Error inesperado (Errores en Manhattan 1) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Asiente despacio, como si confirmara algo que ya sabía.

—No me impresiona.

—No es el objetivo.

—Entonces no sé qué haces —dice, inclinando ligeramente la cabeza—, porque desde fuera parece que todo esto está construido para que nada falle… y aun así lo haceen cuanto aparece algo que no puedes controlar.

—Controlar es lo que evita que falle —respondo.

—Hasta que deja de hacerlo —replica.

Nos quedamos mirándonos.

—No vuelvas a interrumpir —digo.

—No he interrumpido —responde sin elevar la voz—. He corregido algo que estaba mal.

—Aquí es lo mismo .

—Entonces el problema no soy yo —añade—, sino el contexto en el que decides que lo sea.

—No es el momento.

—El momento era ese.

Da medio paso más.

—¿Te molesta? —pregunta acercándose medio paso más a mí.

—Me complica —respondo sin moverme.

—Ya lo sé.

—Entonces no lo hagas.

—No funciona así.

—Aquí sí, tendrás que adaptarte.

—No voy a hacerlo —responde y sigue sin apartarse.

Rompo el momento moviéndome hacia la mesa, en un intento de recuperar el espacio y con ello el control de la situación.

—Tenemos que movernos —digo, sin elevar la voz.

Ella no responde de inmediato y se limita a observarme.

—Claro —responde—. No vaya a ser que tu mundo se desordene más de la cuenta.

Salgo de la sala sin esperar a que me siga y noto cómo el entorno vuelve a ajustarse a mi paso en cuanto cruzo la puerta, como si nada de lo que acaba de pasar ahí dentro pudiera existir fuera .

Elara no se adapta al ritmo general cuando sale detrás de mí. No reduce el paso ni cambia la forma en la que se mueve, y eso hace que vuelva a convertirse en el punto de fricción dentro de un sistema que no está diseñado para absorber cambios sin reaccionar.

George aparece desde el extremo del pasillo con la tableta en la mano, ajustando algo mientras camina hacia nosotros.

—He bloqueado el hilo interno —dice en cuanto se acerca, sin detenerse del todo—, pero ha durado lo suficiente como para que lo vean más personas de las que nos convienen.

—Que desaparezca lo antes posible —le ordeno.

—Lo hará —contesta, desplazando la mirada hacia Elara un instante antes de volver a mí—. Pero no lo que ya se ha interpretado.

La precisión de la frase es intencionada.

—Entonces ajusta lo que se interpreta.

George asiente, pero no se mueve. Observa cómo Elara se detiene frente a una de las mesas del equipo de comunicación, donde dos personas revisan una pantalla y levantan la vista en cuanto la ven acercarse.

No se apartan y Elara habla con ellas. Desde donde estoy no alcanzo a escuchar lo que dice, pero no necesito hacerlo para entender el efecto que va a tener .

—Debes limitar su acceso —dice George en voz baja, lo justo para que nadie más pueda oírle.

—No —respondo.

George no se sorprende ante mi respuesta.

—Entonces tendrás que asumir el impacto.

—Lo haré.

Su mirada se mantiene un instante más en Elara antes de volver a mí y, al instante, se marcha por el pasillo sin decir nada más.

Ella se gira hacia mí después de hablar con el equipo y no me da la sensación de que se sienta incómoda ni fuera de lugar y eso es precisamente lo que la convierte en un problema más complejo que cualquier error evidente.

—Tienes un problema de comunicación —dice cuando se acerca hasta donde estoy yo.

—No lo tengo.

—Claro que sí —responde—. La mitad de tu equipo no sabe si puede hablar conmigo y la otra mitad no sabe si debería evitarme.

—Eso se ajusta.

—Eso se evita —corrige—. Porque si no lo haces, lo que tienes no es control, es miedo.

—No es miedo —respondo.

—Entonces es otra cosa que se le parece demasiado.

—No vas a cambiar cómo funciona esto —añado .

—No lo pretendo —responde—. Solo estoy viendo dónde falla.

—No falla.

—Lo hace en cuanto entro yo —suelta con convicción.

La afirmación es directa y correcta.

—Eso es circunstancial.

—Es estructural —me corrige—. Lo circunstancial es que no te guste verlo.

Nos detenemos frente a la puerta de la sala de reuniones donde esperan los inversores. Al otro lado, se percibe movimiento y voces amortiguadas. Todo sigue funcionando a pesar de todo.

—Quédate aquí —le indico.

—¿Eso es una orden? —me pregunta alzando una ceja.

—Solo es una forma de evitar que esto vaya a más.

—Eso ya lo has dicho.

—Entonces ya sabes por qué lo digo.

Se cruza de brazos, apoyándose ligeramente en la pared, sin parecer en ningún momento alguien que esté esperando instrucciones.

—No voy a desaparecer —responde—. Puedes entrar ahí dentro y hacer lo que haces siempre, pero no voy a quedarme quieta para que esto parezca normal.

—No necesito que parezca normal.

—Entonces no intentes esconderlo .

No contesto, porque no es una conversación que deba continuar aquí.

Así que abro la puerta sin añadir nada más y entro en la sala.

Los inversores se levantan, algunos más por inercia que por necesidad, y las miradas se centran en mí con una mezcla de interés y cálculo, que no desaparece nunca en este tipo de reuniones.

—Mitchell —saluda Hollister, extendiendo la mano.

La estrecho sin detenerme.

—Empezamos.

No hay referencias a lo ocurrido en voz alta, aunque sé que están ahí. Las percibo en los silencios que duran más de lo normal y en las miradas que se desvían hacia la alianza que llevo en el dedo anular. La reunión avanza y todo está bajo control hasta que deja de estarlo.

—¿Cómo afecta esto a la estabilidad de la firma? —pregunta uno de ellos, apoyándose hacia delante con interés.

Evidentemente que no especifica a qué se refiere, aunque no hace falta que lo haga, porque todos lo saben.

—No la afecta —respondo, sin explicar nada—. A menos que alguien decida convertirlo en un problema —digo, dando por cerrado el tema antes de que se abra de nuevo.

Cuando la reunión termina, salgo sin detenerme a alargar la conversación.

No hay nada más que ganar ahí dentro. Elara sigue donde la he dejado, pero el contexto ya no es el mismo.

Se incorpora en cuanto me ve acercarme, sin gesto contenido ni incomodidad, como si este lugar no tuviera normas invisibles que la afecten.

George aparece desde el fondo del pasillo con la tableta en la mano, pero esta vez no habla de inmediato. Primero observa a Elara y después a mí.

—Está contenido —dice al final, deteniéndose a una distancia que no invade la conversación, pero tampoco se mantiene al margen.

—Por ahora —respondo.

—Por ahora, sí —repite, sin matizar.

Su mirada vuelve a desplazarse hacia ella, que en este momento se ha girado ligeramente hacia una de las mesas del equipo, donde alguien intenta fingir que sigue trabajando mientras observa de reojo. George lo ve, después me mira a mí, pero esta vez no aparta la vista enseguida.

—¿Algo más? —pregunto.

George duda, algo que no suele hacer.

—Sí —dice finalmente—. Esto no se va a quedar aquí.

—Nada se va a quedar aquí —respondo.

—Esto tampoco —añade.

Elara no dice nada, pero sé que está escuchando.

—Lo gestiono —digo.

George asiente, pero no con la misma neutralidad de antes.

—Lo sé —responde—. La cuestión es hasta dónde .

Se aparta, pero antes vuelve a mirarnos a ambos y, después, se marcha. Elara se cruza de brazos y se apoya ligeramente en la pared, aunque no parece afectada por nada de lo que acaba de ocurrir.

—No te gusta —dice.

—No es relevante —respondo encogiéndome de hombros.

—Claro que lo es —replica—. Porque ya no es solo lo que pasa aquí dentro, sino cómo lo ven desde fuera.

No le respondo, porque tiene razón.

—¿Y ahora qué? —añade.

—Ahora seguimos.

—Como si nada.

—Como debe ser.

Niega muy despacio con la cabeza.

—Eso no es seguir —dice—. Esto es aguantar hasta que algo se rompa.

La miro y no discuto, porque lo que acaba de decir no suena a teoría, sino a algo bastante más real.

Es entonces cuando entiendo que, desde que he cruzado la puerta de esta empresa, el problema ya no es el contrato, ni la boda, ni todo lo que los demás creen haber visto.

El problema es otro. Está en mí… y empieza a notarse demasiado.

No debería importarme quién es Elara, pero ni siquiera George ha necesitado preguntar para darse cuenta de que algo ya no funciona como antes.