Capítulo 10
Devon
Llevo diez minutos leyendo la misma línea y no entiendo qué dice.
El cursor parpadea en mitad de un informe que debería haber cerrado hace horas, porque las cifras son correctas, la estructura también, las decisiones que contiene son coherentes y aun así no avanzo, porque mi cabeza no está donde debería.
De repente, el móvil vibra a mi lado y ni siquiera necesito mirarlo para saber que es George.
Lo dejo sonar unos segundos antes de cogerlo, porque no tengo nada que decirle que no pueda esperar y él lo sabe.
Apoyo los antebrazos en la mesa y cierro el portátil sin terminar de responder el correo, porque es una forma de cortar algo que ya no tiene sentido seguir forzando.
No debería estar fallando en algo tan básico, por esto…
Resoplo y me paso la mano por la mandíbula despacio, intentando ordenar la secuencia a la que estoy más que acostumbrado en mi trabajo: reunión, informe, agenda, ejecución. Todo encaja… hasta que aparece ella.
Elara se mueve por el salón con naturalidad.
Lleva en mi casa lo suficiente como para haber alterado pequeñas cosas que antes no se movían y que ahora empiezan a parecer…
normales. Está de pie junto a la mesa baja, con una taza en la mano mientras revisa el móvil con una postura relajada, que no corresponde a alguien que debería sentirse fuera de lugar, pero no lo hace.
—No sueles ignorar llamadas de trabajo —dice sin levantar la vista de su teléfono, aunque sabe perfectamente que la estoy mirando.
—No la estoy ignorando —respondo, manteniendo la distancia—. Estoy priorizando.
Alza la vista al escucharme y me observa con una expresión que no termina de ser crítica, pero tampoco neutral.
—Curioso —añade, alzando una ceja—. Porque desde aquí parece que estás haciendo justo lo contrario.
—No es una prioridad ahora mismo —digo encogiéndome de hombros.
Deja el móvil sobre la mesa y se gira hacia mí del todo .
—¿Y qué sí lo es? —me pregunta y me da la sensación de que busca confirmar algo.
—Cerrar lo que se abrió anoche —respondo, sin apartar la mirada de ella y veo que su expresión cambia lo justo para que lo note.
—¿Te refieres a la cena… o a lo que pasó después?
La observo un instante antes de responderle, aunque cualquier respuesta que le dé implica admitir algo que no debería importarme.
—A todo —digo al final.
Elara asiente muy despacio, como si esa respuesta encajara dentro de algo que ya tenía en la cabeza.
—Entonces tienes un problema —añade—. Porque lo de anoche no se cerró.
Lo sé, por eso he pasado la madrugada mirando el techo sin conseguir dormir ni una hora seguida.
—Eso es lo que estoy intentando evitar —respondo.
—No lo estás evitando —replica, sin subir el tono—. Lo estás aplazando.
Doy un paso hacia ella y acorto la distancia lo suficiente para que deje de ser una conversación cómoda.
—Esto no puede seguir así —le digo de manera directa.
Elara no se aparta ni un centímetro.
—Entonces deja de hacerlo —responde .
Nos quedamos frente a frente, con una distancia que ya no es suficiente para fingir que no pasa nada y demasiado corta para mantener esto en un terreno que pueda controlar. Mi cuerpo reacciona antes de que pueda decidir si debería hacerlo o no.
—No estás ayudando —añado, sin apartar la mirada.
Elara ladea ligeramente la cabeza sin dejar de mirarme.
—No estoy intentando ayudarte —responde—. Estoy tratando entender por qué esto no te encaja.
Doy otro paso y ahora sí estamos demasiado cerca.
—Porque no encaja —respondo—. Y no debería estar pasando.
—Y pese a eso, sucede —dice.
Mi mano se mueve antes de que pueda decidir si debería hacerlo y se detiene a medio camino, como si necesitara confirmar algo que ya sé.
—Elara…
—No soy yo la que está acercándose —dice en voz baja—. Eres tú.
Tiene razón y eso tampoco ayuda. Mi mano se cierra alrededor de su muñeca con firmeza, sin hacerle daño, pero sin dejar margen a la ambigüedad, y durante un instante me quedo así, como si mi gesto pudiera devolver esto a un terreno más claro, pero no lo hace.
Elara baja la mirada hacia mi mano alrededor de su muñeca y luego vuelve a mí sin intentar soltarse, y esa ausencia de reacción es exactamente lo que complica todo, porque no hay resistencia contra la que apoyarme.
—Eso no cambia nada —dice en voz baja.
—Debería hacerlo —respondo, aunque suena más a una constatación que a una orden.
Elara no discute mi frase, pero tampoco la acepta.
—Devon…
Mi nombre en su boca no es del todo una pregunta ni una advertencia, pero basta para que pierda el control, y no hay un momento claro en el que decida cruzar la línea, simplemente dejo de frenarlo y sucede.
La acerco hacia mí con firmeza y el beso llega sin margen para pensarlo, como si llevara demasiado tiempo esperando este momento como para detenerse.
La forma en la que la sostengo deja claro que ya no estoy marcando límites, porque mi mano deja su muñeca y se apoya en su cintura.
Elara responde sin dudar y sin ese espacio que habría permitido frenar a tiempo, y eso lo hace más intenso, porque borra cualquier distancia entre lo que está pasando y lo que deberíamos evitar.
Es un beso directo, sin pausa, y durante unos segundos nada más importa.
Mi cabeza llega tarde, otra vez, cuando ya no queda nada que controlar. Cuando me doy cuenta de lo que estoy haciendo, ya no estoy en posición de detenerlo sin romper algo más que el momento.
La presión de sus dedos sobre mi camisa me ancla a algo que no encaja con ninguna estructura que haya utilizado antes, y eso consigue que me separe de ella de forma brusca, como si necesitara marcar una distancia clara antes de que sea demasiado tarde para hacerlo.
Elara se queda donde está, con la respiración alterada y la mirada fija en mí.
Doy un paso atrás y luego otro, para recuperar algo que se parezca a una posición segura, aunque sé que ya no lo es.
—Esto complica demasiado las cosas —le digo de atropelladamente.
Elara ladea la cabeza y me observa con una calma que no cuadra con lo que acaba de ocurrir.
—No depende solo de mí —responde.
Sé que tiene razón y no se lo discuto. Me paso la mano por el cuello, más por contener lo que implica que por el gesto en sí, y obligo a mi cuerpo a recuperar una posición que transmita: control, orden, distancia… pero no me sirve de nada.
—Esto lo complica todo —añado, bajando el tono de mi voz.
—Esto ya estaba complicado —me corrige—. Solo que ahora no puedes fingir que no lo ves .
No le respondo de inmediato, porque cualquier argumento que utilice ahora sería una forma de intentar reducir algo que no es reducible.
—No es una opción —digo al final.
—¿El qué exactamente? —pregunta.
—Seguir por este camino.
Elara deja escapar una leve exhalación que no llega a ser una risa.
—Entonces no sigas —dice—. Nadie te está obligando.
Su frase es simple, pero también totalmente cierta. Me quedo mirándola mientras evalúo algo que ya no tiene una solución inmediata, y eso es lo que más me incomoda.
—Esto no cambia lo que tenemos que hacer —añado, volviendo al único punto que sigue siendo sólido.
—No —responde—. Pero cambia cómo lo haremos.
Recojo el móvil de la encimera y lo desbloqueo por pura inercia, sin intención real de usarlo, y veo el mensaje de George sin abrir, tres llamadas perdidas y otro mensaje.
—Tengo que salir —digo y Elara asiente una vez, sin intentar retenerme ni añadir nada más, algo que es nuevo en ella.
Cojo las llaves sin mirarla y camino hacia la puerta, pero me detengo antes de salir, con la mano en el pomo, pero sin girarme del todo .
—Elara —empiezo, aunque me doy cuenta de que no sé qué iba a decir y lo dejo ahí.
—¿Qué? —pregunta.
Exhalo despacio.
—Nada.
Salgo del ático sin añadir nada más y dejo que la puerta se cierre detrás de mí, marcando una separación que ahora mismo es más necesaria de lo que debería.
El ascensor tarda unos segundos en llegar y cuando entro, el reflejo en el espejo me devuelve una imagen de mí que no encaja del todo con la de ayer.
Me apoyo contra la pared metálica y cierro los ojos un instante, lo justo para ordenar algo que no quiere ordenarse.
La secuencia debería ser clara: boda, contrato, exposición y control, pero ya no lo es, porque ahora hay algo más que no responde a ninguna de esas variables y que no soy capaz de reducir a un error puntual.
Abro los ojos cuando el ascensor se detiene y salgo sin pensar en nada concreto, solo en poner distancia suficiente entre Elara y yo para poder volver a pensar con claridad.
Sin embargo, no lo consigo, porque lo que acaba de suceder no es nuevo, ni ha empezado hoy y eso es lo que lo convierte en un problema de verdad.
Salgo del ascensor sin detenerme y cruzo el vestíbulo con la sensación de que todo a mi alrededor sigue funcionando como debería, aunque ya no es cierto. Saco el móvil por inercia mientras avanzo hacia la salida y leo el mensaje de George.
George:
Necesito confirmación antes de las diez.
Hay cambios en el comité.
Me quedo mirando la pantalla y empiezo a escribir una respuesta, pero la borro.
Vuelvo a escribir una frase más corta y también la dejo a medias.
Finalmente, bloqueo el móvil sin responder, pero me detengo antes de cruzar la puerta de salida.
Exhalo despacio y me guardo el teléfono en el bolsillo, obligándome a recuperar la secuencia lógica que siempre me ha funcionado dentro de mi cabeza: datos, decisiones y ejecución, pero ahora no encaja.
Porque cada vez que intento volver ahí, lo que aparece no es el informe ni la reunión ni la agenda sino ella.
Aprieto la mandíbula y doy un paso hacia fuera, como si alejarme pudiera arreglar algo que ya no tiene arreglo.
Chasqueo la lengua con la certeza de que esto no debería haber pasado, eso está claro, pero no es lo que me inquieta.
Me detengo un instante más, sin girarme, porque no necesito volver al ático para entenderlo.
Esto no ha empezado ahora, ni siquiera anoche, y ahí está el problema.