Error imperdonable (Errores en Manhattan 4) Capítulo 23
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Capítulo 23

Max

Diana se marcha poco después de desayunar.

Antes de que ella pueda coger la maleta, ya la tengo en la mano.

No obstante, al verme, protesta por pura educación, porque los dos sabemos que no voy a dejar que la baje ella.

Así que la cargo hasta la entrada notando cómo el asa se me clava en la palma de la mano, aunque ese, ahora mismo, es el menor de mis problemas.

El coche la espera junto a la escalinata con el motor en marcha y, mientras el chófer aguarda junto a la puerta abierta, la despedida transcurre de una forma mucho más sencilla de lo que había imaginado.

Amara la abraza con tanta fuerza que Oliver protesta desde los brazos de Brock, mientras Elsie le recuerda que todavía nos debe una cena cuando todo este desastre termine y Devon consigue mantenerse serio apenas unos segundos antes de recuperar su habitual media sonrisa que nunca sabes si anuncia una broma o un desastre.

Nadie habla de Londres, ni de nosotros. Yo tampoco.

Por mi parte me limito a quedarme unos pasos atrás mientras el chófer guarda la maleta en el maletero, aunque no dejo de mirarla.

Cuando termina de despedirse de los demás, Diana se gira hacia mí. Me sostiene la mirada unos segundos, como si esperara algo o quizá soy yo quien necesita creer que todavía estoy a tiempo de decirlo. Al final ninguno abre la boca.

—Te escribiré cuando llegue —dice al fin a media voz.

Asiento despacio con la cabeza.

—Estaré esperando —le respondo también en voz baja.

A pesar de que ya se ha despedido de todos, incluso de mí, no entra en el coche.

Sigue parada frente a mí, con una mano apoyada en la puerta abierta y la otra sujetando el bolso.

Me mira en silencio, como si estuviera dándome una última oportunidad para decir algo que cambie el rumbo de este momento.

Yo también la miro y reconozco su expresión.

De hecho, la vi hace cinco años, justo antes de que cerrara la puerta del apartamento y ahora la veo de nuevo.

Solo necesito dar un paso, acabar con la distancia que nos separa, decirle que la quiero y pedirle que se quede o que iré con ella a Londres si hace falta.

Cualquier cosa, pero que no se vaya ahora que nos hemos vuelto a encontrar.

No obstante, la imagen de Diana renunciando al proyecto por mi culpa me agobia más que todas las palabras que tengo atrapadas en la garganta. No quiero convertirme en el motivo por el que deje escapar la oportunidad que lleva años persiguiendo.

Al final soy yo quien baja la vista y ese pequeño gesto le basta para entender que no voy a detenerla. Esboza una sonrisa triste antes de entrar en el coche y cerrar la puerta.

El vehículo empieza a recorrer el camino entre los árboles mientras yo sigo mirándolo hasta que desaparece y solo entonces vuelvo a respirar.

—Ha sido una despedida preciosa —dice Devon a mi espalda—. Sobria, elegante y deprimente a partes iguales.

—Déjalo —le avisa Brock dándole un codazo.

—¿Qué? Solo intento describir el ambiente —le responde Devon encogiéndose de hombros.

Me vuelvo hacia ellos.

—Estoy bien —les aclaro volviéndome hacia ellos, aunque no sé por qué lo digo, porque ni yo mismo me lo creo.

Entramos otra vez en la casa, donde todo sigue igual que hace diez minutos.

Las flores continúan sobre la consola y Oliver vuelve a protestar porque tiene hambre.

Sin embargo, la casa parece otra. Nunca había imaginado que una sola persona pudiera dejar una casa tan vacía.

Voy hasta la cocina tratando de no pensar mucho.

Además, necesito tener las manos ocupadas, así que empiezo a recoger las tazas del desayuno y abro el lavavajillas.

—No hace falta que hagas eso.

Levanto la vista y veo que Amara acaba de entrar.

—Alguien tendrá que hacerlo.

—A ti no te toca hoy.

—No me importa.

Ella me observa unos segundos y se da cuenta de que no estoy limpiando, solo estoy intentando no pensar.

—Tiene buena pinta —dice Brock que aparece de repente con una taza de café.

Lo miro sin entender qué dice y veo que señala el lavavajillas.

—El método. Mucho más barato que un psicólogo.

Resoplo.

—Gracias por el consejo.

—No era un consejo. Era una observación.

—No le hagas caso —me dice Amara negando con la cabeza—. Diana no se ha ido porque haya dejado de quererte.

—Ya lo sé —le contesto mientras coloco una copa dentro del lavavajillas.

—Tampoco se ha ido para castigarte.

—Eso también lo sé.

—Entonces deja de poner esa cara.

—Ha aceptado el proyecto de Londres —le respondo cerrando el lavavajillas.

—Ha aceptado un trabajo.

—Es lo mismo —añado encogiéndome de hombros.

—No. No confundas una carrera profesional con una vida —me suelta cruzándose de brazos.

Me apoyo sobre la encimera.

—Su vida está allí.

—No, su trabajo está allí —me corrige y hace una pausa antes de continuar—. Hay una diferencia enorme.

No le respondo, porque ahora mismo no tengo fuerzas para discutir.

Además, llevo toda la mañana diciéndome exactamente lo mismo: que he hecho lo correcto, que no podía pedirle que eligiera entre su futuro y yo, que respetarla era quererla…

Todo eso sigue pareciéndome cierto, pero lo que empieza a dejar de parecerme cierto es que quedarme quieto haya sido suficiente.

—Voy a dejarte solo un rato —me dice Amara soltando un suspiro.

—Buena idea.

—No porque me hayas convencido —añade esbozando una sonrisa—. Porque ahora mismo no escucharías ni aunque te gritara.

Se marcha con Brock, que sale de la cocina llevándose una taza que juraría que no es la suya.

Así que cuando la puerta se cierra vuelvo a quedarme solo.

Miro el fregadero, la encimera, la mesa y veo que todavía está la taza donde Diana dejó el café a medias antes de salir.

La cojo y noto que sigue templada. Cierro los ojos un instante y lanzo un suspiro.

Hace cinco años también pensé que darle espacio era lo correcto.

Entonces también la vi cerrar una maleta, la acompañé hasta la puerta y la dejé marchar.

Como he hecho otra vez, también me convencí de que necesitábamos tiempo y pensé que la llamaría al día siguiente, pero después decidí esperar un poco más y un poco más.

Sin embargo, cuando reuní el valor para buscarla, ya era tarde.

Dejo la taza en la encimera antes de seguir pensando, porque no quiero volver ahí.

Salgo al jardín y tampoco me ayuda ver que el porche sigue igual que hace unas horas con dos tazas sobre el escalón, las sillas ligeramente giradas hacia el jardín y el lugar vacío donde Diana y yo hablamos esta mañana.

Así que, me agacho, recojo las tazas y vuelvo a entrar en la casa.

Al pasar junto al comedor oigo la voz de Naomi.

—No intento acusarte. Solo quiero entender por qué no nos contaste esto.

Me detengo, porque la puerta está entreabierta. Dentro, Naomi está de pie con una carpeta abierta sobre la mesa y Alistair sentado frente a ella con varias fotografías delante y un documento que no había visto antes.

—Ya te expliqué lo que ocurrió.

La voz de Alistair suena tranquila, quizá demasiado, mientras Naomi coloca un papel delante de él.

—Entonces explícame esto.

Alistair baja la vista y algo cambia en un momento, porque no levanta la voz, ni protesta, ni intenta darle la vuelta a la conversación. Simplemente deja de parecer un hombre que controla la situación.

—¿De dónde has sacado ese documento? —le pregunta.

—Estaba entre la documentación que Kristel, la novia, guardó después de su boda.

—No deberías haberlos revisado.

—Lleva el nombre del hotel... y tu firma.

Alistair coge el documento despacio y lo lee, aunque no parece sorprendido y eso me llama mucho más la atención que el propio papel.

—Esto no demuestra nada —le responde Alistair chasqueando la lengua.

—Demuestra que tenías autorización para entrar en las zonas restringidas antes de la boda —insiste Naomi.

—Eso no significa que supiera lo que iba a pasar.

Naomi apoya ambas manos sobre la mesa.

—No he dicho que lo supieras.

Alistair levanta la cabeza y, por primera vez desde que lo conozco, lo veo incómodo y eso me inquieta más que todo lo demás. Después, deja el documento sobre la mesa con una calma que, por primera vez, parece forzada.

—¿Por qué no hablaste de esto desde el principio? —le pregunta Naomi sin apartar la mirada de él.

—Porque no me pareció relevante.

—Ahora sí lo parece.

Él se humedece los labios antes de responder.

—Me pidieron que resolviera un asunto relacionado con la organización. Nada más.

—¿Quién te lo pidió?

Alistair tarda un instante en contestar.

—No lo recuerdo.

Naomi deja escapar una sonrisa sarcástica.

—Curioso.

—¿Qué tiene de curioso? —le pregunta arqueando una ceja.

—Recuerdas perfectamente dónde estuviste aquella noche, cuánto tiempo permaneciste allí e incluso el orden en que ocurrieron algunas cosas. Pero no recuerdas quién te dio acceso a una zona restringida del hotel.

Alistair sostiene su mirada unos segundos y después se pone en pie.

—Creo que esta conversación ha terminado —le dice con gesto serio.

Naomi cierra la carpeta antes de que él pueda coger el documento.

—Para ti quizá.

—No pienso seguir alimentando sospechas que no llevan a ninguna parte.

—Las sospechas desaparecen cuando aparecen las respuestas.

Alistair inspira despacio, aunque no discute, ni levanta la voz, ni siquiera intenta imponer su autoridad. Simplemente se queda quieto y eso me inquieta mucho más que cualquier enfado. Porque Alistair siempre tiene una respuesta, pero hoy no.

—¿Llevas mucho tiempo escuchando? —me pregunta al girarse hacia la puerta y descubrirme al otro lado.

—El suficiente —le respondo entrando en el comedor.

Naomi recoge la carpeta.

—Voy a guardar esto antes de que desaparezca misteriosamente.

Alistair ni siquiera intenta impedírselo y se limita a seguirla con la mirada hasta que sale del comedor. Cuando la puerta se vuelve a cerrar, nos quedamos nosotros dos solos. Durante unos segundos ninguno habla. Él se sirve un vaso de agua y yo dejo la taza de Diana sobre la mesa.

—Ha aparecido un documento con tu firma.

—Ya lo has visto —me responde después de dar un sorbo a su taza.

—Nunca hablaste de él.

—Nunca me lo preguntaste.

Resoplo negando con la cabeza.

—Sabes perfectamente que eso no cuela.

Alistair deja el vaso sobre el aparador.

—No todo gira alrededor de esa boda, Max.

—Últimamente cuesta creerlo.

Me observa unos segundos, aunque sigue sin mirarme del todo a los ojos.

—¿Qué hiciste aquella noche?

Es la primera vez que le hago la pregunta directamente y Alistair tarda en responder.

—Intenté solucionar un problema.

—¿Cuál?

—Uno que terminó haciéndose mucho más grande de lo que imaginábamos.

—Eso tampoco responde a mi pregunta.

Esboza una sonrisa cansada.

—No.

Y ahí termina. No insiste, ni intenta convencerme. Solo deja claro que no va a decir una palabra más y en ese momento soy consciente de que podría seguir presionándolo durante horas y obtendría exactamente el mismo resultado.

Lo dejo estar, porque ahora mismo hay algo que me importa mucho más-

—Diana se ha marchado —le cuento.

Alistair levanta la vista.

—¿Ya?

Asiento.

—Ha vuelto a Manhattan. El lunes vuela a Londres.

Permanece unos segundos callado.

—¿Y tú qué has hecho? —me pregunta.

—Respetar su decisión —la respuesta me sale sola.

—¿Estás seguro? —inquiere mirándome fijamente.

—Era lo que debía hacer —le contesto con el ceño fruncido.

—¿Estás seguro de que la has respetado… o simplemente has vuelto a esconderte?

La pregunta me descoloca.

—No podía pedirle que renunciara a su carrera.

—No —asiente despacio con la cabeza—. Eso habría sido injusto.

Espero que continúe hablando, pero no lo hace.

—Entonces no entiendo adónde quieres llegar.

Alistair cruza los brazos.

—Yo tampoco lo entendía hace un momento.

Lo miro sin comprender.

—Pero desde que has entrado no has dejado de repetirme que hiciste lo correcto —. Hace una pausa—. Y, sin embargo, tienes la cara de un hombre que acaba de perder a la mujer de su vida.

No encuentro ninguna respuesta para darle, porque tiene razón.

Desde que el coche ha salido por la entrada de la finca no dejo de repetirme la misma historia: que ella necesitaba decidir sin presión, que yo debía respetarla, que querer a alguien también significa dejarlo marchar…

Todo eso sigue pareciéndome cierto, pero entonces no sé por qué siento este vacío, ni por qué tengo la sensación de haber cometido el mismo error de entonces.

—Las cosas eran distintas hace cinco años.

Las palabras apenas me salen.

—¿Lo eran? —me pregunta ladeando la cabeza.

Quiero decir que sí, porque acabábamos de perder un hijo, los dos estábamos rotos y ninguno sabía cómo seguir adelante.

Pero, mientras busco la respuesta, aparece en mi cabeza la imagen de Diana cerrando su maleta, yo sujetándole la puerta, el taxi esperando abajo ella alejándose y yo inmóvil y convencido de que darle espacio era la mejor manera de quererla.

Aprieto los puños al pensar que no fue aquel día cuando la perdí. Fue después, cuando seguí convenciéndome de que ya hablaríamos, de que habría otro momento y otra oportunidad.

—Pensé que necesitaba tiempo —admito alzando la mirada.

—Puede —me responde asintiendo lentamente con la cabeza— ¿Y cuánto tiempo decidiste darle?

No le respondo, aunque debería decirle que han sido cinco malditos años esperando el momento perfecto que nunca existió.

Alistair vuelve a hablar con una calma que me resulta insoportable.

—La primera vez pensaste que tendrías otra oportunidad.

Asiento despacio.

—Sí.

Él sostiene mi mirada unos segundos antes de hacer la única pregunta que importa.

—¿Y ahora?

No necesito responderle, porque ya conozco la respuesta. Alistair se dirige hacia la puerta y cuando llega al umbral, se detiene sin darse la vuelta.

—¿De verdad vas a cometer el mismo error dos veces? —me pregunta antes de salir del comedor antes de que pueda contestar y me deja completamente solo.

Permanezco inmóvil unos segundos y tengo la sensación de que todo empieza a encajar.

No he perdido a Diana porque haya aceptado un trabajo en Londres. Todavía no. La perderé si vuelvo a verla marcharse convencido de que el tiempo resolverá lo que solo puedo resolver yo. Eso fue exactamente lo que hice hace cinco años y no pienso repetirlo.

Salgo del comedor casi corriendo y veo que Amara levanta la cabeza desde el salón en cuanto me ve aparecer.

—¿Qué pasa?

No me detengo. Voy directo al cuenco donde hemos dejado las llaves, encuentro las mías y las aprieto en la mano.

—Voy a buscar a Diana.

Brock sale de la cocina y me observa un instante.

—Ya era hora —dice sonriendo.

—¿Quieres que la llamemos? —pregunta Amara.

—No —niego con la cabeza mientras abro la puerta.

—¿Por qué?

Me vuelvo un instante antes de salir.

—Porque hay cosas que no se dicen por teléfono.

No espero su respuesta y cruzo la entrada casi corriendo, subo al coche y arranco al primer intento.

Mientras abandono la finca solo puedo pensar en una cosa: hace cinco años vi marcharse a Diana y no hice nada por impedirlo. Hoy no pienso volver a hacerlo.