Capítulo 11
Elara
Todavía noto su boca. Es una sensación que se queda pegada a la piel, como si mi cuerpo se hubiera quedado un paso atrás y no terminara de entender que ya no está ocurriendo. Me paso el pulgar por el labio inferior sin darme cuenta y aprieto un poco para borrar lo que queda, pero no funciona.
Dejo la mano caer y me obligo a moverme.
El ático sigue igual que ayer. Todo está en su sitio y todo tan controlado que resulta casi absurdo después de lo que ha pasado en la cocina hace unas horas.
Camino hacia el salón y paso junto a la encimera sin mirar hacia ese lado más de lo imprescindible.
No necesito hacerlo para saber exactamente dónde estábamos ni cómo de cerca estuvimos, aunque pensar en eso tampoco me ayuda.
Cojo una de las tazas y la dejo en otro sitio un momento después, porque necesito hacer algo con las manos para no quedarme quieta.
No tengo hambre ni sueño ni una excusa clara para estar despierta, pero tampoco me planteo volver a la cama.
Dormir implicaría cerrar los ojos y ahora mismo eso no es una opción para mí.
Lanzo un suspiro al pasar por delante del sofá y me siento solo un instante, pero me levanto otra vez. No puedo estarme quieta.
—Esto no ha sido solo un error —murmuro para mí, aunque decirlo en voz alta no cambia nada.
Mi móvil está sobre la mesa baja. Lo veo desde donde estoy, boca arriba, con la pantalla en negro.
No lo he tocado desde que Devon se fue y no tengo intención de hacerlo ahora, pero sigo mirándolo, como si en algún momento fuera a encenderse solo y arreglar algo de todo esto.
Aparto la vista y camino hacia los ventanales, pero me detengo a medio camino.
Me paso la mano por el cuello despacio y noto todavía la presión de sus dedos en el punto donde me sujetó.
Sé que no debería reaccionar así, ni su recuerdo conservarse de esta manera en mi cuerpo.
Respiro hondo una vez y me obligo a pensar en otra cosa.
De repente, viene a mi cabeza la cena, Brock, Dorian, Elsie y Amara y cómo todos sabían algo más de lo que decían. Eso sí debería preocuparme más.
Vuelvo a mirar el móvil y esta vez sí lo cojo. Lo desbloqueo sin tener del todo claro qué estoy buscando y durante unos segundos me quedo quieta en la pantalla principal, hasta que entro en la galería y empiezo a pasar fotos una detrás de otra.
Al principio no me detengo demasiado en ninguna.
En todas hay gente riendo, copas en alto, movimiento, luces…
lo que cualquiera diría que fue una noche normal.
Hasta que una imagen me hace parar. No sabría explicar por qué, porque a simple vista no tiene nada especial.
En esa fotografía aparezco de perfil, hablando con alguien que ni siquiera entra en el encuadre, con una copa en la mano y una expresión que no termino de reconocer como mía.
Amplío la foto y me fijo en el fondo. Hay demasiada gente cerca.
Paso a la siguiente. Ahora no estoy hablando sino escuchando.
Tengo la cabeza ligeramente inclinada hacia alguien del que solo se ve un hombro.
Vuelvo atrás, amplío otra vez y, aunque no reconozco a la persona, la sensación que me deja sí me resulta familiar.
Trago despacio y paso a otra. En esa estoy riéndome, el problema es que no parece una risa tranquila.
—No… —murmuro, frunciendo el ceño.
Deslizo el dedo más despacio y me detengo en otra imagen, donde se ve a dos personas discutiendo a pocos metros.
No recuerdo ese momento, pero ahí está, delante de mí, congelado en una fotografía que no encaja con lo que creía recordar.
Amplío un poco más y veo que uno de ellos señala algo mientras el otro se acerca demasiado.
Paso a la siguiente. Ahora alguien está inclinado hacia otra persona, hablándole prácticamente al oído.
No se le ve la cara del todo, pero la postura…
la insistencia… eso sí se entiende. Me quedo quieta.
Hay algo en esa imagen que me resulta demasiado familiar.
Cierro los ojos un segundo y, de pronto, una palabra atraviesa mi cabeza. «Hazlo». Abro los ojos de golpe.
—No —susurro, aunque no sé muy bien qué estoy negando.
No es un recuerdo claro, ni puedo decir quién lo dijo, ni en qué momento exacto, pero la sensación está ahí. Bajo el móvil despacio.
—Esto no fue espontáneo —digo en voz baja con convicción.
Vuelvo a mirar la pantalla, pero esta vez ya no veo solo fotos.
Veo gente demasiado cerca, conversaciones que no parecen casuales y detalles que antes me habían pasado por alto.
Dejo el móvil sobre la mesa con cuidado y me quedo quieta, intentando ordenar todo lo que acabo de ver, con la sensación incómoda de que hay algo ahí que todavía no entiendo del todo…
pero que desde luego no parece inocente.
En tonces el móvil vibra. No llego a sobresaltarme, aunque casi, y miro la pantalla.
Sandy:
Necesito que me digas una cosa.
¿Tú recuerdas quién empezó todo?
Me quedo mirando la pantalla sin responder y de repente el teléfono vuelve a vibrar.
Sandy:
Porque nadie se pone de acuerdo.
Aprieto el móvil un poco más fuerte. «Vale. Esto ya no es solo cosa mía», me digo para mí. Levanto la vista del teléfono y miro el salón como si pudiera ser capaz de ver algo distinto ahora que tengo esa información delante, pero no ha cambiado nada.
No le contesto a Sandy de inmediato, porque no sé por dónde empezar.
Miro el mensaje unos segundos más y bloqueo el móvil, dejándolo otra vez donde estaba.
Camino hacia la cocina sin pensar demasiado en ello y cojo un vaso, lo lleno de agua y doy un sorbo.
No tengo sed, pero necesito hacer algo. Apoyo el vaso en la encimera y me quedo ahí un momento, mirando el reflejo tenue del interior del apartamento en el cristal de la ventana.
Tengo demasiadas cosas dentro de mi cabeza: la cena, las fotos, el beso y ahora esto. Vuelvo al móvil, lo desbloqueo y abro el chat.
Yo:
No lo sé.
No escribo nada más, pero, casi de inmediato, aparecen tres puntos, porque mi amiga me está respondiendo.
Sandy:
Vale.
Entonces no soy la única.
Exhalo despacio.
Yo:
¿De qué más te has enterado?
Tarda un poco más en responder esta vez.
Sandy:
Hay gente que recuerda cosas distintas .
Momentos que no coinciden.
Decisiones que nadie termina de asumir.
Aprieto los labios sin darme cuenta.
Yo:
Eso no es normal.
Sandy:
No y tampoco fue una noche normal.
Dejo el móvil sobre la encimera, pero dejo mi mano encima, como si fuera mi ancla. Sí, sin duda, Sandy tiene razón: no fue una noche normal y ahora ya no es solo una sospecha, sino un hecho. Sin embargo, lo que me inquieta no es solo eso, sino lo rápido que lo estoy aceptando.
Me incorporo y camino hacia el salón otra vez.
Esta vez sin evitar el lugar donde anoche nos besamos, aunque mi cuerpo registra cada centímetro como si no hubiera pasado tanto tiempo.
Pero no voy a esquivarlo, porque no me sirve de nada.
Cojo mi bolso y saco las llaves. No tengo un plan claro, pero sí una dirección: necesito salir de aquí .
El restaurante no es el mismo de anoche. Este es más pequeño y discreto. Cuando llego, Amara está sentada a una de las mesas.
—Pensaba que tardarías más —dice, dejando la copa sobre la mesa sin hacer ruido.
—No pensaba venir —respondo mientras me siento frente a ella—. Pero cambiar de idea parece estar de moda últimamente.
—Eso depende de quién esté tomando las decisiones —añade, inclinando levemente la cabeza.
Pido un café sin mirar la carta, porque no necesito nada más ahora mismo.
—¿Te acuerdas de todo? —le pregunto, sin rodeos.
Amara no me responde de inmediato. Deja pasar un segundo o quizá dos, lo necesario para decidir cuánto va a decir.
—Lo suficiente —contesta finalmente.
Asiento despacio.
—No lo parece.
—Depende de lo que estés buscando —responde sin cambiar de expresión.
—Coherencia —digo—. Y ahora mismo no la hay.
Amara cruza una pierna sobre la otra con calma.
—La coherencia no siempre aparece en el primer intento —añade .
—Ni en el segundo —replico.
—Ni en el tercero.
Le sostengo la mirada.
—Entonces estamos perdiendo el tiempo.
Amara deja escapar una leve exhalación que no llega a ser una risa.
—No fuiste la única que tomó malas decisiones —dice y luego me observa, aunque no le respondo enseguida.
—Eso ya lo sé —contesto—. La diferencia es que nadie parece recordar lo mismo.
Amara asiente una vez, despacio.
—Eso es lo interesante.
—No, eso es lo preocupante —corrijo.
Apoya los dedos en el borde de la mesa.
—Depende de cómo lo mires.
—No estoy viendo una versión cómoda —le digo—. Estoy viendo huecos.
—Y los estás llenando rápido.
—Alguien tiene que hacerlo —le respondo encogiéndome de hombros.
Amara me observa unos segundos y no intenta llevar la conversación hacia otro sitio.
—Hubo un momento —añade finalmente— en el que todo fue demasiado… fácil.
—¿Fácil? —repito .
—Decidir —aclara—. Nadie se paraba a cuestionar nada.
Trago despacio.
—Eso no es normal.
—No —responde—. No lo es.
Me inclino ligeramente hacia delante, apoyando los antebrazos en la mesa.
—¿Alguien dijo algo? —pregunto—. Algo que obligara… a hacer lo que fuera.
Amara no me responde de inmediato y se queda mirando un punto concreto de la mesa durante un segundo antes de volver a mírame a mí.
—Puede —dice.
—Eso no es una respuesta.
—Es lo que hay —suelta mordiéndose el labio inferior.
—No te creo.
Amara no se molesta en reaccionar a mi frase.
—No necesito que me creas —responde—. Solo que no te quedes con la primera explicación que te parezca creíble.
Cuando salgo del restaurante, mi móvil vibra otra vez y lo desbloqueo mientras camino para leer el mensaje .
Sandy:
Vale, esto se está liando.
He hablado con dos más y
no recuerdan quién empezó nada.
Me detengo en mitad de la acera.
Yo:
¿Nada?
Sandy:
Nada claro.
Respiro hondo una vez.
Yo:
Entonces no es una casualidad.
Sandy tarda en responderme más de lo habitual en ella.
Sandy:
No y eso es lo que me preocupa.
Bajo el móvil despacio y miro a mi alrededor sin fijarme en nada concreto. Hay gente pasando a mi lado, coches, ruido… Todo sigue funcionando como siempre, pero ahora nada me parece igual.
Por lo que parece, esa noche no fui la única en la que viví algo extraño, eso ya es un hecho.
Sin embargo, lo que de verdad me incomoda es que nadie parece recordar lo mismo, y cuando eso ocurre rara vez es casualidad, porque solo hay dos opciones: o todos estamos equivocados o hay alguien que no lo está en absoluto.
Sigo caminando sin rumbo, avanzo por inercia y aun así me detengo antes de darme cuenta. Tengo la sensación de que todo encajó muy rápido y sin que nadie se parara a cuestionarlo en ningún momento.
Aprieto el móvil entre los dedos y recibo otro mensaje, que abro directamente.
Sandy:
Hay algo más.
El estómago se me contrae al instante.
Yo:
¿Qué?
Tarda más de lo que esperaba en responder .
Sandy:
No me acuerdo de quién
me propuso lo de subir
a la habitación.
Me quedo quieta, porque eso sí es concreto y es importante.
Yo:
¿Pero subiste?
Sandy:
Sí.
Yo:
¿Y con quién?
La pausa esta vez es más larga.
Sandy:
Y vi a Brock y Amara
entrar en una habitación.
Trago despacio.
—Joder… —murmuro—. Entonces alguien sí recuerda algo de lo que sucedió—digo en voz baja apretando el teléfono con fuerza .
La frase sale sola, como una conclusión que no necesito pensar antes de decirla.
Levanto la mirada y veo a la gente sigue pasando a mi alrededor, todo continúa funcionando como siempre, pero ya no lo veo igual, porque ya no estoy intentando reconstruir una noche caótica, estoy intentando entender quién decidió cómo iba a desarrollarse.
Guardo el móvil en el bolso sin responder.
No hace falta, porque Sandy está en el mismo punto incómodo en el que empiezan a sobrar preguntas y no hay ninguna respuesta clara.
Empiezo a caminar otra vez, pero ahora voy hacia el edificio de Devon, sin detenerme a pensar si debería hacerlo o no.
No tengo claro qué voy a decirle, ni siquiera si tengo algo que decirle, pero necesito verlo y comprobar algo.
Cuando entro en el ático, todo está exactamente tan ordenado como antes. Dejo las llaves sobre la mesa y avanzo hacia el salón. Encuentro a Devon que no parece sorprendido de verme.
—Pensaba que tardarías más —dice.
Le sostengo la mirada.
—No pensaba volver.
Se inclina ligeramente contra la encimera, evaluando mi frase con calma.
—Pero estás aquí.
—Si, aquí estoy .
Camino hacia él y me detengo a un par de pasos de dónde está.
—¿Recuerdas quién empezó todo? —pregunto.
No parpadea, ni aparta la mirada, ni me responde de inmediato y eso es suficiente.
—Depende de a qué te refieras exactamente —dice al final.
—No depende —añado, negando con la cabeza y dando un paso más hacia él—. O lo recuerdas o no.
Su mandíbula se tensa un poco.
—Hay muchas variables.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Es la respuesta que hay.
Exhalo despacio.
—No me sirve.
—Entonces estás haciendo la pregunta equivocada —. Se gira ahora para mirarme.
Lo observo unos segundos más.
—No —digo al final—. Estoy haciendo lo correcto.
Ambos nos quedamos en silencio.
—Nadie recuerda lo mismo ni se pone de acuerdo en cómo empezó —añado.
Devon no se sorprende.
—Eso puede pasar en situaciones así —dice.
—No de esta manera .
—No tienes datos suficientes para afirmarlo.
—Tengo patrones.
Eso sí le cambia la expresión, lo justo para que lo note.
—¿Qué tipo de patrones? —pregunta.
Doy otro paso y aún me quedo más cerca de él, aunque ahora eso no parece ser importante.
—Gente que tomó decisiones demasiado rápidas, falta de reacción —respondo, sin apartar la mirada—. Y tú… siempre en el mismo sitio.
Devon no se mueve.
—Eso no significa nada.
—Eso es lo que tú quieres pensar.
Su mirada se endurece ligeramente.
—Estás sacando conclusiones sin una base sólida.
—Estoy evitando una demasiado fácil.
Nos quedamos así, frente a frente, midiendo cada palabra.
—No fue solo cosa nuestra —digo.
Devon no lo niega y eso es lo que más me impacta.
—Pero lo peor no es eso —añado, bajando un poco la voz—, sino que nadie parece recordar lo mismo.
Esta vez no me responde, pero no hace falta. Sé que no fui la única que vivió algo extraño aquella noche en la que me casé con Devon. Pero lo realmente inquietante no es eso, sino que alguien, sí sabía exactamente lo que estaba pasando.