Error imperdonable (Errores en Manhattan 4) Epílogo
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Epílogo

Un mes después

Max

Hay noches que uno recuerda porque cambian una vida y otras porque, después de todo lo que ha ocurrido, te hacen comprender que ya estás donde querías estar. Esta pertenece a las segundas.

Observo la mesa mientras Brock protesta porque Devon le ha robado una patata, Dorian intenta que Oliver deje de morderle un dedo y Elsie amenaza con cambiar al bebé encima de quien vuelva a gritar.

Hace unos meses habría parecido imposible reunirnos así. Hoy, en cambio, solo parece una cena entre amigos y justo eso era lo que todos necesitábamos.

—Te lo digo en serio, ese niño me odia.

Dorian sostiene a Oliver en brazos mientras el pequeño lo observa con una expresión completamente inexpresiva.

—No te odia —le responde Elsie levantando la vista del menú.

—Lleva veinte minutos mirándome igual que me miraba mi padre cuando suspendía Matemáticas.

—Solo tiene cuatro meses —le recuerda Elsie.

—Precisamente por eso… Ya apunta maneras.

Brock deja la copa sobre la mesa.

—Creo que el problema no es el niño.

Dorian arquea una ceja.

—Ah, ¿no?

—No. El problema es que llevas una camiseta con restos de papilla.

Dorian baja la cabeza.

—¿Dónde?

—En todas partes.

Elsie suspira mientras coge una servilleta.

—No te muevas.

—¿Ves? Esto antes no pasaba.

—Antes no intentabas darle de comer sujetando el móvil con la otra mano —le recuerda Elsie.

—Era una llamada importante.

—Era un vídeo de un tutorial sobre cómo montar una barbacoa.

Las carcajadas estallan alrededor de la mesa.

Hasta Devon sonríe y eso ya dice bastante.

Mientras, yo observo la escena apoyado en el respaldo de la silla y pienso que hace unos meses habría resultado imposible imaginar algo así, aunque no por la cena, ni por las bromas, sino porque Diana está sentada a mi lado.

Su rodilla roza la mía bajo la mesa y ni siquiera creo que se haya dado cuenta.

Me giro hacia ella y veo que está hablando con Amara sobre un proyecto solidario que el bufete acaba de poner en marcha junto a varias asociaciones de la ciudad.

La escucho mientras gesticula con una energía que siempre termina contagiando a quien tiene delante.

Diana sigue siendo la misma de siempre, no ha cambiado, aunque, al mismo tiempo, ha cambiado todo.

Londres quedó reducido a una conversación larga, muchas llamadas y una negociación complicada.

La empresa entendió que podía dirigir el proyecto desde Nueva York viajando cuando fuera necesario y ella aceptó.

Yo dejé de intentar resolver los problemas antes de que existieran, porque resulta que vivir también consiste en descubrir las soluciones cuando aparecen.

—¿Qué? —me pregunta Diana girando la cabeza hacia mí.

—Nada —le respondo con una sonrisa.

—Llevas un rato mirándome —me suelta entrecerrando los ojos.

—¿No puedo?

—Depende —me contesta alzando una ceja.

—¿De qué?

—De si piensas cobrar entrada.

Me río.

—Podría planteármelo.

Ella me da un golpecito con el hombro.

—Qué listo eres.

—Lo intento.

Su mano busca la mía debajo de la mesa y nuestros dedos se entrelazan con una naturalidad que todavía me sorprende, porque durante cinco años pensé que jamás volvería a ocurrir.

—Tengo una duda —dice Devon dejando la copa sobre la mesa.

Todos levantamos la vista hacia él, lo que en si mismo ya es una mala señal, porque cuando Devon anuncia que tiene una duda suele significar que alguien va a arrepentirse.

—¿Quién fue exactamente el responsable de que termináramos todos en aquella boda?

Brock señala inmediatamente a Dorian.

—Él.

—¿Por qué yo?

—Porque siempre es una buena opción.

—Ese argumento no se sostiene jurídicamente.

—Tú no ejerces como abogado.

—Pero vivo rodeado de ellos.

Devon niega con calma.

—No, en serio. Lo pienso muchas veces.

Apoya los codos sobre la mesa.

—Varias parejas, todas con historias distintas y todos acabamos cambiando nuestras vidas de una u otra manera por culpa de aquella noche.

Amara sonríe.

—No exactamente por culpa.

—Depende del momento en que me lo preguntes.

Elsie acaricia la cabeza del bebé.

—Yo sigo recordando bastante bien la resaca.

—Yo recuerdo haberme despertado casado.

Elara levanta la copa.

—Yo también.

Diana me mira de reojo.

—Nosotros solo necesitábamos un empujón.

Asiento.

—Bastante violento, eso sí.

—Funcionó.

—No pienso darte la razón tan fácilmente.

—Ya me la estás dando.

La conversación continúa entre bromas mientras los camareros empiezan a traer los primeros platos.

Durante unos minutos el único sonido es el de las conversaciones cruzadas.

Brock protesta porque Devon le ha robado una croqueta, Devon sostiene que solo la estaba inspeccionando y Amara asegura que esa excusa no se sostiene ante ningún tribunal.

El restaurante sigue llenándose, mientras Manhattan continúa igual que siempre con sus luces, sus taxis y con miles de personas convencidas de que llegan tarde a algún sitio.

Yo también viví así siempre corriendo detrás del siguiente objetivo, del siguiente proyecto, de la siguiente reunión y nunca detrás de la persona que realmente importaba durante mucho tiempo.

Diana apoya la cabeza un instante sobre mi hombro, un gesto pequeño y sin importancia, pero que hace unos meses habría dado cualquier cosa por vivir algo tan sencillo. Ahora forma parte de nuestra rutina y espero que así continúe durante mucho tiempo.

La conversación cambia de tema cuando llegan los platos.

—Esto no lleva suficiente queso —dice Brock observando su hamburguesa.

Amara ni siquiera levanta la vista.

—Has pedido queso extra.

—Sí.

—Y doble de queso.

—Correcto.

—Y una ración de queso aparte.

—También.

—Brock, hay un límite legal de queso que un ser humano debería ingerir en una sola cena —le responde ella soltando un suspiro.

—Eso lo dices porque no has conocido a mi abuelo.

Devon deja el tenedor sobre el plato.

—¿Tu abuelo murió de colesterol?

—No.

—Entonces no me sirve como argumento científico.

—Murió persiguiendo a una cabra.

Toda la mesa se queda en silencio.

—Necesito contexto —dice Dorian con gesto de incredulidad.

—Yo también.

Brock se encoge de hombros.

—No lo hay. La cabra ganó.

Las carcajadas vuelven a invadirlo todo y Oliver, que hasta ese momento dormitaba en brazos de Elsie, protesta con un pequeño gruñido.

—Perdón. No volveremos a reírnos —le dice Dorian al escucharlo.

Oliver lo mira fijamente y empieza a hacer un gesto raro con la boca.

—Creo que va a...

No termina la frase y el bebé regurgita una cantidad bastante considerable de papilla directamente sobre su camisa.

—Eso sí que ha sido una respuesta contundente —dice Brock aplaudiendo.

Devon asiente con absoluta seriedad.

—Estoy con el niño.

Elsie ya está buscando otra muselina en el bolso.

—Te dije que llevaras ropa de repuesto.

Dorian mira resignado la mancha.

—La llevo.

—¿Entonces?

—La otra también está llena de papilla.

Elara rompe a reír.

—La paternidad te ha sentado fenomenal.

—La paternidad huele a leche agria.

Oliver, completamente satisfecho con su intervención, vuelve a cerrar los ojos y Dorian lo observa unos segundos y después sonríe con una sonrisa cansada, pero feliz y muy distinta de la que tenía hace unos meses.

Diana aprieta mi mano por debajo de la mesa y me basta ese gesto para entender que está pensando exactamente lo mismo que yo. Ninguno de nosotros imaginó acabar aquí, pero ahora resulta muy difícil creer que hubiera podido ser de otra manera.

La cena se alarga casi dos horas y a estas alturas ya nadie presta demasiada atención a los platos.

La conversación ha acabado dividiéndose en pequeños grupos.

Amara y Elara comparan destinos para un viaje.

Devon y Brock llevan diez minutos discutiendo sobre un partido de los Knicks sin que parezca que en algún momento se van a acercar lo más mínimo a un acuerdo.

Dorian intenta convencer a Oliver de que dormir cinco horas seguidas sería un gesto de enorme generosidad hacia sus padres, pero por la cara del niño, tengo la sensación de que no entra en sus planes negociar.

—Voy un momento al baño —dice Diana levantándose de la mesa.

—¿Quieres que vaya contigo? —le pregunto.

Ella niega con una sonrisa.

—No hace falta. Vuelvo enseguida.

La veo alejarse por el pasillo y, cuando desaparece de mi vista, meto la mano en el bolsillo interior de la americana para comprobar que la caja sigue ahí.

Lleva una semana acompañándome a todas partes: del despacho a casa, de casa al coche, del coche otra vez al despacho…

La he sacado cien veces y otras cien la he vuelto a guardar, porque siempre he encontrado una excusa para esperar un poco más.

Hasta que he entendido que el momento perfecto no aparece solo, sino que hay que decidirlo.

Abro la caja un instante y contemplo el anillo.

—Ya era hora.

Levanto la cabeza y compruebo que tengo a Dorian a mi lado sin que me haya dado cuenta y con Oliver duerme apoyado sobre su hombro. Mira el anillo y después me dedica una sonrisa.

—¿Tan evidente era? —pregunto.

—Solo para cualquiera que te conozca.

Cierro la caja otra vez.

—Estoy bastante más nervioso de lo que esperaba.

—Eso es buena señal —me responde soltando una risa.

—¿Por qué?

—Porque significa que te importa de verdad.

Asiento despacio antes de guardarme la caja en el bolsillo de nuevo.

—No quiero montar un espectáculo.

—Pues no lo montes.

Lo miro, esperando que continúe, pero no lo hace.

—¿Ese es todo tu consejo?

Acomoda un poco mejor a Oliver entre sus brazos.

—Sí —asiente con una sonrisa de lado—. Diana nunca ha necesitado grandes gestos. Solo necesitaba que llegaras.

Sus palabras me arrancan una sonrisa, porque tiene razón y, porque por fin, ahora llego a tiempo.

Diana regresa unos minutos después del baño.

—¿Nos vamos? —me pregunta al llegar a mi lado.

Asiento con la cabeza y nos despedimos del resto entre abrazos y bromas. Antes de marcharnos, Brock insiste en que la próxima cena la organiza él y mara anuncia que, si eso ocurre, pedirá comida a domicilio antes de salir de casa.