Capítulo 6
Devon
La observo desde la cocina, apoyado en la encimera con el portátil abierto delante, aunque hace varios minutos que no leo nada de lo que aparece en la pantalla.
El cursor parpadea en un correo sin terminar, mientras Elara se mueve por el salón con una naturalidad que no corresponde a alguien que lleva menos de veinticuatro horas aquí.
No pregunta dónde está nada, simplemente actúa.
Ha dejado la chaqueta sobre el respaldo del sofá sin molestarse en comprobar si su gesto encaja o no con el resto del espacio.
Ha abierto uno de los armarios de la cocina, ha sacado una taza distinta a la que utilizó antes y la ha dejado en la encimera sin mirar siquiera dónde la coloca.
Ahora está de pie frente a los ventanales, con una de mis camisetas puesta como si fuera suya, mirando la ciudad con la cabeza ligeramente inclinada.
Eso tampoco debería ocurrir, porque la camiseta le queda grande, demasiado, y aun así la lleva con una comodidad que descoloca cualquier intento de encajar la escena dentro de un marco lógico.
No es solo que haya cogido algo que no le pertenece, sino que lo ha hecho sin pedir permiso ni cuestionarlo y como si sus acciones no tuvieran consecuencias.
Ese precisamente es el problema: no tiene en cuenta las consecuencias.
La observo intentando centrarme en su patrón de movimiento, para tratar de anticiparme a sus decisiones.
Se mueve sin hacer ruido, abre un cajón, lo cierra sin revisar el contenido completo, se detiene un instante frente a la estantería, roza el lomo de varios libros con la punta de los dedos y sigue moviéndose.
No busca nada concreto, lo que hace más complicado adivinar su siguiente movimiento.
—Estás reorganizando algo que no necesita cambios —le digo al fin.
No se gira de inmediato. Mantiene la vista en la ciudad mientras decide si merece la pena responder o no, y después se da la vuelta despacio.
—No estoy reorganizando nada —responde, apoyando la cadera contra el borde de la mesa—. Estoy comprobando si este lugar tiene alguna señal de vida humana que no esté escondida detrás de una línea perfecta.
—Tiene las que necesita —le respondo, cerrando el portátil sin apartar la vista de ella.
—Eso suena a manual —contesta, cruzándose de brazos con calma—. Aquí todo parece estar decidido antes de que ocurra.
—Ese sistema evita errores —añado, manteniendo la distancia.
Elara arquea una ceja, pero no se acerca todavía.
—Lo que evita es que nada se mueva —dice—. Y eso no es lo mismo.
La observo y me viene a la cabeza la sala de reuniones y cómo George ajustó la agenda sin cuestionar nada… hasta que dejó de hacerlo. No fue algo evidente ni necesitó explicarse. Bastó ese instante en el que dudó antes de apartar la mirada de ella. En ese momento, lo pasé por alto, pero ahora ya no
—Tienes que dejar de tocar cosas que no son tuyas —digo al fin, cambiando el eje de la conversación hacia algo más concreto.
Elara baja la vista a la camiseta que lleva puesta y después vuelve a mirarme.
—Eso va a ser complicado —responde con una media sonrisa que no es exactamente divertida—. Sobre todo teniendo en cuenta que me has metido en tu casa como si fuera la única solución lógica.
—Lo es —replico, sin rodeos—. Y eso incluye entender los límites.
—¿Los tuyos o los míos? —pregunta, inclinando ligeramente la cabeza.
—Los que hagan que esto funcione.
No se mueve de donde está, pero su postura cambia lo suficiente para que entienda que no piensa aceptar esa respuesta sin más.
—Funciona para ti —dice—. Para mí esto es otra cosa.
La observo en silencio unos segundos, porque sé que si respondo demasiado rápido voy a convertir esto en una discusión sin dirección y no es lo que necesito ahora. Lo que necesito es precisión.
—Entonces vamos a concretarlo —añado finalmente caminando hacia el salón—. Esa camiseta no es tuya.
Elara baja la mirada otra vez, se sujeta el borde con los dedos y tira ligeramente de la tela, como si evaluara el comentario desde un punto de vista físico y no simbólico.
—Ahora mismo sí —responde—. Porque la llevo puesta.
—No, las cosas no funcionan así .
—Pues tendrás que explicarme cómo funcionan —replica, sin moverse—. Porque desde aquí parece bastante sencillo.
—Funciona con límites claros —le digo—. Y este es uno de ellos.
Elara se queda donde está, con la misma expresión tranquila que utilizó en la sala de reuniones de la empresa, cuando corrigió un informe delante de todo el equipo sin esperar aprobación.
—Pues no lo comparto —contesta—. Y no voy a empezar a hacerlo ahora.
—Devuélvemela —añado, sin elevar la voz, pero dejando claro que esto no es una negociación.
Elara suelta una carcajada, pero no se mueve.
—¿Quieres que me la quite aquí mismo? —pregunta—. Porque no creo que eso mejore mucho la situación.
La imagen se cruza en mi cabeza antes de que pueda bloquearla y eso es suficiente para entender que he llegado tarde. Doy un paso más y me quedo frente a ella.
—Quiero que entiendas que aquí no puedes hacer lo que te dé la gana —respondo, manteniendo la mirada fija en la suya.
Elara me sostiene la mirada.
—Eso tampoco funciona así —dice—. No cuando me has traído tú aquí y esto no es una visita .
—No confundas la situación —añado, bajando ligeramente la voz—. Esto no te da acceso a todo.
—No necesito acceso —responde—. Solo no tener la sensación de que estoy viviendo dentro de un protocolo.
Su forma de decirlo es directa y eso complica las cosas.
—Este protocolo evita problemas —insisto.
—No este —responde, señalando con un gesto mínimo el espacio que hay entre los dos—. Este ya lo tienes encima.
La observo y, por primera vez desde que ha entrado en este ático, no estoy analizando qué hace, sino por qué no me resulta tan sencillo apartarme de ella… Eso sí es un problema.
—Quítatela —repito, aunque esa palabra suena distinta incluso para mí.
Elara ladea la cabeza, como si valorara el tono más que el contenido de lo que le acabo de decir.
—No me estás pidiendo la camiseta —dice—. Estás intentando recuperar algo que ya no controlas.
Su afirmación no es exacta, pero tampoco es falsa. Doy un paso más y acorto la distancia hasta que apenas queda espacio entre nosotros. Alargo la mano y sujeto la tela a la altura de su hombro, con una precisión que busca marcar un límite físico.
—Esto no es negociable —le digo .
Elara baja la mirada a mi mano y después vuelve a subirla hasta encontrar mis ojos, pero no se aparta.
—Pues tendrás que acostumbrarte a que algunas cosas lo sean —responde sin tensión aparente.
Mueve la mano y cubre la mía durante un segundo. Noto la presión de sus dedos, la temperatura de su piel y la forma en la que su respiración se descompensa ligeramente sin que haga nada por ocultarlo. No debería fijarme en eso, pero lo hago.
«Esto es un error», pienso, sin decirlo en voz alta. No me refiero a la camiseta sino a todo lo demás.
Elara mantiene la mano el tiempo suficiente para que no pueda considerarlo un gesto casual y luego la aparta despacio, sin romper el contacto de inmediato, como si quisiera medir exactamente el efecto que tiene sobre mí. Aunque no hace falta medirlo, porque ya está hecho.
—¿Ves? —dice, en un tono más bajo—. Eso tampoco estaba en tus normas.
La frase me devuelve al punto anterior, pero no corrige lo que acaba de ocurrir. Doy un paso atrás de forma brusca.
—Se acabó —añado, con una firmeza que llega tarde.
Elara no se mueve de donde está, pero su expresión cambia lo justo para que entienda que ha visto lo mismo que yo .
—No ha empezado nada —responde—. Eso es lo que te preocupa.
No le contesto y me giro hacia la cocina, recojo el portátil y lo abro de nuevo, obligándome a centrar la atención en algo concreto, medible y estructurado. El cursor sigue parpadeando en el mismo punto, algo que no debería molestarme, pero que en este momento lo hace.
—Voy a trabajar —digo, sin mirarla—. Hay cosas que no pueden esperar.
—Claro —responde ella desde el salón—. Eso sí que encaja contigo.
No hay ironía evidente en su tono, pero tampoco hace falta para entender lo que implica.
Me siento en la silla alta de la cocina y coloco el portátil en el ángulo exacto, ajusto la pantalla, alineo la base con el borde de la encimera y dejo las manos sobre el teclado.
Todo vuelve a su sitio y, al fin, puedo respirar tranquilo.
Sin embargo, empiezo a escribir una línea, pero la borro, vuelvo a escribirla y la dejo a medias.
Reviso un documento, cierro otro y abro un tercero sin avanzar realmente en ninguno.
Chasqueo la lengua, levanto la vista y la encuentro de nuevo frente a los ventanales, con la camiseta todavía puesta, observando la ciudad como si no hubiera ocurrido nada.
Eso es lo que más complica todo, porque no reacciona como debería, ni corrige, simplemente sigue adelante sin importarle nada más .
«Esto no entraba en mis planes», me digo para mí y esa conclusión me atraviesa con una claridad incómoda, porque no es lo que ha sucedido, sino que ya estaba pasando antes de que me diera cuenta.