Error imperdonable (Errores en Manhattan 4) Capítulo 24 #2
96%

Capítulo 24 #2

—Sí, sí que hacía falta —me responde de inmediato—. Porque llevo cinco años llegando tarde a todas las conversaciones importantes contigo.

Sus palabras me descolocan porque no son perfectas, sino desordenadas y tan poco propias de él que me dejan claro que son completamente sinceras.

—Voy a perder el vuelo —le digo apretando con fuerza el asa de mi maleta.

Max mira de reojo la puerta de embarque.

—Lo sé.

—Es el proyecto por el que llevo años luchando.

—También lo sé.

Espero que intente convencerme y me pida que renuncie e insista que Nueva York es más importante, pero no hace nada de eso. Solo da otro paso que lo acerca un poco más a mí.

—No he venido para pedirte que renuncies a tus sueños —susurra y frunce ligeramente el ceño—. He venido porque no quería volver a dejar que te marcharas pensando que no eras lo bastante importante para salir corriendo detrás de ti.

—La primera vez te dejé marchar —. Sonríe con torpeza y se acerca un poco más a mí y se queda a un paso escaso de mí—. Esta vez he venido a buscarte.

Lo miro y compruebo que tiene la respiración todavía acelerada, el pelo completamente despeinado y una mancha de polvo en la manga de la camisa. Cualquiera diría que ha cruzado medio Nueva York corriendo, que es probablemente lo que ha hecho.

—Das bastante mala imagen como millonario —le digo, aunque se me escapa la risa a pesar de estar llorando.

—Lo sé —admite bajando la vista hacia su ropa y se encoge de hombros. He perdido toda la elegancia en la terminal dos.

La risa me dura apenas un momento antes de venirme abajo otra vez.

—No puedes aparecer aquí y decirme eso como si solucionara cinco años —le respondo negando con la cabeza.

—No lo soluciona —me responde sin vaciar y da otro paso hacia mí—. No voy a fingir que sí. Cinco años siguen siendo cinco años. No puedo devolvértelos.

Trago saliva.

—Me hiciste creer que habías seguido adelante.

—Porque eso era lo que intentaba hacer —admite pasándose una mano por la nuca—. Solo que nunca me salió especialmente bien.

Lo observo unos segundos, porque nunca lo había visto admitir algo así.

—¿Sabes cuál fue la peor parte? —le pregunto con una voz que apenas se oye.

Él niega despacio con la cabeza sin dejar de mirarme.

—Pensar que no habías venido porque ya no me querías.

Max cierra los ojos un instante y después vuelve a abrirlos para mirarme mientras habla.

—Eso es lo que más me duele, porque era justo al revés —me confiesa mientras se acerca hasta quedar delante de mí—. No vine porque estaba convencido de que ya era tarde. Me repetí tantas veces esa mentira que terminé creyéndomela.

Se ríe sin humor.

—Resulta que soy un idiota bastante convincente.

Resoplo entre lágrimas.

—Eso ya lo sabía.

Él arquea una ceja.

—Gracias. Qué bonito momento para recordármelo.

La tensión se rompe lo justo para que los dos sonriamos, aunque apenas eso dura unos segundos. Después, Max vuelve a ponerse serio.

—No sé qué va a pasar con Londres —admito negando con la cabeza

—Yo tampoco. Ni sé si dentro de seis meses vivirás allí o aquí.

—Tampoco lo sé.

—No sé cómo vamos a arreglar todo lo que rompimos.

—Eso tampoco —le digo alzando la mirada hasta sus ojos para mirarlo.

Respira hondo.

—Lo único que sé es que no quiero seguir viviendo una vida en la que tú no estés.

Al escuchar lo que acaba de decir, siento que algo termina de romperse dentro de mí.

Cinco años intentando convencerme de que aquella historia ya formaba parte del pasado.

Repitiéndome que cerrar esa puerta era la única manera de sobrevivir y él acaba de presentarse en el aeropuerto sin saber siquiera si llegaría a tiempo.

No porque tuviera un plan sino precisamente porque no lo tenía.

Levanto la tarjeta de embarque, la miro unos segundos y después vuelvo a mirarlo a él.

—Me has fastidiado un plan de vida bastante bien organizado —le suelto mirándolo a los ojos.

—Lo sospechaba —me responde haciendo una mueca.

—Tenía un piso.

—Lo sé.

—Un trabajo.

—También.

—Incluso había hecho una lista con los nuevos supermercados que tenía que probar en Londres.

Él frunce el ceño.

—Eso último me preocupa un poco.

No puedo evitar reírme y la risa me sale mezclada con el llanto hasta que termino tapándome la cara unos segundos.

Max me espera, no me mete prisa, y cuando vuelvo a levantar la cabeza, sigue donde estaba, esperándome.

Miro la puerta de embarque y veo que los últimos pasajeros empiezan a entrar en el finger y la empleada revisa una tarjeta detrás de otra.

Todavía estoy a tiempo. Podría girarme, entrar, subir al avión y seguir con mi vida.

Pero vuelvo a mirar a Max y de repente entiendo algo que llevaba demasiado tiempo sin querer aceptar.

Londres nunca fue mi sueño, porque mi verdadero sueño era construir una vida que mereciera la pena.

Y tengo claro que ninguna ciudad del mundo iba a conseguirlo por mí.

Sonrío mientras bajo la vista hacia la tarjeta de embarque.

La doblo por la mitad y luego otra vez, mientras Max me observa sin decir una palabra.

—Creo que la aerolínea no va a estar muy contenta conmigo.

Él sigue sin moverse.

—¿Diana...?

Levanto la vista.

—Londres puede esperar unos meses —afirmo y noto cómo deja escapar el aire que ha estado reteniendo desde que llegó.

—¿Estás segura?

—No —le respondo con una sonrisa y me acerco hasta quedar prácticamente pegada a él—. Pero estoy completamente segura de una cosa.

—¿Cuál?

Le cojo la mano.

—No pienso volver a dejar que cinco años decidan por nosotros.

Sus dedos se cierran alrededor de los míos y después me besa, aunque no es un beso perfecto, ni elegante, ni cinematográfico. Es un beso torpe, pero de verdad e interrumpido por una risa cuando mi maleta se cae de lado en medio del pasillo.

—Creo que esa también opina que me quedo —susurro entre besos.

Max se echa a reír mientras recoge la maleta.

—Por primera vez en mi vida me alegra perder un vuelo.

Lo miro sin terminar de creer que esté delante de mí.

—Has tardado cinco años.

Max asiente despacio.

—Lo sé.

Durante un instante ninguno de los dos dice nada. Después se acerca, me aparta un mechón de pelo de la cara y apoya la frente contra la mía.

—No pienso volver a llegar tarde.

Cierro los ojos y, por primera vez desde aquella noche en que todo empezó a romperse, decido creerle.