Error inesperado (Errores en Manhattan 1)
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Capítulo 1
Elara
Tengo claro que esta no es mi cama sin necesidad de abrir los ojos.
El colchón es demasiado firme, la sábana más suave que las mías y el aire huele a algo limpio y caro que, sin duda, no es propio de mi apartamento.
Parpadeo despacio al entreabrir los ojos e intento que el entorno encaje con algún recuerdo reciente, pero lo único que consigo es confirmar que nada de lo que me rodea tiene sentido.
No hay persianas torcidas ni edificios que resten protagonismo a la luz directa y fría que entra por un ventanal enorme que hay al otro lado de la cama y me obliga a entrecerrar los ojos mientras intento orientarme, sin éxito .
Algo en todo esto no encaja, lo sé, pero cuando trato de moverme, descubro que no estoy sola.
Un peso firme rodea mi cintura. No es una sábana enredada, ni que yo esté en una postura incómoda digna de un contorsionista de circo.
Como puedo bajo un poco la mirada sin moverme mucho y veo que encima de mí tengo un brazo… ¡Masculino!
Me quedo completamente quieta y con los músculos tensos. La respiración que noto a mi espalda es constante, tranquila y la siento demasiado cerca como para ignorarla. El calor de su cuerpo atraviesa la tela fina que me cubre y se instala en mi piel con una familiaridad que no debería.
«Esto no puede estar pasando», me digo para mí.
Cierro los ojos un segundo, aunque no tengo sueño, pero es la forma que se me ocurre de tranquilizarme.
Sin embargo, cuando los abro otra vez, todo está igual que hace un momento.
La cama sigue sin ser la mía, el brazo continúa en el mismo lugar y la persona dueña de esa extremidad también.
Giro la cabeza muy poco, lo justo para no tener que enfrentarme a todo de golpe, pero lo suficiente para confirmar mi temor.
Primero veo el torso que, por suerte, no está completamente desnudo, porque lleva una camisa a medio abrir.
La parte del torso que alcanzo a ver desde mi posición es firme, aunque hay algo en esa imagen que me resulta demasiado real para ser parte del error que deseo que explique qué estoy haciendo aquí .
Subo la mirada y lo primero que reconozco es la mandíbula, que está tensa a pesar de que su dueño está dormido.
El gesto es contenido y la postura relajada solo en apariencia.
Sin duda, el dueño de esas facciones es Devon Mitchell, madre mía…
Por suerte, no reacciono. No tengo un sobresalto ni siento el impulso de apartarme de golpe, lo único que hago es quedarme en blanco durante un momento que se me hace muy largo, porque no doy crédito a donde estoy y, mucho menos, quién es mi acompañante. Esto es una pesadilla, ¿verdad?
Esto no es propio de Devon Mitchell, porque él nunca pierde el control y, mucho menos, se despierta en una cama con alguien que claramente no encaja en su mundo.
Yo tampoco debería estar aquí. Respiro hondo, intentando reconstruir algo en mi cabeza, cualquier cosa que me explique cómo he llegado hasta este punto, pero lo único que encuentro es vacío.
Ni una secuencia clara, ni una decisión consciente…
Nada. Lo único que tengo claro ahora mismo es que algo ha ido muy mal como para que haya acabado en la cama con Mitchell.
Bajo la mirada hacia mis manos, buscando algo que me devuelva a una realidad reconocible y entonces lo veo… Un anillo… ¡Un anillo!
No reacciono de forma inmediata, lo único que hago es levantar la mano y me la acerco lo suficiente a la cara para observarlo con detalle.
Es un anillo de oro o, al menos, es dorado y lo llevo en el dedo anular como si fuera una alianza de bodas.
Lo giro ligeramente con los dedos, como si al hacerlo pudiera encontrar una explicación grabada en el metal, pero no la encuentro.
«No, no puede ser que esté casada, simplemente es que esta alianza no es mía», me digo en un intento de tranquilizarme, aunque esa idea se queda suspendida en mi cabeza, mientras todo lo demás pierde importancia.
La habitación, Devon, incluso el hecho de no recordar nada, pasan a un segundo plano frente a esa evidencia absurda que sigue en mi dedo como si llevara toda la vida ahí.
Intento ordenar los pensamientos, pero lo único que consigo es que aparezcan fragmentos e imágenes sueltas: una copa levantándose, risas, muchas risas, una voz que no reconozco, Devon Mitchell mirándome, pero no con la frialdad típica que utiliza en el trabajo, sino de una forma más directa, que me resulta incómoda.
Parpadeo, intentando fijar esa imagen, pero de repente aparece otra en mi cabeza en la que alguien dice algo así como «Si no te atreves…
». Trato de ponerlo en contexto, pero de nuevo aparece en mi cabeza una imagen de mi mano firmando algo, no sé muy bien qué, solo recuerdo el momento exacto y el movimiento, la rapidez con la que todo sucede y la sensación de que no hay espacio para pensar.
Abro los ojos del todo, con el corazón acelerado.
Me in corporo con cuidado y muevo con cuidado el brazo que me rodea.
Devon no se mueve. Su respiración sigue igual, como si no hubiera notado nada y eso me pone nerviosa de una forma que no termino de entender.
Busco algo tangible, algo que no dependa de mi memoria, y entonces me viene a la cabeza mi móvil.
Miro hacia los lados y lo localizo en la mesilla de noche.
Me inclino para alcanzarlo, torpe y consciente de cada movimiento, como si en cualquier momento él fuera a despertarse y todo esto se acabase volviendo todavía más incómodo.
Al fin lo alcanzo y la pantalla se ilumina en cuanto la activo.
Lo primero que aparece es un grupo que se llama «Boda desastre».
Parpadeo, trago saliva con dificultad y noto que los latidos de mi corazón siguen acelerados.
Abro el chat y los mensajes se amontonan desordenados, caóticos y con horas que no encajan en una secuencia lógica.
Emojis, frases incompletas, fotos que se cargan poco a poco…
Suspiro y entro en la primera imagen que veo.
Achino los ojos. Tardo un segundo en entenderla y dos en asumirla.
Somos Devon y yo besándonos. Trago saliva con dificultad, aunque siento la garganta seca.
El beso no parece tener nada de accidental, porque es directo y demasiado decidido como para interpretarlo de otra forma.
Mientras observo la imagen, siento una presión en el pecho que no llega a ser pánico, pero se acerca.
Paso a la siguiente fotografía y en ella aparece el anillo.
Mi ma no levantada con alguien sujetándola y gente alrededor que no identifico.
En otra foto aparece un hombre con un documento frente a él que Devon y yo estamos firmando.
La imagen es lo suficientemente nítida como para eliminar cualquier posibilidad de malentendido. Sin duda, esto ha sucedido de verdad.
No grito ni suelto el móvil, simplemente me quedo mirando la pantalla, mientras trato de asimilar cada detalle, porque ya no tengo dudas, esto no es un recuerdo confuso, sino una prueba de lo que ha ocurrido.
Justo en este momento mi teléfono vibra y veo que acabo de recibir un audio de Sandy, mi mejor amiga.
Dudo un instante, pero acabo dándole al play para escucharlo.
De repente escucho su voz directa y hablando muy rápido.
—Vale, necesito confirmación de que sigues viva y si no… que alguien me explique por qué hay fotos tuyas casándote. Porque si esto es una broma, es la mejor que he visto en mi vida y quiero participar.
Paro el audio. No necesito más. El problema ya no es solo lo que he hecho, sino todo lo que ha pasado alrededor.
Levanto la vista del móvil y veo que Devon ya no está exactamente igual.
A pesar de que no se ha movido mucho, su respiración ha cambiado lo suficiente para notarlo y, justo mientras lo observo, abre los ojos y me mira, aunque sin rastro de sorpresa en su expresión y eso es lo que más tensa me pone de todo lo que ha sucedido hasta ahora.
—¿Qué ha pasado? —le pregunto sin rodeos.
—Exactamente lo que parece —me responde sin alzar la voz y sin moverse.
—Dime que no es verdad —le contesto apretando mi teléfono con más fuerza.
Su mirada no cambia.
—Lo es.
—No —digo, negando con la cabeza—. No puede ser.
Devon se incorpora sin prisa y se ajusta la camisa como si esto fuera una conversación más y yo no acabara de descubrir algo que no tiene ningún sentido.
—Nos hemos casado —me confirma.
—¿Con quién exactamente crees que te has casado?
—Contigo y eso es lo único que debería preocuparte ahora mismo.
Miro el anillo otra vez, luego a él y después a mi teléfono. Vale, me he casado con él. Perfecto. Ahora solo tengo que deshacerlo… antes de averiguar qué más hicimos anoche.
Él continúa sentado en la cama, con la espalda recta y la camisa a medio abrochar, como si acabara de exponer un dato irrelevante más en una reunión y ahora esperara a que el resto lo procese.
Yo no proceso nada, simplemente me levanto y, al hacerlo, noto el suelo frío bajo mis pies, lo que me ayuda a centrarme.
—No —repito, ahora más bajo, como si al decirlo diferente fuera a cambiar algo—. Esto debe tener una explicación mejor.
Devon no me responde al momento. Se levanta con una calma que me resulta irritante, ajustándose los puños de la camisa, y sin mirarme todavía, como si lo que acaba de pasar no mereciera una reacción más urgente. Eso me pone de los nervios.
—¿Te parece normal? —añado, señalando la cama, el anillo y todo—. ¿De verdad estás tan tranquilo?
Ahora sí me mira como si me estuviera evaluando.
—No es una cuestión de normalidad.
—Pues debería serlo.
Me cruzo de brazos, intentando compensar la sensación de estar completamente fuera de lugar.
—Nos casamos —continúa él, como si necesitara repetirlo para que me quedara claro—. Hay pruebas.
Levanto el móvil y le enseño la pantalla mostrándole una de las fotos.