Capítulo 5 #2
Devon mira la puerta del armario abierta, la maleta sobre la cama y, por último, los zapatos, que me acabo de quitar y he dejado en medio de la alfombra. No hace falta que diga nada, porque su cara lo dice todo.
—Esto te está matando un poco por dentro, ¿verdad? —pregunto, disfrutándolo más de lo que debería.
—No, para nada—responde, entrando por fin del todo en la habitación—. Solo me obliga a recordar que no sabes vivir en un espacio compartido.
Suelto una carcajada.
—Perdona, ¿me lo dice el hombre que ha redactado unas normas de convivencia antes de que me dé tiempo a sacar el cepillo de dientes?
Se acerca a los zapatos, se agacha, los aparta del centro de la alfombra y los coloca junto a la pared con una precisión que vuelve a sacarme de quicio.
—Eso no es convivencia —respondo mientras lo veo levantarse—. Eso es algo patológico.
Devon se endereza y nuestras manos chocan a la vez contra el asa de mi maleta cuando ambos intentamos moverla.
El contacto es mínimo, pero suficiente. No obstante, no retiro la mano de inmediato y él tampoco.
El cuarto sigue siendo igual de perfecto, aunque algo ha cambiado entre nosotros.
Le miro y él me mira, pero no hablamos. Finalmente, tiro primero de la maleta hacia mi lado, rompiendo el momento antes de que tenga un significado que no pienso concederle .
—Esto sí va aquí —le digo—, porque soy yo la que duerme en esta habitación y necesito mis cosas a mano.
Devon baja la vista a la maleta, luego a mi mano todavía sobre el asa, y al final vuelve a mí.
—Vivir aquí no va a ser el problema —dice con un tono de voz más bajo —. El problema es que pareces disfrutar demasiado tocando lo que no debes.
La frase me atraviesa antes de que me dé tiempo a enfadarme con él y sonrío, no porque me hayan hecho gracia sus comentarios, sino porque la alternativa sería retroceder y no estoy dispuesta a hacerlo.
—Entonces tendrás que empezar a cerrar las puertas con llave.
Su mirada se detiene en mi boca una fracción de segundo y tengo suficiente con eso para confirmar algo que no me conviene en absoluto.
Sandy tenía razón con lo de que no fui la única en hacer algo estúpido, aunque el problema es que sospecho que lo estúpido no lo hice solo esa noche, porque sigo haciéndolo.
No toco la maleta durante unos segundos, aunque debería seguir deshaciéndola si de verdad voy a quedarme aquí.
Pero no estoy pensando en la ropa, sino en cuándo esto dejó de ser un error de una noche para convertirse en algo que sigue adelante.
Devon tampoco se mueve. Se queda de pie, a un par de pasos de mí, tan quieto como siempre, como si todo a su alrededor funcionara igual que él.
Pero hay algo distinto en cómo me mira ahora.
Eso lo hace más interesante y bastante más complicado de lo que debería serlo.
—No tienes nada que hacer aquí —dice finalmente con firmeza.
Me apoyo en la cómoda y me cruzo de brazos mostrándome mucho más calmada de lo que estoy.
—Eso es discutible —respondo—. De hecho, tengo bastante que hacer: sobrevivir a seis meses contigo sin volverme loca y descubrir qué demonios pasó anoche más allá de lo que ya hemos visto.
Devon asiente con la cabeza despacio, como si eso encajara dentro de su estructura mental, aunque no lo comparta.
—Eso segundo no es prioritario.
—Será para ti…
—No, para resolver esto.
—Lo dices como si fueran cosas separadas, cuando es justo lo contrario —replico—. Si no entendemos qué pasó, ni siquiera sabemos lo que tratamos controlar.
No responde de inmediato y se limita a observarme.
—Lo que pasó no cambia la situación legal —dice al final.
—Cambia todo lo demás.
Camino hacia la ventana y aparto ligeramente la cortina, aunque no la abro del todo. La ciudad continúa al otro lado del cristal inmensa, caótica y viva, un contraste total con lo que sucede entre estas paredes.
—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —le pregunto sin girarme.
—Sorpréndeme.
—Que no me siento fuera de lugar aquí.
Eso sí le hace reaccionar, aunque solo sea en ese mínimo gesto que ya empiezo a reconocer como su forma de procesar algo que no esperaba.
—Deberías.
—Lo sé —respondo, girándome hacia él—. Pero no es lo que pasa y eso es lo que me molesta.
—No encajas —constata.
—Tampoco lo intento —suelto encogiéndome de hombros.
—Eso no es una ventaja.
—Depende de cómo se mire.
Nos quedamos en silencio y tengo la sensación de que nos estamos midiendo, porque ninguno quiere ser el primero en retroceder.
—Voy a trabajar —dice él finalmente, rompiendo el momento—. Hay cosas que no pueden esperar.
—Qué sorpresa —respondo con una media sonrisa—. Pensaba que ibas a cancelar el mundo durante seis meses por nuestra pequeña crisis matrimonial .
No entra al trapo y sale de la habitación sin responderme. Mientras, yo espero a que se aleje antes de soltar el aire que no sabía que estaba reteniendo.
Tardo menos de diez minutos en dejar la ropa colocada, aunque no perfectamente, porque no quiero hacerlo así.
Dejo el armario entreabierto, coloco una chaqueta sobre la butaca y coloco el cargador del móvil sobre la mesilla, rompiendo esa estética impecable que parece necesaria para que este lugar funcione.
Cuando salgo al salón, encuentro a Devon frente al portátil, sentado en una de las sillas altas de la cocina, con la espalda recta y la atención completamente centrada en la pantalla.
Me da la sensación de que no está en casa, sino en una extensión de su oficina.
Me apoyo en el marco de la pared durante un segundo y lo observo.
No habla, se mueve lo justo y no se distrae.
Es eficiencia en su estado más puro. Eso, en cualquier otra persona, sería admirable, pero en él es… otra cosa que no sé aún cómo definir.
Camino hacia la cocina y abro uno de los armarios. Tiene todo ordenado por categorías, alturas y colores. Cojo una taza, la saco y la dejo sobre la encimera con un golpe seco que altera su concentración, aunque no aparta la vista del portátil.
—Hay café en la máquina —dice, como si llevara media hora esperando a que hiciera exactamente eso .
—No te he preguntado.
—No hacía falta.
—Me estás empezando a conocer demasiado rápido —respondo mientras examino la cafetera.
Me sirvo café sin seguir ningún protocolo invisible, y me apoyo en la encimera para mirarle.
—Esto es lo que te molesta —digo de pronto.
—¿Qué exactamente? —pregunta alzando ahora la vista.
—Que no encajo en tu forma de hacer las cosas y no tengo intención de intentarlo.
Cierra el portátil despacio, como si decidiera que la conversación ahora sí merece su atención completa.
—No me molesta que no encajes —responde—. Me preocupa que no entiendas las consecuencias de no hacerlo.
—Otra vez las consecuencias —resoplo.
—Otra vez.
Me llevo la taza a los labios, pero no bebo.
—Te equivocas en algo —añado—. Entiendo las malditas consecuencias perfectamente, el problema es que no me parecen suficientes para cambiar cómo soy.
—Eso no suele salir bien.
—Depende de con quién estés jugando.
—No es un juego.
—Todo lo es un poco .
—Hay algo que no te cuadra —dice él de repente.
—Muchas cosas.
—No —niega con la cabeza—. Hay algo concreto.
Aprieto la taza entre mis manos.
—El grupo «Boda desastre».
No necesito añadir nada más y Devon asiente despacio.
—A mí tampoco.
Eso sí me sorprende.
—Pensaba que lo tenías todo bajo control —le digo, apoyándome en la isla de la cocina.
—Lo tenía —responde—. Hasta que dejé de tenerlo.
—Otra vez esa palabra.
—Es la correcta.
—No —niego—. Es la cómoda.
Devon se levanta y se acerca, reduciendo la distancia que hay entre nosotros hasta ese punto incómodo que ya empieza a resultarme familiar.
—¿Qué crees que pasó? —pregunta.
No le respondo de inmediato, porque lo que recuerdo no encaja con lo que veo.
—Creo que alguien presionó más de lo normal —digo al final—. Y que no fuimos los únicos en caer.
Devon no aparta la mirada.
—Eso no es casual —dice sin apartar la mirada, como si ya estuviera encajando piezas dentro de su cabeza—. Aquí hay algo más que una mala noche y alguien que llevó la situación más lejos de lo normal.
—Exacto —respondo—. Y no creo que tenga nada que ver solo con el exceso de alcohol.
Ambos nos quedamos en silencio mientras pensamos, porque sabemos que lo que sucedió no nos implica solo a nosotros sino a más personas. Justo en ese momento, mi móvil vibra sobre la encimera y no necesito mirar para saber quién es, aunque lo hago.
Sandy:
Cuando salgas de ahí, me lo explicas TODO.
Porque esto no tiene sentido ni para ti.
Aprieto el móvil y él me observa.
—¿Sandy? —pregunta.
Asiento.
—Luego hablaré con ella.
—Bien.
No dice nada más, algo que también es nuevo para él. Dejo el móvil boca abajo y vuelvo a mirarle.
—Seis meses —digo.
—Seis meses —repite.
—Y después desaparecemos de la vida del otro.
Devon mantiene la mirada fija en mí .
—Esa es la idea.
Asiento con la convicción de que ahora todo está claro. Sin embargo, vivir con él no es el problema, sino que cuanto más entiendo su mundo… más claro tengo que esa noche no fue solo un error.
No vuelvo a coger el móvil después de leer el mensaje de Sandy.
Lo dejo boca abajo sobre la encimera, como si así pudiera silenciar también lo que implica, aunque no funciona, porque lo que pasa fuera no desaparece solo porque decida no mirarlo.
Devon tampoco vuelve al portátil. Se queda a un par de pasos de mí en silencio.
Cojo mi taza de café y doy un sorbo, aunque ya está frío, pero no me importa.
Camino hacia el salón y dejo la taza sobre la mesa baja que hay justo en el centro y frente al sofá, rompiendo otra vez esa simetría absurda que parece sostener todo en este apartamento.
Después me dejo caer en el sofá, me cruzo de piernas y apoyo la espalda como si llevara aquí toda la vida.
A pesar de que sé que no es cierto, no estoy dispuesta a actuar como si fuera una invitada.
Unos segundos después, él se acerca hasta donde estoy y, aunque se queda de pie, observa la taza fuera de lugar y cómo me he sentado. Supongo que el conjunto es una desviación que necesita reprobar.
—Eso no va ahí —dice al final, señalando la taza.
Apoyo el codo en el respaldo y lo miro .
—Sí que va.
—No, no es su lugar.
—Ahora sí que lo es.
No me responde de inmediato. Se acerca, coge la taza y la desplaza unos centímetros, alineándola con el borde de la mesa con precisión.
—Esto es lo que te tranquiliza —digo, después de observar lo que acaba de hacer—. Que cada cosa esté donde crees que debe estar.
Devon deja la taza y levanta la vista.
—Esto es lo que evita errores.
—No —niego con la cabeza—. Esto es lo que te hace pensar que puedes evitarlos.
No me responde y se limita a sentarse en el extremo opuesto del sofá, manteniendo una distancia que no es tampoco suficiente para que resulte cómoda. Apoya los antebrazos sobre las piernas y entrelaza las manos, mirándome con atención.
—No puedes vivir así —dice mirándome con gesto serio.
—¿Así cómo? —le pregunto frunciendo en ceño.
—Como si todo te diera igual.
Suelto una risa breve.
—No me da todo igual —respondo—. Pero esto no lo voy a convertir en una obsesión .
—No es una obsesión. Es una situación que requiere precisión.
—Ahí está —le señalo—. Esa palabra: «precisión».
—Es la correcta.
—No, es la tuya y la que te define.
Nos quedamos mirándonos y después me levanto, porque necesito moverme.
Voy hacia la cocina, abro el frigorífico y saco una botella de agua.
No pregunto si puedo hacerlo. Doy un trago directamente y la dejo sobre la encimera, sin cerrarla.
Evidentemente sé que esto es un sacrilegio para él, pero lo he hecho a consciencia.
Cuando ve lo que he hecho, se levanta, se acerca, coge la botella y la cierra con un giro preciso antes de dejarla en su sitio.
—Eso sí es un error —dice.
Me apoyo en la encimera, justo frente a él.
—¿Sabes qué es un error de verdad?
—Ilústrame.
—Pensar que puedes controlar algo cuando ya ha salido de tu alcance.
—Nada se ha salido de mi alcance.
—Entonces esto —le señalo el anillo— es parte de tu planificación.
No responde, pero ese silencio dice mucho más que cualquier palabra.
—No te cuadra —añado, más bajo .
—No.
—A mí tampoco.
Mi mano se mueve sin darme tiempo a decidirlo y roza la suya sobre la encimera. No es un gesto consciente, aunque no la retiro de inmediato. Devon baja la mirada hasta nuestras manos y después vuelve a mirarme a mí.
—Esto sí es un error —murmuro.
—No —responde él, sin moverse—. Esto es una consecuencia.
La frase se queda sobrevolando nuestras cabezas y ahora soy yo quien se aparta.
Me giro y cojo el móvil de la encimera, más por necesidad de hacer algo que por otra cosa y compruebo cuando se ilumina la pantalla, que el mensaje de Sandy continúa ahí esperando a que le responda, aunque todavía no lo hago.
—Seis meses —digo, sin mirarle.
—Sí, eso es —responde él.
—Y no vas a decirme lo que tengo que hacer en cada momento.
—No lo haré.
—Pero lo intentarás.
—Probablemente.
Asiento y me giro hacia él otra vez.
—Entonces vamos a tener un problema constante.
—Eso ya lo tenemos .
Su respuesta me hace sonreír, aunque no tenga gracia.
—Bien —digo—. Me gustan los problemas que no se pueden resolver en cinco minutos.
—No te convienen.
—Eso está por ver.
Nos miramos y cojo la botella de agua antes de irme a mi habitación sin decir nada más, porque no lo necesito.
Cuando cierro la puerta de mi dormitorio, el silencio del ático vuelve a instalarse con la perfección irritante que lo define, pero ya no es el mismo de antes.
Porque ahora sé exactamente qué es lo que falla aquí.
No es el espacio, ni la situación, ni siquiera es Devon.
Es lo que pasa cuando dos cosas que no deberían encajar… empiezan a hacerlo.
Me dejo caer sobre la cama sin quitarme los zapatos y miro al techo durante.
Vivir con él no es el problema, sino que cuanto más entiendo su mundo…
más claro tengo que lo peor de todo no es no recordar que sucedió esa noche, sino que empiezo a sospechar que, si pudiera volver atrás…
no estoy segura de que quisiera cambiarlo.