba complicado antes de que pasara esto —me responde mirándome a los ojos.

—No es una opción.

—Entonces no la elijas —me responde de manera irrebatible .

Aprieto la mandíbula al escucharla.

—No entiendes lo que implica.

—Lo entiendo perfectamente.

La forma en la que me contesta no me deja margen y eso es lo que termina de incomodarme de verdad, porque no está equivocada.

Cojo mi móvil sin mirarla y lo desbloqueo por inercia, buscando cualquier excusa que me devuelva a un terreno donde tenga sentido lo que hago.

—Tengo que salir —le digo con la mirada fija en el teléfono.

Ella no me retiene ni dice nada más. Así que cojo las llaves y camino hacia la puerta, pero me detengo un instante antes de salir, con la mano en el pomo, sabiendo que hay algo que debería decir.

—Elara…

—¿Qué?

Exhalo.

—Nada.

Salgo sin detenerme y esta vez ni siquiera intento ordenar en mi cabeza lo que acaba de pasar, porque no hay forma de hacerlo sin mentirme, así que me limito a avanzar con la certeza incómoda de que esto no debería haber ocurrido, eso es evidente, pero lo peor de todo es que no siento que haya sido un error.