Error inesperado (Errores en Manhattan 1) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—Un tema público —respondo—. Un tema profesional y que afecte a demasiada gente.

—A mí ya me afecta —me responde cruzándose de brazos.

—Y a mí —contesto—. Por eso es necesario acotarlo.

Se nota que no le gusta lo que le acabo de decir.

—No pienso esconderme —añade.

—No te lo he pedido.

—Lo acabas de hacer.

—No, lo que te he pedido es que no lo compliques.

—¿Te parece poco complicado haberte casado sin saber cómo?

—Me parece un hecho —replico—. Lo demás es gestión.

La conversación vuelve al mismo punto, por lo que debo cambiar el enfoque para poder avanzar.

—Necesito que me confirmes algo —continúo.

—Depende de lo que sea.

—¿Recuerdas a alguien concreto animándonos a que firmáramos? Niega con la cabeza

—Recuerdo voces, sentir la presión… Pero caras no.

—¿Algún nombre?

—Tampoco .

—¿Algún comentario?

Duda un instante.

—Algo como «si no te atreves» —dice—. Y gente riéndose.

Asiento, porque lo que dice encaja con lo que se ve en los vídeos.

—¿Y tú?

—Recuerdo el documento —respondo—. Pero no haber leído esa cláusula.

—Pues vaya novedad —murmura encogiéndose de hombros.

—Eso no invalida la firma.

—Ya, pero no deja de ser un desastre igualmente.

—Lo es.

Elara se aleja un paso y recorre la habitación con la mirada.

—Este sitio no ayuda —dice.

—No es el problema.

—Lo empeora.

No lo discuto, pero eso no es importante ahora,

—Vamos a lo inmediato —retomo—. Necesito que no respondas en el grupo de momento.

—¿Perdona?

—Sí, nada de mensajes impulsivos, ni de explicaciones, ni de bromas .

—¿Bromas? —me mira—. ¿Te parece que esto da para bromas?

—A otros sí —contesto—. Así que será mejor que lo evites.

—No vas a decirme cómo tengo que comportarme.

—Te estoy diciendo qué consecuencias tiene reaccionar sin pensar.

—Yo pienso.

—No en este contexto —le digo con más dureza de la que pretendía.

Elara aprieta la mandíbula.

—Te equivocas.

—Puede —concedo—. Pero ahora mismo no podemos permitirnos comprobarlo.

Se acerca otra vez hasta mí y yo no retrocedo.

—No somos un caso que puedas cerrar en un informe.

—No —repito—. Por eso hay que limitar el daño.

—Me encanta esa palabra —dice—. «Daño».

—Es lo que hay —le respondo encogiéndome de hombros.

La miro y ella no se aparta, lo que es un error, por lo que me adelanto y doy un paso atrás para evitar que ninguno de los dos traspase ningún límite.

—Necesito diez minutos —le informo.

—¿Para qué ?

—Para organizar esto.

—¿Organizar qué?

—Lo inmediato —respondo—. Llamadas, pasos, escenarios…

—¿Escenarios?

—Alternativas —corrijo—. Qué hacer si esto se filtra, si alguien pregunta, si alguien decide convertirlo en algo más…

—¿Quién haría eso?

—Cualquiera con interés.

—¿Y tú?

—Yo no tengo interés en que esto vaya a más.

—Eso sí que es tranquilizador.

—No te confundas —añado—. Que no quiera que escale no significa que no vaya a gestionarlo.

—Lo sé, eso es lo que más claro tengo —. Se aparta y recoge el móvil de la mesilla. —Voy a ducharme —dice—. Y voy a pensar.

—Hazlo —contesto.

Me lanza una mirada que me atraviesa al escuchar mi prohibición.

—No te preocupes, no voy a montar un espectáculo.

—No es preocupación —aclaro—. Es prevención.

—Para ti todo lo es.

—Funciona —respondo, encogiéndome de hombros .

—Hasta que deja de hacerlo.

No le respondo y ella se gira y cruza la habitación hacia el baño.

Cuando cierra la puerta, la habitación vuelve a recuperar la calma, por lo que aprovecho para coger el móvil y abro el grupo.

Reviso de nuevo el material, pero esta vez sin detenerme en lo evidente.

Busco patrones, secuencias, quién estaba cerca en cada momento, quién grababa, quién hablaba…

Brock aparece en varios ángulos, Amara también anda cerca, Dorian está en movimiento constante, Max apenas aparece y Alistair se mantiene en un segundo plano, observando.

Nada concluyente, pero hay un hilo común: provocación, empujes, comentarios que llevan a una decisión… Cierro el chat y marco otro número.

—George —digo cuando descuelga.

—Dime.

—Necesito que bloquees cualquier mención a esto en el entorno inmediato.

—¿A qué te refieres exactamente?

—A la boda de anoche.

Hace una pausa.

—Entendido —responde de forma diligente.

—No quiero ninguna circular interna en la empresa, ni comentarios y si alguien pregunta, no se le facilita ningún tipo de información .

—Hecho.

—Y localiza a quien ofició la ceremonia.

—¿Nombre?

—No lo tengo, pero te paso la imagen.

—Recibido.

Cuelgo y continúo con el siguiente paso.

Abro el correo y redacto un mensaje breve a Tina con el documento adjunto.

No necesito explicaciones adicionales, sino la confirmación por escrito.

Después vuelvo al documento en papel del contrato matrimonial y repaso la cláusula de nuevo.

No encuentro resquicios evidentes ni ambigüedades útiles.

Cierro la carpeta y hago una lista mental:

Exposición: media.

Riesgo: creciente.

Solución inmediata: inexistente.

Estrategia: contención.

Cuando más perdido estoy en mis pensamientos, Elara sale del lavabo.

—¿Y ahora? —pregunta alzando una ceja.

—Ahora debemos definir las reglas básicas.

—¿Reglas?

—Operativas —aclaro—. Hasta que esto tenga una salida.

—Seis meses no son una salida.

—Es el plazo .

—Me sigue pareciendo absurdo.

—Entiendo, pero eso no lo hace menos vinculante.

Se apoya en la mesa, mirándome de frente con los brazos cruzados.

—Dime algo que sí podamos hacer.

—No alimentar el tema —respondo—. No añadir decisiones impulsivas, ni contradecirnos en público…

—¿En público?

—Si, solo si alguien pregunta.

—¿Qué vamos a decir?

—Nada que no podamos mantener en el tiempo.

—Eso no es una respuesta.

—Es una línea de actuación y debemos mantenernos en ella —contesto.

—No me gusta.

—No tiene que gustarte.

—Vuelves a lo mismo.

—Funciona —le respondo con convicción.

Exhala de forma evidente.

—Vale. Entonces te hago una pregunta clara —dice—. ¿Qué hacemos si alguien del grupo escribe ahora mismo y pide explicaciones?

—No responder de inmediato.

—¿Y después?

—Le damos una versión simple .

—¿Cuál?

—Que fue una decisión impulsiva en un contexto concreto y que no hay más que añadir.

—Eso no es verdad.

—Bueno, pero sí es suficiente.

—Para ti.

—No, para que no vaya más allá.

—¿Y si no quiero decir eso?

—Entonces tendrás que asumir las consecuencias de decir otra cosa.

—Siempre vuelves a las consecuencias.

—Es lo que define las decisiones.

Se aparta de la mesa y da un par de pasos, sin rumbo concreto.

—No me gusta cómo suena nada de esto.

—No tiene que gustarte —repito—. Solo tiene que funcionar.

Se detiene.

—¿Y si no quiero que funcione?

La miro.

—Entonces se complicará.

—¿Y?

—Y pagaremos el precio.

La palabra no es grandilocuente sino exacta y ella vuelve a acercarse hasta donde estoy .

—No soy un problema que puedas gestionar —dice.

—No he dicho que lo seas.

—Lo estás tratando como si lo fuera.

—Estoy tratando la situación —corrijo—. Y tú estás dentro.

—Eso suena peor.

—Es más preciso.

Se queda a medio paso de invadir mi espacio y no retrocede. La observo y veo que hay algo en la forma en que me sostiene la mirada que no encaja con el resto. No es cálculo, ni estrategia. Es directo y eso es un problema añadido.

—Esto vuelve todo más complicado—digo.

—Ya lo sé.

—Voy a salir —añado—. Necesito cerrar un par de cosas.

—¿Me dejas aquí?

—No estás retenida.

—No es lo que he preguntado.

—No voy a desaparecer —aclaro—. Vuelvo en una hora.

—Perfecto.

No suena perfecto, pero no le doy más vueltas. Así que cojo mi chaqueta de la silla y reviso el móvil, aunque no hay ningún mensaje relevante. Antes de salir de la habitación, me detengo en la puerta un segundo .

—No respondas —repito.

—Lo he entendido.

Asiento y salgo. El pasillo está vacío y mientras avanzo hacia el ascensor, la estructura vuelve a su sitio dentro de mi cabeza: datos, plazos y acciones.

Lo demás queda fuera… Hasta que deja de hacerlo, porque hay dos variables que no encajan en el mismo marco: el contrato y Elara.

El problema es que la segunda no estaba en mis planes, solo fue un error.