Error inesperado (Errores en Manhattan 1) Capítulo 1 #2
6%

Capítulo 1 #2

—Eso ya lo he visto.

—Entonces sabes lo que ha sucedido.

Suelto una risa corta y seca.

—Sé lo que parece que ha pasado. No es lo mismo .

Hay un matiz ahí que él capta. Lo noto en cómo cambia la expresión, en ese instante en el que deja de hablar y pasa a pensar.

—¿Qué recuerdas? —inquiere y esas dos palabras me molestan más de lo que me gustaría.

—Lo suficiente como para saber que esto no tiene sentido.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Porque esto no es un interrogatorio —le sostengo la mirada—. Recuerdo una copa —digo sin dejar de mirarle—. Luego otra, gente, ruido… Recuerdo también que alguien decía que me relajara y que tú me mirabas.

No añado nada más, porque no hace falta.

—¿Y firmar? —pregunta él.

La imagen vuelve a mi cabeza sin previo aviso y veo de nuevo mi mano, sobre un papel y noto la sensación de que todo sucedía demasiado deprisa.

—Eso también —respondo.

—Entonces no fue completamente aleatorio —añade asintiendo despacio, como si estuviera encajando algo que ya sospechaba.

—¿Perdona? —. Su frase me irrita.

—No has dicho nada de que alguien te obligara.

—No —le corto—. Estoy diciendo que no recuerdo haber tomado una decisión con la cabeza en su sitio .

—Habías bebido…

—Eso no explica todo.

La conversación empieza a tensarse. Ya no es solo el hecho de estar casados, sino cómo lo estamos interpretando. Él le resta importancia, pero yo no.

Miro a mi alrededor y me paso una mano por el pelo, notando lo enredado que está a diferencia de este espacio que está tan perfectamente ordenado.

—Vale —añado, exhalando—. Vale, bien. Supongamos que nos hemos casado de verdad. ¿Cuál es el siguiente paso?

—Anularlo —responde sin dudar de manera inmediata y lógica, exactamente lo que esperaba de él.

—Perfecto. Me gusta que tengamos el mismo objetivo.

—No lo tenemos.

—Ah, ¿no?

—Tú quieres solucionarlo y yo borrarlo.

Mi teléfono vuelve a vibrar en mi mano. Miro la pantalla y veo que llegan más mensajes del grupo que, por lo que parece, está muy activo.

Han enviado fotografías nuevas con comentarios.

Abro uno de los archivos al azar y es un vídeo, donde se escuchan risas, voces de fondo y Devon y yo aparecemos en el centro.

Alguien aplaude y otro anima. Paso a otra imagen y veo a Amara y a Brock, que están uno muy cerca del otro, algo que me sorprende, aunque en este momento no estoy para cotilleos.

En otra fotografía Dorian aparece hablando con Elsie, inclinándose hacia ella de una forma que no parece casual.

Se me forma un nudo en el estómago, porque, por lo que parece, la fiesta no fue loca solo para mí.

—¿Qué pasa? —pregunta Devon.

—Que no fuimos los únicos —le respondo alzando la mirada de mi teléfono, aunque no añado nada más.

Él se acerca para ver la pantalla y al hacerlo su expresión no cambia mucho, pero hay algo en su mirada que se endurece.

—Era previsible —dice y eso me descoloca.

—¿Previsible?

—El ambiente —aclara—. Alcohol, provocaciones, gente que no suele coincidir en ese contexto…

Aunque su aclaración no acaba de convencerme.

—No parece casual —le respondo negando con la cabeza.

—No, no lo es del todo —admite—. Pero eso no cambia nuestra situación.

«Nuestra situación». Me suena extraño oírle hablar de él y de mí en plural.

—Nuestra situación es que nos hemos casado sin recordar bien cómo —replico—. Eso sí que cambia las cosas.

—Cambia el punto de partida —corrige—. No el objetivo .

Le sostengo la mirada, intentando descifrar si de verdad está tan centrado como aparenta o si es solo una forma de no perder el control.

—Siempre tienes un objetivo, ¿no?

—Normalmente funciona —asiente con la cabeza.

—Esto no es «normalmente».

Da un paso más hacia mí, lo que reduce la distancia lo suficiente para que tenga que decidir si me aparto o no. Finalmente, no lo hago.

—Entonces habrá que adaptarse —dice.

Al escucharle, me doy cuenta de que no es solo que estemos casados, sino que estamos en la misma habitación, demasiado cerca, y con una tensión que no tiene que ver solo con el problema.

Eso lo complica todo. Me aparto y rompo esa cercanía antes de que se convierta en algo que no quiero pararme a analizar en este momento.

—No pienso adaptarme a esto —digo, recuperando distancia—. Pienso deshacerlo.

—Es lo que he dicho.

—Entonces estamos de acuerdo.

—En el objetivo —puntualiza y su precisión me arranca otra carcajada seca y breve.

—Claro. Siempre en el objetivo —le respondo mientras dejo el móvil sobre la mesilla de noche—. Voy a ducharme. Necesito… —hago un gesto vago— pensar .

Devon asiente sin interferir y eso me sorprende.

—El baño es esa puerta —me indica señalándolo con una mano.

—Ya lo veo.

Cruzo la habitación y cada paso que doy me recuerda que esto no es una pesadilla de la que vaya a despertarme en cualquier momento.

Abro la puerta, pero me detengo un momento antes de entrar.

Hay algo en todo esto que no encaja. No en la habitación, ni en el anillo, ni en Devon…

es cómo todo parece demasiado alineado para ser solo una cadena de malas decisiones.

Aprieto los dedos un momento, notando el anillo otra vez y luego entro en el baño y cierro la puerta.

Cuando estoy en el aseo, me pongo frente al espejo y observo mi reflejo.

Tengo el pelo revuelto, el maquillaje corrido y una expresión que mezcla incredulidad y algo que no sé muy bien que es, pero que no me favorece.

No tengo cara de recién casada, sino de alguien que ha tomado una decisión sin darse cuenta.

Apoyo las manos en el lavabo y me tomo un momento para respirar y ordenar la marabunta de pensamientos apelotonados que tengo en la cabeza.

«Paso uno: esto es real.

Paso dos: se puede deshacer.

Paso tres…»

Miro el anillo otra vez y no, el paso tres no está claro… .

Salgo del baño unos minutos después, más centrada en lo superficial que en lo importante. Devon está donde lo he dejado, pero ahora completamente vestido, como si ya hubiera pasado página de todo esto y estuviera listo para el siguiente paso. Eso vuelve a irritarme.

—He estado pensando —digo.

—Eso es una buena señal.

—No tiene gracia.

—No pretendía que la tuviera.

Me acerco lo suficiente a él para que me escuche sin tener que elevar la voz.

—Esto no ha sido solo fruto de una borrachera —le aclaro.

—No he dicho que lo fuera.

—Pero lo estás tratando así.

—Lo estoy tratando como un problema que tiene solución.

La diferencia entre ambas cosas es lo que me incomoda.

—Pues a mí no me cuadra —insisto—. Las fotos, la gente, las situaciones… hay demasiadas cosas sucediendo a la vez.

—Eso no cambia el hecho principal.

—Lo cambia todo —corrijo—. Porque significa que no fui la única que hizo algo que no haría normalmente.

Devon me observa durante unos segundos .

—¿Y eso en qué te afecta? —me pregunta de forma fría y lógica, aunque eso me molesta igual.

—En que no pienso ignorarlo.

—No es prioritario.

—Para ti.

—No, para resolver esto.

Señala con el dedo el espacio entre nosotros, como habernos casado fuera algo físico que se pudiera delimitar.

—Primero lo anulamos —continúa—. Luego analiza lo que quieras.

Su forma de estructurarlo es impecable, demasiado.

—No funciona así —le digo.

—Funciona exactamente así —insiste.

—Esto no fue solo cosa nuestra.

—No. Pero eso no lo hace mejor.

—Lo hace peor —le aclaro y nos quedamos mirándonos.

Ninguno cede y ambos tratamos de averiguar hasta qué punto el otro va a seguir insistiendo. No obstante, lo único que me queda claro en este momento es que esto no va a ser sencillo, ni rápido, ni limpio… Miro el anillo por última vez antes de bajar la mano y luego a él.

Vale, me he casado con Devon Mitchell. Perfecto. Esto solo es el principio del problema. Ahora solo tengo que deshacerlo… antes de averiguar qué más hicimos anoche.