Error inesperado (Errores en Manhattan 1) Capítulo 8
44%

Capítulo 8

Devon

Antes de salir del ático, ya no me apetece tener que ir a esta cena. Sé exactamente por qué vamos, con quién compartiremos mesa y lo que implica reunirnos todos después de lo que pasó, y aun así acepto, porque no hacerlo generaría más preguntas de las que estoy dispuesto a responder.

Elara aparece en el salón mientras termino de ajustarme la correa del reloj y, por un momento, todo lo demás deja de importarme.

Lleva un vestido sencillo, que se ajusta lo justo a su cuerpo y cae con naturalidad hasta mitad de sus muslos, marcando la línea de sus caderas sin exagerarla.

La tela, suave y ligera, se mueve con cada paso que da.

El escote es discreto, pero deja ver sus clavículas y el inicio del cuello.

El pelo rizado y largo lo lleva suelto, como si hubiera decidido no dedicarle más tiempo del necesario.

La observo más de lo que debería antes de decir nada.

—Llegamos justos —le suelto al final mientras cojo las llaves de la consola sin apartar la mirada del todo de ella.

—No te pega llegar tarde —responde, acercándose sin prisa—. Pensaba que tenías una alergia grave a perder el control del tiempo.

—No lo pierdo —contesto—. Lo gestiono.

Elara alza una ceja, sin discutir mi frase, aunque tampoco la acepta.

—Entonces vamos —añade—. Tengo curiosidad por conocer más a ese famoso grupo de amigos tuyos, que parece vivir en una realidad paralela.

No le respondo, sino que me limito a abrir la puerta del apartamento para que pase y a cerrarla cuando ambos estamos fuera.

El restaurante Lumière está a la altura de lo que esperaba.

No por el lujo, que es evidente, sino por el tipo de lugar que es.

Discreto, con mesas lo suficientemente separadas como para permitir conversaciones privadas sin necesidad de bajar la voz, iluminación cuidada y un servicio que sabe cuándo intervenir y cuándo desaparecer.

Todo está diseñado para que las cosas ocurran sin llamar la atención.

Al entrar, el maître me reconoce antes de que diga mi nombre y nos guía directamente hacia la sala privada, donde ya están sentados los demás.

Elara camina a mi lado, sin parecer impresionada ni incómoda por dónde estamos.

Evalúa el espacio y la gente y no necesita preguntar para entender cómo funciona el entorno, pero tampoco modifica su forma de moverse para adaptarse a él.

La mesa está completa y Brock levanta la vista primero.

Su reacción es inmediata, aunque no exagerada.

No sonríe, ni se levanta de golpe, pero su atención cambia de forma clara en cuanto nos ve llegar.

Amara está sentada a su lado y no se gira hacia él ni hacia nosotros de inmediato.

Mantiene la mirada en la copa antes de alzarla.

Dorian está recostado en la silla con una postura que parece relajada, pero que sé que no lo es, le conozco demasiado bien.

Elsie, frente a él, evita mirar directamente hacia nuestra dirección hasta que ya estamos a menos de dos metros.

Al verlos, no necesito más para entender que nada en esta mesa es casual.

—Mitchell —dice Brock, inclinando ligeramente la cabeza cuando nos detenemos junto a ellos.

—Brock —respondo.

Su mirada pasa de mí a Elara sin disimulo y observo que la evalúa durante el rato suficiente como para resultar incómoda si la otra persona no supiera sostenerla, pero Elara no baja la vista.

—Así que es verdad —añade él, con una media sonrisa que no pretende suavizar nada—. Pensaba que era una exageración de «Boda desastrosa»

—Te equivocas a menudo —le respondo.

—Elara —dice, alzando la vista hacia ella—. Soy Amara.

—Lo sé —responde Elara, sin alterar el tono—. Y tú también sabes quién soy.

Amara mantiene la mirada un segundo más antes de asentir muy levemente y aunque no hay sonrisa en su gesto tampoco rechazo.

—Esto mejora la cena —comenta Dorian, mirando de uno a otro—. Empieza a tener sentido venir.

—Nunca te ha hecho falta un motivo —respondo, tomando asiento.

—Eso no es del todo cierto —replica—. Solo me gustan los motivos interesantes.

Elsie interviene con un gesto mínimo, como si quisiera equilibrar la conversación sin llamar la atención.

—Hola —dice, mirando a Elara—. Soy Elsie.

—Elara —le responde con una sonrisa, tomando asiento a mi lado.

El camarero aparece en ese momento, como si hubiera estado esperando a que las presentaciones alcanzaran ese punto exacto y llena las copas de agua y nos ofrece la carta antes de retirarse.

Durante unos segundos, nadie habla. No parece un silencio incómodo, pero hay demasiadas miradas cruzándose como para que sea casual.

—Entonces —empieza Dorian, dejando la carta sobre la mesa sin mirarla—. ¿Alguien quiere explicar lo de la boda o vamos a fingir que el motivo de esta cena es por algo normal?

Brock apoya la espalda en la silla y se cruza de brazos.

—Yo voto por escuchar la versión oficial —añade, mirandome directamente—. Siempre son las más interesantes.

Amara no interviene, pero su mirada se desplaza hacia Elara durante un instante, como si quisiera observar su reacción antes que la mía.

Elara no responde de inmediato y se limita a observarnos a cada uno, primero a Brock, a Amara, a Dorian, a Elsie… y, por último, a mí. Un orden que, sin duda, no es casual.

—Depende de lo que consideres «oficial» —dice al final, apoyando las manos sobre la mesa —. Porque lo que hay ahora mismo son muchas versiones y ninguna coincide del todo.

—Eso suena mucho mejor que un simple error —comenta Dorian con una sonrisa.

—Lo sería si lo fuera —responde ella .

—No hay nada que explicar —digo sin levantar la voz—. Fue una decisión impulsiva en un contexto concreto.

—Claro —dice Brock tras soltar una carcajada breve—. Todo el mundo toma decisiones impulsivas y acaba casado con alguien de quien no sabía nada el día anterior.

—No fue así —respondo, sosteniéndole la mirada.

—Entonces sí hay algo que explicar —añade Brock y se inclina hacia delante como si acabara de encontrar justo lo que buscaba.

No contesto de inmediato y Amara interviene otra vez, sin mirar a Brock.

—No es necesario entrar en detalles —sostiene.

—Eso implica que sí que hay detalles —comenta Dorian.

—Implica que no son relevantes para esta conversación —responde ella.

Elara no interviene y se limita a observar la dinámica de la mesa y cómo evitan decir ciertas cosas. Eso lo que cambia todo, porque deja de reaccionar y empieza a analizar.

El camarero regresa para tomar nota y ese breve paréntesis es suficiente para que todos reajusten su posición en la conversación sin necesidad de decirlo en voz alta. Cada uno pide lo suyo, como si lo de antes no hubiera ocurrido, aunque es evidente que sigue marcando el ritmo de la noche .

—Entonces —retoma Dorian cuando el camarero se va, mientras hace girar su copa entre los dedos —, si dejamos de lado la versión elegante… ¿qué queda?

—Queda lo mismo —respondo—. Una decisión que no estaba prevista y que ahora hay que gestionar.

—Gestionar —repite él, con una sonrisa leve—. Siempre vuelves a eso.

—Funciona —añado encogiéndome de hombros.

—Hasta que deja de hacerlo —interviene Elara, sin mirarme directamente.

—Lo curioso —dice Brock que ha estado observando la escena con interés— es que no sois los únicos a los que les «dejó de funcionar» algo esa noche.

La frase cae como una bomba en medio de la mesa.

No miro a nadie en concreto, pero pbservo con atención cada reacción.

Amara no cambia de postura, pero sus dedos se tensan un instante sobre la base de la copa antes de relajarse.

Elsie baja la mirada hacia el mantel, como si hubiera algo ahí que mereciera su atención y Dorian deja de sonreír durante un momento.

—¿A qué te refieres exactamente? —pregunta Elara poyando los codos en la mesa.

Brock se toma su tiempo para responderle, lo suficiente para decidir hasta dónde quiere revelar .

—A que hubo decisiones más raras de lo habitual —admite al final—. No solo la vuestra.

—Eso no explica nada —respondo—. Solo cambia el tipo de problema.

—No —admite—. Es una coincidencia.

—Demasiadas coincidencias juntas dejan de serlo —añade Elara, girándose ligeramente hacia él.

Amara levanta la vista y centra la atención en ella.

—¿Ya estás sacando conclusiones? —pregunta.

—No —responde Elara—. Estoy intentando no aceptar la primera que se da.

—Eso es más inteligente de lo que suele hacer la gente en estas situaciones —admite Dorian apoyando la espalda en la silla, claramente interesado.

—Depende de lo que esté en juego —contesta ella.

Elsie habla por primera vez desde que empezó la conversación real, y lo hace con una voz más baja de lo esperado.

—No todo tiene por qué tener una explicación complicada —dice, sin mirar a nadie en concreto—. A veces es solo… una mala noche.

Nadie responde de inmediato, porque no suena convincente.

—Podría ser —admite Elara al final—. Pero no es la sensación que deja .

—¿Qué sensación deja? —quiere saber Brock con una sonrisa ladeada.

Elara se toma un momento para responderle, como si estuviera eligiendo bien las palabras.

—Que en algún momento nadie se planteó si debía hacer lo que estaba haciendo.

—Eso sí es interesante —le responde Dorian.

—O preocupante —añade Elsie, casi en un susurro.

—Depende de si fue casual —responde Elara.

—O de si alguien se ha encargado de que parezca casual —interviene Amara de nuevo y esta vez sin suavizar nada.

La frase corta el aire y se hace evidente para todos. Brock se inclina ligeramente hacia atrás, observando a Amara con una atención distinta.

—Eso suena a teoría de conspiración —dice Brock

—No, suena a posibilidad —corrige Amara.

—Pero sin pruebas —añade Dorian.

—De momento —responde Amara.

Elara no interviene, pero está atenta a cómo hablan, a qué evitan y a qué dejan a medias. Eso es lo que cambia su papel y lo que complica todo.

El camarero vuelve con los platos y la conversación cambia a temas más neutros.

Trabajo, viajes, proyectos en curso… Todo fluye con normalidad aparente, pero la tensión no desaparece, solo se diluye lo suficiente para no ser ta n evidente.

Intento mantener la conversación en ese terreno, dirigiéndola cuando se desvía y cortando intervenciones que pueden ir a más, pero esta vez no funciona igual.

Aquí no tengo la misma ventaja, porque no está George y eso se nota.

No estoy en mi entorno y Elara no sigue el ritmo que debería.

—¿Siempre cenas con gente que no te cree? —pregunta de pronto, girándose hacia mí.

—No es una cuestión de creencia, sino de lo que cada uno decide contar —respondo.

—Eso es una forma elegante de decir lo mismo —añade.

—Es una forma precisa.

—Lo parece —dice ella—. Pero no termina de serlo.

Dorian sonríe, claramente disfrutando de la escena.

—Empiezo a entender por qué esto no ha sido una simple anécdota.

No le respondo y observo cómo Brock apoya los codos en la mesa, mirando a Elara directamente.

—¿Qué crees que pasó entonces? —le pregunta Brock.

—Creo que todos tomamos decisiones que no coinciden con cómo actuamos normalmente —dice Elara sin precipitarse—. Y que eso no ocurrió de forma aislada.

—Eso sigue sin explicar nada —responde él.

—No lo intenta —intervengo—. Solo describe el contexto .

—Un contexto bastante incómodo —añade Elsie.

—Eso no es nuevo —dice Dorian.

Amara no interviene esta vez y se limita a observar.

La cena avanza, pero ahora tengo la sensación de que cada comentario tiene un segundo nivel, cada mirada es inquisitiva y cada pausa dice algo que no se verbaliza.

Elara deja de hablar durante un rato, se limita a escuchar, a observar y a encajar piezas de este particular puzle.

Eso es lo que más me preocupa, porque ya no está reaccionando sino construyendo una lectura.

Cuando llega el momento de irnos, Brock es el primero en levantarse, seguido de Dorian. Elsie se incorpora y Amara lo hace la última, manteniendo la misma calma con la que ha controlado toda la conversación sin necesidad de imponerse.

—Esto no se queda aquí —dice Dorian, sin dirigirse a nadie en concreto.

—Nada se queda aquí —respondo.

Brock me mira un instante antes de asentir.

—Nos veremos —añade.

Salimos del restaurante y el aire de la calle rompe la tensión de forma inmediata, aunque no la elimina. Elara camina a mi lado sin hablar durante unos metros y no necesito mirarla para saber que sigue pensando.

—No fue solo cosa nuestra —dice al final, sin detenerse .

No le respondo.

—Y nadie en esa mesa parecía sorprendido —añade como una conclusión y es correcta.

—No saques conclusiones antes de tiempo —digo, mirándola.

—No lo estoy haciendo —responde alzando la vista hacia mí—. Solo intento evitar una demasiado fácil.

No insisto, porque esta vez no tengo una respuesta que cierre nada y eso es lo que no debería estar pasando. Lo único que tengo claro es que esto no empezó con nosotros, pero lo peor no es eso… sino que nadie en la mesa parecía sorprendido.