Error imperdonable (Errores en Manhattan 4) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

—¿Cómo? —me pregunta frunciendo ligeramente el ceño.

—Necesito saber si todavía existe una razón para quedarme —le digo sosteniéndole la mirada.

Max tarda unos segundos en responder y fija la mirada en Oliver.

—No creo que nadie pueda darte esa respuesta.

—Tú sí.

Él gira despacio la cabeza hacia mí.

—No.

—¿Por qué?

Esboza una sonrisa cansada.

—Porque si te digo que te quedes, nunca sabré si lo has hecho por mí o porque realmente era lo que querías.

Bajo la vista hacia mis manos.

—¿Y si las dos cosas fueran lo mismo?

Max tarda un momento en contestar.

—Entonces serías tú quien tendría que descubrirlo.

Su tranquilidad empieza a desesperarme, porque, aunque había imaginado esta conversación de mil maneras, creí que discutiríamos, que intentaríamos convencernos mutuamente o que alguno acabaría diciendo aquello que el otro necesitaba escuchar. Pero nada de eso está ocurriendo.

—Richard no puede esperar más —murmuro.

—Lo imagino.

—Si acepto el proyecto, el lunes estaré en Londres.

Asiente.

—Lo sé.

—Y si me marcho...

No acabo la frase y Max la termina por mí.

—No significa que esto se acabe.

—¿De verdad lo crees? —le pregunto mirándola incrédula.

—Sí.

No responde con rapidez sino con una calma que me obliga a creer que me está hablando en serio.

—Hace cinco años perdimos mucho más que una relación. Perdimos la capacidad de hablar. Ahora, por primera vez desde entonces, estamos siendo sinceros.

—Puede que sea demasiado tarde —le respondo con un nudo en la garganta.

—Puede —me contesta asintiendo con la cabeza y sin intentar disfrazar la realidad—Pero también puede que no.

El viento mueve suavemente las hojas del jardín y Oliver se remueve un instante dentro del cochecito y vuelve a quedarse dormido.

—No sé cómo volver a confiar —le confieso.

—Yo tampoco sé cómo hacerlo —admite apoyando los antebrazos sobre sus rodillas.

Levanto la cabeza, porque no esperaba esa respuesta.

—Solo sé que quiero intentarlo —añade con una sonrisa triste.

El corazón me empieza a latir con fuerza, porque es la primera vez que habla de futuro. Es más, de un futuro en el que todavía existimos los dos.

—¿Y si volvemos a hacernos daño? —le pregunto con los ojos húmedos.

—Entonces nos lo haremos intentando construir algo y no huyendo.

Su respuesta me deja sin palabras y durante unos segundos solo escucho mi propia respiración.

—He pasado cinco años convencida de que marcharme fue la única decisión posible —empiezo a decir.

—Lo era —me responde asintiendo.

—¿Lo era? —le pregunto con el ceño fruncido.

—Sí.

Su respuesta me desconcierta.

—Los dos estábamos rotos, Diana. Si te hubieras quedado entonces, probablemente habríamos terminado destruyéndonos todavía más.

Nunca había pensado que pudiera verlo de esa manera. Escuchar eso de sus labios provoca que las lágrimas se me empiecen a acumular en los ojos y tengo que esforzarme para no dejarlas caer.

—Pero ya no somos esas personas —me dice casi en susurro—Al menos yo intento no serlo.

Trago saliva.

—¿Y qué pasa conmigo?

Max me mira como si la respuesta fuera evidente.

—Tú llevas cinco años creando una vida nueva.

No percibo reproche en su voz, al contrario.

Me habla con una tranquilidad que me descoloca más que cualquier discusión.

Porque, una parte de mí esperaba que intentara convencerme o me diera un motivo para enfadarme con él y hacer todo esto un poco más fácil.

Pero no lo hace. Así que me levanto y camino hasta la barandilla del porche.

Necesito aire y poner un poco de distancia entre nosotros y el caos que llevo dentro.

Londres, Nueva York, el trabajo, Max… Todo se mezcla en mi cabeza hasta el punto de que ya no sé dónde termina una cosa y empieza la otra.

—¿Sabes qué esperaba que hicieras? —le pregunto sin volverme hacia él para mirarle.

—Creo que sí —asiente él levemente con la cabeza.

Aprieto las manos contra la madera de la barandilla.

—Quería que me pidieras que me quedara —le confieso.

Oigo cómo se pone en pie y se acerca despacio hacia mí.

—He estado a punto de hacerlo desde que llegaste.

Cierro los ojos.

—Entonces, ¿por qué no lo haces?

—Porque te quiero.

Habla tan bajo que su respuesta casi se pierde con el viento.

—Si te pidiera que renunciaras a todo lo que has conseguido por mí, volvería a cometer el mismo error que hace cinco años.

Me acerco despacio hacia él, hasta que me quedo justo delante de él. De hecho, estoy tan cerca que podría abrazarlo, pero también tan lejos que ninguno de los dos se atreve a dar el último paso.

—No quiero que un día mires atrás y pienses que dejaste pasar esta oportunidad por mi culpa.

—No sería culpa tuya —le respondo y las lágrimas ya me nublan la vista.

Max niega con suavidad.

—Eso no lo sabríamos nunca.

Alarga la mano y siento el roce de sus dedos rozan en los míos durante un instante antes de detenerse.

—Quiero que, si algún día vuelves conmigo, sea porque es exactamente donde quieres estar. No porque sentiste que no tenías otra opción.

Sus palabras me atraviesan, porque son justo las que necesitaba escuchar y, al mismo tiempo, las que hacen imposible cambiar de idea. Retiro la mano despacio antes de que termine buscándola otra vez.

—Tengo que llamar a Richard.

Max baja la cabeza un instante y no intenta detenerme ni insiste, solo me dice una última cosa antes de que entre en la casa.

—Prométeme una cosa —me dice mirándome a los ojos—. Deja de tomar decisiones por miedo.

No soy capaz de responderle, porque sé que las lágrimas no me dejarían hablar. Así que entro a la casa subo la escalera hacia el dormitorio con esa frase dando vueltas en mi cabeza.

Cuando entro en la habitación, mi maleta sigue esperándome.

Me quedo unos segundos mirándola antes de empezar a guardar la ropa.

Trago saliva y las lágrimas que ya no aguantan más en mis ojos y se precipitan por mis mejillas.

Camino hacia el armario y saco mi ropa y la pongo sobre la cama.

Abro la maleta y empiezo a doblar cada una de las prendas despacio, con una calma que me resulta extraña para mi manera de hacer las cosas.

Cinco años atrás hice esta misma maleta con prisas, intentando escapar de una vida que ya no sabía cómo sostener. Hoy, en cambio, no huyo de Max. Ojalá fuera tan sencillo.

De repente, el móvil vibra sobre la cama y veo que es un mensaje de él.

Max:

Estoy aquí.

Solo quería que lo supieras.

Lo releo dos veces, pestañeo y un nuevo reguero de lágrimas se precipita por mis mejillas. No hay un «quédate», ni trata de hacerme cambiar de opinión. Solo quiere que sepa que sigue ahí.

Cierro los ojos, respiro hondo y busco el número de Richard en el teléfono, mientras me limpio las lágrimas con las manos.

—¿Diana?

Aprieto el teléfono contra la oreja.

—Acepto el proyecto —le digo sin ni siquiera saludarle.

La llamada dura apenas unos segundos y cuando termina, dejo el móvil sobre la cama y el sonido de la cremallera de la maleta cerrándose resuena por toda la habitación.

Hace cinco años hice esta misma maleta para alejarme de Max.

Hoy la vuelvo a hacer, porque todavía no he aprendido a dejar atrás el miedo.