Error inesperado (Errores en Manhattan 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

Devon

Las puertas del ascensor se abren justo cuando levanto la vista, sin retrasos ni esperas, exactamente como funciona todo aquí.

Salgo sin detenerme y, en cuanto piso la recepción, el ambiente cambia al instante.

Una conversación se corta a mitad de frase, alguien aparta la silla con más cuidado del habitual, dos personas se ponen en pie casi al mismo tiempo y varias voces bajan sin que nadie dé la orden.

Camino por el pasillo principal con el ritmo de siempre y, a medida que avanzo, todo a mi alrededor parece colocarse solo.

A mi derecha, el equipo de análisis sigue hablando, pero baja el volumen en cuanto paso.

A mi izquierda, una conversación desaparece por completo antes de que llegue a su altura.

Todo funciona exactamente como debería. Todo menos Elara.

La noto a mi lado sin necesidad de mirarla.

No camina un paso por detrás ni intenta seguirme el ritmo, simplemente avanza a mi altura, observándolo todo con una naturalidad que no encaja con este lugar.

No intenta adaptarse y, por algún motivo, eso me distrae más de lo que debería.

Cuando llegamos a recepción, la recepcionista se pone en pie en cuanto me ve, con esa sonrisa perfecta y profesional, que aquí todo el mundo parece aprender demasiado rápido.

—Buenos días, señor Mitchell.

—Buenos días —le respondo asintiendo y sin reducir el ritmo de mis pasos.

Paso de largo sin detenerme y noto de reojo cómo esa sonrisa aguanta mientras estamos delante de ella y desaparece en cuanto seguimos avanzando.

Accedo a la zona restringida, paso la tarjeta por el lector y la puerta se abre al instante con un sonido apenas perceptible.

Dentro, el ambiente cambia por completo.

Todo está más controlado y calculado, más parecido a cómo suelo funcionar.

George me espera junto a la mesa central con la tableta en la mano. No revisa nada cuando me acerco, porque, como siempre, tiene todo está preparado antes de que llegue .

—La reunión está lista —dice, girando ligeramente la pantalla hacia mí, pero yo no miro la tableta.

—Reprográmala —le ordeno.

George no reacciona, al menos no de forma visible. Solo inclina la cabeza lo justo para registrar la instrucción que acabo de darle.

—¿Motivo?

—No es relevante.

Asiente sin insistir y reorganiza la agenda con dos movimientos rápidos, ajustando bloques que ya estaban definidos.

—Tienes inversores a las diez, auditoría a las once y comité a las doce —continúa, sin levantar la voz.

—Inversores se mantiene —respondo mientras camino hacia la sala de reuniones—. La auditoría se reduce a treinta minutos y el comité se mueve a primera hora de la tarde.

George ajusta cada punto sin cuestionar la decisión, pero justo después baja la mirada un instante hasta mi mano y ve el anillo, aunque no dice nada. Después observa a Elara durante un segundo.

—¿Algo más? —me pregunta.

—Sí. No quiero ninguna circulación interna sobre lo de anoche.

—Por supuesto.

—Si alguien pregunta, no hay información .

—Entendido.

—Localiza a quien ofició la ceremonia. Necesito nombre, base legal y margen de anulación.

—Enseguida.

Se aparta un poco y nos deja espacio sin desaparecer del todo, como si calibrara la distancia exacta en la que debe mantenerse. Elara no dice nada y se limita a observar.

Cuando entramos en la sala de reuniones, el equipo se pone en pie al instante.

—Podéis sentaros —les digo y me obedecen todos menos Elara, que se queda de pie, ligeramente desplazada hacia un lado, recorriendo el espacio con la mirada como si no estuviera dentro de la escena sino analizándola desde fuera.

—Necesito un resumen en dos minutos —digo mientras abro la carpeta que me acerca Laura, mi secretaria.

—Lo tienes —responde, ajustando su postura antes de empezar.

Paso páginas sin detenerme, buscando alguna inconsistencia en lugar de datos, y la encuentro antes de que termine la tercera hoja.

—Esto no está actualizado.

Levanto la vista lo justo para fijarla y Laura frunce el ceño.

—Se cerró anoche —me informa.

—No con estos números .

Todos se quedan en silencio.

—Corrígelo —le ordeno.

—De acuerdo.

La reunión continúa sin pausas innecesarias ni explicaciones que no aportan nada.

Todo sigue un estricto orden y está bajo control.

Elara aunque no interrumpe, tampoco permanece quieta.

Se acerca a la ventana, observa la ciudad, vuelve a la mesa y recorre los gráficos con la mirada sin pedir permiso ni justificar su presencia.

Me fijo en que uno de los analistas la observa, después me mira a mí y espera, aunque yo no reacciono.

—Necesito ese informe a las cuatro —exijo sin desviar la atención de la reunión—. Sin revisiones intermedias.

—De acuerdo.

—Ajusta el escenario B.

—¿En qué sentido? —pregunta Laura.

—Reduce riesgo sin perder margen.

—Eso implica recortar la proyección.

—Lo asumimos.

Asienten y justo en ese momento veo como Elara se inclina sobre la mesa con un gesto natural.

—Eso no cuadra —dice de forma inesperada y el silencio que se produce en la sala es sepulcral.

Laura la mira sin saber si debe responder o esperar.

—¿Perdona? —pregunto, girándome hacia ella .

Elara no se retira y señala el gráfico apoyando el dedo en una cifra concreta.

—Si reduces riesgo y mantienes margen, esto se rompe aquí. Estás ajustando variables que dependen entre sí, y si bajas una, la otra no puede mantenerse sin alterar el modelo al completo.

Todos miran, pero no a ella, sino a mí. Observo lo que dice en el documento y compruebo que tiene razón.

—Corrígelo —digo—. Y que no vuelva a suceder más.

Laura asiente de inmediato.

—Sí.

Elara se aparta sin esperar una validación por mi parte y eso es lo que más altera la dinámica de la reunión a la que estamos acostumbrados todos los que estamos alrededor de esta mesa.

—Continuamos.

La reunión se cierra un rato después sin necesidad de prolongarla.

No hace falta añadir más cuando todo está decidido y cada uno sabe exactamente qué tiene que hacer, pero el ambiente no vuelve a su estado inicial cuando el equipo empieza a recoger sus cosas, porque ahora hay algo más en la sala, una tensión que no forma parte del trabajo.

Se levantan uno a uno, intercambian miradas y salen sin hacer ruido.

Elara se queda donde está. y permanece apoyada en la mesa, mirando los documentos que aún tengo frente a mí.

George entra cuando el último cierra la puerta. No necesita llamar, porque nunca lo ha hecho y se detiene a mi lado, como si supiera que lo importante no es lo que acaba de pasar, sino lo que viene después.

—He reajustado la agenda —dice en voz baja, lo suficiente para que solo lo escuche yo.

—Bien —asiento y veo que su mirada se desplaza hacia ella durante un instante y después regresa a mí.

—Hay comentarios en la planta —me informa.

—Habrá más —respondo.

—Los estoy conteniendo.

—Hazlo mejor.

George asiente sin justificar nada y permanece sin moverse un momento mientras observa cómo Elara se aparta de la mesa y empieza a caminar por el despacho sin un rumbo aparente, tocando con la punta de los dedos el borde de una carpeta, deteniéndose frente a la estantería sin sacar nada, como si necesitara moverse para pensar.

George la observa y después me mira a mí.

No dice nada y sale de la sala. La puerta se cierra con un clic suave que devuelve al despacho su calma habitual, pero la sensación de orden que suele reinar también aquí no se impone del todo .

—No es mal equipo —dice Elara girándose hacia mí y apoyando una mano en la mesa—, pero están demasiado acostumbrados a no cuestionar nada de lo que dices.

—Aquí se cuestiona todo.

—No siempre —responde, sosteniéndome la mirada con una calma que no busca provocar, sino afirmar—. Lo hacen cuando tú lo permites, que no es lo mismo ¿Te molesta que lo diga?

—Me molesta dónde lo haces.

—Entonces cambia el sitio —responde sin vacilar—, porque el problema no es la frase, es el momento en el que decides escucharla.

No responde como alguien que se defiende, sino como alguien que observa y eso es un problema añadido.

—No funciona así —digo.

—Todo funciona así —replica—, solo cambia quién tiene el control.

La puerta se abre sin previo aviso y Brock entra sin llamar, como si este espacio no fuera distinto del resto o como si le resultara indiferente que lo sea. Se detiene al vernos.

—Vaya. Esto sí que no me lo esperaba —dice y su mirada baja hacia el anillo de mi mano y después sube a Elara. —Enhorabuena —añade, con una sonrisa que no pretende ser amable—. Supongo.

—Gracias —le respondo sin demasiado entusiasmo .

Brock avanza un par de pasos, reduciendo la distancia con una naturalidad que en cualquier otro sería una invasión, pero en él no lo es.

—No es tu estilo —continúa, inclinando ligeramente la cabeza—, pero supongo que todos tenemos noches interesantes.

Elara no sonríe, aunque tampoco parece incómoda, y se limita a observarlo.

—Depende de lo que consideres interesante —. Brock se detiene a su altura —. Depende también de con quién te despiertes y de cuánto recuerdes después-

—Lo suficiente. —Elara no retrocede.

Brock sonríe por lo que implica la respuesta.

—Eso complica las cosas —dice.

—Para algunos —responde ella.

La atención de Brock vuelve a mí, aunque no del todo.

—Amara está preguntando —añade—. Y no va a parar.

—Que pregunte —suelto encogiéndome de hombros.

—Lo hará —insiste, sosteniéndome la mirada—. Y esto ya no es privado.

—Lo será.

Brock no responde de inmediato.

—Por ahora —dice al final y se gira para salir, pero antes de cruzar la puerta vuelve a mirar a Elara—. Nos veremos —afirma y sale de la sala .

Elara exhala muy despacio.

—Bonito ambiente —dice.

—Funciona.

—También se rompe —responde sin moverse.

—Todo lo acaba haciendo.

—Te están mirando —añade acercándose un paso a mí.

—Siempre.

—Pero hoy más.

—Hoy también.

—Por mí —suelta con convicción.

—También.