Error imperdonable (Errores en Manhattan 4) Capítulo 22
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Capítulo 22

Diana

El teléfono empieza a vibrar sobre la mesilla justo cuando termino de abrocharme la blusa.

Levanto la vista casi por inercia, aunque no hace falta que mire la pantalla para saber quién me llama, pero el nombre de Richard termina de confirmarlo.

En Londres la jornada laboral acaba de empezar, así que no puede ser una llamada de cortesía.

Lanzo un suspiro y descuelgo antes de que vuelva a sonar.

—Buenos días.

—Buenos días, Diana. ¿Te pillo mal?

Me acerco a la ventana y veo que el jardín está vacío, paseo la mirada hasta la mesa y veo que las copas de anoche continúan sobre una de las mesas, como si nadie hubiera tenido fuerzas para recogerlas.

—No. Dime —respondo, intentando que mi voz suene más tranquila de lo que me siento.

Richard guarda un breve silencio.

—El cliente ha dado el visto bueno definitivo.

Frunzo ligeramente el ceño.

—Pensaba que ya había aceptado la propuesta.

—Sí, pero esta mañana han confirmado que quieren que seamos nosotros quienes lideremos todo el proyecto.

Me apoyo en el alféizar de la ventana.

—Eso son buenas noticias.

—Las mejores que podíamos recibir. Si sale bien, supondrá un paso enorme para nosotros.

Conozco ese tono y tengo muy claro que no me está llamando para compartir conmigo la buena noticia, sino porque necesita que le dé una respuesta definitiva.

—¿Qué ha cambiado?

—El cliente quiere anunciar el equipo definitivo hoy mismo. Necesitan saber quién dirigirá el proyecto antes de cerrar el contrato y no puedo seguir manteniendo tu nombre en el aire.

El nudo que llevo toda la mañana en el estómago se aprieta un poco más al escuchar lo que me acaba de decir.

—Richard... —empiezo a decir, aunque enseguida me interrumpe.

—He defendido tu candidatura porque sigo pensando que eres la persona adecuada, Diana. Pero necesito saber si te subirás a ese avión.

No dice nada más, aunque no hace falta, porque conozco de sobras el tono con el que me habla.

—¿Qué necesitas?

—Una respuesta.

Cierro los ojos un instante.

—Richard...

—No puedo retrasarlo más. Si vas a dirigir el proyecto, necesito confirmarlo hoy.

Empiezo a caminar por la habitación y aunque evito mirar hacia el armario, sé que mi maleta continúa junto a él.

—¿Hasta cuándo tengo margen?

—Hasta las cinco de la tarde, hora de Londres.

Miro el reloj y compruebo que quedan pocas horas.

—Es precipitado.

—Lo sé. Pero hace tiempo que deberías haber tomado esta decisión y ya no puedo dilatarlo más —me dice y según habla su voz va perdiendo poco a poco parte de la rigidez habitual— Créeme, si dependiera de mí, te daría una semana más. Pero ya no depende de mí.

.

—Entiendo —le respondo apoyándome en la cómoda.

—No necesito saber qué está ocurriendo en Nueva York. Solo necesito saber si el lunes estarás aquí.

Sus palabras quedan suspendidas entre los dos, porque, por primera vez desde que llegué a aquí, mi respuesta ya no depende únicamente del trabajo.

—Te llamaré antes de las cinco —le aseguro y me muerdo el labio inferior consciente de que debo decidirme y asumir las consecuencias de la decisión.

—Perfecto —me responde Richard y hace una pausa antes de continuar hablando—. Pase lo que pase, espero que la decisión que tomes te permita dormir tranquila.

Cuando la llamada termina, permanezco inmóvil unos segundos con el teléfono aún en la mano. Hace cinco años me marché de Nueva York convencida de que no volvería a mirar atrás. Sin embargo, cinco años después, lo único que tengo claro es que volver a marcharme ahora me duele incluso más.

—¡Alguien ha vuelto a coger mi taza!

Desde la planta baja, la voz indignada de Brock me saca de mis pensamientos. Amara responde algo que no alcanzo a entender desde aquí y, un segundo después, escucho varias risas. Sonrío sin querer, porque la normalidad de esa discusión resulta casi absurda comparada con el caos que llevo dentro.

Lanzo un suspiro y me guardo el teléfono en el bolsillo antes de salir de la habitación.

Cuando bajo a la cocina, veo que Brock tiene medio cuerpo metido dentro de un armario cuando entro.

—Lo sabía —dice sin mirarme—. Han vuelto a esconderla.

Amara bebe café apoyada en la encimera.

—Nadie ha escondido ninguna taza, Brock.

—Porque tú no entiendes el vínculo emocional que existe entre un hombre y su taza favorita.

—¿Interrumpo algo importante? —les pregunto alzando una taza.

—Muchísimo —responde Amara con sarcasmo y una sonrisa.

—Estoy siendo víctima de una conspiración —suelta Brock sin dejar de rebuscar en el armario.

—Está en el lavavajillas —dice Amara con absoluta calma.

Brock se queda inmóvil unos segundos y después gira la cabeza hacia ella.

—Eso explica bastantes cosas.

La puerta se abre antes de que Amara le pueda responder y aparece Naomi con una carpeta bajo el brazo. Ni siquiera nos saluda al entrar.

—¿Dónde está Alistair? —nos pregunta Naomi y la pregunta hace desaparecer la sonrisa de Amara.

—Creo que ha salido al jardín.

Naomi asiente con el ceño fruncido y mientras camina hacia la cafetera para prepararse un café, la puerta de la cocina vuelve a abrirse de nuevo y entra Alistair guardándose el móvil en el bolsillo del pantalón.

Cuando ve la carpeta que Naomi lleva en la mano, le cambia la expresión un instante, pero es suficiente para que yo también lo note.

—Buenos días —saluda Alistair al entrar.

—Necesitaba comentarte una cosa —le dice Naomi al verlo y sin apenas levantar la mirada de la carpeta que tiene delante.

Él deja la taza sobre la encimera y se acerca un par de pasos.

—Claro. ¿Qué ocurre?

Naomi abre la carpeta y saca un par de fotografías.

—He estado revisando las imágenes de la boda.

Alistair baja la vista hacia ellas sin llegar a cogerlas.

—¿Y?

—Hay algo que no termina de cuadrarme.

Coloca las dos copias sobre la mesa y las empuja ligeramente hacia él.

—Aquí apareces entrando en la zona de servicio y aquí se ve como vuelves a salir después con la misma carpeta.

Alistair las observa unos segundos antes de encogerse de hombros.

—Ya os expliqué que me pidieron recoger unos documentos.

—Sí, pero dijiste que fue cuestión de un momento.

—Supongo que tardé más de lo que recordaba.

Naomi no aparta la mirada de él.

—¿Media hora más?

Él suspira, visiblemente incómodo.

—Naomi, fue una boda con muchísimos invitados. Había gente entrando y saliendo constantemente. No estaba pendiente el reloj.

—Lo entiendo, pero lo que no me cuadra es por qué omitiste esa parte cuando hablamos de aquella noche.

—Porque no me pareció importante —le responde él cruzándose de brazos.

—¿Y ahora tampoco te lo parece?

Durante un instante ninguno de los dos dice nada y la cocina, que hace apenas un minuto estaba llena de bromas sobre la taza de Brock, se queda completamente en silencio.

—No recuerdo todos mis movimientos de aquella noche —afirma Alistair desviando la mirada hacia las fotografías.

Naomi inclina ligeramente la cabeza.

—Qué curioso. Porque sí recuerdas perfectamente que no tuviste nada que ver con lo que pasó.

Él vuelve a mirarla, aunque esta vez desaparece cualquier rastro de cordialidad que pudiera haber en su tono.

—¿Qué estás insinuando?

—Todavía nada. Solo intento entender por qué hay cosas que no has contado.

Alistair deja escapar una risa breve y seca.

—¿Estás montando una teoría con dos fotografías?

—No, solo intento averiguar por qué, cada vez que aparece una prueba nueva, tu versión cambia un poco.

La mandíbula de Alistair se tensa y coge la taza de café sin apartar los ojos de Naomi.

—Ten cuidado con las conclusiones que sacas.

Naomi le sostiene la mirada sin moverse del sitio.

—Y tú con lo que decides callarte.

Durante un segundo estoy convencida de que va a responderle. Sin embargo, se limita a coger la taza y salir de la cocina sin volver la vista atrás. La puerta se cierra tras su paso y nadie dice nada. El único que emite algún ruido es Brock con un leve resoplido.

—Bueno... eso ha sido bastante incómodo.

Naomi recoge las fotografías despacio y vuelve a guardarlas en la carpeta.

—Está ocultando algo, estoy segura —afirma como si acabara de convencerse después de la conversación con Alistair. —Voy a revisar toda la documentación otra vez.

—¿Ahora? —pregunta Brock.

—Ahora.

Sale de la cocina sin esperar respuesta y Amara se vuelve hacia mí.

—¿Estás bien?

Instintivamente me llevo una mano al bolsillo donde guardo el móvil y pienso en que Richard sigue esperando que le dé una respuesta. Sin embargo, antes necesito hablar con Max.

—Voy a buscar a Max.

Amara asiente sin hacer más preguntas y salgo de la cocina.

Doy vueltas por la planta baja de la casa, hasta que encuentro a Max en el porche trasero.

Está sentado en el escalón más alto de las escaleras con una taza de café entre las manos.

A su lado, Oliver duerme plácidamente en el cochecito, ajeno al caos que llevamos días intentando ordenar.

Al oír mis pasos, Max levanta la cabeza y cuando nuestras miradas se cruzan, me dedica una sonrisa discreta y cansada, de esas que apenas curvan los labios y, aun así, consigue removerme.

Ese simple gesto por su parte es suficiente para que me venga a la cabeza por qué marcharme resulta mucho más difícil de lo que imaginé

—Buenos días —le digo acercándome a él.

—Buenos días, Diana.

Me siento a su lado y durante unos segundos ninguno de los dos dice nada y solo se escucha la suave brisa marina moviendo las ramas de los árboles del jardín.

—Richard me ha llamado —empiezo a decirle y observo cómo la sonrisa le desaparece de inmediato de sus labios.

—¿Ha ocurrido algo? —me pregunta girándose para mirarme.

—Han adelantado el proyecto de Londres.

Max deja la taza sobre el escalón.

—¿Cuándo empieza?

—El lunes.

Su mandíbula se tensa.

—Eso significa...

Asiento antes de que termine la frase.

—Necesita una respuesta hoy y que me tenga que marchar cuanto antes.

Max permanece en silencio contemplando el jardín, aunque poco después se girar para volver a mirarme a mí.

—¿Y qué vas a hacer?

Lleno los pulmones de aire antes de hablar y lo suelto poco a poco.

—Eso he venido a averiguar.