Capítulo 2
Devon
Esto no debería haber pasado. No hay margen para la confusión cuando lo que tengo delante es un problema que exige orden y esto es un problema.
Me ajusto los puños de la camisa mientras observo la habitación por última vez, comprobando que cada cosa está exactamente donde debería estar. La cama deshecha es la única anomalía visible. No me gusta, porque nada de esto encaja con lo que suelo hacer, ni con mi forma de funcionar.
Desvío la atención hacia Elara, que acaba de salir del baño con una energía completamente distinta a la de hace unos minutos. Sigue siendo caótica, pero ahora es consciente de ello. Y cuando alguien es consciente, deja de ser predecible.
No digo nada de inmediato. Prefiero observar cómo se mueve, evalúa el entorno e intenta recomponerse sin reconocerlo en voz alta. No lo hace bien, porque no quiere y esa diferencia es relevante.
—He estado pensando —dice sin rodeos y yo la escucho sin interrumpirla.
—Eso es buena señal.
—No tiene gracia —me responde con gesto serio.
—No pretendía que la tuviera.
Se acerca lo suficiente para no tener que levantar la voz, pero invade mi espacio, como si no entendiera los límites que existen. Pese a eso, sé que lo entiende, pero simplemente no le importan.
—Esto no ha sido solo fruto de una borrachera —afirma.
—No he dicho que lo fuera.
—Pero lo estás tratando así.
—Lo estoy tratando como lo que es —respondo—. Un problema que tiene solución.
Detecto el matiz en su expresión. No está de acuerdo, aunque tampoco esperaba que lo estuviera.
—Pues a mí no me cuadra —insiste—. Las fotos, la gente, las situaciones… hay demasiadas cosas pasando a la vez .
—Eso no cambia el hecho principal.
—Lo cambia todo —me corrige con una seguridad que no encaja con alguien que hace apenas unos minutos no recordaba nada—. Porque significa que no fui la única que hizo algo que no haría normalmente.
—¿Y eso en qué te afecta?
—En que no pienso ignorarlo.
—No es prioritario.
—Será para ti.
—Para resolver esto, sí —. Señalo brevemente el espacio entre nosotros, no como un gesto teatral sino una delimitación. —Primero lo anulamos —añado—. Luego analizas lo que quieras.
—No funciona así —reacciona de forma inmediata, porque, como esperaba, no le gusta el orden.
—Funciona exactamente así —respondo sin elevar la voz, porque no hace falta. La estructura es clara y el problema también, pero ella no cede y yo tampoco.
—Esto no fue solo cosa nuestra —insiste.
—No —respondo—. Pero eso no lo hace mejor.
—Lo hace peor —me corrige.
La miro y ella me sostiene la mirada. No se retira, ni hay acuerdo posible, lo que me confirma lo que ya sabía: esto no va a ser sencillo .
Me aparto primero, no por ceder, sino porque la conversación ha llegado a un punto en el que insistir no aporta nada más.
Necesito datos reales, no interpretaciones.
Así que cojo mi móvil y abro el grupo «Boda desastre», que ella estaba revisando hace unos minutos.
Sin duda, el nombre es poco preciso, pero, por suerte, el contenido es más útil.
Deslizo las imágenes con rapidez y me detengo solo en lo necesario.
En la pantalla aparecen fotografías, vídeos y fragmentos de una noche que claramente se salió de control en varios niveles, no solo en el mío.
Finalmente, localizo el documento que busco.
Amplío la imagen y compruebo que tanto la firma de ella como la mía son claras.
No hay margen de interpretación. Esto se ha formalizado.
No obstante, el detalle que me interesa no es ese sino la cláusula.
La imagen no tiene mucha resolución como para leerla, pero es suficiente para identificar que el documento no es una broma.
Me levanto sin decir nada y cruzo la habitación hacia el escritorio.
Si el documento está aquí, estará completo.
Abro la carpeta que tengo más cerca, pero no está.
Abro otra y tampoco lo encuentro. Busco en una tercera y finalmente lo localizo.
El papel está doblado con precisión. Lo despliego despacio, repasando cada línea con atención, sin saltarme nada.
Leo los nombres, los datos, las firmas, las condiciones…
hasta que llego a la cláusula final. Una vez allí, me detengo y la leo.
No necesito releerla, porque la entiendo a la pr imera: seis meses de obligatorio cumplimiento y sin posibilidad de anular el matrimonio de forma inmediata.
Tenso la mandíbula al comprobar que el trámite no se puede anular inmediatamente.
—¿Qué haces? —me pregunta Elara acercándose a mí.
No levanto la vista de inmediato.
—Confirmar.
—¿El qué?
Levanto el documento lo suficiente para que lo vea.
—Esto.
Ella lo mira, pero no lo procesa igual.
—Vale. Ya sabemos que nos casamos.
—No —corrijo—. Sabemos que firmamos algo más.
Ahora sí reacciona.
—¿Cómo que algo más? —pregunta abriendo mucho los ojos.
Doblo el papel con cuidado y sin prisa antes de responder, porque la información no cambia por decirla más rápido.
—Condiciones.
—¿Qué condiciones?
Saco el móvil y marco un número sin pensármelo. No necesito explicarlo, solo confirmarlo.
—¿A quién llamas? —me pregunta frunciendo el ceño.
—A alguien que no se equivoca con esto .
No añado más mientras escucho tres tonos al otro lado del teléfono hasta que una voz me responde.
—Devon.
La voz al otro lado es precisa. Sin saludo innecesario.
—Necesito saber si un contrato firmado anoche es anulable.
—Depende del tipo de contrato —me responde sin rastro de sorpresa ante mi pregunta.
—Matrimonial.
Hace una pausa breve.
—No lo es.
—¿En qué plazo?
Otra pausa, pero ahora más corta.
—No en el que estás pensando.
Miro el documento otra vez, aunque no lo necesito.
—Concreta.
—Seis meses, Devon.
Cuelgo, porque no tengo nada más que preguntar. Elara me observa, esperando una respuesta que sé que no le va a gustar.
—No es anulable —le digo finalmente.
—Eso no tiene sentido.
—Tiene sentido legal.
—No me importa lo legal.
—Pues debería .
Me acerco un poco más a ella, reduciendo la distancia de nuevo.
—Estamos obligados a mantener esto durante seis meses.
Elara no reacciona de inmediato, lo que es peor que una discusión, porque ahora sí está procesando y sé que lo que está entendiendo no encaja con lo que quiere.
—No —dice al final—. Eso no puede ser así.
—Lo es.
—No puedes decirme que estoy casada contigo durante seis meses como si fuera una cita en el calendario.
—No es una cita.
—Ya lo veo.
—Es una condición firmada —aclaro—. Y es vinculante.
—No recuerdo haber aceptado eso.
—Lo hiciste.
—No en condiciones normales.
—Eso no invalida lo que firmamos.
—Entonces habrá que encontrar la forma de romperlo —insiste acercándose un paso más a mí.
—No la hay inmediata.
—Siempre la hay —me responde negando con la cabeza.
—En este caso no .
Mi afirmación no es una suposición, sino un hecho y eso es lo que más le molesta.
—No puedes pretender que me quede aquí seis meses
—No lo pretendo
—Entonces explícate
—Lo haré cuando dejes de interrumpir.
—Entonces, ¿qué? —insiste cruzándose de brazos.
La pregunta es directa, pero mi respuesta no tanto.
—Gestionarlo.
—¿Gestionarlo? —me pregunta indignada.
—Minimizar el impacto, controlar las consecuencias y evitar problemas mayores.
—¿Te estás escuchando?
—Sí.
—Porque suena a que esto es un proyecto más para ti.
La observo, pero no le respondo de inmediato.
—Es un problema —corrijo—. Y debe gestionarse como tal.
Elara niega con la cabeza.
—Para ti todo es un problema que se resuelve.
—Normalmente funciona.
—Esto no es «normalmente».
No la corrijo, porque no hace falta.
—Entonces habrá que adaptarse .
Mi respuesta se me escapa antes de que la filtre. Un error, lo sé. Supongo que por eso, al instante detecto su cambio de expresión y veo que lo interpreta como una imposición, aunque no lo es, pero lo parece.
—No pienso adaptarme a esto —responde.
—No te estoy pidiendo que lo hagas.
—Lo acabas de hacer.
—No, solo te estoy diciendo lo que hay —le digo manteniendo la mirada.
Mi respuesta no arregla nada, pero deja las cosas claras.
Elara sigue frente a mí, demasiado cerca, sin dar un paso atrás ni dejar de observarme.
Hay algo en su forma de sostenerme la mirada que complica todavía más la situación, porque por mucho que intente centrarme en la conversación, termino fijándome en ella.
Durante un momento, lo que estábamos diciendo deja de ser importante y eso, en mi caso, nunca es buena señal, así que me obligo a recuperar el control y doy un paso atrás.
—Esto complica todo —afirmo, aunque no me refiero solo al contrato.
—Eso ya lo sé.
Recojo el documento de la mesa y lo dejo en su sitio con precisión. Necesito que cada cosa esté en su lugar, el orden me calma y eso es justo lo que ahora necesito. En este momento tengo dos problemas, el contrato y Elara .
—Vamos a fijar un marco —digo.
—No somos un comité —me responde sin moverse.
—No —respondo—. Somos dos personas con una obligación legal que no se puede anular a corto plazo.
—Sigue sin gustarme cómo suena eso.
—No tiene que gustarte.
—Pues empezamos mal.
—Vamos a simplificar —continúo sin dejar de mirarla—. Durante seis meses esto estará vigente. Después de esa fecha, se deshace.
—«Esto» no es un archivo que puedas archivar cuando te venga bien.
—No lo es —concedo—. Por eso hay que controlarlo.
—¿Controlarlo?
—Reducir la exposición, evitar interpretaciones externas, no añadir variables…
—Variables —repite—. Me encanta cuando hablas así.
No respondo a su ironía, porque no aporta nada.
—Hay un grupo activo, donde hay imágenes y gente que ha presenciado todo —añado, señalando el móvil.
—Ya lo sé.
—Entonces entiendes cuál es el riesgo.
—Entiendo que me he casado con alguien que cree que el problema es cómo se ve.
—No, el problema es cómo se convierte en otra cosa .
Se queda callada un momento mientras procesa lo que le acabo de decir.
—¿Qué otra cosa?