Error inesperado (Errores en Manhattan 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

Elara

La puerta del ático se abre y lo primero que pienso al cruzarla no es que Devon Mitchell viva bien, sino que nadie debería vivir en un sitio tan perfectamente ordenado sin acabar perdiendo una parte importante de su alma por el camino.

No me detengo al entrar, aunque motivos no me faltan.

El espacio es enorme y tiene el tipo de lujo que pretende resultar acogedor, pero no lo consigue.

Los ventanales ocupan casi toda una pared y Manhattan queda al otro lado, como si formara parte de la decoración privada de un hombre demasiado acostumbrado a que todo esté exactamente donde quiere .

Aquí no hay nada fuera de lugar. Ni un cojín mal puesto, ni una taza olvidada, ni una chaqueta abandonada sobre una silla en un momento de despiste. Esto no parece una casa.

Dejo la maleta en el suelo justo cuando Devon entra detrás de mí con la misma seguridad con la que se mueve por cualquier sitio que considera suyo, que sospecho que son casi todos.

Lleva una mano en el bolsillo del abrigo y la otra sujetando el móvil, revisando algo que, por la rigidez de su expresión, tiene toda la pinta de estar relacionado con el trabajo…

o con alguna otra cosa que necesite tener bajo control.

—No voy a quedarme aquí para siempre —le digo antes de que le dé tiempo a empezar con su manual de funcionamiento interno—. Te lo aclaro por adelantado para que no te dé un microinfarto si ves una crema hidratante mía en tu baño.

Devon levanta la vista de la pantalla y me mira.

—No estoy preocupado por una crema hidratante —responde mientras deja el móvil sobre una consola de mármol que probablemente cuesta más que mi coche—. Me preocupa que entiendas por qué estamos aquí.

Suelto una risa breve y sin alegría.

—Sí, claro. Estamos aquí porque al universo le pareció divertido emborracharme, casarme contigo y luego regalarme una visita guiada por el catálogo de «Cómo vive el uno por ciento de los ciudadanos de este planeta».

No se inmuta y se limita a colgar el abrigo en un perchero invisible para cualquier humano normal, porque hasta el perchero parece estar escondido dentro de la pared, y vuelve a centrarse en mí.

—Estamos aquí, porque quedarte en tu apartamento no es viable.

—Explícamelo otra vez y despacio, por favor, porque igual me he perdido la parte en la que mi piso se ha incendiado —le respondo cruzándome de brazos frente a él.

Devon se acerca a la mesa baja del salón y deja una carpeta allí, perfectamente alineada con el borde.

—Tu edificio tiene vecinos —empieza a hablarme mostrándome una paciencia que solo consigue ponerme más nerviosa—.

Tienes una vida visible, entradas y salidas fáciles de rastrear y una mejor amiga que ya sabe que algo se ha salido de control.

Después de lo que ha pasado en la oficina esta mañana y con la cantidad de gente que ha visto las alianzas, lo menos inteligente que podemos hacer ahora es movernos como si viviéramos en mundos separados.

No me gusta que tenga sentido lo que acaba de decir, así que reacciono peor .

—Vaya, qué desgracia. Resulta que tengo vecinos. Tendría que haber nacido millonaria y vivir suspendida sobre Manhattan como un villano del cine.

—No dramatices —responde sin subir la voz—. Solo necesito coherencia.

—Tú necesitas coherencia y yo una copa y una explicación mejor que la que me has dado.

Devon no entra a mi sarcasmo. Avanza hacia la cocina abierta al salón, que parece diseñada por alguien que nunca ha frito un huevo en su vida, y deja un vaso de agua frente a mí con un gesto tan medido que me dan ganas de tirarlo solo para ver si sufre un colapso cardiaco.

—Necesitas tiempo para pensar sin tener ruido alrededor —dice.

Miro el vaso y luego a él.

—¿Y tu ático es el lugar ideal para eso? Curioso. Yo lo habría descrito más bien como el «centro operativo de un psicópata».

Por primera vez desde que hemos entrado, algo en su expresión se mueve. No llega a ser una sonrisa, ni una mueca de molestia, sino una mínima contracción en la comisura que desaparece antes de que acabe de dejarse ver.

—Puedes llamarlo como quieras —responde—, pero durante estas semanas este lugar nos da una versión lógica de lo ocurrido.

Si alguien pregunta, compartimos espacio.

Si alguien mira, no encontrará contradicciones.

Si George necesita localizarme o si la situación en la empresa va a más, te tengo donde debo tenerte.

El final de la frase se le escapa con demasiada naturalidad y yo lo cazo al vuelo.

—¿Dónde debes tenerme? —repito despacio y dejando que la barbaridad se expanda entre los dos—. Qué detalle por tu parte. Casi parece que hablas de una esposa y no de una contingencia legal con piernas.

Devon exhala muy despacio.

—Estoy hablando de reducir el margen de error.

—Pues empieza por no hablar de mí como si fuera un activo inmovilizado.

Camino hacia el salón arrastrando la maleta detrás de mí y dejándola justo en mitad del espacio, donde interrumpe visualmente la perfección milimétrica del lugar.

Me giro sobre mí misma y vuelvo a observar el ático con más atención.

Un sofá de piel enorme en tono piedra, una librería sin un solo libro mal colocado, una mesa baja sobre la que no hay ni una revista, ni un mando a distancia, ni una señal de vida fuera del orden.

A la izquierda, una cocina abierta con superficies impecables y electrodomésticos integrados hasta el punto de parecer un quirófano de lujo y más allá, un pasillo que supongo que debe llevar a los dormitorios.

Todo respira una especie de disciplina silenciosa que no me resulta admirable, sino sospechosa.

—Esto no es una casa —murmuro, más para mí que para él.

—No —responde desde detrás de mí, demasiado cerca para que me guste—. Es mi casa.

Me vuelvo.

—No hace que la primera impresión sea mejor, Devon.

Se apoya en el respaldo de una silla alta de la cocina y me observa con una quietud exasperante.

—Hay tres normas básicas —empieza.

Levanto una mano.

—No. Así no.

—Así, sí —insiste.

—No he terminado de odiar la idea de estar aquí y ya quieres reglamentarme la existencia —resoplo sonoramente.

—Precisamente por eso.

Suelto el asa de la maleta y doy un paso hacia él.

—Te lo voy a decir una vez, porque sospecho que tu problema no es la inteligencia sino el exceso de costumbre a que todo el mundo te obedezca: si voy a quedarme aquí, no va a ser porque hayas convertido esto en un internado para esposas accidentales.

Devon mantiene la mirada fija en mí .

—Si vas a quedarte aquí, será porque entiendes que esto no va de comodidad, sino de estrategia.

—¡Qué romántico!

—No estoy intentando serlo.

—Eso lo tienes conseguido desde el minuto uno.

Apoya ambas manos en el respaldo de la silla y habla con una calma que debería tranquilizarme, aunque consigue exactamente lo contrario.

—Primera norma: si sales, me lo dices. Segunda: no invitas a nadie. Tercera: cualquier cosa relacionada con la boda, la empresa o el grupo empresarial pasa antes por mí.

Lo miro fijamente.

—¿Quieres que te repita todo lo que acabas de decir para que te des cuenta de lo absurdo que suena?

—Quiero que lo entiendas.

—Perfecto. Pues entiéndeme tú a mí ahora.

Me acerco a la cocina, cojo el vaso de agua, lo dejo sobre la encimera sin beber y camino hacia el pasillo como si llevara aquí viviendo tres años.

—No voy a pedir permiso para salir —le digo mientras abro la primera puerta que encuentro—.

Ni pienso convertir mi vida en una previa aprobación por escrito.

Tampoco voy a esconder a mis amigos de la vista de tu pobre salón inmaculado y no voy a pasar cada uno de mis pensamientos por revisión antes de emitirlo .

La habitación que hay tras la puerta resulta ser un despacho. Claro que lo es. Todo hombre que necesita controlar el oxígeno de su entorno tiene un despacho en casa para seguir controlándolo, pero desde otra silla.

—Esa no es tu habitación —me informa desde el umbral, sin moverse aún.

Me vuelvo y apoyo una mano en el marco.

—No sabía que ya las habías repartido.

—La de invitados está al final del pasillo.

—Qué alivio. Temía que me fueras a poner en una cápsula transparente, insonorizada e incomunicada con ventilación regulada.

Cierro la puerta del despacho sin brusquedad, pero con intención y vuelvo a abrirla cinco segundos después, porque no tengo ninguna necesidad de regalarle una victoria teatral. Devon sigue exactamente donde estaba, lo que me resulta casi inquietante.

Camino hasta el final del pasillo con la maleta detrás de mí y encuentro la habitación de invitados.

Es amplia, impersonal y tan perfecta como el resto del ático.

Hay una cama hecha a la perfección y con aspecto hospitalario, un armario empotrado, un baño privado, una butaca junto al ventanal y ni una sola cosa que permita adivinar que un ser humano ha dormido aquí alguna vez .

Entro, dejo la maleta abierta sobre la cama y saco un vestido que no quiero que se arrugue.

Lo cuelgo en el tirador del armario. No en una percha, sino en el tirador.

Un pequeño crimen doméstico a ojos de Devon, pero que en este lugar es absolutamente necesario.

Detrás de mí, Devon entra al fin en la habitación y observa el vestido colgando de forma impropia.

—Eso no va ahí.

Ni me giro.

—Sí que va.

Ahora sí me vuelvo y me encuentro a apenas un par de pasos de él, con la puerta abierta a su espalda y una expresión tan contenida que casi parece un insulto.

—Hay perchas en el armario —dice con una paciencia muy trabajada—. Si vas a instalarte aquí, al menos evita tratar el mobiliario como si te hubiera ofendido.

—El mobiliario me ha ofendido —respondo—. Me mira por encima del hombro.

Abro el armario y saco tres perchas. Cuelgo el vestido en una, luego una blusa y, por último, una bufanda. Después lo dejo abierto, a propósito, rompiendo visualmente la simetría de la habitación.