Error imperdonable (Errores en Manhattan 4) Capítulo 24
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Capítulo 24

Diana

El vuelo a Londres sale dentro de poco más de una hora. Lo sé porque llevo mirándolo en las pantallas desde que crucé el control de seguridad. También porque he consultado la tarjeta de embarque tantas veces que podría recitarla de memoria.

Me siento frente al ventanal con un café que ya está frío y tiene muy mal sabor. No sé por qué no lo he tirado aún. Supongo que poque necesito tener las manos ocupadas.

Mientras los aviones van despegando y aterrizando al otro lado de las cristaleras.

A mi alrededor el aeropuerto sigue funcionando con total normalidad ajeno a lo que a mí me pasa.

Pasan a mi lado familias cargadas de maletas, ejecutivos caminando deprisa sin levantar la vista de sus teléfonos, niños corriendo entre las filas de asientos mientras sus padres intentan atraparlos…

Todo continúa como siempre. Solo yo tengo la sensación de que el tiempo se ha quedado parado.

Abro el móvil por pura inercia y miro la pantalla. No tengo ningún mensaje nuevo, ni ninguna llamada, ni ninguna notificación. Chasqueo la lengua y lo vuelvo a bloquear antes de que la decepción dure más de unos segundos.

No esperaba que Max me escribiera. De hecho, eso es lo que llevo repitiéndome desde que me he marchado de los Hamptons, ni tampoco que llamara y mucho menos que apareciera.

Pero, entonces, ¿por qué sigo mirando el teléfono?

Supongo que una parte de mí todavía espera algo, aunque me resista a reconocerlo.

Apoyo la espalda contra el asiento, echo la cabeza hacia atrás y cierro los ojos un instante.

La imagen vuelve aparecer sin que pueda evitarlo y veo dentro de mi cabeza la puerta abierta del coche, con Max delante de mí mirándonos a los ojos y esperando no sé muy bien qué.

Quizá anhelábamos que el otro hiciera lo que ninguno fue capaz de hacer, porque cuando abrí la puerta del coche todavía pensaba que iba a detenerme.

Aunque no hacía falta que lo hiciera con un gran discurso, ni con una declaración de amor.

Le habría bastado con decir: «No te vayas todavía».

Solo eso, pero no lo hizo, aunque, en realidad, tampoco puedo reprochárselo.

Londres es el proyecto por el que llevo años trabajando y no podía pedirme que renunciara. Además, yo tampoco lo habría aceptado. Pese a eso... Había una parte de mí que necesitaba saber que estaba dispuesto a intentarlo.

Doy un sorbo del café y hago una mueca, porque está horrible, así que lo dejo sobre una mesa que hay a mi lado.

—¿Está libre?

Escucho que alguien me pregunta. Cuando levanto la cabeza veo que es una mujer de unos sesenta años señalando el asiento vacío que hay a mi lado.

—Claro —le respondo con una sonrisa amable.

—Este aeropuerto siempre está lleno —me dice con una sonrisa y se sienta colocándose el bolso sobre las piernas.

Asiento por educación y ella mira mi vaso.

—Ese café tiene mala pinta.

—Lo confirmo —le contesto con una pequeña sonrisa.

—Las cafeterías del aeropuerto nunca fallan, siempre consiguen servir el peor café de la ciudad.

La mujer hace una mueca divertida y saca una botella de agua del bolso.

—Yo ya aprendí la lección hace años.

Nos quedamos unos segundos observando el ir y venir de la gente que pasa frente a nosotras.

—¿Viajas por trabajo? —me pregunta.

—Sí —le respondo de forma automática porque es verdad, al menos en parte.

—¿Y tú?

—Voy a conocer a mi nieta.

Su cara cambia por completo al decirlo.

—Ha nacido hace una semana en Manchester.

—Enhorabuena —añado girándome hacia ella y ahora con una sonrisa sincera.

—Gracias —me dice riéndose bajito—. Mi hija insiste en que no hace falta que vaya tan deprisa. Dice que la niña no se va a escapar.

La escucho mientras jugueteo con el teléfono entre mis manos.

—Pero supongo que hay momentos que no quieres perderte.

Ella me mira de reojo.

—Exacto.

«Momentos». Me repito para mí, porque no sé por qué esa palabra me impacta tanto… Hay momentos que vuelven y otros que no.

La mujer sigue hablando de su hija, del viaje y del caos de viajar con regalos para un bebé. Yo la escucho a medias, porque mi cabeza está en otro sitio. Mi mente ha volado hasta cinco años atrás, a una maleta, a una despedida, a este aeropuerto y a otra oportunidad que dejamos pasar.

No, no fue este aeropuerto. Fue la puerta de nuestro piso, aunque la sensación fue la misma: ver cómo alguien se aleja esperando que el tiempo haga el trabajo que tú no te atreves a hacer.

Respiro hondo y niego con la cabeza, porque no me sirve de nada seguir dándole vueltas. He tomado una decisión y debo ser consecuente, así que voy a subir a ese avión.

La voz de megafonía anuncia el inicio del embarque de otro vuelo y la mujer se levanta al instante.

—Ha sido un placer —me dice girándose hacia mí.

—Igualmente.

—Espero que el motivo de tu viaje acabe saliendo bien.

Le sonrío.

—Yo también.

La veo alejarse hasta perderse entre la gente y vuelvo a revisar mi móvil, aunque sigue sin recibir nada. La verdad es que empiezo a sentirme ridícula, porque no sé cuántas veces más voy a comprobar una pantalla que no cambia.

«Se acabó», me digo para mí mientras lo guardo en el bolso con decisión.

Max no va a venir, lo tengo claro, porque nunca ha sido un hombre que corra detrás de nadie.

Él siempre ha necesitado tener un plan, controlarlo todo y saber cuál será el siguiente paso antes de dar el primero.

Por tanto, presentarse en un aeropuerto sin saber siquiera si sigo aquí no encaja con él.

No pasa nada, además tampoco tiene por qué hacerlo. La vida sigue, aunque duela.

La megafonía vuelve a sonar.

—Pasajeros del vuelo con destino a Londres VS002, pueden dirigirse a la puerta de embarque para iniciar el acceso al avión.

Ahí está, ya ha llegado el momento. Así que me pongo en pie y mi maleta rueda detrás de mí mientras avanzo despacio junto al resto de pasajeros. Entrego la documentación en el control previo y una empleada escanea mi tarjeta de embarque.

—Adelante, ¡bienvenida!

Asiento. Ahora solo tengo que caminar unos metros más, los mismos que hace cinco años fui incapaz de dar en dirección contraria. Aprieto el asa de la maleta y avanzo. Pero justo cuando empiezo a caminar escucho una voz gritando mi nombre.

—¡Diana!

Me giro tan deprisa que mi maleta de mano está a punto de volcar. Durante un segundo creo que lo he imaginado y que mi cabeza acaba de gastarme una última broma antes de subir al avión. Pero entonces vuelvo a oír mi nombre.

—¡Diana!

La voz llega entre el murmullo del aeropuerto.

Busco de dónde viene y lo veo. Es Max, que avanza sorteando pasajeros, con una mochila colgada de un hombro y la americana doblada sobre el brazo.

Lleva el pelo completamente revuelto, la camisa fuera del pantalón y una expresión que no le he visto jamás.

Parece perdido, descolocado y sin aliento.

Al verlo, me quedo inmóvil, porque parece que mi cuerpo ha decidido dejar de obedecerme.

Max se detiene delante de mí mientras intenta recuperar el resuello. Nos miramos, aunque ninguno de los dos dice nada durante unos segundos. Me da la sensación de que ambos necesitamos comprobar que tenemos al otro delante.

Esta vez el silencio no pesa.

Solo necesitamos comprobar que el otro está de verdad delante.

Él se pasa una mano por la cara y suelta una risa sin alegría.

—Tenía pensado llegar con un poco más de dignidad —me dice riéndose y pasándose una mano por la cara.

Parpadeo.

—No parece que lo hayas conseguido.

—No —. Niega con la cabeza mientras intenta respirar con normalidad—. He aparcado donde no debía, casi tiro a un señor con una maleta y creo que he recorrido medio aeropuerto preguntando dónde salía tu vuelo.

No puedo evitar sonreír.

—Eso sí que no me lo esperaba.

—Yo tampoco —confiesa y se queda mirándome unos segundos—. La verdad es que no esperaba hacer nada de esto.

—Ya.

Bajo la vista hacia la tarjeta de embarque que sigo sujetando en una mano, mientras la azafata de la entrada al finger me mira con el ceño fruncido.

—Se nota.

Max suelta el aire lentamente.

—No tenía ningún plan.

Levanto otra vez la cabeza, porque eso sí que me sorprende de verdad. Max siempre tiene un plan. Hasta para improvisar necesita haber preparado la improvisación. Sin embargo, ahora parece un hombre que ha salido de casa sin pensar demasiado en lo que venía después y eso es lo que más me emociona.

—¿Qué haces aquí? —le pregunto en un susurro.

—Lo único que debería haber hecho hace cinco años —me responde tras unos segundos.

Al escuchar su respuesta noto un nudo en la garganta. Max da un paso hacia mí, aunque no me toca, ni me besa, solo acorta la distancia que hay entre él y yo.

—He pasado cinco años convenciéndome de que darte espacio era lo mejor para los dos —me confiesa esbozando una sonrisa amarga—. La verdad es que era mucho más fácil que reconocer que tenía miedo.

Trago saliva.

—Max...

Niega despacio.

—Déjame hablar un minuto y si después quieres subir a ese avión, no te lo impediré, pero escucha primera lo que he venido a decirte.

Asiento, porque necesito escuchar lo que ha venido a decir. Así que me quedo en silencio mientras espero a que empiece a hablar. El respira hondo antes de empezar a hablar.

—Cuando te fuiste aquella primera vez pensé que necesitábamos tiempo. Después creí que ya encontraría el momento adecuado para buscarte. Luego empezaron a pasar los días, los meses... y terminé convenciéndome de que era tarde.

Baja la vista un instante.

—Nunca fue tarde —. Baja la mirada un momento—. El problema es que me comporté como un cobarde.

Siento un pinchazo en el pecho, porque nunca había oído a Max hablar así de sí mismo.

—No he dejado de pensar en nosotros ni un solo día —ser ríe por lo bajo—. Lo ridículo es que seguía haciendo mi vida como si eso significara que te había olvidado.

Levanta la vista y compruebo que tiene los ojos brillantes.

—Pero no era verdad.

Niego despacio con la cabeza.

—No hacía falta que vinieras para decirme esto.