Error inesperado (Errores en Manhattan 1) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

El documento sigue abierto delante de mí.

Las cifras están ahí, las decisiones también, el margen es correcto y el análisis encaja, pero no avanzo.

Levanto la vista otra vez sin intención de hacerlo y la encuentro en un punto distinto del salón.

Ha dejado de observar la ciudad y ahora está inclinada sobre la mesa baja, revisando algo que no le pertenece.

Toca los objetos con una curiosidad que no es invasiva, sino despreocupada, como si no existiera la posibilidad de alterar nada importante.

Sin embargo, eso es lo que rompe el equilibrio, porque no mide el impacto de sus acciones.

Se incorpora, coge el mando de la televisión, lo gira entre los dedos y lo deja en una posición distinta a la que estaba.

A pesar de que su gesto es mínimo, es suficiente para alterar una línea que llevaba años sin moverse.

—No toques eso —digo, sin levantarme y tras cerrar el portátil sin hacer ruido.

Elara ni siquiera se sobresalta y alza la vista hacia mí con una calma que empieza a ser demasiado constante.

—No estoy desmontando tu sistema —responde—. Solo quería comprobar cuánto tardas en reaccionar .

—No es un experimento —le digo mientras avanzo hacia el salón—. Y no eres ajena a lo que ocurre aquí.

—Eso es lo que te molesta. Que todo no funcione igual que antes cuando yo estoy por medio.

—No, lo que me molesta es que ignores límites que ya están definidos.

—No los ignoro ni los acepto —responde.

Se queda de pie junto a la mesa, esperándome, aunque no retrocede ni un paso cuando me acerco a ella.

—No es lo mismo —añado.

—No lo será para ti, pero para mí es exactamente eso —replica.

La conversación nos lleva otra vez a ese punto en el que ninguno de los dos cede.

—Deja el mando donde estaba —digo, señalando la mesa.

Elara lo mira un segundo, después me mira a mí.

—No —responde sin tensión—. Se queda ahí.

—No es negociable.

—Todo lo es —contesta—. Esto también.

Doy un paso más y rodeo la mesa para colocarme frente a ella. Cojo el mando, lo muevo unos centímetros y lo dejo exactamente donde estaba antes. Elara me observa, pero no se fija en el movimiento, sino mi precisión.

—Eso sí te calma —dice—. Que todo vuelva a su sitio .

—Evita errores —respondo encogiéndome de hombros.

—Evita que veas lo que no encaja.

—No vuelvas a hacerlo —le advierto sin levantar la voz.

Elara inclina ligeramente la cabeza, evaluando la frase más allá de lo evidente.

—¿Y si lo hago? —pregunta.

—Entonces tendrás que asumir lo que venga después —respondo.

—Otra vez igual —dice, exhalando una risa breve—. Siempre vuelves al mismo punto.

—Porque es el que importa.

—No todo encaja en tu esquema inamovible—añade al dar un paso hacia mí.

—Esto sí —replico.

—No —niega con la cabeza—. Esto ya no.

Se acerca demasiado a mí. La distancia se reduce hasta ese punto en el que cualquier movimiento deja de ser neutro. No hay contacto, pero tampoco hay espacio suficiente para fingir que no importa.

—Aléjate —le ordeno, pero no se mueve.

—No —responde—. No voy a empezar a medir cada paso para que tú no te estreses.

Su respiración roza la mía y eso me altera.

Alargo la mano para apartarla, con la clara intención de recuperar distancia y la sujeto por el antebrazo con firmeza para desplazarla.

Elara reacciona en el mismo instante y aunque no se resiste, tampoco cede.

Su otra mano se apoya en mi pecho, deteniendo el movimiento antes de que se complete.

El contacto es directo. Noto la presión de su mano, el punto en el que se apoya y la forma en la que su respiración se altera.

Sé que no debería fijarme en eso, pero lo hago.

—Suéltame —dice, pero no como una orden, sino como una constatación.

—No te estoy reteniendo —respondo, aunque eso no es del todo cierto.

Elara baja la mirada a mi mano sobre su brazo, después a la suya sobre mi pecho y vuelve a mí sin apartarse.

—Entonces esto es voluntario —añade.

No le contesto, porque no hay palabras que suavicen nada ni falta que hacen, porque esto no entra en ninguna estructura y eso, precisamente, es lo que lo convierte en un problema real.

Mi mano sigue donde está y la suya también, porque ninguno de los dos corrige el gesto de inmediato.

«Esto es un error», pienso para mí otra vez. No es una conclusión nueva, sino una confirmación.

Elara no aparta la mirada de mí y eso me rompe cualquier previsión, porque no hay estrategia tras su forma de actuar, sino decisión .

—Deberíamos parar —dice, en un tono que no termina de ser firme ni de ser suave.

—Sí —respondo, pero ninguno se mueve y ese es el problema.

Elara retira la mano primero despacio, como si quisiera marcar el momento exacto en el que deja de existir el contacto entre nosotros. Yo hago lo mismo un momento después, soltando su brazo sin brusquedad y doy un paso atrás.

—Se acabó —añado, con una firmeza que llega tarde otra vez.

Elara asiente una vez, como si estuviera de acuerdo en la superficie, aunque no en el fondo.

—No ha empezado nada —dice—. Eso es de lo que intentas convencerte.

No le respondo. Me giro hacia la cocina, cojo el portátil y lo cierro sin intención de volver a trabajar por ahora.

—Voy a salir un momento —digo—. Hay cosas que tengo que cerrar fuera.

Elara no pregunta a dónde ni por qué, algo que también es nuevo para ella.

—Claro. Eso sí lo tienes claro —responde sin ironía evidente en su voz, pero tampoco aprobación.

Cojo las llaves de la encimera, me las guardo en el bolsillo y camino hacia la puerta sin decir nada más. No obstante, antes de salir, me detengo un segundo .

—No toques nada más —añado sin girarme.

—No prometo nada.

Asiento una vez, aunque no me vea, y salgo del ático.

El pasillo está vacío y el silencio vuelve a ser el de siempre.

Camino hacia el ascensor y pulso el botón sin pensar en nada concreto, solo en recuperar una línea clara entre lo que está pasando dentro de mi apartamento y lo que ocurre fuera.

Las puertas se abren al instante y entro.

Cuando se cierran, el reflejo en el espejo me devuelve una imagen que no encaja del todo con la anterior.

No es evidente, pero lo veo en la forma en la que mantengo la postura, en el tiempo que tardo en apartar la vista de mí mismo y en la ligera tensión que no desaparece.

Apoyo la espalda contra la pared del ascensor y cierro los ojos un segundo, lo justo para ordenar la secuencia: oficina, agenda, reunión… Y Elara. El patrón no debería incluirla, pero ahora lo hace.

—Esto no estaba en el plan —suelto, pero no como una queja, sino como un dato.

El ascensor se detiene y las puertas se abren.

Camino por el vestíbulo sin mirar a nadie en particular, aunque noto cómo el entorno responde igual que siempre, como si nada hubiera cambiado.

Todo sigue funcionando y ese es el problema.

Cruzo la salida del edificio y el aire de la calle rompe la inercia de forma inmediata.

El ruido, el movimiento, la falta de estructura visible…

todo encaja mejor con lo que debería estar pasando en mi cabeza, pero no lo hace.

Saco el móvil del bolsillo y reviso la pantalla sin abrir ninguna aplicación concreta.

No busco información, sino distraerme, pero no lo consigo.

El correo sigue ahí, los mensajes también, la agenda continúa exactamente igual que hace una hora…

Nada ha cambiado fuera, pero, por dentro, todo es distinto ahora.

Guardo el móvil otra vez sin usarlo y apoyo una mano en el capó de un coche estacionado, sin intención real de detenerme, solo de frenar el impulso de volver arriba sin haber resuelto nada.

Respiro una vez, despacio, y ordeno los puntos como siempre hago cuando algo no encaja dentro de mi cabeza: contrato, exposición, empresa, variables externas…

Hasta ahí, todo tiene sentido. Después está Elara, pero ese elemento no encaja en ninguna categoría útil, ni sigue patrones, ni responde a una estructura.

Eso la convierte en un factor que no puedo anticipar y, por tanto, en un riesgo.

Esa debería ser la única lectura, pero no lo es.

Me incorporo y vuelvo hacia la entrada de mi edificio sin darme más tiempo. El gesto es casi mecánico, pero no responde a una decisión cerrada, sino a una necesidad de volver al punto donde todo empezó a desviarse.

Cuando las puertas del ascensor se abren en el ático, camino hacia el interior sin detenerme y la encuentro en el mismo lugar donde la he dejado hace un rato, pero no en la misma posición.

Ahora está sentada en el suelo, con la espalda apoyada en el sofá, las piernas estiradas y el móvil en la mano.

No parece incómoda ni fuera de lugar sino instalada.

Levanta la vista cuando me oye entrar, pero no se levanta.

—Pensaba que tardarías más —dice, dejando el móvil a un lado sin prisa.

—He terminado antes —respondo, sin añadir nada más.

No le pregunto qué ha hecho en el rato en el que he estado fuera, porque no necesito saberlo. Elara apoya la cabeza un instante en el sofá y me observa.

—No has resuelto nada —dice.

—No era necesario —respondo.

—Claro que lo era —replica—. Si sales para hacer algo y vuelves igual, no has hecho lo que querías.

Camino hasta la cocina sin responderle y dejo las llaves en su sitio.

Todo está como lo dejé, salvo pequeños cambios que no estaban antes.

La taza sigue en la mesa, pero no exactamente donde la coloqué.

El armario que dejó abierto continúa igual y ahora también hay una chaqueta sobre el sofá que no estaba ahí cuando me he ido.

—Has estado ocupada —digo, apoyándome en la encimera.

Elara se encoge de hombros .

—He estado viviendo —responde—. No es lo mismo.

Su frase no es casual.

—Aquí las cosas no funcionan así —añado.

Elara se levanta sin prisa, y camina hacia la cocina hasta quedarse frente a mí otra vez.

—Eso es lo que te repites —dice—. Pero cada vez te lo crees menos.

No le contesto de inmediato, porque hacerlo tampoco mejoraría la situación.

—Esto tiene un límite —añado al final.

—Todo lo tiene —responde—. La diferencia es cuándo decides verlo.

—No voy a repetir lo de antes —digo.

—No hace falta —contesta—. Ya sabes lo que pasa.

—Eso no cambia nada —respondo.

—Lo cambia todo —corrige—. Solo que aún no sabes en qué dirección.

Elara no aparta la mirada. La sostiene con una calma que no busca ganar la conversación, solo mantenerla y eso es lo que complica cualquier intento de cerrarla.

—Seis meses —digo, volviendo al único punto que sigue siendo sólido.

—Seis meses —repite ella—. Y después cada uno seguirá con su vida.

—Exacto .

—Eso es lo que dices cada vez.

—Eso es lo que hay.

Elara asiente despacio, como si aceptara la frase en superficie, pero no en profundidad.

—Entonces asegúrate de que eso sigue siendo verdad dentro de tres semanas —añade—. Porque ahora mismo no lo parece.

La observo sin responder, porque lo que acaba de decir no es una provocación, sino una lectura y eso lo hace más difícil de ignorar.

Se gira antes de que diga nada más y vuelve hacia su habitación.

El sonido de la puerta al cerrarse marca un límite claro entre su espacio y el resto del ático.

Me quedo solo en la cocina y todo vuelve a estar en su sitio o eso debería.

Miro la taza, el armario y la chaqueta sobre el sofá.

Son cambios mínimos, pero suficientes para alterar el orden que reinaba en este lugar.

Apoyo las manos en la encimera y cierro los ojos un segundo, para comprobar si todo vuelve a encajar cuando dejo de mirar.

No lo hace, porque ell orden se rompe con ella.

Sé que no debería importarme quién es, ni afectar al resto, ni alterar nada más allá de lo evidente, pero lo hace.

Abro los ojos y miro hacia el pasillo donde ha desaparecido hace unos segundos .

No debería importarme quién es… pero ni siquiera George ha tenido que preguntarlo para notar que algo no encaja.