Error imperdonable (Errores en Manhattan 4) Epílogo #2
100%

Epílogo #2

Cuando por fin cruzamos la puerta del restaurante, el aire templado de la noche nos envuelve. La ciudad sigue despierta y los taxis pasan uno detrás de otro. Manhattan parece incapaz de bajar el ritmo.

—Ha sido una noche muy agradable —me dice Diana poniéndose a mi lado.

—Sí.

Empezamos a caminar sin prisa, hasta que llegamos a la esquina donde empezó todo para nosotros y ella también la reconoce.

—Qué raro volver aquí —me dice mirando a nuestro alrededor.

—Sí, bastante —le respondo asintiendo.

Nos detenemos frente a la fachada iluminada y durante unos segundos ninguno dice nada, pero después saco la pequeña caja del bolsillo y Diana baja la vista y luego vuelve a mirarme emocionada.

—Max...

Niego despacio.

—No voy a arrodillarme.

Una risa húmeda escapa de sus labios.

—Ya lo imaginaba.

—Ni he preparado un discurso.

—Eso también me lo imaginaba.

Respiro hondo.

—Solo sé una cosa —le digo abriendo la caja y mirándola a los ojos—. Pasé cinco años creyendo que el amor consistía en esperar el momento perfecto. Ahora sé que consiste en elegir a la misma persona todos los días —. Trago saliva—. Y quiero seguir eligiéndote el resto de mi vida.

Respiro hondo antes de continuar.

—¿Te casarías conmigo? —le pregunto tendiéndole el anillo.

Diana no responde enseguida, solo da un paso y otro más hasta quedarse delante de mí.

—Llevas cinco años llegando tarde —me susurra acariciando la cara con la punta de los dedos.

—Lo sé —le respondo con una sonrisa.

—Pero has aprendido a presentarte cuando importa —añade con los ojos brillantes.

Coge la caja de mis manos.

—Claro que me caso contigo.

No recuerdo haber respirado hasta ese momento. Entonces, me abraza y la beso , pero ahora ya sin prisas ni miedo ni sin pensar en todo lo que podría salir mal. Porque ya no siento que estemos recuperando el tiempo perdido, sino que, por fin, estamos empezando el nuestro.

Mientras tanto…

Naomi

Cuando llego al despacho ya pasan de las once de la noche.

Dejo el bolso sobre la silla y me descalzo antes incluso de encender la luz.

Ha sido una noche larga, pero salgo del restaurante con una sensación que hacía mucho tiempo que no experimentaba.

Al fin, después de tantos errores, tantas discusiones y tantos malentendidos, todos han encontrado el lugar al que pertenecen.

Sonrío para mí misma mientras recojo la taza de café que dejé olvidada sobre la mesa esta mañana y cuando estoy a punto de marcharme, algo llama mi atención.

La carpeta de la boda. Frunzo el ceño, porque juraría que la había guardado en el archivador antes de salir.

Me acerco, más por costumbre que por curiosidad, y la cierro con una mano.

En ese momento, un sobre blanco se desliza entre los documentos y cae al suelo.

Me agacho para recogerlo y veo que no lleva remitente, ni tampoco tiene ningún sello ni una dirección.

Solo una fecha escrita a mano, la fecha de aquella boda, donde todo se lio.

El pulso se me acelera sin saber muy bien por qué y como puedo abro el sobre despacio y saco la única fotografía que hay dentro.

Es una imagen tomada desde bastante lejos, unos minutos antes de la ceremonia.

Los invitados hablan entre ellos sin prestar atención a la cámara.

Recorro con la mirada los rostros de cada uno: Devon, Elara, Brock, Amara, Dorian, Elsie, Max, Diana y los novios.

Pero entonces mis ojos se detienen al fondo de la fotografía, donde entre dos columnas, casi oculto por las sombras, aparece Alistair.

No está hablando con nadie, ni mirando hacia donde se ha celebrado la ceremonia.

Está mirando directamente al objetivo con una expresión, que me obliga a acercar la fotografía.

No parece sorprendido de que alguien lo fotografíe, al contrario, me da la sensación como si estuviera esperando ese instante. Le doy la vuelta y en el reverso solo hay una frase escrita, que consigue que un escalofrío me recorra la espalda: «Empieza por él»

—Veo que has encontrado lo único que nunca debías encontrar.

La voz me sobresalta tanto que la fotografía resbala entre mis dedos.

Levanto la cabeza de golpe y veo a Alistair apoyado en el marco de la puerta con las manos en los bolsillos de la americana.

No sé cuánto tiempo lleva ahí, aunque tampoco he oído abrirse la puerta.

Lo único que sé es que me está mirando con una tranquilidad que resulta inquietante.

—¿Qué significa esto? —le pregunto apretando la fotografía con fuerza entre mis dedos.

Alistair desvía la vista hacia la imagen durante un instante antes de volver a mirarme.

—Depende de la pregunta que quieras hacer.

—Empiezo por una muy sencilla —replico sin apartar los ojos de él—. ¿Quién dejó este sobre en mi despacho?

Una sonrisa apenas perceptible cruza su rostro.

—Esa es la primera pregunta inteligente que alguien me hace desde aquel día.

—Alistair, deja de jugar conmigo —le digo dando un paso hacia él.

—No estoy jugando contigo, Naomi —me responde negando despacio con la cabeza y con un tono de voz sereno, casi amable, lo que lo vuelve todavía más inquietante.

—Solo te estoy diciendo que lleváis mucho tiempo buscando respuestas en el lugar equivocado.

Siento un nudo en el estómago.

—¿De qué estás hablando?

Durante unos segundos me sostiene la mirada y después sonríe con una calma que me pone la piel de gallina.

—Cuando estés preparada para hacer la pregunta correcta... volveremos a hablar.

Se da la vuelta y desaparece por el pasillo, pero cuando llego a la puerta ya no queda rastro de él. Vuelvo a mirar la fotografía y después vuelvo a darle la vuelta. La frase sigue ahí.

«Empieza por él».

Aprieto la fotografía entre los dedos. Durante meses hemos buscado respuestas entre alianzas, certificados de matrimonio y decisiones impulsivas.

Qué ciegos hemos estado. El verdadero misterio nunca estuvo en quienes despertaron con una alianza en el dedo, porque siempre estuvo en el único hombre que conocía la historia antes de que empezara.

***