Capítulo 3
Elara
La cama ya no es un desastre, la ropa que he dejado por el suelo está doblada con una precisión que me pone de los nervios y todo lo demás está ordenado, como si alguien hubiera decidido borrar cualquier rastro de lo que ha pasado aquí.
Evidentemente, ese alguien es Devon, que está sentado al escritorio, con el portátil abierto y completamente centrado en la pantalla con la espalda recta, la expresión neutra y las manos quietas sobre el teclado, como si habernos casado por error fuera una incidencia menor.
Eso me saca de quicio. Cruzo la habitación en dos zancadas y empiezo a guardar mi ropa.
Mi camiseta está perfectamente doblada sobre la mesilla de noche, la cojo de un tirón y la doblo sin cuidado.
—Vas a romper algo —suelta sin apartar la vista del ordenador.
—Da igual, no es mío, es del hotel.
—Por eso me preocupa.
Aprieto los labios y sigo a lo mío. Abro la maleta para hacerla, aunque no recuerdo haberla deshecho. Tampoco recuerdo casi nada de anoche, así que no me sorprende demasiado.
Empiezo a meter ropa dentro sin orden.
—No sabía que también te preocupaba la ropa ajena —le digo mientras cojo lo que queda de mi ropa doblada pulcramente por Devon.
—Me preocupa el orden.
—Pues te has equivocado de persona.
Esta vez sí levanta la vista, aunque no me responde, solo me observa y eso es peor.
Mientras, yo sigo moviéndome por la habitación, abriendo cajones que no son míos y cerrándolos, haciendo ruido, como si eso fuera a cambiar algo.
Él hace lo contrario: cada cosa que toca la deja en su sitio, porque todos sus gestos tienen un objetivo y una intención.
—Vamos a hablar.
—Llevamos hablando bastante —le respondo sin mirarle .
—No. Vamos a poner orden.
Suelto una risa breve.
—Claro. ¿Lo organizas tú o lo votamos?
Cierra el portátil con calma y se levanta.
—Seis meses.
Me quedo quieta, no porque me sorprenda lo que acaba de decirme, sino porque sigue sonando igual de mal.
—No hace falta que me lo repitas.
—Hace falta que lo aceptes.
Levanto la vista despacio.
—Aceptarlo no está en mis planes.
—Lo estará.
—Te encanta decidir eso.
—Vamos a definir cómo funciona —me responde acercándose a mí.
—No, no funciona.
—Va a funcionar.
—Esa frase empieza a cansarme.
—Suele ser útil.
Le sostengo la mirada.
—No se trata de si «suele» o no.
—Por eso hay que fijarlo.
Se gira hacia la mesa, coge el documento sin abrirlo y vuelve hacia mí. No necesita leerlo, porque ya lo tiene claro.
—Hay normas —empieza .
—Por supuesto.
—Horarios.
—¿Perdona?
—Dónde tenemos que estar y cuándo.
—Esto no es una agenda compartida.
—Ahora mismo lo es.
Niego con la cabeza y cierro la maleta con un golpe seco.
—¿También vas a decirme cuándo tengo que respirar?
—Solo cuándo sea necesario que estés en el mismo sitio que yo.
—Eso suena peor de lo que crees.
—No, suena a organización.
—Suena a control.
—Es lo mismo.
—Para mí, no.
No lo discute.
—Distancia —suelta y yo alzo una ceja al escucharle.
—Esa me gusta.
—En público.
—¿Y en privado?
La pregunta se me escapa sin querer, lo que es un error, lo veo en su mirada y en que no me responde de inmediato.
—En privado no hay necesidad de fingir.
—Perfecto. Eso lo compro —asiento con la cabeza.
—Y no añadimos nada que complique esto .
—Eso ya lo has dicho.
—Lo repito porque es importante.
—Para ti.
—No, para ambos.
Me cruzo de brazos.
—¿Algo más en tu manual de normas? —le pregunto arqueando una ceja.
—Coherencia.
—Qué palabra más elegante.
—Tenemos que dar la misma versión.
—Ah ¿Ahora quieres que mintamos?
—Quiero que no improvises.
—Eso es lo mismo.
—No.
—Para mí sí.
—Solo digo que si alguien pregunta, damos una versión simple y lo más parecida posible —me aclara.
—Te he entendido.
—Entonces no improvises.
—No voy a seguir tus normas —sonrío sin humor.
—No te lo he pedido.
—Me lo estás imponiendo.
—Hazlo —dice—. Pero asume las consecuencias —añade tensando la mandíbula.
—Siempre vuelves a lo mismo: imponer .
—Es lo que hay.
Doy un paso hacia él, pero Devon no se mueve.
—No te lo voy a poner fácil —le aclaro.
—No te lo estoy pidiendo.
—Claro que lo estás haciendo.
—Estoy marcando límites.
—Y yo los estoy rompiendo.
Estamos demasiado cerca el uno del otro, aunque ninguno de los dos nos movemos. Lo que me molesta es que se me acelera la respiración antes que a él.
—Esto no es un contrato que puedas gestionar y ya —digo.
—Sí lo es.
—No conmigo.
—Contigo también.
—Te equivocas —insisto.
—Puede.
—Seguro.
—No estoy aquí para gustarte —añade inclinándose apenas un milímetro hacia mí.
—Menos mal.
—Estoy aquí para que esto no se nos vaya de las manos.
—Ya lo ha hecho.
—Puede ir a peor.
—Claro. Siempre puede .
—Entonces evita que ocurra.
—No voy a seguir tu guion —le recuerdo.
—No es un guion.
—Lo parece.
Nos miramos y siento lo cerca que estamos el uno del otro, cuando deja de haber distancia suficiente para fingir que esto sigue siendo solo una discusión.
Podría apartarme, de hecho, sería lo lógico y lo que haría cualquier persona con un mínimo de sentido común, pero no lo hago y él tampoco.
Seguimos demasiado cerca con una tensión que ya no tiene que ver solo con el contrato.
Su mirada baja un instante a mis labios.
No es un gesto evidente, pero lo veo y que no lo oculte lo vuelve más real, aunque también más incómodo.
—Esto no estaba en tus normas.
—No.
—Pues ya tienes una más —le suelto con descaro.
Devon no me responde ni se aparta. Sin pensarlo, muevo la mano y la apoyo en su pecho para marcar distancia.
Noto la suavidad de la tela de su camisa, aunque debajo de ella siento su cuerpo en tensión.
Retiro la mano, pero sé que ya es demasiado tarde.
Devon baja la mirada hacia donde le he tocado y vuelve a subirla.
—Esto no cambia nada.
—No —respondo—. Pero lo complica.
—Entonces no lo repetiremos .
Suelto una risa breve.
—¿También vas a controlar eso?
—Si hace falta, sí —me asegura.
—Claro que hace falta.
Ninguno de los dos nos apartamos y noto cómo su respiración roza la mía. No llega a tocarme, pero está ahí, demasiado cerca para ignorarlo. Esto es un error, lo sé, pero ninguno de los dos nos movemos y eso es lo peor, porque significa que no soy la única que lo está notando.
—Esto no entra en el acuerdo —añado.
—No forma parte del acuerdo.
—Entonces deberíamos evitarlo.
—Deberíamos.
Su mirada vuelve a bajar a mis labios otra vez, pero ahora más lento. Por suerte, consigo dar un paso atrás y me aparto de él.
—Vale —digo, recuperando el ritmo normal de mi respiración—. Sigamos con tu lista.
Devon tarda un momento en responder, porque tengo la sensación de que está intentando recuperar el control, que hace un instante se le ha escapado de los dedos.
—Como te decía, necesitamos coherencia —retoma—. Dar la misma versión.
—Sí, una versión simple.
—Exacto .
—Decisión impulsiva.
—Contexto concreto.
—Sin más detalles.
—Sin más —le respondo y asiento despacio.
—Y nadie se mete en nuestra vida.
—Nadie tiene acceso a ella.
—Eso suena mejor.
Se gira hacia la mesa y deja el documento alineado con el resto de las cosas, como si eso ayudara.
—Trabajo.
—¿Qué pasa con eso? —quiero saber.
—Esto no interfiere.
—Ya está interfiriendo.
—Se gestiona.
—Todo se gestiona contigo.
—Es lo que mejor funciona.
—Hasta que deja de hacerlo —le recuerdo.
Nos miramos otra vez y, justo en ese instante, mi teléfono vibra. No necesito mirar para saber que es Sandy otra vez. Lo cojo, aunque no quiero, pero lo hago.
Sandy:
Cuando salgas de ahí, me lo explicas TODO.
Porque, por lo visto,
no eres la única que ha hecho algo estúpido .
Aprieto el móvil entre mis dedos, aunque no le respondo.
—No hemos sido los únicos —le digo a Devon.
—Eso ya lo sabíamos, pero complica el contexto.
—Otra vez.
—Es lo que hay —me contesta encogiéndose de hombros.
—Luego hablaré con ella —le informo mientras guardo el móvil sin responder al mensaje de mi amiga.
—Después.
—Sí.
Me apoyo en la mesa y el contrato sigue ahí, inamovible.
—Vale —digo al final—. Entonces esto es lo que hay.
Devon no responde, porque no hace falta, ya ha dicho suficiente.
—Seis meses —continúo—. Normas. Control. Versión oficial.
—Correcto.
—Y después…
No termino la frase.
—Desaparecemos —añade.
—Eso suena bien —me giro para mirarle mientras le respodo.
—Es eficiente —añade encogiéndose de hombros .
—Claro.
Me inquieta que hace unos segundos que no discutimos.
—Seis meses —repito.
—Eso es.
—Ni uno más.
—Ni uno —me confirma.
Cojo la maleta.
—Y no me dirás lo que tengo que hacer.
—No, no lo haré.
—Lo intentarás.
—No, lo haré mejor.
—Sigue siendo una mala idea.
—Sí.
—Entonces encaja.
Me giro hacia la puerta y camino, aunque antes de abrir la puerta, me giro hacia él un momento.
—No voy a ponértelo fácil.
—No esperaba menos de ti.
Abro la puerta y salgo de la habitación.
Camino por el largo pasillo y respiro hondo mientras avanzo, aunque no me sirve para ordenar las cosas dentro de mi cabeza.
Ahora mismo, lo único que tengo claro es que tengo seis meses por delante con él.
Perfecto. Lo que no tengo claro es si el problema es el matrimonio… o todo lo que sucedió anoche.